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sábado, 11 de octubre de 2025

Adiós a Diane Keaton

(En voz alta). Todo mi reconocimiento para Diane Keaton, una actriz inconfundible y magistral en su muy importante carrera, y que ha fallecido hoy a los 79 años. Diría que en cierto modo fue la admirable amiga mayor que una quisiera haber tenido y de la que, sin duda encauzada por aquellos primeros papeles de la mano de Woody Allen, siempre he conservado la mezcla de buen humor e inteligencia como seña de su forma natural de interpretación. Son muchas las pelis de ella recordables, pero, a bote pronto, y por no quedarme en las más reveladoras (El padrino, Annie Hall o las dos también de Allen que llevan Manhattan en el título---), me atreveré a señalar Reds, la que la vinculó con Warren Beatty, y aquella comedia con las admirables Jessica Lange y Sissy Spacek de cuyo título no consigo acordarme ahora. O la que hizo con Jack Nicholson. Sin olvidar su sorprendente aparición en la muy estimable serie The Young Pope. Haré memoria y vendrán más recuerdos. Descanse en paz la grandísima actriz.



sábado, 17 de septiembre de 2022

Woody Allen con Gravedad cero




(En voz alta).
Para no faltar a la cita otoñal con Woody Allen este año tendremos que centrarnos, de nuevo, en su escritura. De Gravedad cero, recopilación de sus relatos, incluida la casi novela corta inédita «Crecer en Manhattan», que al parecer bien podría haber sido una película, se habla en esta estupenda entrevista que Eduardo Lago le ha hecho al maestro en Nueva York. Del máximo interés, aunque no llegue al climax de la conversación memorable que con él mantuvo Fernando Trueba.


domingo, 18 de octubre de 2020

Sobre Woody Allen

(En voz alta). Razones que comparto (de Javier Cercas) sobre el “caso” Woody Allen. Y a las que habría que añadir la valentía y el magnífico humor de su última (por ahora) película.

jueves, 21 de mayo de 2020

Memorias de Woody Allen


(En voz alta). Va a ser el primer libro que compre en la fase inicial de la postpandemia por tres motivos destacables: por Woody, por Allen y porque Sí. Y por uno, algo tópico, pero que los resume todos: es de bien nacidos ser agradecidos.

lunes, 14 de octubre de 2019

Woody y Trueba

Woody Allen y Fernando Trueba, frente a frente.
(Al hilo de los días). Estuvimos viendo el sábado Día de lluvia en Nueva York, la última película estrenada de Woody Allen, y de nuevo fue la mejor y más hermosa forma de dar por inaugurado el Otoño. Es "un woody" en estado puro, hecho de sus viejos grandes temas cotidianos, incluso de sus chistes temáticos (sexo, muerte, judíos...) inasequibles al desaliento. Tal vez con una mayor carga de melancolía, pero con toda la gracia de un nuevo homenaje a Nueva York, al amor enredado, al arte de hablar e incluso discutir apasionadamente andando por la calle. Una magnífica levedad, como sostiene Fernando Trueba en esta excelente y muy oportuna entrevista, que contiene, además, un acercamiento a la obra y los gustos del maestro desde la privilegiada experiencia de otro gran director de cine. Es la pista de despegue perfecta para, si aún no han visto la peli, ponerse en órbita e ir a volando al cine que tengan más a mano. Les aseguro que no se arrepentirán.

sábado, 15 de diciembre de 2018

Un año sin Woody

Woody Allen
Woddy Allen, una mirada perpleja. Foto:  Getty Images. 
(Lecturas en voz alta). Hablaba el otro día, después de algún tiempo, con mi amigo José María, alias Navajo, uno de los mejores críticos de cine que conozco, y lamentábamos, justamente, la injusta postergación de Woody Allen. Y, entre algún que otro juramento y varios exabruptos no reproducibles, nos quejábamos de que este 2018 se fuera a despedir sin la anual cita con la peli del maestro. Este artículo de Elisa Martín Ortega parte de esa misma sensación y cuenta una experiencia que, detalles biográficos aparte, muchos podríamos suscribir. Al igual que el agradecimiento expreso al genio de Brooklyn, al que tantos momentos gozosos debemos. Hace ya unos años, mi amigo Navajo me regaló un estuche con una buena selección de películas de Woody Allen en deuvedé. En lo poco que ya va quedando del año buscaré el momento oportuno para volver a verlas y así desquitarme de la inmensa frustración que supone su ominosa desaparición de la vida pública, uno de los más preocupantes síntomas de los tiempos bárbaros que vivimos.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Un Woody antológico

«Mirad, chicos, el timing lo es todo en la vida».
Vaya por delante que cuando afirmo que Café Society, la última película de Woody Allen, es un Woody antológico, lo que quiero decir es que tiene la condición de repertorio de temas, motivos, obsesiones, pasiones, querencias y disidencias, técnicas, tácticas e incluso filosofías —si se toma esta palabra en su sentido más utilitario— de toda la obra del director neoyorkino, que cada otoño cumple con el rito de estrenar, por estos lares, una nueva historia. A veces la misma.

