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martes, 6 de noviembre de 2018
Samara, de Camarón
martes, 31 de julio de 2018
Las Turroneras
(Visiones en voz alta). Hay a menudo y por lo menudo en la danza flamenca gestos, giros y posturas de mucho carácter (no sé si “hondura” es aquí palabra apropiada). Unen al descaro y al nervio, ciertos movimientos muy antiguos y a la vez rabiosamente intemporales, en ademanes, contracciones, estampías, retracciones y desplantes que parecen provenir de una gestualidad a contratiempo y algo atormentada (fatal), como si el cuerpo luchara por recuperar la memoria de otros momentos de la especie. Y en todo ello se muestra un enorme poder de sugestión. Agradezco a mi amigo Juan Herrera esta y otras pistas de un arte inacabable.
sábado, 30 de enero de 2016
Los gozos de Martirio
(Para Ángel Pinto, que amaba el buen cante y hasta lo cantaba. In memoriam.)
Cuando irrumpió en el panorama musical, allá por los años de las movidas (la de Madrid no fue la única), mediados los ochenta, Martirio pudo ser considerada como una encarnación de cierta estética pop, en su versión posmoderna, en el mundo de la copla y la canción flamenca. Alguien pudo creer, a la vista de las peinetas, gafas, abanicos y otros coloridos aderezos con que el personaje se mostraba, que se había escapado de alguna de aquellas películas de Almodóvar que entonces fueron como cubos de pintura plástica arrojados en mitad de un paisaje solanesco. Y algo de eso sin duda había. Pero no era todo. Ni mucho menos.
Ahora, tres décadas después, tenemos una mejor perspectiva para valorar lo que la aportación de esta mujer inteligente, nerviosa, graciosa, moderadamente deslenguada y, pese a las apariencias, natural como la vida misma, ha supuesto en la historia reciente de la música española. «Una bocanada de aire fresco», podríamos decir, si hiciéramos caso al tópico. Pero sería de nuevo insuficiente.
Uno de los grandes atractivos del proyecto que la onubense Maribel Quiñones se decidió a poner en marcha, después de un pasado intenso en grupos como Jarcha o en la órbita innovadora de Kiko Veneno y Pata Negra, fue la osadía, con su mezcla de humor y seriedad, con que aterrizó en el todavía algo rancio mundo de la copla. Y, más en concreto, cierto descaro suavemente punki con el que plantaba cara a la asfixia doméstica en que, pese a los recientes cambios políticos y los nuevos usos, seguía recluida para muchas y muchos la vida cotidiana.
Martirio impactó con sus maneras en el espejo cutre que las radios de las madres había ido situando en el centro de la memoria de toda una generación. O de dos, que la vida pasa muy deprisa. Y, junto con los cristales rotos, saltaron también algunas nuevas formas de relacionarse con las emociones básicas. Al tiempo que se abría alguna perspectiva inédita a la hora de mirar los dramas de siempre.
Cuando parecía que la broma se acababa, la artista supo dar varios pasos más allá y mezclar lo suyo con corrientes y artistas muy diversos, aunque siempre afines: del son cubano al jazz, de Compay y Chavela hasta Jerry González o Chano Domínguez, entre otros itinerarios, en una particular manera de ir amansando («martirizando», en el literal buen sentido) géneros y modos, hasta configurar un camino muy personal, inconfundible. Un estilo que le valió para poner en circulación un repertorio que, si bien está construido con muchos «lugares comunes» (el necesario peso de la tradición), nos llega a través de una forma interpretativa, una impronta, cuya madurez es un verdadero gozo.
Y eso fue lo que se puso de relieve en el amplio y generoso recital que la artista ofreció el pasado jueves 28, en la carpa urbana del Price, para celebrar sus 30 años de carrera. Fue una noche llena de magia y de grandes artistas invitados. Convocados con delicadeza, elegancia y gratitud por la anfitriona, por el escenario fueron desfilando Kiko Veneno, Javier Ruibal, Silvia Pérez Cruz y Miguel Poveda, a los que se sumaron intervenciones especiales de todos los músicos que la acompañaron a lo largo del concierto: Javier Colina, al bajo y al acordeón; Raúl Rodríguez, con sus guitarras, Jesús Lavilla (piano) y Guillermo McGill (batería, cajón). Un cuarteto de toda solvencia.
| Madre e hijo, unidos además por el arte. |
Hubo muchos momentos especiales. Destacaré solo tres.
