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viernes, 3 de julio de 2020

NUL: Recuento y fin del cuento

Javier Serrano: «No somos ángeles».


(Recuento y fin del cuento)
«Me he enterado, oh astuto lector, de que pasas tus noches, además de entregado a esos juegos que tú sabes, rebuscando entre luces, pantallas y papeles muestras buenas de aquel viejo placer que desde niño encuentras en seguirles el rastro a mil y una palabras enfiladas en cuentos y ejemplares relatos o facecias, con trasuntos más o menos felices y obstinados de las innumerables aventuras que le es dado vivir a la criatura humana, en general, a poco que, incluso sin moverse de su propio rincón bajo la luna, se deje tentar y fascinar por el vuelo de la imaginación y ponga en el seguimiento de las maravillosas historias que por todas partes tienden sus hilos de seda una atención de intensidad comparable al menos a su desconfianza...»
Cuando el manuscrito llegó a mis manos, en los últimos día del mes de agosto de 2017, no era consciente de lo que me iba a encontrar en él. Y eso que ya desde sus primeras páginas —de las que acabo de reproducir el primer párrafo— el asunto parecía transparente. Pero entre que la escritura no era siempre asequible y el vasto códice tenía páginas muy dañadas, no parecía sensato augurar un uso provechoso. De modo que, antes de hacerme cargo del conjunto, opté por lo que en aquel confuso momento me pareció lo mejor: echarme a andar por estas pantallas cada noche e ir espigando, de aquí o allá, los fragmentos del manuscrito que me parecieran mas idóneos a fin de cumplir lo que desde el inicio, y por mención expresa del título inscrito en la primera hoja, se me impuso como máxima deseable: la continuidad diaria de la escritura (NULla dies sine linea) y el amueblado de cada noche con su “Novela de Una Línea” (NUL), fuera ésta una expresión de literal exigencia de la brevedad e incluso del más depurado y literal laconismo, o se tratara de un “tipo de relato breve de una determinada condición, naturaleza o línea”.
Como en lo recolectado se acabó imponiendo más bien la segunda acepción, me pareció razonable organizar los materiales diversos en series temáticas y en grupos más o menos homogéneos. Y así fueron surgiendo breverías protagonizadas tanto por personajes (el Invisible, el Fantasma, los Olvidados, los Desertores, los Testigos, el Farero, los Merluzos de habla absurda... ) como por espacios (laberintos, playas, caminos, paisajes) o por agrupaciones más bien tópicas como el Zodiaco, las letras del Alfabeto, los Pecados capitales (Saligia) o el Ciclo del año, sin olvidar la atención monográfica dedicada a asuntos como el Apocalipsis, Babel, la Peste o, por último ejemplo, la dramatización de algún cuadro famoso (Hopper).
