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sábado, 29 de agosto de 2026

Contradicciones


(Al paso, en Eburia). Una pintada xenófoba ("Moros no") en franca contradicción con el nombre
de la calle (Cabeza del Moro). La incansable estupidez.

domingo, 23 de marzo de 2025

Derrota del Puente Viejo de Talavera

Foto de Christian Pérez

(In memoriam).
El que siempre he conocido como Puente Viejo, y que también es llamado Puente Romano —aunque es dudoso que conserve alguna piedra de esa época, si acaso en los cimientos—, es una de las estampas más vistosas de Talavera de la Reina. Son numerosas las imágenes y vídeos (como este, del 17 de noviembre de 2018) que guardo de él en mi teléfono, y a algunos les tengo un especial cariño. Rara vez he estado algunos días en la ciudad sin cruzarlo. Estoy seguro de que lo veremos reconstruido y volveremos a atravesarlo. Aunque la herida de las imágenes que vimos anoche ya formará parte de nuestra memoria. No sé por qué ayer me sentí especialmente impactado —por ahí queda recogido— por una frase de la columna de Leila Guerriero, que dio pie a que escribiera esta frase en mi diario: «Todos llevamos en nuestro interior una ciudad en ruinas». Confío en que la metáfora no sea literal y se quede solo en el puente. Que corren tiempos ya demasiado oscuros.

miércoles, 29 de marzo de 2023

La patria chica

(Al filo de los días: recuperando el hilo). Sobre extremos de amor patrio. Hace tiempo que vengo sosteniendo —un poco en broma, pero no sin serios y precisos argumentos— que Talavera de la Reina, mi patria chica, bien podría haber sido la capital de la tercera provincia extremeña. De hecho, una parte notable de su «Antigua Tierra» está ahora en la comunidad vecina, mientras que sangre verata o morala —al igual que gallega o andaluza, castellana o incluso manchega y ahora de diversos pueblos de la Panhispania— corre por las venas de muchos talabricenses (el preciso gentilicio que algún día será de uso común y tan natural como el agua del Tajo, que volverá a correr fuerte y caudal).

El asunto del amor al terruño suele tener curiosas derivas sentimentales y, a menudo, levanta muros de mucha bobaliconería, por completo absurdos en un mundo hiperconectado como el actual. Pero en no pocas ocasiones es el mejor— a veces el único— combustible para quemar las inercias y poner los motores en marcha. Al fin y al cabo, sentirse conectados con el mundo a través de un ‘enchufe’ es lo más parecido a tener una buena cobertura de wifi y poder navegar sin interferencias. O algo así. Tal vez habrá que ir afinando un poco y poniendo al día las metáforas hipercibernáuticas de los webos.

A estas alturas, no tengo problemas —todo lo contrario— para sentirme «autóctono» del lugar donde vivo (¡viva Madrid, la Prospe resiste!), y me creo capaz de asimilar sin ningún reparo cualquier paisanaje que me haga tilín. De hecho, he decidido llevarle la contraria al gran Groucho e inscribir como consigna en el registro de la propiedad de ocurrencias la siguiente contradictio: nunca diré que no a ningún club que admita entre sus socios agentes como yo. Lo cual no significa que le diga que sí. No sé si me entendés, baudeleriano amigo, mi hermana, ni semejante!

Todas las re

sábado, 15 de octubre de 2022

EL PRIMER QUIJOTE

Cubierta de Estampas del Quijote.
Editorial Miguel A. Salvatella, Barcelona, 1956

