Que un soneto, colegas, opte a un Goya es un raro suceso inesperado, y como tal debiera ser contado con palabras precisas, sin farfolla. Porque, si bien se mira, que la joya de la corona en métrica, el llamado «monarca del decir acrisolado», aún brille... es un milagro ¡aquí y en Troya! Tiene el soneto huesos tan flexibles, sus arterias soportan presión tanta y su cuerpo levanta tanto peso, que en él son las verdades más creíbles, su vieja melodía aún nos encanta... y en su acorde concuerdan voz y seso.
En fin, y en otra prosa, que me parece que la noticia no debería pasar inadvertida por cuanto supone el ascenso hacia la más candente y efímera actualidad de una estructura u osamenta verbal que algunos pretenden dar por enterrada, por obsoleta o mustia, y que sin embargo, como las queridas aquellas de Espronceda, es capaz de mantener frescos sus encantos.
Con o sin Goya, larga vida al soneto. Que lo diga Drexler.
Que el soneto nos tome por sorpresa
Entrar en este verso como el viento,
que mueve sin propósito la arena,
como quien baila, que se mueve apenas
por el mero placer del movimiento.
Sin pretensiones, sin predicamento,
como un eco que sin querer resuena,
dejar que cada sílaba en la oncena
encuentre su lugar y su momento.
Que el soneto nos tome por sorpresa,
como si fuera un hecho consumado,
como nos toman los rompecabezas,
que mueve sin propósito la arena,
como quien baila, que se mueve apenas
por el mero placer del movimiento.
Sin pretensiones, sin predicamento,
como un eco que sin querer resuena,
dejar que cada sílaba en la oncena
encuentre su lugar y su momento.
Que el soneto nos tome por sorpresa,
como si fuera un hecho consumado,
como nos toman los rompecabezas,
que sin saberlo nacen ensamblados.
Así el amor, igual que un verso empieza
sin entender desde donde ha llegado.
Jorge Drexler
