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martes, 11 de junio de 2013
El dinosaurio
Al despertar me ha asaltado, como si fuera el propio bicho, el relato del dinosaurio de Monterroso. Venía en forma de una ligera molestia intercostal con la que me había dormido por la noche, más bien ya de madrugada, y se alzaba en el primer instante del retorno a la vigilia, aún entre brumas, como el signo inequívoco de la continuidad de la vida, y a la vez como antorcha de la conciencia.
Pero, por encima de los ajustes corporales y las sugerencias más o menos deportivas (¿qué es la vida sino una carrera de relevos?), enseguida comenzó a ganar terreno el propio relato del escritor hondureño-guatemalteco, su extraordinaria virtualidad, la riqueza significativa de su única línea prodigiosa .¿Alguien todavía la desconoce? Esto es lo que dice: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí».
La fuerza de este microrrelato estriba en que, se interprete como se interprete, siempre refiere un proceso de lucidez, de darse cuenta de algo: lo que podríamos llamar con propiedad «un golpe de conciencia». Ese es el amplio sentido en que resuena la palabra "despertó". No sólo por el hecho evidente de lo que significa abrir los ojos y la mente después del sueño, sino por lo que ocurre en cualquier momento en el que dentro de nuestra cabeza, quizás también a veces en el lugar del corazón o incluso cerca del estómago, suena un clic que nos hace ser conscientes.
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