
La concesión del Premio Nacional de las Letras a Rafael Sánchez Ferlosio se mezcla en las ventanas de la Red, y en el papel impreso, con la muerte de Amparitxu Gastón, la viuda de Gabriel Celaya. Ambos tres (como diría mi amigo Pablo) compartían al menos una condición: la de ser vecinos de La Prospe, el barrio de Madrid que más me asombra y en el que vivo desde hace unos añitos.
Don Rafael, ya transformado en todo un clásico (quizás a su pesar), todavía sigue paseando elegante, ensimismado y contemplativo por sus calles, con el bullicio mestizo de López de Hoyos como principal vía de multitudes por donde aún es posible alcanzar cierto aprendizaje cervantino, aunque más escorado hacia las preocupaciones de Rinconete que concernido por las inquietudes del ingenioso hidalgo. No es difícil verlo, a don Rafael, hacia mediodía o en las primeras horas de la tarde, curioseando en las tiendas de los chinos (en lugares como La Nueva Ruta de la Seda, todo desde 50 cts.), a la busca de algún artilugio más o menos exótico o simplemente útil.
Amparitxu frecuentaba, allá por los ochenta, el ahora algo decadente mercado de la Plaza de Prosperidad (se demora su necesaria reforma), las más de las veces en compañía del poeta que definió la poesía como «un arma cargada de futuro», antes de volcar en ella sus postreros impulsos órficos. Componían una pareja que difícilmente pasaba inadvertida. En su casa de la calle Nieremberg, considerada por algunos la Velintonia del antifranquismo poético, puede verse la placa que los vecinos les dedicaron a ambos, con mucho cariño e indecisa redacción.
Pero nunca las causalidades, como tampoco los frutos del azar, crecen sol@s. Me lanzo a la Red a buscar una foto de Amparitxu para ilustrar estas líneas y al primer googleazo caigo en esta emotiva crónica de El País dedicada a la concesión del Premio de las Letras, el mismo que ahora le han dado a Ferlosio, a… Gabriel Celaya. Corría el mes de diciembre de 1986. Ayer mismo, como quien dice.
Por lo demás, este maravilloso invento de Internet nos permite disfrutar, en tiempo real y en casi perfecta sincronía, de documentos visuales como éste. Con herramientas así, es difícil sustraerse a la impresión de que el mundo (nombre con el que JJ Millás, otro antiguo vecino ilustre, bautizó la zona) viene a ser muchas veces un pañuelo.
Fotografía: Amparitxu Gastón, en San Sebastián, en 1999. © Justy (tomada de elmundo.es, donde la imagen se reproduce invertida).