Hace un poco o algo más de medio siglo, en un colegio llamado Cervantes, y en la muy noble y muy leal ciudad de Eburia, los niños que asistíamos a las clases preparatorios de lo que se conocía como Ingreso teníamos como libro de lectura diaria obligatoria una obrita llamada Estampas del Quijote», “sacadas de la inmortal obra de Cervantes —se decía en la portadilla— para deleite de los niños por Federico Torres y con ilustraciones de A. Batllori Jofré”. En ella, en cada página y debajo de cada escena dibujada, se ofrecían unos breves textos que contaban las aventuras de un caballero loco y su grueso escudero, una extraña pareja en la que tal vez alguno de mis colegas de curso, o yo mismo, pudimos ver cierta similitud con las figuras del Gordo y el Flaco, cuyas historias es muy probable que ya hubiéramos visto en el cine. Esa era la primera vez que los niños de mi clase teníamos un contacto “serio”, por su sentido didáctico, con la novela de Cervantes, aunque las figuras de la curiosa pareja y otros personajes de la obra estaban ya presentes de muy diversas formas en nuestra vida cotidiana: por ejemplo, en los envoltorios de las onzas de chocolate Dulcinea, que recreaban el encuentro del escudero Sancho con las aldeanas de El Toboso; o en los azulejos y cacharros de la muy valorada cerámica local que nos sorprendían en los bancos de la plaza, allí mismo frente al colegio, en algunos rincones de los jardines del Prado o en los zaguanes de algunas casas... Y puede que en muchos más sitios. El caso es que nuestra infancia fue moldeada, incluso más de lo que somos capaces de reconocer, o recordar, por la lectura diaria de aquellas estampas quijotescas, junto con los fragmentos de romances que venían en la Enciclopedia Álvarez y los textos del catecismo que aprendíamos de memoria para poder hacer la comunión. A este respecto, recuerdo que la catequesis a veces la recibíamos en el atrio lateral de la colegiata, la Colegial, también muy próxima al colegio. Allí había una gran puerta de hierro, puede que entonces inservible, que se cerraba con un gran cerrojo cuyo pasador, tal vez del grosor de nuestros brazos de niños, utilizábamos para abalanzarnos sobre él desde el banco corrido de granito y balancearnos en el aire como si fuéramos uno de los equilibristas que, cuando era época de ferias y si había suerte, podíamos ver en el circo de los hermanos Tonetti que montaba su carpa enfrente de la alameda, nuestro bosque encantado, casi una intrincada selva entre cuyos follajes vivíamos, sobre todo en las tardes sin clase de los jueves, extraordinarias aventuras, escenificaciones minuciosamente imaginadas de las persecuciones y duelos de las pelis del Oeste —¡ay, Rayo de Plata, de cuerpo de palo y cabeza espeluchada, cuántas veces cabalgamos juntos!— o las luchas de los espadachines, las colosales proezas de Maciste, la búsqueda de tesoros de cristal y papel de plata…, por no hablar de algunos ritos más o menos peculiares de iniciación, incluidas las “bellaquerías” que menciona Góngora en una de sus canciones. Pero ese, queridos niños y carísimas niñas, es ya otro género y tal vez otra novela. Si os portáis bien, otro día vuelvo con el cuento.
(LUN, 594)

Cubierta de Estampas del Quijote.
Editorial Miguel A. Salvatella, Barcelona, 1956

miércoles, 13 de octubre de 2021

El chiste de Vargas


Una vista muy pop. Nota para clásicos: ¿alguien recuerda que en ese rincón del escaparate de la tienda de Vargas solían poner un chiste gráfico que cambiaban cada día o casi? Era habitual pasarse a verlo junto con las carteleras de cine que ponían en los expositores de la tienda de Mazuecos (aún existen).

sábado, 4 de septiembre de 2021

AL POR MAYOR


Calle en Eburia, noche. Foto © AJR, 2020.

Siempre la cantidad conseguía engañarle. Apenas necesitaba un grano, pero sin saber cómo se veía avanzando por la calle de cantos puntiagudos arrastrando el saco entero. ¿Se deberá a eso su oficio de charlatán? Y ese andar tan desmadejado, patarrete, como quien acaba de salir de la cuadra con las cántaras de la leche recién ordeñada, ¿se deberá a eso? Nada sabía a ciencia cierta. Bastante tenía con tratar de encontrar la tienda de ultramarinos para hacer el recado. De lo contrario, se vería obligado a salir del sueño por la puerta falsa.

(LUN, 998)

Calle en Eburia, noche. Foto AJR,2020.

jueves, 30 de julio de 2020

En la muerte del diestro Raúl Sánchez

Raúl Sánchez, en plena faena.

 (Al filo de los días). Me entero, por un muro de FB de Talavera de la Reina, de la muerte del torero Raúl Sánchez, talaverano nacido en San Román de los Montes en 1940. Hace mucho que no sigo el mundo de los toros, de hecho nunca he sido aficionado, salvo de aquella manera algo deportiva (futbolera, más bien) de estar al tanto de los escalafones y los recuentos que tuve en mis años jóvenes, o por la devoción guardada a “héroes” de mi infancia como Antonio Ordóñez, Curro Romero, Antoñete o, muy en especial, Gabriel de la Casa, entre algunos otros nombres que aún me provocan cierta ilusión de haber llegado alguna vez a comprender, o al menos a sospechar, las muy hondas vibraciones de un arte que hoy me resulta inasumible.

