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miércoles, 16 de septiembre de 2026

Vuelta a los «Senderos de gloria»

(Al filo de los días). Volví anoche a ver en una sala de cine (la 12 de los muy cómodos MK2 del Palacio de Hielo de Hortaleza) Paths of glory, en VOSE (sigla de fácil descifrado), y la conmoción aún aún no se me ha ido. Y tardará en hacerlo. Según abandonaba la sala, con una muy buena entrada media (quizás unas 250 personas), el crítico de cine enredoso y frustrante que acaso llevo dentro ya masticaba el titular (o empiece) de la crítica/crónica que no escribiré, como ya se está viendo. Decía: «No sé si Senderos de gloria es la mejor película de cine bélico filmada nunca, lo que sí me parece indiscutible es que no hay otra como ella». Y a partir de ahí empezaban a aflorar títulos, alguno más del propio Kubrick, y se ponía en marcha la entretenida rueda de las comparaciones y las ocurrencias. Quede todo en el limbo. Y sálvese aquí solo la mencionada conmoción, que pudiera describirse como un arrebato de 88 minutos sin pestañear, sin un solo segundo vacío, sin otro desapego de la pantalla y sus sombras tan bien dibujadas que el de cambiar una o dos veces la postura para paliar las inclemencias de la edad, o quizás también alguna sobrevenida idea persistente (¡hay que ver qué actual es todo esto!) y alguna batallita más de ese mismo jaez distractor para seguir inserto en este monumental retrato y alegato y espejo poderoso que nos muestra, con las hechuras mejores del arte cinematográfico eterno, que muy a menudo el patriotismo, las patrias, el honor y otras tantas palabras mayúsculas son solo el refugio de los canallas y que no va ser fácil ponerle remedio a eso.