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domingo, 2 de agosto de 2026

Rememoraciones

Página de Terra sigillata, de Serrano & Ramos. 

Pues ya me dirán o diréis o insinuaréis o farfullarán... a qué viene tanta extrañeza y esas alteraciones, si ya todo estaba bien clarito en los sermones campanudos del Padre Isla. Aquí un ejemplo. El que sepa entender, comprensible

viernes, 16 de agosto de 2024

Alfredo, adiós a un maestro

(La Palestra)

Autorretrato de Alfredo. Tomada de El Mundo


Adiós al gran dibujante Alfredo, maestro del retrato del alma de la ciudad

El pasado día 6 de este mes de agosto de 2024 falleció en su casa de Madrid el dibujante e ilustrador Alfredo González Sánchez, conocido artísticamente como Alfredo. Hombre muy querido y admirado en su profesión (mi amigo Javier Serrano era buen amiho suyo) y con una amplísima trayectoria tanto en el mundo de la creación publicitaria como, sobre todo, en la ilustración, está considerado como un maestro por varias generaciones de artistas. Es el iniciador entre nosotros de una forma muy peculiar de retratar la ciudad, concebida como un personaje y caricaturizada y reflejada con gran intención, viveza  y creatividad en unos singulares retratos urbanos cuya influencia es muy visible en la ilustración española de las últimas décadas. 

Alfredo había nacido en 1933 en la aldea de Agüeria, del concejo asturiano de Aller. Tras educarse y profesar como religioso dominico, a los 25 años colgó los hábitos y en 1958 se instaló en Madrid donde comenzó a trabajar en muy diversas ocupaciones, algunas vinculadas con galerías de arte. No tardó en abrirse paso a través de importantes agencias de publicidad, y la calidad de su trabajo le llevó a trasladarse y residir durante unos años, entre 1971 y 1976, en Caracas como creativo publicitario, al tiempo que realizaba algunas exposiciones pictóricas. 

De regreso a España, se instaló inicialmente en Barcelona y, sin dejar la publicidad, fue decantándose hacia la ilustración y publicó en revistas como El Papus y El Jueves. Volvió definitivamente a Madrid en 1977 y multiplicó sus colaboraciones en prensa, al tiempo que se iniciaba en la ilustración de libros con alguna obra de Borges y la edición especial de Travesía de Madrid (Espasa-Calpe, 1981), de Francisco Umbral. Entre otros galardones, fue distinguido con el Premio Nacional de Dibujo Penagos-Mapfre (2003) y el Premio Nacional de Ilustración (2017). 

Ese mismo año de 2017 el Museo ABC de Madrid organizó una amplia exposición de su obra donde pudimos admirar su maestría. También publicó entonces su imprescindible y revelador La ventana de atrás: desmemorias de un dibujante, editado por Treseditores. Su bibliografía incluye una veintena larga de obras, varias de ellas fruto de la estrecha colaboración con el escritor Ignacio Carrión y referidas a ciudades como Moscú, Nueva York, Madrid, la costa gaditana, la Ruta de la Plata o el Camino de Santiago. Ilustró asimismo unas muy divertidas Coplas de la decadencia española: contubernios y cachondeos (España 1814-1989), con textos de Ángel Rodríguez Valdés, y una edición de Poeta en Nueva York, de García Lorca. 

De forma inexplicable, su fallecimiento apenas ha tenido eco en los medios, aunque tales ‘descuidos’, lamentablemente, van siendo un ejercicio de olvido habitual en nuestra civilización hiperconectada. 




martes, 21 de mayo de 2024

DIMES Y DIRETES

Javier Serrano: Sin título (postfigurantes), 2024.

No soy ni héroe ni traidor.
Soy ni traidor ni no héroe.
Ni soy no traidor ni héroe.
Héroe no ni traidor ni soy.
Ni héroe no ni soy traidor.
Traidor héroe ni soy ni no.

(LUN, 11 ~ Dado, tomado de Angel Mosterín,
a cuya tan frondosa como sagaz
y divertida sombra lo encomiendo)

lunes, 3 de abril de 2023

El GOLEM

Ilustración © Javier Serrano


(O EL LENTO CRECIMIENTO DE LA PRIMAVERA)




Quizás porque no hacían más que proyectarse a través de nuestros ojos, y parecían capaces de aprovechar hasta el más pequeño resquicio de nuestros sueños, las nubes de la gran ciudad habían recuperado sus viejas formas vagamente corporales y no sólo transitaban sobre nuestras cabezas, como de costumbre, sino que se mezclaban con las muchedumbres solitarias y a menudo se dejaban ver como grandes ídolos en los rincones más concurridos.
—Esto no es lo que parece —dice Jack.
—Sí —responde Lytton—, no lo es.
—El lento crecimiento de la Primavera nos ha vuelto a superar.
—Ya no es posible estar preparados.
—Pudimos haber creado antes el Golem.
—Es el Golem quien nos pudo haber creado antes.
—¿Sin las palabras necesarias?
—Las palabras ya no sirven.
—No tenemos otra cosa.
—¿Y qué hacemos con la claridad?
—Puedes defecarla.
—Sigues masticando agujas de hielo.
—No espero que puedas entenderme.
—Tus voces se cuelan en mis sueños.
—Y tú eres la peor de mis quimeras.
—Tendríamos que rezar juntos.
—Hacer cualquier cosa juntos.
—Lo siento, olvidé tu nombre.
—Me llamo Jack. ¿Tú eres Lytton?
—Lo siento, olvidé mi nombre.
—Nos ha convocado él.
—Solo veo este paisaje.
—La casa del pararrayos helado.
—No soy capaz de salir de mi cerebro.
—Ya están a punto de llegar.
—Bah, seguro que es otra falsa alarma.
—Chisss, ¿no lo oyes?
—Hay demasiado ruido.
—El zumbido de fondo.
—Parece como si alguien se hubiera dejado la luz encendida.
—El zumbido de fondo.
—Chissss, chissss…
—Calla, calla…
Hay una crónica que aún puede consultarse en el Templo en la que se cuenta cómo el Golem se echó a andar y pasó el resto de sus días, que aún son estos, buscando a alguien que lo desenchufara.
(LUN, 426 ~ «Los figurantes de Javier Serrano», XI)

viernes, 10 de marzo de 2023

ALTA POLÍTICA


Ilustración © Javier Serrano

El asunto es muy serio. De modo que no hay más remedio que plantarle cara. Y, luego, regarlo minuciosos. Esperar a pintarle unos grandes bigotes. Aprender la fisiología exacta de esas muecas, precisamente esas, que nunca habría esperado. Hacérselas. Hacerlo. No se vaya a creer que le tenemos miedo.