Desde el punto de vista formal, y dado que la brevedad exigía poner en juego (y literalmente) recursos especialmente expresivos, sin prescindir nunca de la perspectiva narrativa (siempre alguna retazo de historia al fondo), procuré orientar mis elecciones a la consecución de textos en los que pudiera percibirse cierta tensión lapidaria del aforismo, algún vuelo poético a través del subrayado de atrevidas metáforas presentes ya en el original y, en la parte técnicamente más elaborada, la presencia siempre impactante de la palindromía (en los micródromos y nanódromos), el poder visual y giratorio de los dados y cuadrados mágicos, o el recurso, muy tasado pero no irrelevante, a procedimientos más convencionales —aunque rara vez empleados con fines expresamente narrativos— como adivinanzas, jeroglíficos, chistes, etc. Sin menoscabar ese desorden en el interior de las frases que el autor del manuscrito se empeña en llamar “intropías”, y sin olvidar tampoco el culto que a menudo rinde a los orígenes de las palabras, en una actitud que, a falta de otro nombre mejor, una noche decidí bautizar como “etimolatrías”. Es bien sabido que, con la combinatoria adecuada y en su justa medida, el relato —como su gruesa hermana mayor, la novela— lo asimila todo.
Elemento esencial de estas NULs, elegido siempre con total intención y muy a menudo tras laboriosa búsqueda, han sido las imágenes que ilustran —o mejor dialogan con— cada texto. La mayoría de ellas son pinturas de autores muy destacados, aunque también hay dibujos, esculturas y fotografías e incluso algún grafiti o pintada no carente de valor artístico. Todas están ahí, además de por su propio peso estético, por razones tal vez no siempre palmarias ni acaso a primera vista entendibles, pero sí explicables y, en el fondo, diría que acordes con la lógica del juego. En las últimas semanas, para la serie «Las Caminatas», he tenido la gran suerte de poder contar con ilustraciones ad hoc de Javier Serrano, una colaboración que le agradezco al gran artista y generoso amigo, y a la que espero darle continuidad, fuera ya del formato de este invento, aunque prolongando el camino iniciado. 
En relación con la selección de ilustraciones, haré una precisión: aunque es evidente la búsqueda de sintonía entre imagen y texto, y a veces el hallazgo de la primera ha influido en la concreción de algún detalle del segundo, he procurado mantener la autonomía entre ambos, de modo que los relatos espigados no deban su completo sentido y sus posibilidades de interpretación a la sola presencia de la imagen. No sé si eso se logra siempre.
Por lo demás, en el continuo trasiego nocturno a lo largo de estos casi tres años (han sido Mil y Una noches, en circunstancias no siempre fáciles), junto con el material objetivo de partida, he tenido muy presentes a autores a los que, además, aquí o allá, y más de una vez, he rendido explícito homenaje, a poco que el manuscrito insinuara algo en esa dirección. Son muchos, pero quiero citar como imprescindibles, además de a los dioses tutelares —Cervantes, Shakespeare, Poe, Mallarmé, Ducasse, Valle, Joyce, Pessoa, Borges, Cunqueiro, Paz, Rulfo...—, a los maestros Filloy, Cortázar, Ferlosio, Monterroso, Delibes, Goytisolo (Juan), Ríos, Vila-Matas, Bayal, Millás y Rivas, entre otros muchos, a los que agradezco y muy de veras sus ejemplos y el acicate de sus lecturas.
Pero mi completa gratitud va para todos y cada uno de los no muy numerosos pero muy selectos, sensibles e inteligentes lectoras y lectores cuya fiel generosidad a menudo ha sido el principal estímulo para culminar este proyecto que aquí llega a su NUL MIL Y UNA y por tanto a su fin. VALE.