A Raúl Sánchez lo vi torear una vez en La Caprichosa (así se llama el coso de Talavera, célebre porque en él «el torito Bailaor a José le dio la muerte») y varias tardes más por televisión. Alguna vez incluso lo pude saludar en la sobremesa de algún restaurante local, en compañía de mi suegro, que era gran aficionado y lo tenía en muy alta estima. Al contemplar hoy esta foto, que no sé si corresponde —pero podría— a una de sus grandes faenas en Madrid, he ido en busca de las palabras que en su día le dedicó Joaquín Vidal, gran maestro de la crónica taurina, heredero valioso de un género hermosísimo, y escritor a cuya capacidad metafórica y gracia sintáctica le debo mis postreros disfrutes taurinos. Y muy probablemente la escasa comprensión —si es que alguna tengo— de esa música, callada o vocinglera (que de todo hay), que los entendidos dicen que se escucha en el revoleo de los lienzos y, más aún, en la distancia que va de los ojos del diestro al bulto de la fiera, o viceversa. Que el toreo, por definición y estética, es arte de ida y vuelta, no sólo al ruedo; también —y muy particularmente— como sentimiento trágico del vivir.
En la crónica de Vidal hay un retrato elocuente de las características del diestro talaverano y de su peculiar honradez. Una página muy hermosa. Descanse en paz el gran torero. Supongo que su busto en el paseo de la Virgen de los Jardines del Prado talaverano estará rodeado de flores. Sumo con gran respeto y admiración las mías.

sábado, 25 de abril de 2020

Las carteleras

La imagen puede contener: exterior
Arte callejero: grafitis y señuelos del pop art en torno al cartel de la película The Kid (1921),
de Charles Chaplin.
En aquel tiempo nuestras diversiones eran muy sencillas. Consistían, por ejemplo, en capturar murciélagos que se habían despistado y allí, en el cuenco de piedra de la fuente, frente a las acacias de la plazoleta, obligarles a fumarse un cigarro sin pausa, hasta que se hinchaban, se hinchaban... Y omito lo que los más crueles de la panda podían hacer después. Pero no saquen conclusiones precipitadas porque, en el fondo, éramos muy ingenuos. Fíjense que a menudo la mayor diversión de la tarde consistía en ir paseando pausadamente hasta la plaza a ver las carteleras de los cines del pueblo, justo al lado de la tienda del zapatero artesano, no por nada llamado Mazuecos. La algazara era doble si ese día ponían una de Charlot o del Gordo y el Flaco, nuestros héroes. Mirar las carteleras con suma atención y comentar entre risas los detalles era ya un poco como ir al cine. Además, si la película era de Drácula o de vampiros, nos servía también de expiación. Estamos ¿vivos? de milagro.
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Vitrinas para las carteleras de cine.
Plaza del Reloj, Talavera de la Reina.
Foto tomada del blog de Méndez-Cabeza

lunes, 23 de marzo de 2020

Atrapados en Talavera


(Visiones en voz alta). Una situación tan extraordinaria como la que vivimos está llena de experiencias inesperadas. ¿Cómo será vivir el confinamiento en una autocaravana? Este excelente reportaje en realidad no cuenta eso, aunque su final aún no ha terminado. Es un paseo lleno de gracia y hermosas imágenes y comentarios por mi ciudad natal, Talavera de la Reina. Tiene un aire muy atractivo de reportaje turístico de calidad. E invita a recorrer algunos de los más destacados rincones de una urbe hermosa y viva. Aunque, como todos, atrapada en una pesadilla. Como talaverano (talabricense), vaya mi gratitud hacia Charo y Carlos por el amor compartido. Tal vez un día, seguramente por la noche, nos cruzaremos en sus calles, al fin libres y retornados a la normalidad. Mientras tanto, este largo paseo es un gran consuelo. Que nadie se lo pierda.

lunes, 24 de febrero de 2020

Las promesas del barro


La cerámica dice adiós al olvido
(Lecturas en voz alta). Un buen reportaje de Peio H. Riaño sobre la cerámica de Talavera. Tiene el mérito de destacar las iniciativas particulares y entusiastas que fueron capaces de promover y conseguir el reconocimiento de esta artesanía, junto con la de El Puente del Arzobispo y sus aclimataciones mexicanas de Puebla y Tlaxcala, como patrimonio (inmaterial) de la humanidad. Aunque, desde el punto de vista histórico y artístico, sabe a poco. Talavera necesita volver a creer en sus propias virtudes para salir del atolladero en que cierto infortunio geográfico-político, unido a una atroz desmotivación de fondo, la han sepultado.