Uno. La canción de cumpleaños, adelanto de su próximo disco, que dedicó a su madre (y colega, además de «producida»), Raúl Rodríguez, guitarrista de extraordinaria limpieza sonora y buen compositor. Antropólogo además de músico, el niño de Martirio, ya cuarentón, tiene una larga y densa carrera a sus espaldas. Pero habrá que estar atento porque no creo equivocarme si pronostico que lo mejor aún está por venir.
Dos. El homenaje a Carlos Cano, que ese mismo día, como Martirio recordó, hubiera cumplido 70 años. La interpretación a dúo con Silvia Pérez Cruz de «María la Portuguesa», quizás no fue todo lo perfecta que cabría esperar (Silvia, esa gran alegría de la canción, no parecía en su mejor momento), pero fue de una emotividad enorme.
Tres. Y quizás lo más alto, desde el punto de vista artístico, los dos dúos con Miguel Poveda, en un desafío de coplas que, si en algún momento podían traer a la memoria las famosas trifulcas entre Juanito Valderrama y Dolores Abril, estaban tan llenos de ironía, complicidad y arte, que desbordaron el entusiasmo del público. Una actualización de los puntos fuertes de aquel Romance de valentía, de 2005 (como recordó Poveda), que acaso no tuvo tanta resonancia como merecía.
En resumen, una noche plena, divertida, repleta de ese tipo de sensaciones que se agrandan en la memoria e invitan a rumiarlas despacio. Quizás para seguir intentando entender lo que sentimos. Y para descifrar el poderoso y encantador misterio que hay bajo las peinetas y tras las gafas de una artista llamada Martirio.
Imágenes tomadas de la Página Oficial de Martirio en facebook.
viernes, 15 de enero de 2016
Poveda, entre sonetos y poemas
Miguel Poveda entre sonetos arde
por los cuatro costados del flamenco:
hondura, luz, compás, pasión. Y el cuenco
de una voz prodigiosa (que dios guarde).
Una voz donde brillan las heridas
y se incendia la lluvia de la tarde,
mientras amor y muerte, sin alarde,
dirimen sus batallas, tan queridas.
Sonetos y poemas que se quiebran
y van al aire con sus versos sueltos,
como muchachas por la playa, libres.
Palabras sin cadenas que celebran,
en la voz de Poveda, los absueltos
delitos del querer… (¡Para que vibres!)
Miguel Poveda durante su recital en el Compac Gran Vía de Madrid, el 14 de enero de 2016. Allí estuvimos.
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(Recupero de los comentarios mi crónica del recital, para facilitar su lectura a los interesados.)
Aprovecharé tu interés, querido amigo, para extenderme un poco, siquiera a vuelapluma, sobre lo visto y oído el pasado jueves 14 de enero en el añejo y algo destartalado pero aún habitable Teatro Compaq Gran Vía, antiguo cine y sede de estrenos muy notables.
El espectáculo, de unas dos horas y media de duración, sin intermedios –aunque sí con dos "interludios" protagonizados por la guitarra de Chicuelo, el piano magistral de Joan Albert Amargós y el buen hacer palmero y percusor del resto del elenco–, tuvo tres partes bien definidas. La primera se centró en el repertorio del último disco y justifica el título homónimo de la convocatoria: Sonetos y poemas para la libertad. La inició Poveda con su ya bien conocida versión del soneto «Para la libertad», de Miguel Hernández, rompiendo muy bien la voz en los versos más hondos. Siguieron después, entre otros, sonetos de Quevedo, con los oxímoros de su «Hielo abrasador»; Borges y el homenaje al padre, a la memoria y a la ficción del tiempo (con esa prodigiosa estrofa que el parte meteorológico del momento hacía, además de verdadera, literal: «Bruscamente la tarde se ha aclarado / porque ya cae la lluvia minuciosa. / Cae o cayó. La lluvia es una cosa / que sin duda sucede en el pasado...»); Neruda («Amor mío, si muero y tú no mueres…»), el más claro de los sonetos del amor oscuro de Lorca («…llena pues de palabras mi locura / o déjame vivir en mi serena / noche del alma para siempre a oscuras»), otros de Alberti, de Ángel González, de Sabina… y uno de Aute (variante, no muy lograda, del “violante” de Lope), y que dio pie para la presencia en el escenario de Pedro Guerra, autor de las músicas de los sonetos, en cuya selección también participó Luis García Montero.
