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sábado, 15 de octubre de 2022

EL PRIMER QUIJOTE

Cubierta de Estampas del Quijote.
Editorial Miguel A. Salvatella, Barcelona, 1956

Hace un poco o algo más de medio siglo, en un colegio llamado Cervantes, y en la muy noble y muy leal ciudad de Eburia, los niños que asistíamos a las clases preparatorios de lo que se conocía como Ingreso teníamos como libro de lectura diaria obligatoria una obrita llamada Estampas del Quijote», “sacadas de la inmortal obra de Cervantes —se decía en la portadilla— para deleite de los niños por Federico Torres y con ilustraciones de A. Batllori Jofré”. En ella, en cada página y debajo de cada escena dibujada, se ofrecían unos breves textos que contaban las aventuras de un caballero loco y su grueso escudero, una extraña pareja en la que tal vez alguno de mis colegas de curso, o yo mismo, pudimos ver cierta similitud con las figuras del Gordo y el Flaco, cuyas historias es muy probable que ya hubiéramos visto en el cine. Esa era la primera vez que los niños de mi clase teníamos un contacto “serio”, por su sentido didáctico, con la novela de Cervantes, aunque las figuras de la curiosa pareja y otros personajes de la obra estaban ya presentes de muy diversas formas en nuestra vida cotidiana: por ejemplo, en los envoltorios de las onzas de chocolate Dulcinea, que recreaban el encuentro del escudero Sancho con las aldeanas de El Toboso; o en los azulejos y cacharros de la muy valorada cerámica local que nos sorprendían en los bancos de la plaza, allí mismo frente al colegio, en algunos rincones de los jardines del Prado o en los zaguanes de algunas casas... Y puede que en muchos más sitios. El caso es que nuestra infancia fue moldeada, incluso más de lo que somos capaces de reconocer, o recordar, por la lectura diaria de aquellas estampas quijotescas, junto con los fragmentos de romances que venían en la Enciclopedia Álvarez y los textos del catecismo que aprendíamos de memoria para poder hacer la comunión. A este respecto, recuerdo que la catequesis a veces la recibíamos en el atrio lateral de la colegiata, la Colegial, también muy próxima al colegio. Allí había una gran puerta de hierro, puede que entonces inservible, que se cerraba con un gran cerrojo cuyo pasador, tal vez del grosor de nuestros brazos de niños, utilizábamos para abalanzarnos sobre él desde el banco corrido de granito y balancearnos en el aire como si fuéramos uno de los equilibristas que, cuando era época de ferias y si había suerte, podíamos ver en el circo de los hermanos Tonetti que montaba su carpa enfrente de la alameda, nuestro bosque encantado, casi una intrincada selva entre cuyos follajes vivíamos, sobre todo en las tardes sin clase de los jueves, extraordinarias aventuras, escenificaciones minuciosamente imaginadas de las persecuciones y duelos de las pelis del Oeste —¡ay, Rayo de Plata, de cuerpo de palo y cabeza espeluchada, cuántas veces cabalgamos juntos!— o las luchas de los espadachines, las colosales proezas de Maciste, la búsqueda de tesoros de cristal y papel de plata…, por no hablar de algunos ritos más o menos peculiares de iniciación, incluidas las “bellaquerías” que menciona Góngora en una de sus canciones. Pero ese, queridos niños y carísimas niñas, es ya otro género y tal vez otra novela. Si os portáis bien, otro día vuelvo con el cuento.
(LUN, 594)

Cubierta de Estampas del Quijote.
Editorial Miguel A. Salvatella, Barcelona, 1956

domingo, 26 de mayo de 2019

Coetzee cervantino


Coetzee.

(Lecturas en voz alta). Aunque tuvo éxito entre sus contemporáneos, es bien sabido que la importancia literaria del Quijote comenzó a ser decisiva para la cultura universal a raíz del aprecio que del libro cervantino hicieron autores e intelectuales foráneos, comenzando por los ingleses. El idilio que un autor de la categoría del Nobel sudafricano JM Coetzee mantiene con la novela cervantina y, por añadidura, con la lengua a la que ella dio definitiva carta de naturaleza artística, es una noticia de extraordinaria importancia. Y tal vez debiera ser valorada en toda su significación y, sobre todo, ser tomada como ejemplo para ciertas políticas culturales y educativas, a menudo empeñadas en fomentar analfabetismos biingües o incluso trilingües, antes que en potenciar un verdadero conocimiento de la lengua en la que se forjó una parte sustancial de la modernidad de la ficción y el arte literario supremo de narrar el mundo. Una gran noticia.