jueves, 2 de julio de 2020

La Noche Mil

Ernst Ludwig Kirchner: Bañistas en la playa (Fehmarn) (detalle), 1913. 
Staatlichen Museen, Nationalgalerie, Berlín.
La Noche Mil con Elima y Luna
Al llegar la Noche Mil, y a punto de hacer recuento, cayó en la cuenta de que se encontraban en el EJE del año. Mientras se calzaba las sandalias y recogía las redes, vio salir del mar a dos criaturas esplendorosas que le hacían señas para que se acercase. Cuando se dirigía a su encuentro, fue consciente que de ese modo se iba cumplir la vieja profecía de la diosa bifronte: «A NUL ya milenario irán Elima y Luna». Y se fue hacia ellas.
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domingo, 28 de junio de 2020

Merluzos: la Despedida

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Bernard Buffet: Payaso Blanco (izquierda), 1997; y Payaso con margarita, 1978.

—Buenas noches.
—Noche buena.
—¿No se adelanta usted un poco?
—Es que vengo a despedirme.
—Ah, si es por eso.
—Por eso es.
—¿Se va?
—Sí, bueno, nos vamos...
—Ustedes, ¿quiénes?
—¿Cómo que quiénes? ¡Nosotros!
—Ah, nosotros. Quiere decir...
—Sí, eso mismo.
—Ya. Y se puede saber...
—¿... a dónde vamos?
—Eso también, pero antes...
—Antes, ¿qué?
—¿Que por qué tenemos que irnos?
—Es lo que hay.
—Y más a más...
—Ah, no sabía...
—¿Qué?
—Que fuera usted polaco.
—No soy polaco.
—Bueno, catalán, ya me entiende.
—No soy catalán.
—¿Entonces...?
—No, ni entonces, ni ahora.
—Pero eso que dice...
—Todo se pega.
—Claro, tanta murga.
—No sé por qué me tengo que ir yo con usted...
—Pues usted sabrá.
—¡Usted es el que dijo que nos vamos!
—Sí, eso dije.
—¿Y por qué?
—Ah, bueno. Cumplo órdenes.
—¿De quién?
—Incógnita. Soy un mero transmisor.
—¿No será usted un bot de esos?
—Que yo sepa...
—¡Tiene gracia!
—¿El qué?
—Que en el fondo todos seamos ya bots.
—Bots llenos de bits.
—¿Bots o botes?
—¡Eso tiene rima!
—Me la perdone usted.
—¿Y qué me dará a cambio?
—No sé, ¿la hora?
—La hora es un tesoro.
—Ah, el tesoro... de la juventud.
—¡Hermosa obra!
—Grandes recuerdos.
—¡Qué lejos queda!
—Vamos, que se hace tarde.
—La cosa está que arde.
—Los fuegos fatuos.
—¡Oiga, sin insultar!
—No se amohíne, amigo.
—¿Pero qué dice?
—Ya ha comenzado el tiempo de descuento.
—Eso es muy relativo.
—O sea que depende.
—Sí.
—¿Y de qué depende?
—De lo que se tarde en darle vuelta al reloj.
—Querrá decir darle cuerda.
—Es un reloj de arena.
—Ah, en ese caso, no atrasará.
—No, pero se escurre.
—Si usted lo dice...
—Es lo que hay.
—¿Vamos, pues?
—Sí, vamos.
—Adiós
—Agur.
—Adeus.
—¡Chao!
Y salen. O mejor: se pierden, como entes ausentes de ficción, entre las nieblas del fondo de la página y al sur de la pantalla, tal vez hacia la nada. Nadie es perfecto.
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sábado, 27 de junio de 2020

Hierros (4 x 4)

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Hans Ruedi Giger: Work #217 ELP I, cubierta principal del LP Brain Salad Surgery (1973), 
de Emerson, Lake & Palmer.*

A R I O

R U G I
I G U R

O I R A


*
Miquel de Palol utilizó este misma imagen para ilustrar 
la cubierta de su novela Ígur Neblí» (Anagrama, 1994), 
protagonizada por un singular caballero.

La imagen puede contener: texto que dice "MIQUEL DE PALOL İgur Nebli A ANAGRAMA Narrativas hispánicas"



jueves, 25 de junio de 2020

Interiores

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Ilustración ©️Javier Serrano, 2020
Hay en mi memoria un camino que une las entrañas aéreas de un cubo de granito, el laberinto ocre de una mina romana a cielo abierto y el pasadizo angosto y declinante de una tumba inmortal. Por dentro, en mitad de la noche, me demoro en la ensoñación de esos lugares cuyo tacto aún perdura, mientras en el papel y en la pantalla sólo soy capaz de agrupar unas pocas pistas alrededor de tres nombres invencibles: el Escorial, las Médulas, Dahshur.

1. Escorial


Media docena de veces recorrí, por los tejados del monasterio escurialense, el camino que arrancaba de la Torre de Mediodía y, tras avanzar sobre el alero del Patio de los Evangelistas, escalaba un sendero breve de pizarras hasta adentrarse en el Cimborrio por una abertura de paso algo angosto, pero practicable.
Una vez aclimatados los ojos a la penumbra, la ruta proseguía, ya holgadamente, con el completo recorrido del perímetro de la basílica a través de las muy amplias cornisas superiores. Había una obligatoria parada justo tras la obra excelsa del retablo mayor en la que se ponía de relieve el trampantojo de los tamaños bien distintos de las imágenes del último cuerpo. La alucinada travesía se prolongaba luego hasta alcanzar la parte interior de la fachada del Patio de Reyes. Allí un ventanuco cerrado por una celosía verde permitía calibrar a ojo desnudo la dimensión de las figuras bíblicas y la verdad del dicho: «Seis reyes y un santo salieron de este canto y aún sobró para otro tanto».
El retorno de aquella excursión, en la que casi siempre hice de cicerone, solía discurrir entre parabienes y agradecimientos. Pero recuerdo de modo especial la ocasión aquella en que tuve por compañía a un poeta, hoy por completo y acaso injustamente olvidado, y que, al concluir la caminata y tratando de recobrar el resuello, me miró con inmensa ternura y me dijo: «Voy a soñar con esto mientras viva». Sabrás que a mí, querido amigo Rafael Duyos, después de tanto tiempo, aún me pasa.