Esta parte se cerró no con un soneto, sino con «No volveré a ser joven», de Gil de Biedma, prodigioso para mí, como sabes, una pieza mayor del repertorio de Poveda, aunque puede que no fuera esta vez la ocasión en que más partido le sacara.
El tercio de los sonetos, aunque admirable en más de un momento, no diría yo que es el terreno en la que más brilla la capacidad de Poveda para decir con la hondura y soltura que él sabe. La estructura de la estrofa se presta bien al fraseo encadenado y al efecto de los juegos verbales y las paradojas. Pero quizás es un esqueleto verbal que puede llegar a tener cierta adustez para el cante y que a veces se enquista en la lejanía de las rimas o, más aún, en los giros y quebradas de los encabalgamientos, a los que no siempre parece posible sacarles un partido bien acompasado. Sería un tema para hablarlo con más calma.
martes, 19 de mayo de 2015
Lole y Manuel con Quiñones
Hace ya semanas, tal vez algún mes, que entre los borradores de esta Posada figura una entrada posible, con solo un título y el vídeo que muestra a unos jovencísimos Lole y Manuel entrevistados por el poeta y flamencólogo Fernando Quiñones, tampoco mucho mayor, y todos tan tímidos y genuinos que incluso llegan a parecer algo irreales. Lo descubrí, el vídeo, en una de esos paseos cibernáuticos que nunca se sabe bien por qué ni dónde empiezan y que tal vez no terminan nunca, uncidos como están a este carrusel que cada vez gira más deprisa y lo mezcla todo a discreción. Hace unas horas he oído en la radio la noticia de la muerte de Manuel Molina. Otra vez la muerte, que no cesa de cosechar en los campos del señor, y que cada vez se parece más a la proyección de una película en blanco y negro, ya concluida, pero que sigue mostrando en la pantalla blanca de los días los engranajes dentados del viejo celuloide. Y la vida, que es el propio film, y sigue y sigue en busca de imágenes que devorar. No me es posible ir mucho más allá de la perplejidad o el balbuceo borroso de algunas impresiones, improntas, muescas. Pero hay en mi memoria la luz de algunos días de un verano, en el setenta y tantos, en los que la voz de Lole y la guitarra de Manuel eran lo más parecido a la alegría y un caudal de promesas que nunca se cumplieron. O tal vez sí, pero sin que llegáramos a enterarnos del todo, como puede que ocurra, en general, con este fenómeno tan extraño que llamamos consciencia, el pozo de las resonancias y las reverberaciones. Lo que comprendo ahora es para qué guardaba este vídeo y el borrador de una posible entrada: para que fueran la materia visible de un homenaje a uno de los grandes renovadores de ese arte interminable, río de honduras y meandros, que es el cante flamenco. Sea.