domingo, 22 de diciembre de 2019

Navidad 2019

La imagen puede contener: 2 personas
Panel cerámico de la Basílica de Nuestra Señora del Prado (s. xvii), Talavera de la Reina.
A todos los amigos, cómplices, colegas, huéspedes, visitantes y curiosos —con todos sus femeninos— que pasan por esta Posada (o por la sucursal que de ella tengo abierta en Facebbok) les deseo unas felices fiestas navideñas y la mejor suerte para la década que se nos viene encima. Ojalá consigamos convertirla en unos nuevos Felices 20. Y que no nos abandone nunca una pizca de entusiasmo.

La escena navideña, ejemplo de la técnica cerámica de Talavera recién calificada como patrimonio inmaterial de la humanidad por la UNESCO, forma parte de los murales de la Basílica del Prado, considerada como la “capilla sixtina” de esta artesanía. Un lugar de visita inexcusable, junto con el Museo Ruiz de Luna y otros espléndidos rincones de Talavera de la Reina, la milenaria urbe que refleja sus torres teologales en las aguas del Tajo. Quien no la conozca, no sabe lo que se pierde.

jueves, 12 de diciembre de 2019

Otra vuelta de torno

(Al hilo de los días). Más allá del valor social y cultural de un reconocimiento como el que la Unesco, en su algo retórica pero fundamental tarea, acaba de brindar a la tradición cerámica de Talavera de la Reina (y del Puente del Arzobispo, sin olvidar las contribuciones mexicanas de Puebla y Tlaxcala), la noticia de su consideración como patrimonio (inmaterial) de la humanidad me hace feliz como a un niño porque, de un modo muy gozoso, es la confirmación del carácter íntimamente humano y compartido de viejas sensaciones que iluminaron nuestra infancia (de estas cosas sólo puede hablarse en plural: por eso son tan grandes). 
Y entre ellas, en muy privilegiado lugar están la danza del torno y el milagro del barro, de los que se habla en la entrada de la Posada que comparto. El vídeo que aparece al final —no se lo pierdan: es lo mejor— es de una gran belleza y muestra con mayor precisión que cualquier otra cosa el porqué de una fascinación. Y a renglón seguido, surge el recuerdo de personas muy queridas o admiradas que hubieran merecido disfrutar de una fecha así y que sin duda hoy estarán un poco más alegres o iluminadas allá donde se encuentren. 
Son muchas, pero a la cabeza y en representación de todas ellas en mi memoria está presente José Luis Reneo, sin duda la persona a la que con mayor cariño, devoción y entusiasmo oí y vi valorar y defender esta artesanía y al que, como es bien sabido, tanto debe el Museo Ruiz de Luna de Talavera, ese precioso cofre de un gran patrimonio talabricense que ahora es ya de todos.

Una gran noticia

Detalle de la que tal vez sea el mural de cerámica de Talavera más reproducido en publicaciones
de todo el mundo. Forma parte de los paneles renacentistas (ss. XVI-XVII) que decoran el atrio de la
Basílica de la Virgen del Prado de la ciudad (actualmente en restauración).
—No se si vuesas mercedes están al tanto...
—Probablemente sí.
—Pero, por si acaso, nos es muy grato...
—Y muy reconfortante.
—... hacerles saber que este pasado miércoles...
—... 11 de diciembre de 2019...
— ... la Unesco ha declarado como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad...
—... la fabricación artesanal de cerámica de estilo talaverano
—... de las localidades españolas de Talavera de la Reina...
—... y Puente del Arzobispo.
—Sin olvidar las variantes y acomodaciones mexicanas...
—... de Puebla y Tlaxcala.
—Y adviertan que, además, tan buena nueva...
—... y tan gratificante...
—... se ha producido en no azarosa coincidencia con...
—... ¡la última luna llena del año en curso!
—Y ahora, excúsennos...
—A ambos dos.
— ¡¡Tenemos que seguir desfilando!!