(LUN, 448 ~ «Los figurantes de Javier Serrano», IX)

lunes, 20 de febrero de 2023

EL DERVICHE QUE VIVE EN MI INTERIOR

Ilustración © Javier Serrano

Muchas veces, al recogerme por las noches, tiendo a repasar los sucesos del día, valoro los destellos, si es que alguno, logrados en las horas cruciales y pongo a buen recaudo los esbozos exangües, como el que extiende sobre la lasca de pizarra los pescados conseguidos al bajar la marea. Cuando ya todo está reducido a su orden, comienzo mi danza. Y si hay suerte no dejo de girar hasta que la primera luz me hace señas al otro lado del cristal.

(LUN, 464 ~ «Los figurantes de Javier Serrano»)

domingo, 12 de febrero de 2023

A LA VISTA DE LAS TIERRAS RARAS

Ilustración © Javier Serrano

Como todo empezaba a tener un cariz vagamente bíblico, deduje que aquella mujer junto a la playa sería alguna de las heroínas que en las primeras horas del amanecer recogían los frutos del mar y bregaban con los restos de los naufragios nocturnos, las mismas que después pondrían en orden las restantes horas y nos traerían, al atardecer, el matacandelas, para que ya por nosotros mismos pudiéramos apagar las últimas luces y tener así la sensación de que también era una vida digna la vida en medio de las tierras raras y en el interior de la ballena.

(LUN, 473 ~ «Los figurantes de Javier Serrano», VI)

lunes, 6 de febrero de 2023

EL SÉPTIMO CIELO, TAL VEZ EL OCTAVO

Ilustración de Javier Serrano.

Levanté la vista y vi en la ventana a alguien que me hacía señas. Parecía estarme hablando desde un poema que había leído muchas veces. «¡Come chocolate, niña, come chocolate!», oí una voz en mi interior. Luego supe que era mi abuelo Manuel y que le estaba hablando a mi padre Antón, para recordarle algo. Aunque quizás lo había confundido conmigo. En el séptimo cielo de Nosa Terra no es fácil saber si uno sube o baja. Tampoco acá las cosas son fáciles.

(LUN, 479 ~ «Lo figurantes de Javier Serrano», V)

sábado, 28 de enero de 2023

LA LÍNEA DE FLOTACIÓN

«Con este se pierde toda esperanza», dices. «Tal vez sea así», te respondo, mientras clavo mi pupila en las manos que percuten sobre el cristal. No cejaremos en la contemplación. Hay que seguir buscando el hilo del cuento y la sombra del águila parada en el centro del aire.
(LUN, 487 ~ «Los figurantes de Javier Serrano»)
Puede ser una ilustración

Todas las

miércoles, 18 de enero de 2023

ENTRE ÁNGELES

Ilustración © Javier Serrano
En aquel tiempo, todos teníamos un ángel. Si eras limpio de corazón y de sentidos despiertos, fácilmente podías ver su sombra en la cabecera de tu cama. Ayudaba mucho que la cama fuera de metal niquelado y que la luz penetrase en tu cuarto a través de un gran ventanal. También resultaba sencillo sorprender el bulto de tu ángel andando a tu lado, o un poco por detrás, camino del colegio en los días de niebla. Con frecuencia te dabas cuenta de que el ángel te estaba mirando al entornar una puerta o al pasar delante del escaparate de la tienda de lámparas. Uno de sus milagros más comunes, a la vez que la mayor prueba de su existencia, era el baile de motas de polvo al trasluz que el ángel ejecutaba para ti en los lugares más insospechados y en momentos que parecían robados al sueño y que, por eso mismo, contemplábamos con ojos bien abiertos. El ángel, nuestro ángel de la guarda, era el primer amigo imaginario. Y como ocurre con todos los amigos, no siempre nos llevábamos bien con él. A veces nos agobiaba su presencia en situaciones que exigían total intimidad. También temíamos que en el fondo fuese sólo un espía. O, aún peor, un chivato capaz de vendernos a las primeras de cambio revelando a los demás cosas que eran secretas incluso para nosotros. Con el paso de los años, esa sospecha podía volverse insoportable y con frecuencia llegaba el momento en el que el ángel se convertía en un grave problema. Entonces intentábamos deshacernos de él pintando cruces rojas en las encrucijadas, dejando vasos de agua en la mesilla de noche, o inventándole nombres descabellados que escribíamos en grandes carteles por toda la ciudad. Perplejo, alicaído, tal vez abochornado, el ángel no tardaba en dejarse vencer por las continuas burlas y poco a poco se iba desfigurando hasta borrarse por completo de nuestro horizonte. Si tenías suerte, una mujer de luz le tomaba el relevo y la vida seguía su camino sin nostalgia de ángeles. Pero no podíamos estar del todo seguros de que el secreto que el ángel conocía hubiera desaparecido con él. O que no se lo hubiese comunicado en sueños a la mujer de luz, de modo que lo que hasta ese momento creíamos ternura o incluso amor, en realidad fuese sólo la flor de la misericordia. En aquel tiempo, todos teníamos un corazón limpio y la alegría era una planta que brotaba en cualquier lado.
(LUN, 497, «Los figurantes de Javier Serrano», 2ª ed)

domingo, 1 de enero de 2023

¿UN MAL PRESAGIO?