lunes, 19 de marzo de 2018

Fariña: el relato necesario

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Foto de Raquel Moraleja. Tomada de aquí.
(Lecturas en voz alta, 🕵🏼‍♂️67). Fue este artículo de Manuel Jabois el que, por las mismas fechas de su publicación, me descubrió el ahora ya famoso libro de Nacho Carretero, secuestrado por motivos cuando menos discutibles, aunque puede que plenamente justificados en términos jurídicos. Sin dejar de decir que me parece lamentable lo que esa medida sin duda tiene de atentado objetivo contra la libertad de expresión, tampoco ocultaré que, en el fondo, va a ser «providencial» para la difusión del libro y, de paso, también para la serie de televisión en él basada, cuyos espléndidos primeros capítulos se han emitido ya con una muy buena audiencia. Fariña, que leí de forma casi compulsiva en dos sentadas, y luego regalé a un muy buen amigo concernido —geográficamente, sobre todo— por el tema, es un reportaje-ensayo en verdad apasionante, extraordinariamente bien enfocado, brillantemente resuelto, y no carente de un valor literario que me parece entra de lleno en las más destacada virtudes de aquel viejo «nuevo periodismo» (Tom Wolfe et alii) que tan en boga estuvo hacia los años setenta, y que, sin llegar a imponerse en sus principios teóricos, sí puede ser identificado como una de las líneas maestras del periodismo en los últimos decenios.
Ahora, en una tan brillante como hermosa iniciativa, los libreros madrileños han puesto a disposición de los lectores una herramienta que permite leer la obra secuestrada extrayendo las palabras que la componen de las entrañas mismas del «Quijote», es decir de su “Mancha” textual. Nada más cercano al espíritu del ingenioso hidalgo que, si ayer se removía en su gloria ante el temblor de los molinos de Consuegra, hoy toma de nuevo sus armas y sale al campo libre del tiempo que no se acaba (el suyo) dispuesto a “desfacer un tuerto”, que le compete. Pues no en vano... «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida...» (2ª, LVIII).

domingo, 23 de abril de 2017

El día de don Quijote

Día del libro, de san Jorge, de Cervantes (y, calendarios aparte, de Shakespeare). Los resumiría bien a gusto en el día de la exaltación de la imaginación consciente, de la capacidad de soñar con los ojos abiertos de par en par —Eyes Wide Open, por remedar al último Kubrick—, de la vida entregada a la intensidad de sentir —como en el arranque del poema de Eliot— que somos memoria y deseo. 
Y si hubiera que cifrar todo eso en un solo libro y en un solo nombre, bien a gusto proclamaría hoy el Día de nuestro señor don Quijote, probablemente —¡sin duda!— la criatura más universal y consoladora de cuantas pueblan este mundo sublunar en todas sus dimensiones.
Recordaba el último premio Cervantes, Eduardo Mendoza, en su discurso de agradecimiento, las cuatro veces que leyó completa la genial novela. Por mimesis, me he parado a hacer recuento de mis lecturas y he escrito largamente y de forma algo deslabaza sobre ello en mi diario (ta vez algún día lo recupere en Tiempo contado). El punto de partida lo marcó este librito cuya cubierta aparece en el margen externo y al que también pertenece la borrosa ilustración superior.

En los años de la enseñanza primaria, en el colegio Cervantes de Talavera, la lectura de sus capitulillos expurgados, ordenada y regulada por la batuta palmeril de don Mariano, fue mi primer acercamiento a la obra. Recuerdo, como curiosidad, la gracia que nos causaba el episodio del miedo de Sancho, con su consiguiente repercusión intestinal, una escena que los sencillos y graciosos dibujos del libro recreaban con precisión, para gozo y diversión de la chiquillería, siempre tan naturalmente dada a sacarle al cuerpo su punto escatológico. Me asombro al recordar, ahora, que no hace mucho, en un libro escolar en que pretendíamos utilizar esa peripecia, hubo quien lo consideró políticamente incorrecto. Cosas veredes.

Hubo después muy diversas lecturas, en tres ocasiones de forma completa. La primera de estas, en sucesivas mañanas de un mes de verano, tal vez del 71, y en un mismo y sombreado banco de los jardines del Prado de Talavera. No fue una lectura fácil: quizás la obligación —aunque autoimpuesta— era más fuerte que la devoción. Otras lecturas, fragmentarias, azarosas, se produjeron en diferentes circunstancias, que en algunos casos recuerdo con precisión, en parte porque muchas de ellas estuvieron ligadas a actividades editoriales y didácticas. Pero a partir de un determinado momento, cuando pude encontrarle el "punto" al Quijote, a su profunda sabiduría humana y a su inmenso sentido del humor, su lectura ha estado ya siempre asociada al placer. Cuántas veces, abierta la obra para contrastar la exactitud de una cita o el lugar y contexto precisos de un episodio, no me habré demorado en sus páginas, abducido por el poder encantador de palabras que no sólo están vivas sino que hacen vivir...

Y en mis anotaciones, tras rememorar algunas anécdotas relacionadas con las otras dos lecturas completas —la tercera y de momento última hace un par de años, con ocasión de la redacción de la Guía de Lectura que acompañó a la edición escolar de la RAE—, concluyo el recuento con estas palabras: «Y la [ocasión] que queda pendiente. Esa me sigue pareciendo la más importante. Mientras podamos seguir leyendo el Quijote, algo habrá siempre en nuestras vidas que se mantenga a salvo de la tristeza».