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miércoles, 11 de diciembre de 2024

Caja De Citas: Wallace Stevens con acento argentino

(CajaDeCitas,19). «Algunos puñaditos de poemas de Wallace Stevens», que sin duda adquieren una marcada significación, ¿no es cierto?, si se leen y se escuchan con acento argentino.



lunes, 25 de mayo de 2020

Adagia andante (10)

La poesía es la médula espinal de la literatura.
El poema a menudo cesa (o se interrumpe) y siempre está empezando. Su tiempo es el de la eternidad del instante.

Mucho más importante que buscar la originalidad es no perder el instinto del origen.
Y el instinto de muerte. No se olvide.
Aprender a vivir en el poema. A respirar con él. A qué él respire a través de nosotros. Alma: pneuma.
No hay que perder nunca de vista la parte invisible.
Saber navegar en tierra firme.
Examinar con sumo cuidado la naturaleza de las metáforas. La dimensión profunda de su realidad. Su condición de primer significado.
Ese espacio que se abre en la conciencia del poeta cuando el poema le muestra la existencia de lo inesperado.
Todo está en manos del azar. Sólo podemos trabajar con ellas.
La poesía, ese desorden.
Muchas veces es el romanticismo —o lo que se conoce como tal— poco más que una capa de pintura.
La poesía es siempre un fogonazo. Aunque a veces se tarde mucho en recibirlo.
Y es literal: «El ojo ve menos de lo que la lengua dice. La lengua dice menos de lo que la mente piensa». (WS: 161)
La poesía es la realidad. No tiene otro motivo.
Vivimos desde el interior. Pero no es posible vivir solo dentro de él.
La ciencia de la poesía. Y conocer sus límites.
El poeta es también un filósofo. El filósofo confía en el poeta, aunque le vete la entrada a la academia. Lugar al que el poeta no desea entrar. Solo airearlo.
No hay fibra pura en el poema. Ni esencia sólo. Todo en él importa. «La descripción es un elemento, como el aire o el agua». (WS, 166)
La escritura del poema es una experiencia. La lectura también. Otra. Nunca la misma.
Un poema puede ser cualquier cosa. Pero no cualquier cosa puede ser un poema.
La poesía es algo sustancial a (y de) la condición humana.
La razón crece en la naturaleza. No es ajena a las demás especies.
¿Qué decir de la vida? Ella se dice.
También florece la imaginación.
El mundo siempre nos llega a través de las formas.
Poesía es comunión. Muchas veces, en busca de comunicación.
Y suele haber algunos brillos que quedan en el aire: «El poeta llega a las palabras como la naturaleza a los tallos secos». (WS, 175)
Las palabras engendran melodía.
No es preciso subrayar lo que las palabras ya ponen de relieve. Pero si es preciso poner de relieve el verdadero grosor de las palabras.
En el horizonte de los mejores poemas siempre aparece alguna forma de felicidad. No hay otro modo. Y hasta puede que eso sea la auténtica tragedia.
Y no olvides, amigo, elevar tu oración al dios mendigo.

lunes, 11 de mayo de 2020

Adagia andante (8)


En modo alguno puede ser el poema sólo una máquina de destrucción. Aunque a veces es preciso despejar el campo de batalla. Pero el poema que sólo destruye está creando su propia condena. Nada escapa del fuego de la ira sin causa.
El poema es lo que se dice en la forma de decirlo: no hay querella alguna entre fondo y forma.

Tampoco hay problemas de género en el poema. Las palabras siempre los tienen todos, por mucho que «un poeta mira el mundo del mismo modo que un hombre mira a una mujer» (como dice Stevens en la cláusula 109, marca de época).
¿Y qué es lo que el poema tiene que decir? Si el poeta no lo sabe, quizás no haya poema. Aunque muy a menudo sea el poema la única forma de saberlo.
La naturaleza del poema no es distinta de la naturaleza del poeta. Objetos de atención ambos en un mundo donde los sujetos —pese a un nombre tan marcado— son libres
El objetivo del poema estriba más que nada en su pertinencia estética: una mirada plástica, una confirmación de lo que se adentra en nosotros a través de los sentidos.
Y desde ahí —religare: retorno al uno— es posible, factible e incluso razonable un salto hacia la religión.
Ese instinto sin fin hacia la belleza del mundo.
De nuevo regresamos —Deus non sum dignus— a las estancias de la imaginación. Dios es la gran inventio.
Por eso —me repito— todo gran poema —es decir: exigente— es un modo de oración.
Y todo es un camino imaginario para no salir nunca de la realidad.
Una realidad que no cabe en modo alguno dentro del realismo, ese abismo.
De ahí la ira de los que piden pan al pan y vino al vino y aúllan por la noche sin saberlo.
De ahí también la vigilancia sin fin de la razón. Como dijo Ducasse, le faltan a la psicología muchos progresos por hacer. Y la filosofía aún no ha muerto.
La historia sólo puede escribirse en presente continuo.
Y el poema es el alma de la historia.

lunes, 4 de mayo de 2020

Adagia andante (7)

«No hay diferencia entre Dios y su templo», dice Stevens en la cláusula 96 de sus «Adagia». Tiene razón, aunque no siempre sea fácil percibirlo.
Y más a menudo aún no es fácil entender que tiene todo esto que ver con la guerra y el dinero.
La poesía se funda en las palabras. Un poema no es más que un intercambio de palabras. Pero a menudo, incluso casi siempre, los poemas se hacen de rogar.
No siempre acuden las musas a las mesas. Algunas, caprichosas, incluso prefieren el arte caminado o la proximidad del agua.
Tampoco está siempre a punto la imaginación. La imaginación es la invención de lo real: un hallazgo.
El poeta es siempre el primer lector del poema. A veces o a menudo —pero quién puede saberlo— el único.
De lo que no hay duda, en cualquier caso, es de que cada poema muere su propia muerte.
Y en esto —¿veis?— no hay diferencia entre poemas y personas.