La serie «Los figurantes de Javier Serrano» está ilustrada con obras de
Javier Serrano,como parece obvio, pero para que conste.
No son ni serán tanto textos ilustrados como ilustraciones textuales.
Conste también. Tenemos por delante muchas lunas.

¿Y usted quiere hacerme creer, amigo, que estas cosas ocurren por mero azar e incluso de forma independiente a cualquier otro giro de palanca en este mundo sublunar? Mire, no seré yo el que le vaya a discutir ahora sus creencias o la falta de ellas, faltaría más. Solo (sin tilde) he venido a decirle, y procuraré írselo demostrando con hechos tangibles (o al menos bien legibles), que no está solo y que podemos entendernos. Por de pronto (curiosa admonición), deje usted las pantallas y véngasela a la calle, y ya verá cómo todo empieza a tener otra consistencia.
(LUN, 513 ~ «Los figurantes de Javier Serrano»)

viernes, 19 de febrero de 2021

Un paseo por las nubes (La caminata final)

Ilustración: La última caminata.
© Javier Serrano, 2021.

~~Y casi sin querer, pero sobre todo queriendo, el caminante levanta los ojos y se dispone a navegar por un mar de nubes.
I. No están las cosas para andar pensando en las nubes y mucho menos para quedarse a vivir en ellas. Pero no son pocas las tardes en que el mayor consuelo a nuestro alcance es mirar hacia el cielo y sentir que algo ha debido de hacerse bien para que sea posible aún tanta belleza.
II. Día que pasa sin que pasen nubes tal vez no merezca ser llamado día. La frase sea o no cierta —y eso siempre depende del según y cómo— tiene un alto grado de verosimilitud: al menos es una prueba de que hemos mirado al cielo. Y eso ya es mucho.
III. Para el caminante, las nubes son también pensamientos concretos. Su contemplación dispara la conciencia y, a poco que les demos capacidad de interpelación, nos exigen sostener la mirada durante el tiempo suficiente para que nazcan las palabras, aunque no salgamos del silencio. Es el espacio en el que la mirada atenta engendra un gesto y éste a su vez emite una descarga corporal que exige la respuesta casi osmótica, por pura necesidad equilibrante, de un pensamiento. Esa energía mental acaba, de algún modo que no somos capaces de precisar, formando parte de la nube y se mueve con ella a través del cielo.
IIII. A veces, en horas cercanas al crepúsculo, el cielo se puebla de restos de relatos mitológicos que dan pie a las más peregrinas interpretaciones. En una nube, por ejemplo, no es difícil ver el giro del cuello del Cisne bajo cuya apariencia Zeus poseyó a Leda. En otra, nos salta a la vista un buen pedazo de la piel del León de Nemea derrotado y destrozado por Hércules. Un conjunto de nubes agrupadas en un rincón del occidente del cielo sugieren el momento en que Perséfone vuelve su rostro hacia donde no debería y acaba siendo recluida en el reino infernal. Y otras muchos. Sin olvidar el estrépito y la pantanosa oscuridad que acompañó al Cristo al exhalar su último suspiro. Todas estas sugerencias tienen una virtud principal, más allá de la belleza o la piedad que nos transmiten: nos hacen admirar la exactitud y diligencia y gracia con que nuestros antepasados griegos fueran capaces de maquinar tantas hermosas historias —una para casi cada rincón de nuestras almas— con la sola contemplación del firmamento. Y como todo después vino a consumarse en un grito que no se olvida: «Padre, ¿por qué me abandonas?»
V. Lo que más fácil resultar ver en las nubes son los ojos. No sabemos de quién. Ni si nos miran. O si solamente, como los ángeles en Rilke, están ahí, indiferentes. Y por eso —sobre todo por eso— las admiramos.
VI. Suelen ser frecuentes en las nubes las figuraciones de animales. Entre ellas, tengo observado que abundan los dragones, quizás porque estas mismas criaturas están hechas de atmósferas nubosas. Y, de forma muy especial, porque sus bramidos sulfurosos cuadran bien con los desmadejamientos de las masas del cielo. Más curioso aún, en el mundo de las nubes dragones, es su predisposición a los enfrentamientos y los fieros combates. Así, no es extraño descubrir en lo alto, a poco que uno se fije, algún espacio donde rápidamente se perfilan dos criaturas de leyenda enzarzadas en una disputa que, dependiendo del viento o tal vez de las condiciones de humedad, no tardan en lanzarse feroces retos, avances más o menos taimados sobre las partes más delicadas e indefensas del rival, y muy a menudo se enredan en combates que acaban en fusión o incluso en esa confusión nebulosa que precede a la destrucción mutua.
VII. De las nubes podemos aprender tanto que, con toda probabilidad, no vamos a tener tiempo suficiente ni para calibrar el impacto en nuestra vidas ni para agotar los caminos que no cesan de arrastrar hacia ellas como polvo sobre las arenas del desierto o besos de espuma en la cresta del mar. Son, además, el lugar más oportuno y adecuado para dirigir los pasos de nuestras caminatas.
VIII. Y así poner en ellas el fin de nuestras torpes oraciones.