La imagen puede contener: una o varias personas
Ilustración ©️Javier Serrano, 2020

2. Médulas

En la médula del recuerdo brilla con luz propia el rojo intenso de la Mina Romana a cielo abierto que aún puede visitarse en las Tierras Bercianas. Es un lienzo de paisaje humanizado que mantiene intacta la sugerencia de una vieja industria. Y un raro ensamblaje de historia y naturaleza tan bien conseguido, que por sí solo supone una página elocuente de la crónica humana.

El día en que accedimos al lugar desde la Aldea tuvimos la inmensa suerte de poder comprobar en soledad los trabajo de la Ruina montium»: los efectos del agua embalsada al despeñarse desde gran altura por una red de canales y galerías. Y hasta nos atrevimos a penetrar en la angostura de La Cuevona (¿o sería la Encantada?) y allí, tras cruzar reptando un breve pero interminable pasadizo, accedimos a un mirador que nos llenó los ojos de ocres increíbles y las ropas de un pegajoso polvillo ladrillar.

«Un paisaje cobrizo», dijo una voz a nuestro lado. Era un paisano de edad indefinible, vivaz y enjuto, cubierto con un sombrero de paja cruda y vestido con una especie de guardapolvos o sabitelo que insinuaba, pese a la innegable nobleza del rostro y el porte, cierto aspecto forajido, tal vez de buscador de oro de película. No recuerdo lo que hablamos con él, si es que algo hablamos, pero tengo la sensación de que si ahora mismo volviéramos al lugar allí estaría. Y entre sus mano brillaría aún, como entonces, un pequeño disco de oro.

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Ilustración ©️Javier Serrano, 2020

3. Dahshur


La pirámide roja de Dahshur está muy cerca de El Cairo. Llegamos a ella de buena mañana y, tras ascender la empinada escalera que conduce a la boca de acceso, nos adentramos en su interior descendiendo a través de un rampa angosta cuyo suelo estaba jalonado por travesaños de metal a modo de peldaños. La altura, aunque por lo común permitía avanzar agachados, en algunos tramos exigía hacerlo casi en cuclillas y eran esos los momentos en que, además de recibir algún rasponazo inesperado, se cernía sobre nuestras cabezas y nuestras almas el profundo misterio de lo que la muerte pudo significar para el antiguo pueblo egipcio, y cuál no sería su indescifrable valoración para levantar a su amparo semejantes y del todo incomprensibles estructuras.

Aquel descenso ad inferos culminaba en una sala cuadrada de no más de cinco metros de lado donde ya era posible estar completamente erguidos y en la que, por encima de cualquier otro pensamiento, meditación, sospecha, lucidez o pesadumbre, se imponía un penetrante y agrio olor a desinfectante, como resumen acaso último de que por mucho que le hagamos altares, alardes, libros, cuadros, ritos y todo tipo de cucamonas a la muerte, la verdad del todo inexcusable es que no conseguimos librarnos de ella.
Recuerdo —extrañamente, pero es así —que, antes de iniciar el regreso hacia la luz desde el corazón de aquel laberinto, lo que se me vino a la mente fue la ocurrencia de que John Huston tenía razón: un sencillo e incluso ingenuo paseo entre el amor y la muerte, eso es la vida.
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miércoles, 24 de junio de 2020

El trébole

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Edward Robert Hughes: Fantasía del verano, 1911.
Probablemente se lo había inventado todo, pero le hicimos caso. De modo que buscamos las pilicas curtidas de machos cabríos, nos calzamos las grandes albarcas con sus zaragüeyes, cogimos el cencerro mudo del castrón, la cayada de nudos y la birreta tripicuda y, por la puerta falsa del corral, nos hemos venido hasta esta orilla del río, a esperar a que suba la luna y el primer rayo de sol nos señale la fuente de los secretos, el lugar del agua nueva y el sitio del trébole. Por ritos que no quede. Ni por objetos de poder.
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domingo, 21 de junio de 2020

Llegada a Oniria

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Darío de Regoyos: Artecalle (Durango), 1905. Colección Particular.
Cuando llegué al lugar, el Demiurgo me estaba esperando. «Estabas en lo cierto —me habló—. No hay diferencia entre dormir y velar: en ambos casos estamos soñando».