jueves, 8 de agosto de 2013
«La Nana ya está cantá»
Imprescindibles - 'Tiempo de Leyenda', de Camarón
Me curo el mono de no haber podido asistir este año al festival de La Unión revisitando el «imprescindible» de RTVE dedicado al 30º aniversario de la grabación de La leyenda del tiempo (vídeo inferior), el disco con el que Camarón le dio al flamenco otros dos siglos de vida (por lo menos). El reportaje, que además resume con pinceladas las claves de la evolución del cante en los últimos 50 años, está lleno de humor, precisiones, buenos recuerdos, jugosas anécdotas, pistas valiosas. Por él desfila un buen puñado de primeras figuras e incluye algunas grabaciones inéditas. Tiene uno de sus momentos culminantes, a mi juicio, cuando Camarón (minuto 36:49) se niega a volver a grabar la Nana del caballo grande porque es consciente de que su interpretación no puede mejorarla: «La Nana ya está cantá», dice con humildad y lucidez. Y basta con volver a escuchar su interpretación del poema de Lorca (confío en que aquí pueda oírse) para saber hasta qué punto tenía razón. La voz de Camarón es uno de esos milagros del arte que no cesan de asombrarnos. Dejándonos guiar por sus honduras se descubren, verdaderamente, tiempos de leyenda. Una resonancia de la conciencia de ser que nos estremece. Una voz luminosa y profunda, reveladora, capaz de conducirnos por inéditos laberintos de nuestro propio interior.jueves, 4 de agosto de 2011
Estrella vuelve a La Unión
Siguiendo la estela grande de su padre, pero cada vez con mayor presencia propia, Estrella Morente está alcanzando una madurez artística que no por esperada resulta menos asombrosa. La muchacha que encandilara con la originalidad de su voz a Peter Gabriel, a la que Pedro Almodóvar le encomendó el tema central de Volver, y a la que en Chico&Rita Trueba & Mariscal le rinden homenaje con un delicioso cameo animado, además de sonoro, junto a Bebo Valdés, es hoy una artista en plena eclosión, aunque intuyo que solo se encuentre al principio de un camino que habrá de llevarla a territorios aún inexplorados.
Heredera de unas facultades privilegiadas y también de un poderoso instinto innovador, y habitante del mismo laberinto mágico de culturas en que creciera García Lorca, de esta Estrella cabe esperar aún muchas formas de brillo diferentes. Tal vez en la línea de la fusión flamenco-fado que ya experimentara con Dulce Pontes. O, quién sabe, renovando su gran facilidad para darle una gracia especial a los ritmos cubanos.
Pero también, y sobre todo, siguiendo algún modo nuevo de ir hacia lo hondo, hacia el lugar donde la luz se vuelve energía pura, al pozo proverbial del que manan las aguas salvajes del flamenco y donde la luna se ríe de los viejos tópicos y es capaz de elevarse en pleno día mezclando lo disímil con lo idéntico, fundiendo hielo y fuego, rompiendo fronteras. Y todo ello, sin dejar de lado los nuevos fraseos de las viejas coplas, esa vía a la que tanto debe el actual resurgir del cante.
Lo acaba de demostrar en Madrid, donde ha obtenido un gran éxito en la Suma Flamenca. Y con esas expectativas llega (vuelve) a La Unión: es uno de los nombres fuertes del cartel del LI Festival Internacional de Cante de las Minas, que acaba de echarse a andar. El Cigala, Pitingo, Farruquito, Blanca del Rey y la guitarra de Tomatito también estarán presentes en la Catedral del Cante, el antiguo mercado modernista de la población murciana en el que se han escrito tantas páginas inolvidables en la historia reciente (y no tanto) del flamenco. El recuerdo de Enrique Morente, al que se le rendirá homenaje, estará en la mente de todos.
Fotografía de Estrella Morente tomada de Teleprensa
martes, 14 de diciembre de 2010
Orfandad y herencia
Pese a la tristeza, conforta saber que los caminos que Morente abrió para poner el cante jondo a la altura de los tiempos, y en concreto su instinto e inteligencia para enraizarlo en una nueva y libérrima forma de entender la tradición, son los que marcan el rumbo de algunos de los intérpretes más cualificados del presente, y que por ello pueden considerarse sus legítimos herederos: léase Miguel Poveda, Mayte Martín, Diego el Cigala, tal vez Arcángel... o, claro está, su propia hija Estrella.
Orfandad, pues, pero también prolongación de un arte que hoy, precisamente hoy, está más vivo que nunca.
En Omega (1996, 2008), mi disco preferido de Morente, una obra infinita en la que siempre queda algo por descubrir (como por descubrir me queda aún, afortunadamente, buena parte de su discografía), se incluyen piezas como su versión del lorquiano Pequeño vals vienés. Un monumento de ligereza y dramatismo, pasado por la "lectura" de Leonard Cohen, llevado a lo esencial del cante con melismas de inusitada pureza flamenca, y finalmente desembocado, coreografía del «Grupo de Danza Andalucía» de por medio, en la pequeña joya de arte total que recoge el vídeo que adjunto al final de estas líneas.