jueves, 1 de octubre de 2020

En romería


Ilustración © Javier Serrano, 2020 


Las caminatas de romería son muy especiales. Durante varios años, cada 15 de agosto, subíamos en familia, a veces también con amigos, las empinadas cuestas de la Cabeza de Meda hasta alcanzar la pequeña y rústica ermita de la Virgen del Monte, a la que toda la comarca de la Ribeira Sacra nogueiresa, del concello de Esgos e incluso de tierras de Aguiar, junto con los montanas gentes de San Mamede, rinden un sencillo y vistoso tributo de folclore y devoción. Desde nuestra aldea de Cerreda el camino es una no muy larga pero sí exigente ascensión, no tanto por el desnivel
—que tambièn es considerable— como por algunos tramos intrincados desprovistos de sombra y, en ocasiones, por el estado cegado de los caminos, en función de la mayor o menor dureza del último invierno. Sin olvidar, por desgracia, lo que el fuego pueda haber desbaratado y confundido en los muy frecuentes incendios estivales. Pese a todo, en mi memoria las subidas más arduas han sido también las más felices y las que recuerdo con mayor afecto y melancolía.
Destaca entre ellas una en la que mi cómplice y yo emprendimos la marcha al frente de una poblada comitiva infantil —no serían más de siete u ocho niños y niñas, pero se diría todo un revolucionado campamento— y en la que me embarqué, además, portando a hombros a mi hija de poco más de un año, de modo que el camino fue un masaje completo de cervicales y toda una demostración de amor paterno. La mayor dificultad de la marcha, no obstante, estribaba en, por así decirlo, “arrear a la ganadería”. Entiéndaseme bien: poner en marcha y conducir un pelotón de disímiles infantes, no todos convencidos de las magias y el encanto del camino y algunos incluso casi literalmente arrancados de las sombras que madres o abuelas en exceso timoratas habían sembrado sobre sus tiernos ánimos —«qué vais a hacer por esos montes, estarán los caminos cortados, lo mismo hay hasta lobos...»—, un empeño así no es nada sencillo de afrontar. Aunque tales vicisitudes suelen tener la ventaja de que hacen pasar a un segundo plano las exigencias físicas de la marcha...
De modo que, casi sin darnos cuenta, como quien dice en un suspiro, hemos superado las dos más exigentes revueltas de herradura, nos hemos parado a contemplar el dibujo, casi como un belén, de todo el valle sobre el que, una vez descorrido el telón matutino de la niebla y con la serpiente de plata del Sil al fondo, parece estar chorreando una luz recién nacida. Y con gran alegría y ojillos al fin confiados, hemos ido a beber a la pícaramente llamada fonte do ollo do cú un agua fresca y transparente. Ya sólo nos falta cruzar junto al “Marco Vello”, el hito o pedrusco casi invisible que marca viejos límites históricos, y por fin aquí estamos, al pie de la pequeña E
rmita, justo en el momento en que suenan las gaitas y el pueblo devoto se apresta a sacar en procesión la imagen —casi poco más que una muñeca grande— de la Virgen.
Lo que viene después es la fiesta, la comida campestre —la estrella es el pulpo á feira con sus ricos cachelos —, los saludos a viejos parientes, amigos y conocidos, las bromas y los recuerdos de una niñez salvaje, los bailes, las rosquillas y melindres, con un traguito o dos de licor café... Y después, claro, el regreso: otra caminata, ahora cuesta abajo, y que, si bien es mucho más llevadera, suele dar pie a curiosas pesquisas sobre el terreno, a probar nuevas rutas y, sobre todo, a seguir encontrando razones para amar un paisaje que por momentos parece poder convertirse en el escenario de todos los sueños.
(Las Caminatas, XX)

Ilustración © Javier Serrano, 2020 

jueves, 10 de septiembre de 2020

La azotea


Ilustración: El paseo nocturno ©️Javier Serrano, 2020.

Siempre que camino en soledad por Eburia, generalmente a horas nocturnas, incluso ya avanzada la madrugada, mis pasos acaban conduciéndome a las bien conocidas calles del Casco Viejo, por rincones llenos de recuerdos y vagas sensaciones, a veces también con ramalazos de cierta viveza, sobre todo ahora que, tras una decadencia aún no conjurada, parece que la zona ha vuelto a recuperar algo de pulso.

El camino habitual me obliga a atravesar, como alma que lleva el diablo y entre un creciente murmullo fantasmal, un viejo paseo que un día estuvo adornado por setos de boj y que durante años fue lugar de reuniones juveniles, hervidero de risas y amoríos e incluso centro de iniciaciones muy diversas. Hay en él un rincón que siempre veo iluminado.
Más adelante, ya entre los muy conocidos edificios, antiguos o modernos, que evidencian las interminables falacias del tiempo y el efecto de sus garras sobre el espíritu enclenque de la urbe, apresuro mis pasos de sonámbulo y casi no vuelvo a tomar conciencia de mí mismo hasta darme cuenta, de repente, de que estoy pasando por debajo de la azotea de lo que fuera el Colegio Cervantes, mi colegio de primaria. Allí fui a clase durante dos o tres cursos, hasta hacer «el ingreso», que era como entonces se llamaba a la prueba que daba acceso al bachillerato. Es un espacio casi almenado, de no mucha altura, sobre todo si se lo compara con la cercana y maciza torre de la Colegial, que casi ni se digna a echarle un vistazo desde su elevación algo mostrenca, tal vez porque su rosetón, un tan hermoso como exagerado ojo de Polifemo, mira hacia otra vertiente.
Como suele ocurrir con los descubrimientos que coinciden con el de las palabras que los nombran, esa azotea es para mí ya “la azotea” por antonomasia. Incluso me atrevería a decir que la única azotea digna de ese nombre, pues los demás espacios que pudieran asemejársele caen más bien dentro de las categorías de “terraza”, “solario”, “mirador” o “terrado”. Ninguna alcanza el grado de identificación entre el nombre y la cosa que logró este lugar, que ahora me parece irreal, cuando don Mariano, el maestro, en uno de aquellos días en que se enfadaba hasta el enrojecimiento, con la varita de palmera en la mano y una salivilla blanquecina asomándole por los bordes de la boca, amenazaba a algún alumno especialmente travieso o torpe:
—Vaquerizo, como vuelva usted a distraerse cotorreando con José Emilio, le voy a recetar media docenita de raciones de este jarabe y se va a estar todo lo que queda de clase de rodillas y con los brazos en cruz en la azotea.
En aquel tiempo, lo de «la letra con sangre entra» tal vez no fuera literal en todo su brutal y goteante significado —siempre hay un grado posible de envilecimiento—, pero sí constituía una parte tolerada de los métodos llamados pedagógicos. Y así era habitual que cada jornada escolar comenzara con la imagen de don Mariano, bajito, de poderosa testa alargada, masticador, muy milhombres, puesto como de puntillas en el estrado sobre el que se alzaba su mesa, blandiendo una muy fina y flexible palmerita de la que a todos nos resultaba imposible apartar los ojos. Se decía que sí te untabas las palmas de la mano con ajo los golpes dolían menos, e incluso que la varita podría quebrarse. Nunca pude comprobarlo.
Ahora, cuando paso entre sombras por debajo de ese espacio, que en aquellos años lo fue de juegos y de bullas, me parece que aún se escucha alguna risa o un llanto, y que desde algún rincón oscuro, allá en la altura, alguien me hace una confidencia que ya he olvidado como si fuera mía.
(Las Caminatas, XIX. 2ª ed.)