...

lunes, 9 de diciembre de 2019

Ferreterías

«El Copón de Eburia» (uno de ellos). Frente al Antiguo Mercado, ahora recuperado.
Foto © AJR, 2019.
                                                                             (... de arte menor)
Siguen fundiendo los días
su cadena enajenada
y el tiempo, con su coartada,
nos deja mil tropelías

al paso. Entre habladurías
y retruécanos, la entrada
al reino gris de la nada
son estas ferreterías
de mucha quincalla llenas
y en vasos tan mendicantes
que más parecen pociones
de veneno. Y es que, apenas
amanece, los feriantes
ya pregonan sus pregones.
Y no dejan de tocarnos
los bemoles hasta hartarnos.

viernes, 6 de diciembre de 2019

La Consti


(Al hilo de los días). Monumento a la Constitución en los Jardines del Prado de Talavera de la Reina. Una obra del escultor e imaginero talabricense Víctor González Gil, fundador del vivencialismo. Ayer lucía una elegante sencillez. Entre dos luces. Como parecen exigir estos raros tiempos.

lunes, 2 de septiembre de 2019

La azotea

No hay ninguna descripción de la foto disponible.
Pablo Picasso: Azoteas de Barcelona, 1903. Museo Picasso, Barcelona..
Paseando por el casco viejo de Eburia, ahora que parece que vuelve a recuperar algo de pulso (aunque sólo nocturno y jaranero: urge un plan ambicioso para rescatar el viejo barrio como espacio de verdad habitable), vuelvo a pasar por debajo de la azotea de lo que fuera el Colegio Cervantes, mi colegio de primaria, donde fui a clase durante dos o tres cursos, hasta hacer «el ingreso», que era como entonces se llamaba a la prueba que daba acceso al bachillerato. Es un espacio casi almenado, de no mucha altura, sobre todo si se lo compara con la cercana y maciza torre de la Colegial, que casi ni se digna a mirarlo desde su altura desdeñosa. Como suele ocurrir con los descubrimientos que coinciden con el de las palabras que los nombran, esa azotea es para mí ya “la azotea” por antonomasia; incluso me atrevería a decir que la única azotea digna de ese nombre, pues los demás espacios que pudieran asemejársele caen más bien dentro de las categorías de “terraza”, “solario”, “mirador” o “terrado”. Ninguna alcanza el grado de identificación entre el nombre y la cosa que logró este lugar, que ahora me parece fantasmal, cuando don Mariano, el maestro, en uno de aquellos días en que se enfadaba hasta el enrojecimiento, con la varita de palmera en la mano y una salivilla blanquecina asomándole por los bordes de la boca, amenazaba a algún alumno especialmente travieso o torpe: «Vaquerizo, como vuelva usted a distraerse cotorreando con José Emilio, le voy a recetar media docenita de raciones de este jarabe y se va a estar todo lo que queda de clase de rodillas y con los brazos en cruz en la azotea». En aquel tiempo, lo de «la letra con sangre entra» tal vez no fuera literal en todo su brutal y goteante significado —siempre hay un grado posible de envilecimiento—, pero sí constituía una parte tolerada de los métodos llamados pedagógicos. Y así era habitual que cada jornada escolar comenzara con la imagen de don Mariano, bajito, calvo, masticador, muy milhombres, puesto como de puntillas en el estrado sobre el que se alzaba su mesa, blandiendo una muy fina y flexible palmerita de la que a todos nos resultaba imposible apartar los ojos. Se decía que sí te untabas las palmas de la mano con ajo los golpes dolían menos, e incluso que la varita podría quebrarse. Nunca pude comprobarlo. Ahora, cuando paso entre sombras por debajo de ese espacio, que en aquellos años lo fue de juegos y de bullas, a veces me parece que aún se escucha alguna risa o un llanto, y que desde algún rincón oscuro, allá en la altura, alguien me hace una confidencia que ya he olvidado como si fuera mía.
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sábado, 31 de agosto de 2019

Los Arenales del Tajo

El Tajo a su paso por Eburia (o sea, Talavera de la Reina).
La foto es de 2016; hoy la situación es dramática.

