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jueves, 21 de octubre de 2021

Ritmo y rima internos

Ritmo interno y, en realidad, rima interna la de este soneto blanco que va jugando con rimas asonantes y (por así decir) semiconsonantes, algunas concertadas hasta el punto mismo de precipitarse (casi) en el ripio, y en sentido de sonoridad creciente, hasta desembocar en el dístico final que se cierra sobre sí mismo con una rima no sólo fuerte sino también sin salida.


Ritmo interno
Escucho, atento, por si suena el eco
de lo que apenas pienso, mientras crece,
con la memoria de la nieve, el rastro
de una palabra en el ocaso. Brilla,
alrededores de la isla, el último
reflejo que en el humo se deshace
y traza en este aparte una frontera
que a la vida en su pena no redime
pero pone a la esfinge su diadema
y rompe el cerco de la arena y nombra
en estas raras cosas un asombro
que ve, detrás del ojo enajenado,
un testigo que al borde de sí mismo
es el puro reflejo del abismo.



jueves, 11 de marzo de 2021

Aldaba de música quebrada

Del poema en cuestión puede que lo primero fuera el título. Y quizás también lo último. El soneto heterodoxo, con bulto y figuración suficientes para ser reconocido como tal, se fue escribiendo en respuesta a no sé qué impulso emocional —supongo que un retazo de pensamiento meditativo, escorado hacia la ensoñación— al tiempo que su forma, una mezcla consciente de rimas irregulares pero bien perceptibles y organizadas con movimientos o saltos de caballo sobre el tablero o partitura, se iba configurando como el verdadero fondo (inexcusable) para crear la sensación de lo que, aún siendo lo que nos consuela y nos da sentido (si es que alguno), finalmente se impone por su propio carácter incompleto, fragmentado, fragmentario: una ráfaga de “música quebrada”, misma/mente. Mais qui dira les torts de la Rime? Ah, y la aldaba de la foto. Que también percute.




Música quebrada
No es fácil entender qué es lo que pasa.
Si retiras la mente, se vacía
el fulgor de los ojos. Sopla el viento.
El cuerpo es una concha a la deriva.
Y suena entre sus huecos una extraña
melodía sin fin: la vieja caña
del pensar, el dibujo que porfía
por ganarse el fervor del sentimiento.
Así, como si fueran las palabras
el esquema de un juego de caballos
sobre el atroz tablero de la vida,
la luz al declinar descubre aciagas
sospechas, quiebra músicas. Milagro
es que puedas contarlo todavía.