viernes, 4 de septiembre de 2020

Subida al Monte Toro


Ilustración: La isla y el tiempo ©️Javier Serrano, 2020.

De la isla de Menorca no puede decirse, como afirmé una vez de Formentera, que quepa en la palma de la mano. Pero es también un territorio que se presta a las caminatas placenteras y el escudriñamiento, con lugares que unen a la belleza del paisaje y la gracia de las obras singulares del mar un gran interés arqueológico. Se basa este sobre todo en los muchos monumentos megalíticos —taulas, talayots, navetas...— que se desperdigan por diversos enclaves. Las pétreas construcciones prehistóricas le confieren a la isla ventosa un poso de antigua y trascendente seriedad, bien mezclado con el indudable aire moderno y la elegante ruralidad de un territorio que ha conocido hasta tiempos recientes el paso de muy diversos pueblos, lenguas y costumbres. Y cuya presencia es visible aquí o allá como rostros del tiempo en el paisaje.
De las diversas travesías pedestres que hice por la isla durante las semanas veraniegas de mi juventud que estuve en ella, no se me borra de la memoria —ni tampoco a gentes muy cercanas— la subida al Monte Toro, la única elevación montana de Menorca. Aunque sus parcos 357 metros de altura evitan toda tentación de convertir el ascenso en una gesta alpina, hay que subrayar que la caminata se hizo bajo la plena canícula del ferragosto, quizás con alguna mochila no precisamente ligera a la espalda y, lo que es peor, sin la provisión suficiente de agua. Esto último, además de por el atolondramiento o la falta de cálculos propios de la edad, sin duda estuvo motivado por la aparente sencillez de la ascensión.
—Es sólo un paseo, en menos de diez minutos estamos arriba —recuerdo haber dicho, no sin convicción, pero sobre todo para dar ánimos a mis compañeras de aventura.
Pero aquello se demoró por bastante más tiempo. Tras una revuelta que parecía definitiva, la carretera —asfalto al rojo— volvía a enmarañarse y giraba en cuestas cada vez más pronunciadas, mientras el sol parecía complacerse en brillar, espléndido y a plomo, sólo para nosotros. Cuando consumimos la última gota de agua, a punto estuvo alguien de negarse a dar un paso más allá, a menos que apareciera una fuente.
—Tras esa curva hay una, el mapa lo dice —mentí varias veces.
Por fin compareció el agua, pero fue ya al llegar a la cima, que alcanzamos casi por sorpresa. Tras la última vuelta del camino, nos dimos de bruces con el potente santuario de la patrona de la isla y la vasta planicie de aspecto circular, que ponía a nuestro alcance vistas verdaderamente sanadoras de todos los esfuerzos, incluido el temido desfallecimiento por deshidratación. Además, frente a la entrada principal del templo, el blanquísimo, casi trasparente, brocal de un pozo nos pareció el monumento más hermoso del mundo.
Tras reponer fuerzas, nos informamos con detalle de la historia y leyendas del lugar. En estas últimas, según recuerdo vagamente —y Google me detalla ahora—, se reiteran con acento propio tópicos de descubrimientos y apariciones de la Virgen, siempre bajo la fascinación de ese verdadero milagro que es la luz. No sé si logramos averiguar entonces el porqué del nombre de Monte Toro, sobre el que existen versiones varias, ligadas casi todas a antiguos mitos táuricos más o menos cristianizados o inventados por la piedad popular. La etimología, a menudo no menos fantástica, pero siempre más creíble, recurre a la expresión árabe “al-Tor”, que equivaldría a “lo Elevado”, “la Altura”, como origen plausible del topónimo. En mi particular acerbo, añadí una explicación no menos sostenible: el Monte Toro viene a llamarse así porque en él son los bueyes del carro solar los que, a poco que te descuides, pueden embestirte con furia inusitada y con no menor inquina (¿menorquina?) que los toros cretenses. Son, al fin y al cabo, las fulguraciones asociadas a ideas extravagantes y pequeñas locuras las únicas que alcanzan verdadero significado en nuestra mente cuando la memoria las recupera envueltas en el aura legendaria de los prodigiosos años de nuestra juventud.
(Las Caminatas, XVIII)