Omega, que muchos críticos consideran el punto alfa de la última renovación del cante jondo, muestra la originalidad y hondura con que Morente supo indagar en los misterios de la voz y el sentimiento afrontando con valentía el mundo alucinado del Lorca de Poeta en Nueva York y dejándose arrastrar por influencias tan en apariencia distantes como la severidad rítmica de una procesión de semana santa y la insolencia punk-rock del grupo Lagartiija Nick.
Morente solía decir que las personas a las que más quería eran los poetas. Y lo demostró muchas veces cantando poemas de Lorca, Miguel Hernández, Antonio y Manuel Machado, Guillén, Alberti, Hierro, San Juan de la Cruz, Fray Luis, Góngora, Juan del Enzina y un largo etcétera que también incluye a Al Mutamid, el rey moro que gobernó la taifa de Sevilla en la segunda mitad del siglo XI.
No es extraña esa afinidad (que tuvo también Camarón y ha "heredado" Poveda) porque el espacio en el que se adentran los grandes maestros del cante se parece mucho al universo que exploran los poetas: unos y otros recorren el territorio de la voz, de las voces, los nombres y los ritmos, en busca acaso de la respiración interna de las cosas. Y se internan así en una geografía en la que aunque los caminos parezcan estar ya bien roturados siempre es posible encontrar, inventar, alguna vereda. La aventura es descubrirla y atreverse a seguirla. Además de un hombre de una gran sensibilidad, Morente ha sido un artista valiente.
Ayer por la tarde, al escuchar por la radio la noticia de su muerte, sobre los mismos papeles en los que estaba trabajando improvisé estos versos que dejo aquí como homenaje.
Sólo había una voz como la suya:
la de un cántaro roto siempre lleno,
la libre forma con que el aire llega
a la cueva más honda, al pie del cielo.
En la imagen superior, Enrique Morente durante una actuación
en el C. M. San Juan Evangelista, en octubre de 2008.
Imagen tomada del blog de la escritora Clara Sánchez.
Postpost: Añado el vídeo del hondo y estremecedor homenaje que Estrella Morente rindió a su padre en su capilla ardiente.
sábado, 7 de agosto de 2010
Resonancias (3): machadiana

Mucho antes que el inevitable Guernica (yo también) o que la frustrada posibilidad del no menos frecuente Ché (yo, tampoco), en las paredes de mi cuarto, frente a mi mesa de estudio, colgaba un póster de Antonio Machado con los hermosos y bien conocidos alejandrinos finales de su poema «Retrato» grabados sobre la ancha frente: «Y cuando llegue el día del último viaje, / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis a bordo ligero de equipaje, / casi desnudo, como los hijos de la mar». Palabras que, como a tantos, me acompañan a menudo y que quizás resuman la mejor (y más consoladora) filosofía vital que haya tenido nunca. Qué sabio, en su aparente sencillez, don Antonio. Y cómo crece su obra a medida que pasa el tiempo (y nosotros con él).
(Aunque es mucho más conocida la versión del poema cantada por Serrat, dejo aquí la limpia y libre interpretación flamenca de Calixto Sánchez, quizás más cercana al modo de decir, e incluso de sentir, del poeta.)
Imagen: «Sol de medianoche con barca», tomada del blog Laberinto de lluvia.
martes, 3 de agosto de 2010
Cante
Hay ayeres que hieren,
ay, ay ay.
Ayer es hoy herido.
Y no hay ayer que hoy haya,
ja, ja, ja,
llegado a ser el mismo.
Ay, ayer que ayer era
y hoy ya es ido.
Hace un mes, en el acto de presentación del evento, Miguel Poveda reconoció de este modo (primer vídeo) su muy especial relación con el lugar donde se bautizó como artista (segundo vídeo que, pese a sus deficiencias sonoras, puede considerarse un documento histórico).
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