No encuentro mejor modo de acabar esta entrega de la serie “Playas” de las «Novelas de una (cierta) línea» que yendo al principio: no tengo recuerdo exacto de ello, pero la lógica biográfica me dice que la primera vez que me adentré en el agua tuvo que ser en la playa de Los Arenales de mi ciudad natal, cuando el padre Tajo hacía honor a su nombre y con un caudal limpio y bullente transformaba los días del verano en un espacio ideal para otros juegos, otros ritmos, otras experiencias, incluida la primera de ahogamiento o, más bien, el primer atisbo de lo que Eliot llamó «muerte por agua»: la visita a ese umbral o pasadizo que en ocasiones nos sorprende como actualización algo absurda pero cierta del inicial viaje amniótico y de la película de nuestra vida. Lucubraciones aparte, mi agua lustral fue la de un río que hoy es casi un cadáver, una de las pérdidas más dolorosas que he sufrido en el paisaje de mi vida e inequívoca prueba —tal vez junto a los innumerables incendios vividos en los bosques gallegos— de que algo ha debido de hacerse muy mal en relación con la naturaleza y el medio para que estas sean las consecuencias. Lo cierto es que nací a escasos metros de un río majestuoso, orgullo de mis días escolares, protagonista, junto con el Ebro y el Duero, de la gran tríada de cauces vivificadores de las tierras ibéricas, y que con el Sil completarían mi póquer de ases fluviales. Un río de rotundo nombre mencionado una y otra vez en las palabras y profecías de los poetas, desde el anónimo cantor del romancero al caballero Garcilaso o el ubicuo Pessoa, sin olvidar la metáfora-fuente (y fuerte) de Manrique, que yo desde que conociera la elegía en la imponente voz de Manuel Dicenta tendía a transformar en un «nuestras vidas son los Tajos que... [la vida nos va a dar]» (lo del corchete vino más tarde: en realidad es de ahora mismo). Las gentes que de pequeños hemos tenido a nuestro alcance un río y sus playas de arena gruesa y cantos rodados, con los remolinos, a veces tan traicioneros, de sus aguas y las fronteras prohibidas de una isla (y ahí hay otra historia), mientras conservemos en la memoria un mínimo de la luz de aquellos días siempre tendremos un paraíso de imágenes y sensaciones al que poder volver. Y ahora mismo, tal y cómo se está poniendo el panorama, y aunque a menudo parezca tan inútil, en esta y en todas las playas que nos han permitido sentir la cercanía del agua y de la luz hay también una causa inaplazable por la que luchar.
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domingo, 7 de abril de 2019

Ecos

Paseo en los jardines del Prado, en Talavera. En su momento fue el «paseo de las silllas». Foto El Pachinko.
Pienso en que algunas de las mejores y más gratificantes conversaciones que he tenido en los últimos años se han quedado aquí, en las Redes (foros, blogs, muros, messenger, tuits...) y de vez en cuando vuelven, como ecos desde el fondo de un pozo. Echo de menos las cada vez más raras pláticas cara a cara, las tertulias infinitas en la madrugada (en el paseo de las sillas, en los sillones bajos de los cuartos o pisos de estudiantes, en los bares de cierre tardío), incluso el intercambio de voces al teléfono. Pero a cambio estos nuevos intercambios (valga de nuevo el eco) tienen un poder de resonancia y reduplicación de la realidad tan poderoso que por fuerza incitan a pensar que estas herramientas van a cambiar la cultura humana..., ya lo están haciendo, aunque no seamos (o no nos atrevamos a ser) conscientes del alcance de tal transmutación.

Aquel verano

La imagen puede contener: cielo, cancha de baloncesto y exterior
«Evocación idealizada de Eburia desde el futuro». Foto: cortesía de © Luis Sanchez Molina
Salí de la imprenta-librería de Ramiro Gómez con los dos primeros ejemplares de la colección RTV, La Tía Tula y Cien obras maestras de la pintura. 25 pesetas, ambos: cinco duros. No eran los primeros libros que compraba, pero sí la confirmación de que una dedicación importante en mi vida iba a ser la compra de libros. Enfilé hacia la plaza y la calle del Sol, de regreso a casa, más contento que unas pascuas. No veía en aquel momento ni una sola sombra en el horizonte. Ya entonces era muy ingenuo. Y no faltaba mucho para que comenzara a ser un descreído. Eran, claro, otros tiempos. Y otra la ciudad. E incluso a veces tengo la impresión de que otra vida.
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lunes, 11 de marzo de 2019

Música quebrada

La imagen puede contener: interior
Llamador de viejas sombras. En una antigua puerta de Eburia. © AJR, 2019.

No es fácil entender qué es lo que pasa.
Si retiras la mente, se vacía
el fulgor de los ojos. Sopla el viento.
El cuerpo es una concha a la deriva.

Y suena entre sus huecos una extraña
melodía sin fin: la vieja caña
del pensar, el dibujo que porfía
por ganarse el fervor del sentimiento.
Así, como si fueran las palabras
el esquema de un juego de caballos
sobre el atroz tablero de la vida,
la luz al declinar descubre aciagas
sospechas, quiebra músicas. Milagro
es que puedas contarlo todavía.