domingo, 23 de agosto de 2020

Junto al mismo mar de Roma




«El peso de la arena del tiempo» ©️ Javier Serrano, 2020.
La cercanía del mar es siempre un argumento fuerte. A menudo no es necesario nada más: inspiración, respiración, agua, sal y luz. Y dejarse mecer por la corriente. Pero aquella vez, cerca de las ruinas gaditanas de Bolonia (Baelo Claudia), se produjo un curioso combate —lid más bien— entre la naturaleza y la historia.
El objetivo de la excursión de aquel día, desde Vejer, era visitar el yacimiento de la antigua ciudad romana y después seguir hacia Tarifa y otros puntos del Campo de Gibraltar, con el vago propósito de sondear —por así decir— los vientos de la historia y evocar viejas lecturas de reivindicaciones y romances. Y así lo hicimos, pero con el pequeño despiste de no comprobar las condiciones de visita, de modo que al llegar al sitio nos encontramos con la sorpresa de que era el día de cierre —tal vez un lunes— y nos tuvimos que conformar con admirar desde fuera el perfil de las hermosas columnas y los restos bien visibles desde varios montículos. Mientras bordeábamos, a modo de tenaces agrimensores, el perímetro del yacimiento, en irregulares paradas leíamos, no sin cierta retranca, las precisas descripciones de la muy documentada guía que viajaba con nosotros. Fue una curiosa visita virtual in situ.
Menos mal que aquel descuido propició la ocasión de que dispusiéramos de más tiempo para explorar la cercana duna y la playa limítrofe, en un paseo largo y exigente, con la luz y la arena como protagonistas, y siempre a vista de las aguas: un mar cuyo color podía ir desde el azul crudo o lavado (¡claro!) hasta el tópico topacio intenso, con una amplísima gama intermedia capaz de enriquecer o hacer enmudecer la más exigente paleta del más original pintor. No sé si me explico.
A lo que más se parece caminar sobre la arena de una duna es a la travesía por una montaña con nieve recién puesta, aunque haya entre ambas experiencias diferencias meteorológicas obvias, pero tal vez también una prueba más de la extraordinaria cercanía sensorial en que a menudo se complace recrearse nuestro cerebro cuando se le tensan las neuronas. No sin esfuerzo subimos duna arriba hasta coronar sus en apariencia parcos 30 metros, medida del todo engañosa cuando hay que luchar contra un suelo que, literalmente, se remueve bajo tus pies. Nunca pensara que las arenas movedizas lo fueran tanto. Sólo otro vez, en la entrada del Sáhara por el sur de Túnez, en las cercanías de la ciudad de Naftah, he experimentado sensación semejante. Pero la lucha contra la gravedad inestable mereció la pena: a nuestros pies, el proverbial “abrazo cóncavo” de la playa era una vastísima planicie blanca que parecía a punto de fundirse con las apenas delineadas señales en morse del horizonte, uno de esos efectos de fusión sensitiva que lo dejan a uno anonadado.
No sé si entonces lo pensé, pero ahora al recordarlo —y obligado a suplir los huecos que a veces dejan entre sí las proteínas de los neurotransmisores—, se me viene a la cabeza la prodigiosa frase de Eduardo Galeano y, con ojos tan abiertos como me permite el incesante chorro de luz, le estoy pidiendo a quien está a mi lado: «¡Ayúdame a mirar!».
(Las Caminatas, XVII)

viernes, 7 de agosto de 2020

Caballos en la arena

«Sueños de arena» ©️ by Javier Serrano, 2020.

En uno de los dos o tres veranos más o menos jipis de mi juventud me fui con mi novia de entonces en autoestop a Ibiza. Hacer dedo era una forma habitual de viajar, y lo que hicimos fue salir una tarde (ya bien tarde) de la calle Zurita de Madrid, mochilas y sacos de dormir a la espalda, y tras coger el metro, enfilamos la carretera de Valencia rumbo a la costa.
Recuerdo que la primera noche dormimos en los pórticos de las escuelas de Motilla del Palancar, por recomendación de alguien. Y al día siguiente, a eso de las tres de la tarde, estábamos en el puerto de El Saler para tomar, hacia la medianoche, el barco de la compañía Transmediterránea que en unas ocho horas nos llevaría a nuestro destino. Hicimos la travesía en las muy económicas sillas-toldillas y, con los cuerpos molidos pero animados por el amor a la aventura, al amor mismo y en pos de las promesas ibicencas, llegamos a la entonces mítica isla muy de mañana.
Teníamos el contacto de unos conocidos, pero por motivos que no recuerdo bien no logramos dar con ellos y, tras pasar el día vagabundeando por la ciudad alta y las callejuelas cercanas al castillo, decidimos quedarnos a dormir en la playa, cerca de la instalaciones de un lujoso hotel cuya piscina y duchas utilizaríamos, sin grandes contratiempos y con gran frescura, a la mañana siguiente para nuestras abluciones.
Aquel fue un verano de cierto atrevimiento, incluso de locuras, aunque casi siempre bajo control, y durante él ocurrieron sucesos que ahora ni yo mismo me creería, de modo que será mejor pasarlos por alto y dejarlo todo fijado en una imagen: la del amanecer dentro de un saco de dormir doble junto al mar, con la cara cubierta de arena, los ojos borrosos, y el asombro compartido de ver galopando por la playa, hacia la salida del sol, dos magníficos caballos con sus respectivos jinetes, tal vez también una pareja, que al alejarse levantaban al paso de las olas un vuelo de espuma, mientras sus siluetas, altas, ágiles, fantásticas, se recortaban con gran nitidez sobre la bruma del fondo. Pocas veces he tenido un despertar más impactante..., seguido de un no menos poderoso sobresalto: por la bien visible trayectoria de las huellas de los animales, no tardamos en advertir que sus patas habían pasado a menos de un metro de nuestras cabezas y que el amanecer podría haber sido un tanto, digamos, traumático.
¡Cabecitas locas! Debía de correr el año de gracia de 1976 o 1977. Nunca he podido precisar de qué playa se trataba. Probable es que fuera la de Figueretas o D’en Bossa. Aunque la lógica del relato apunte claramente hacia Es Cavallets.
(Las Caminatas, XV - 2ª edición)



domingo, 2 de agosto de 2020

Cobá y las ruinas del tiempo



«Los viejos dioses perdidos en el bosque» 
Ilustración ©️ Javier Serrano, 2020.

