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martes, 12 de abril de 2022

Hitchcock: los autocameos


(En voz alta). Un gozo llamado Hitchcock: eso es lo que nos proporciona esta recopilación de los autocameos del gran director en sus películas. Están engarzados en un “corto” de poco más de five minutes, muy oportunamente compartido por nuestro cinéfilo de cabecera y si embargo amigo, el gran Chuba Duruba, en su retorno a la pequeña pantalla (del móvil). Ahí están casi todas las pelis del genial director, no todas obras maestras (sería imposible), pero sí todas con algunos (o muchos) detalles que las hacen inconfundibles. Se suele afirmar que el cine de Hitchcock fue durante muchos años tachado de excesivamente comercial y carente de ambición artística. El famoso libro de las conversaciones con Truffaut, en 1962, puso bien a las claras la miopía de ese juicio e inició el imparable ascenso de don Alfred a las cimas del reconocimiento artístico, un lugar del que ya no ha vuelto a descender y en cuyo vértice algunos (con Vértigo o De entre los muertos a la cabeza) lo sitúan como gran maestro del “cine que sabe que es cine”, por así decir, del mismo modo que la Alta Magia no se ignora a sí misma. Es un placer demorarse en los muchos detalles que contienen estas imágenes y más placentero aún sería pararse a conversar sobre ellos y ellas. Y no digamos ya revisar, una a una (o casi), las grandes obras de una filmografía que forma parte de la misma médula del arte séptimo, ese que ya desde hace casi un lustro o más viene presentado síntomas de haber entrado en otra etapa de su aún joven evolución como disciplina artística tal vez insuperable porque es capaz de reunirlas todas. Y dentro de la cual hay sobrados motivos para lanzar un verdadero grito de euforia: Hi, hi, hit, Hitchcock!

sábado, 29 de agosto de 2020

Adios, cine, ¿adiós?


(En voz alta). Interesante, valiente, polémico este artículo de Jesús Mota, que viene a sumarse a la tesis de la “muerte del cine” (tal como lo conocimos). Es un paseo muy ameno y perspicaz —también muy subjetivo— por la obra de Hitchcock, cocinado con ese tipo de argumentaciones que siempre nos someten a una especie de prueba de grado: ¿hemos sabido ver y logrado entender Vértigo, Psicosis, Extraños en un tren...? ¿Hay todavía, en esas historias, vistas tres, cinco diez o más veces, aspectos o intenciones en los que no hemos “caído”? Claro, esa es siempre una de las característica del verdadero arte. Pero también se trata de un cambio en circunstancias no accidentales, de una metamorfosis en los modos de percibir. La pérdida de las grandes salas es sin duda un factor (y muy importante). El efecto de la recepción de las imágenes y la información por medios ubicuos e hiperinvasivos, también. No estoy muy seguro de que sea irrefutable la conclusión de que «la industria (cinematográfica) ha entrado en la vía muerta de la puerilidad y la alegoría estéril». Pero ese es un temor muy bien fundado. Y con él en la mochila, me encamino hacia un cine de los de antes para ver, con gran expectación, Tenet, el último (por ahora) bumerán. Confío en que no sea un viaje a la inconsciencia.

miércoles, 4 de julio de 2018

Extraños en un tren

(Cinemagias, 🎬15). Como se ha dicho tantas veces, Hitchcock es el maestro insuperable en el arte de descubrirnos miedos y terrores que acaso no sabíamos que teníamos: a los pájaros, a la ducha, a las alturas, a las avionetas, al vecino de enfrente... Experiencias que, una vez descubiertas y reveladas por el extraordinaria manejo rítmico de las imágenes y de nuestras mentes, ya no nos abandonarán nunca y nos saldrán al paso en todos los momentos «sospechosos» de nuestras vidas, que a partir de entonces los serán casi todos.
Y no sólo hacia el futuro. Cada vez que vemos la insuperablemente terrorífica escena del carrusel sangriento de Extraños en un tren, se nos vienen a la cabeza todos y cada uno de los viajes que hicimos en la infancia en esas atracciones, sin excluir tal vez algunos gamberros juegos adolescentes. Y la angustia retrospectiva puede llegar a ser tan intensa, que por un momento logra aterrorizarnos de verdad.
Hasta que descubrimos que en realidad es un placer sentirla. Y que, de algún modo, con esa exaltación sensual y psíquica, le estamos haciendo un gran corte de mangas a todos los monstruos y criaturas abismales que viven agazapados en las esquinas cruciales de nuestras almas. Y que, por fortuna, aún (¡aún!) se desvanecen cuando les roza un poco de luz.

(Primera publicación en Facebook, 04.07.2017)