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jueves, 18 de junio de 2020

Cañas y barras

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Karl Schmidt-Rottluff: Wine bar, 1913. Brücke Museum, Berlín.
Rufo, que a estas horas ya debía de andar un poco pasado de copas, se me acercó, birra en ristre y, tras acodarse en la barra y sin quitarle ojo a las latas de exquisitas conservas y a las bandejas de suculentos pintxos, me espetó: «No dejes de grandes cenas para mañana lo que están las sepulturas puedas hacer llenas hoy». Cuando yo digo que cada día está más loco...
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miércoles, 17 de junio de 2020

El Cuento

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Paul Gauguin: Mata Mua («Érase una vez»), 1892.
© Colección Carmen Thyssen-Bornemisza en depósito en el
Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid (al parecer, por poco tiempo).

—Abuelita, abuelita, ¿y cuándo fue el tiempo del érase una vez?
—No sé, mi amor. Nadie lo sabe.
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domingo, 14 de junio de 2020

La contadora

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Sophie Gengembre Anderson: Scherezad, Segunda mitad del siglo XIX.
The New Art Gallery Walsall (Reino Unido).
Andaba Sherazade algo bocabajeada y casi descreía de que su tarea llegara a tener buen propósito, cuando se le apareció el maestro Jorge de Burgos en una nube dorada y le dejó este consuelo: «Desvarío empobrecedor el de querer escribir novelas, el de querer explayar en quinientas páginas algo que se puede formular en una sola frase». Más contenta que escribano con pluma de faisán, la contadora sintió que se renovaban sus meninges y se dispuso a encarar con frescos bríos la recta final hacia la noche mil y una.
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viernes, 12 de junio de 2020

El Obelisco

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Ilustración ©️Javier Serrano, 2001
(También conocido como «El caminante inmóvil»)
Por más que fuerzo la memoria no consigo saber por qué camino llegué al interior del Obelisco, que sin duda estaba ya en la famosa película de Kubrick, en forma de monolito que le descubría a nuestro antepasado simio la perfección de la línea recta y el placer de acariciar un filo.
Y también en la cantera aquella de Egipto, no muy lejos de la ciudad líquida de Asuán, de donde al parecer salieron los más historiados y famosos de las plazas del mundo, además del obelisco inacabado, que allí se mantiene, caído y quebrado, como un ejemplar único en su especie, aunque de hecho nunca haya tenido esa condición.
Sé que han sido varios los caminos recorridos y muchos los paisajes soñados antes de poder reconocerme en este estado de alerta interior, concentrado frente a la abertura que me permite contemplar el mundo, más ensimismado que verdaderamente solitario, atento a cualquier movimiento que venga del exterior —o de mi propio corazón— y, sobre todo, dispuesto a despegar tan pronto como la cuenta atrás finalice.
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miércoles, 10 de junio de 2020

La Flaca

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Diego Rivera: La Ofrenda del Día de Muertos, h. 1922-1926.
Mural en la Secretaría de Educación Pública (SEP), Ciudad de México.
(Pau Donés, in memoriam)
Llegó enmascarada y envuelta en una nube de tópicos. Pero no cabía ninguna duda de que era ella. Ni de lo que buscaba.
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lunes, 8 de junio de 2020