El camino de Cancún a Cobá no es para andado, aunque todo en esta vida viene a ser según y cómo, y algunos se han ido hasta Comala, que está más allá del más allá, para ver si encontraban a un pariente. Aquella vez estábamos de vacaciones en el Caribe mexicano y seducidos por las muchas bellezas de la península del Yucatán, cuando alguien nos habló de la antigua ciudad maya de Cobá, emplazada a sólo un par de horas en auto de nuestro hotel en Cancún. No lo pensamos mucho y, junto con otra pareja de turistas españoles, decidimos contratar un taxi para que nos llevara hasta las puertas del yacimiento.

El viaje transcurrió por carreteras principales y atajos laberínticos, y fue pródigo en palabras y complicidades. A menudo no es difícil encontrarle al mexicano la vena sentimental de la «madre patria», aunque incluso bajo esa fascinación, a poco que se presente la oportunidad, no dejen de recordarle a uno que, como dijo alguien, «aquello allá será lo mejor del mundo, pero las muestras que acá nos remiten son bien chingadas». Pero no hubo caso. Zacarías se portó de maravilla y fue un perfecto anfitrión.
Y de Cobá, ¿que decir? No voy a convertir mi relato en una guía de viaje, de modo que lo dejaré todo cifrado en poco más que el nombre y una visión. El primero ya está dicho, si bien convendría precisar que las ruinas de lo que fuera una importante urbe maya se encuentran en el estado de Quintana Roo. Hacia la segunda nos llevó el sendero de poco más de dos kilómetros que recorrimos desde la entrada del yacimiento hasta los diversos puntos donde se alzan los principales restos monumentales: sendos templos piramidales, numerosas estelas, altares y la estructura bien visible del Juego de Pelota.
Eran años en los que aún era posible ascender por las irregulares escaleras de las ruinas, y así lo hicimos en el caso de la llamada Pirámide de la Iglesia, una especie de mastaba de fuerte pendiente por la que trepamos hasta alcanzar la plataforma superior. Desde ella se imponía la extendida visión de las restos emergentes de diferentes construcciones de la antigua ciudad completamente devorados por la selva. He recordado a menudo esa interminable planicie verde punteada de puntos grisáceos, en especial durante los años, hasta diciembre de 2012, en que tanto se habló de la profecía maya del fin del mundo. Aquella superstición arrancaba de una estela encontrada en estas ruinas y, aunque es evidente que no se ha cumplido, tal vez haya algo que se nos escapa en los cómputos del tiempo. Y más cuando corren días en los que no es fácil estar seguro de casi nada, ni siquiera de en qué dirección se mueve la corriente general de la vida y, mucho menos, en qué sentido giran las manecillas del reloj.
(Las Caminatas, XIV)


martes, 21 de julio de 2020

Secretos de Creta

«El Minotauro saliendo de las aguas bajo el sol de Festos»
©️Javier Serrano, 2020
A la playa de Matala (o Mátala, según otras transcripciones), en el centro sur de la isla de Creta, llegamos tras una mañana intensa y solitaria entre las ruinas del palacio de Festos. En días precedentes habíamos empleado algunas horas en la búsqueda, finalmente fallida, del laberinto de Gortys, en la región donde se supone que reinó Minos y donde Teseo se agarró como pudo al hilo de Ariadna, lo que finalmente no le evitaría tener que convertirse en tal vez el primer diestro con nombre propio de la historia.

También teníamos aún muy vivas las impresiones de la gran y empinada caminata hacia la cueva donde nació Zeus (Dikteon Andron), tanto en nuestros sentidos como, muy particularmente, en nuestras piernas. Había sido aquella una ruta asombrosa, con un guía nativo de ya cierta edad que, a lomos de una mula, nos indicaba el sendero y a cada poco profería incomprensibles gritos, casi alaridos, tal vez sólo de ánimo, aunque en las dificultades del ascenso nos sonaban como jaculatorias de un viejo ritual. No cesaron hasta que nos dejó a la entrada de una cueva de medianas proporciones, con sus estalactitas y su estalagmitas, y sin ninguna huella reconocible, más allá de esas formaciones cristalinas, de la divinidad.
Posiblemente intercambiamos estas o parecidas impresiones al alcanzar las arenas de Matala, tras la cual se extendía el mar en todo su pelágico esplendor. Tras un rápido baño, subimos a las cavernas habitables del farallón, de las que ya teníamos alguna noticia, y leímos las historias del naufragio del rey Menelao, mientras comprobábamos que, en efecto, allí estaban las huellas de las comunas hippies de los años sesenta —Dylan y Joan Báez, entre ellos— e incluso descubrimos algún grafiti adornado con flores de sal. Al atardecer, también nos pareció ver a Minos, fundido con su toro —tal vez lo estuvo siempre—, saliendo de las aguas. Puede que sólo fuera un turista de testa poderosa. Es bien sabido que el sol poniente vuelve confusos los cuerpos y las formas.
De allí, o de las tiendas de Heraklion, nos trajimos, entre otros recuerdos, la estatuilla de las diosa de las serpientes y la medalla del disco de Festos que desde entonces cuelga de mi cuello. Ahora dicen que el disco, aún indescifrado, probablemente sea una falsificación. Pero, a estas alturas, ¿hay algo que esté libre de una sospecha así? Las cosas nunca son lo que parecen. Nosotros puede que tampoco.

(Las Caminatas, XIII)

viernes, 3 de julio de 2020

NUL: Recuento y fin del cuento

Javier Serrano: «No somos ángeles».