Ya mi amigo Navajo, uno de los críticos de cine y series en los que más confío, al igual que David Trueba o el imprevisible, salvo en algunos extremos, Carlos Boyero, entre otros, han contado en primera persona la serena alegría que esta cita anual con Woody Allen supone para muchos amantes del cine. Lo que tiene de puro gozo por el simple hecho de permitirnos comprobar, además de la propia, la supervivencia de una estilo de arte cinematográfico, con todas las letras, más allá de la opinión que cada película pueda merecerle a cada cual. Y al margen de las frecuentes disensiones respecto al peso y significado que la nueva entrega vaya a tener en la muy dilatada, rica y coherente, además de siempre tan revisitable, filmografía de su autor.

De Café Society, aunque parezca paradójico, lo que más me ha gustado ha sido su carácter por completo previsible. Supone un verdadero placer asistir al reconocimiento de los giros argumentales, comprobar el dominio del ritmo —tal vez la clave maestra del mejor Allen—, anticipar las ajustadas respuestas en los diálogos, volver a saborear la zumba habitual sobre la educación judía, la parodia del despiadado mundo de los gángsteres, el homenaje a los rituales del viejo cine, como exaltación de un tiempo dorado e ido, pero también como forma de resaltar el peso de la imaginación en nuestras vidas.

Y todo ello para contar una nueva historia, que viene a ser la misma crónica cercana y emotiva de los vericuetos azarosos del amor. Y en la que la banda sonora, llena de aciertos, vuelve a convertirse en un personaje más, y ni mucho menos secundario, Y, en fin, donde regresan las hermosas, cuidadísimas, mil veces vistas, pero siempre originales, «postales» de Nueva York, que no hacen sino aumentar hasta extremos insoportables mi nostalgia por la ciudad aún desconocida (¿cómo es posible sentir una nostalgia así?). Todo eso, en una medida justa y en un tono acaso más serio o menos divertido que otras veces, pero siempre con respiros de humor inteligente, está presente en esta historia de amor, azar y vida, de pasiones y crueldades, de cine puro.

Vi la película la semana pasada en los multicines de un centro comercial del Mar Menor, en una cómoda sala de medianas dimensiones, que para mi sorpresa casi se llenó. No es un dato menor, porque en los últimos tiempos, lo habitual es estar en el cine como en familia, rara vez con más de una treintena de espectadores —muchos iluminados por las pantallas de sus móviles— , a menudo incluso en soledad. A medida que iba avanzando la proyección, era una satisfacción, ya digo, ir revisitando los tópicos del octogenario director, como el que pasa las hojas de un libro favorito y comprueba que la expresión no sólo no ha envejecido sino que aún guarda alguna sorpresa, un nuevo destello, un juego maestro.

De pronto, bajo esta sugestión, eché en falta, no sin cierta alarma, un tópico habitual en los filmes de Allen: las largas conversaciones en la calle, esas escenas peripatéticas llenas de gestos y naturalidad, que él ha sabido recrear como nadie y que aquí no aparecían por ningún lado. Pero no había acabado de pensarlo cuando, como si el proyector me hubiera leído el pensamiento, llenaba la pantalla una secuencia, no muy larga, pero suficientemente expresiva, filmada a pie de calle. Y poco después la pareja protagonista «posaba» y charlaba en un rincón inconfundible de Central Park, en lo que a todas luces cabe interpretar como una especie de firma y rúbrica de clara intención. Como si Woody Allen nos estuviera diciendo: «He aquí mi mundo, estos son mis poderes». Y, al otro lado de la pantalla, muchos asentimos.

Concluiré con una nota al margen. Aspecto destacable de Café Society es el buen partido que Woody Allen vuelve a sacar a un actor tan característico como Jesse Eisenberg, con el que ya contó en A Roma con amor. Este chico de pelo ondulado, nariz con marca de fábrica y gestualidad algo desbaratada, me parece un intérprete bien dotado y aquí hace una buena pareja con Kristen Stewart. Aunque he de confesar que también le tengo algo de ojeriza por lo bien que interpretó el papel de Mark Zuckerberg en La Red Social, película excelente y tan dura que, en un mundo comme-il-faut, hubiera supuesto el descrédito inmediato del biografiado y la huida masiva de los usuarios de su criatura vengativa, la famosa red Facebook. Aunque, por lo que se ve, ocurrió justamente lo contrario. Lo cual no viene a ser sino una confirmación de la deriva irracional del mundo. O de cosas peores. Pues bien, el efecto benéfico del rito anual de Woody es tan fuerte que, potenciado por otras influencias que, curioso azar, también me llegan desde Nueva York, puede que me replantee mi rechazo visceral hacia ese club al que está afiliada media humanidad. Puede.

Con Woody en Oviedo, hacia 2008. ©SPM