Las avispas

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Manolo Quejido: El barrendero, 1986. Col. Particular (?).
El escenario del viejo teatro permanece vacío durante un buen rato. Al levantase el telón vemos a un barrendero que está recogiendo del suelo las hojas de lo que seguramente, durante la noche, habrá sido un vendaval. Cuando llega al centro de la escena se detiene, se limpia el sudor y, apoyado sobre la escoba y mirando con fijeza al público, declama:
El pensar fundamental
digo yo que no es lo mismo
ni siquiera
que el rastro del animal
que olisquea en el abismo
una bandera.
Se agacha y, de entre las hojas amontonadas, saca los jirones de lo que parece ser una enseña de colores. La guarda en su cubo portátil y, mientras sigue andando, se le oye canturrear:
Y, dispuesto a dejar huella
como un rastro bien visible
en el paisaje,
siembra bilis y querella
con furor de incombustible
viejo ultraje.
Al llegar al final del proscenio, el barrendero asciende con sus herramientas por una pequeña rampa que lo vuelve a situar en medio de la escena, pero ahora a metro y medio del suelo. Desde allí, y mirando nuevamente al público, dice:
No se engañe nadie, infiero,
pensando que se detiene
su estulticia:
es un enemigo fiero
con esa tirria que tiene
y su avaricia.
Al concluir, mira hacia el cielo y extiende una mano como quien comprueba si llueve. Cae el telón. La escena permanece en silencio durante unos minutos. Se oye un raro zumbido que poco a poco, pero de forma perceptible, va creciendo. Y un poco después se oyen los truenos y se ven los relámpagos de un tormenta. Apertura de plano. La cámara sobrevuela el patio de butacas, vacío, aunque en algunos asientos se ven maniquíes y grandes figuras recortadas. En un rincón de la pantalla, mientras la tormenta arrecia, puede leerse la palabra
FIN
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domingo, 7 de junio de 2020

Los sonámbulos

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Honoré Daumier: La noche: Paseantes» (o Los noctámbulos), 1847.
 National Museum Cardiff, Gales.
El noctámbulo inmóvil, prisionero de las horas sin dueño desde más allá de la medianoche y hasta antes del alba, siempre supo que no estaba solo. Lo que no imaginaba es que los corredores velados de la luna llena —"luna rosa" la llaman en estos tiempos más bien desvaídos— pudieran estar llenos de tantos Iluminados. «Somos legión», se dijo. Y, sin pensárselo más, se sumó al corro.
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miércoles, 3 de junio de 2020

Laberinto (f)

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Obra de Xavier Grau, uno de lo más destacados representantes españoles del expresionismo abstracto.
Falleció el pasado 30 de mayo 2020, a los 69 años.
Allí está y estaba él, él mismo, hecho sólo de unas pocas palabras, pura identidad destinada a crearse en los enlaces eléctricos de esas previsibles o imprevistas neuronas ajenas —sí, esas— y obstinado en medio de un nuevo laberinto, como el artista «orientado hacia una abstracción que mantiene inalterada la tensión interna entre el color y el dibujo, sin reducir su vivacidad cromática ni el movimiento de sus superficies, que están contenidas por el ritmo de las formas que articulan su estructura interna», y en busca, siempre y ahora, de una salida. Esta.
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martes, 2 de junio de 2020

El paraguas

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Ilustración ©️Javier Serrano, 2020.
Entonces aún no lo sabía, pero ahora no tengo ninguna duda. Aquella tarde lluviosa, en la ciudad de la piedra dorada, mientras caminaba hacia la Alamedilla desde el rocoso internado de la Avenida de Valladolid, lo que me salió al paso en forma de paraguas fue un rincón del paraíso.
Como en la canción, ella caminaba por mitad de la calle, bella y ajena, y yo tuve la impensada osadía de invitarla a guarecerse. Su mirada fue tan dulce y expresiva, tal vez tan misericordiosa, que estuvo durante años acariciándome el corazón y algún desvelo. En aquel momento, además, me sirvió para vencer los temores ancestrales y la mucha timidez. Aún me conmueve recordar que, haciendo uso de una frase que en realidad no aprendería hasta mucho más tarde, me puse a su lado y le dije:
—No soy poeta, pero tengo un paraguas.
Después caminamos, juntos, un buen trecho bajo una lluvia tópica e interminable.
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lunes, 1 de junio de 2020