(Recuento y fin del cuento)
«Me he enterado, oh astuto lector, de que pasas tus noches, además de entregado a esos juegos que tú sabes, rebuscando entre luces, pantallas y papeles muestras buenas de aquel viejo placer que desde niño encuentras en seguirles el rastro a mil y una palabras enfiladas en cuentos y ejemplares relatos o facecias, con trasuntos más o menos felices y obstinados de las innumerables aventuras que le es dado vivir a la criatura humana, en general, a poco que, incluso sin moverse de su propio rincón bajo la luna, se deje tentar y fascinar por el vuelo de la imaginación y ponga en el seguimiento de las maravillosas historias que por todas partes tienden sus hilos de seda una atención de intensidad comparable al menos a su desconfianza...»
Cuando el manuscrito llegó a mis manos, en los últimos día del mes de agosto de 2017, no era consciente de lo que me iba a encontrar en él. Y eso que ya desde sus primeras páginas —de las que acabo de reproducir el primer párrafo— el asunto parecía transparente. Pero entre que la escritura no era siempre asequible y el vasto códice tenía páginas muy dañadas, no parecía sensato augurar un uso provechoso. De modo que, antes de hacerme cargo del conjunto, opté por lo que en aquel confuso momento me pareció lo mejor: echarme a andar por estas pantallas cada noche e ir espigando, de aquí o allá, los fragmentos del manuscrito que me parecieran mas idóneos a fin de cumplir lo que desde el inicio, y por mención expresa del título inscrito en la primera hoja, se me impuso como máxima deseable: la continuidad diaria de la escritura (NULla dies sine linea) y el amueblado de cada noche con su “Novela de Una Línea” (NUL), fuera ésta una expresión de literal exigencia de la brevedad e incluso del más depurado y literal laconismo, o se tratara de un “tipo de relato breve de una determinada condición, naturaleza o línea”.
Como en lo recolectado se acabó imponiendo más bien la segunda acepción, me pareció razonable organizar los materiales diversos en series temáticas y en grupos más o menos homogéneos. Y así fueron surgiendo breverías protagonizadas tanto por personajes (el Invisible, el Fantasma, los Olvidados, los Desertores, los Testigos, el Farero, los Merluzos de habla absurda... ) como por espacios (laberintos, playas, caminos, paisajes) o por agrupaciones más bien tópicas como el Zodiaco, las letras del Alfabeto, los Pecados capitales (Saligia) o el Ciclo del año, sin olvidar la atención monográfica dedicada a asuntos como el Apocalipsis, Babel, la Peste o, por último ejemplo, la dramatización de algún cuadro famoso (Hopper).
Desde el punto de vista formal, y dado que la brevedad exigía poner en juego (y literalmente) recursos especialmente expresivos, sin prescindir nunca de la perspectiva narrativa (siempre alguna retazo de historia al fondo), procuré orientar mis elecciones a la consecución de textos en los que pudiera percibirse cierta tensión lapidaria del aforismo, algún vuelo poético a través del subrayado de atrevidas metáforas presentes ya en el original y, en la parte técnicamente más elaborada, la presencia siempre impactante de la palindromía (en los micródromos y nanódromos), el poder visual y giratorio de los dados y cuadrados mágicos, o el recurso, muy tasado pero no irrelevante, a procedimientos más convencionales —aunque rara vez empleados con fines expresamente narrativos— como adivinanzas, jeroglíficos, chistes, etc. Sin menoscabar ese desorden en el interior de las frases que el autor del manuscrito se empeña en llamar “intropías”, y sin olvidar tampoco el culto que a menudo rinde a los orígenes de las palabras, en una actitud que, a falta de otro nombre mejor, una noche decidí bautizar como “etimolatrías”. Es bien sabido que, con la combinatoria adecuada y en su justa medida, el relato —como su gruesa hermana mayor, la novela— lo asimila todo.
Elemento esencial de estas NULs, elegido siempre con total intención y muy a menudo tras laboriosa búsqueda, han sido las imágenes que ilustran —o mejor dialogan con— cada texto. La mayoría de ellas son pinturas de autores muy destacados, aunque también hay dibujos, esculturas y fotografías e incluso algún grafiti o pintada no carente de valor artístico. Todas están ahí, además de por su propio peso estético, por razones tal vez no siempre palmarias ni acaso a primera vista entendibles, pero sí explicables y, en el fondo, diría que acordes con la lógica del juego. En las últimas semanas, para la serie «Las Caminatas», he tenido la gran suerte de poder contar con ilustraciones ad hoc de Javier Serrano, una colaboración que le agradezco al gran artista y generoso amigo, y a la que espero darle continuidad, fuera ya del formato de este invento, aunque prolongando el camino iniciado. 
En relación con la selección de ilustraciones, haré una precisión: aunque es evidente la búsqueda de sintonía entre imagen y texto, y a veces el hallazgo de la primera ha influido en la concreción de algún detalle del segundo, he procurado mantener la autonomía entre ambos, de modo que los relatos espigados no deban su completo sentido y sus posibilidades de interpretación a la sola presencia de la imagen. No sé si eso se logra siempre.
Por lo demás, en el continuo trasiego nocturno a lo largo de estos casi tres años (han sido Mil y Una noches, en circunstancias no siempre fáciles), junto con el material objetivo de partida, he tenido muy presentes a autores a los que, además, aquí o allá, y más de una vez, he rendido explícito homenaje, a poco que el manuscrito insinuara algo en esa dirección. Son muchos, pero quiero citar como imprescindibles, además de a los dioses tutelares —Cervantes, Shakespeare, Poe, Mallarmé, Ducasse, Valle, Joyce, Pessoa, Borges, Cunqueiro, Paz, Rulfo...—, a los maestros Filloy, Cortázar, Ferlosio, Monterroso, Delibes, Goytisolo (Juan), Ríos, Vila-Matas, Bayal, Millás y Rivas, entre otros muchos, a los que agradezco y muy de veras sus ejemplos y el acicate de sus lecturas.
Pero mi completa gratitud va para todos y cada uno de los no muy numerosos pero muy selectos, sensibles e inteligentes lectoras y lectores cuya fiel generosidad a menudo ha sido el principal estímulo para culminar este proyecto que aquí llega a su NUL MIL Y UNA y por tanto a su fin. VALE.