El patio

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Obra atribuida a Bansky hallada en Londres en abril de 2019:
«A partir de ahora termina la desesperación y empiezan las tácticas».
Cuando abrió la puerta y salió al nuevo día se dio de bruces con una gran pintada que aún parecía tener la tinta fresca: «Vamos, chicos, chicas, a ver quién es el primero que la caga hoy».
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domingo, 31 de mayo de 2020

Amanecer

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Adam Elsheimer: Aurora, hacia 1606. Herzog Anton Ulrich-Museum, Brunswick (Alemania).
(Soliloquio desdoblado)
—No está nada claro cuál sea la verdadera sustancia de la luz.
—Ni siquiera si la luz está más allá de nuestros ojos.
—Ni si lo verdadero es algo más que una quimera.
—Ni si la quimera importa al fondo mucho.
—¿Y qué decir entonces del insomnio?
—Tampoco es improbable que sea sólo un sueño.
—Un sueño que se empeña en negarnos el placer de soñar.
—O viceversa.
—Puede que estemos al borde de un azar resbaladizo.
—Y hoy parece haber amanecido el domingo postrero de las dudas.
—Si es que, a estas alturas asonantes, significa ya algo el calendario.
—Y una pregunta al fin subiendo con el sol...
—Al borde del abismo, ¿quién nos pedía dar un paso al frente?

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miércoles, 20 de mayo de 2020

El turno

La imagen puede contener: personas de pie
Alexei Sundukov: La cola, 1986. Museo Estatal Ruso, San Petersburgo.
—Buenas tardes.
—Buenas.
—¿Es usted el último?
—Según cómo se mire.
—En la cola.
—Claro, estoy en la cola.
—¿Y para qué es?
—¿Para que es qué? ¿la cola?
—No, que para qué quiere usted ser el último.
—Bueno, acabo de llegar.
—Ah, entonces, no sabrá...
—¿Qué insinúa?
—Nada, sólo si sabe si tardará mucho...
—Eso depende.
—Varía, claro.
—Sí, varía. Pero también depende.
—¡Vaya! El caso es que...
—No, no voy a ir a ningún sitio.
—Ya, ya, sólo quería decirle que...
—Diga, diga.
—... no sé si pedirle a usted...
—¡Eh!
—... la vez. El turno, ea
—Ah, bien. Si es eso sólo, hecho.
—Después de usted, entonces.
—Se verá.
—¿Y eso?
—Nadie puede estar seguro.
—Bueno, eso es cierto. Son tiempos raros.
—Fíjese, cuanto llegué no había nadie.
—¿Nadie? Y eso.
—No es fácil hacerse cargo.
—Y que lo diga.
—Uno llega, vive su vida, va pasando el tiempo...
—Es como dice.
—Y cuando se quiere dar cuenta...
—Sí...
—... faltan más de la mitad de los que iban delante.
—E incluso al lado.
—Si, esos también.
—Esos y esas, no se olvide.
—Y es entonces cuando se vuelve uno...
—Una miradita hacia lo que viene por detrás.
—¡Eso mismo! Se mira y...
—No me diga más: se vuelve a caer en la cuenta de que...
—... alguien se pondrá detrás...
—... y nos pedirá el turno...
—... y se lo daremos...
—... y así sucesivamente.
—Bueno, parece que le toca.
—No si yo ya me iba.
—Ah, creía que...
—No, nada. Es su turno.
—Bueno, gracias,
—Adiós, buenas tardes
—Adiós, buenas noches.
El autobús llegaba ya. Y, como siempre durante estos días, casi vacío.

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lunes, 18 de mayo de 2020

El invisible (v-w)

No hay ninguna descripción de la foto disponible.
José Manuel Broto: Arabescos: las puertas del serrallo, obra de la exposición
Algunos colores, actualmente en la Real Casa de la Moneda,
Madrid (cerrada temporalmente). Foto: AJR,
2020.
Cuando ya no quedaba nadie, al invisible se le pasó por la cabeza la idea de abandonar su estado, prescindir del prefijo, quitarse la mascarilla de los últimos días y desdoblarse. Pero entonces le paralizó una duda hasta entonces inédita: ¿para qué?
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