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viernes, 9 de octubre de 2026

La "otra" herida luminosa

 

(Al paso). Por el Parque del Prado de Eburia.

Dice José Julio Sevilla Bonilla:
«La herida luminosa, qué pena que ya esté pillado el título...»
  • martes, 18 de agosto de 2026

    Noche de San Juan en pleno agosto

    La Palestra
    Noche de San Juan en pleno agosto

    O cómo las palabras de San Juan de la Cruz nos condujeron de la mano y acaso nos permitieron entender el sentido profundo de la noche y tal vez el eclipse



    La noche tan deseada y largamente preparada, pero finalmente azarosa, que es capaz de juntar a amado con amada, no ha de ser muy distinta de la que propicia, en mitad del agosto más caldeado e incendiado de nuestras vidas y al borde mismo del eclipse famoso, un encuentro sutil entre ideas y sospechas, sensaciones y sentimientos muy arraigados, pero a menudo también como desvanecidos por la letra gruesa de lo cotidiano y las atroces novedades que cada día nos arroja a la cara la incansable vigilia de la estupidez aliada con la maldad.

    Es el caso que en la tarde-noche del pasado martes 11, cuando medio país se disponía a moverse hacia el otro medio para seguir lo mejor posible la danza del velo lunar frente al sol, en El Provencio, en la Manxa conquense, y en el patio de una casa solariega de estancias quijotescas —En Cal’Boni pudiéramos decir—, merced al generoso buen hacer de nuestro amigo José Julio Sevilla pudimos vivir una hora larga de “profundo gozo”. Tal es el título de lo que podríamos considerar un verdadero “espectáculo inmersivo” creado al hilo de las palabras justas de San Juan de la Cruz, que son incorporadas con gran precisión por el actor José Luis Luque, con hondos subrayados musicales de Sofía Alegre y su viola de gamba, en una puesta en escena sutil y precisa producida por Elfo Teatro, contando con las propuestas de la doctora en filosofía y activista Sofía Ugena-Sancho. Todo un intenso trabajo de fondo y una conjunción de esfuerzos que llegan al espectador con la humildad y la grandeza de lo que se impone por sí solo: en este caso la singular aventura verbal y espiritual del mayor poeta de nuestra lengua, aquel a quien Santa Teresa llamara “mi medio fraile”.
    La noche sosegada, pero aún calurosa, la penumbra del patio sobre el aljibe, con la parra naciente y la escalera de peldaños azules hacia la altura, fueron el sencillo, íntimo e insuperable escenario donde el corro de amigos, con mayoría de amigas, convocados por el huésped —cinco docenas, quizás alguno más— asistimos como hipnotizados a un viaje sensorial de alto vuelo. Allí fuimos guiados por las palabras intraducibles de Juan de Yepes, dichas con gran sabiduría corporal y vocal por el actor Luque, muy bien emplazadas por los precisos gestos y gracias a algunos objetos sencillos pero elocuentes en su contexto originario. Y palabras también traídas a nuestro presente en fuga por algunas notas o reflexiones complementarias. Todo ello se mostró muy útil para que la potencia verbal del poeta carmelitano, incorporada, recitada y casi rezada con orgánica precisión, pudiera afilar aún más su decir creando la magia que enseguida nos envolvió a todos.
    La desnudez del montaje, puesta siempre al servicio de “los huecos de una lengua” que roza lo inefable, fue en verdad estremecedora: un sutil subrayado de la belleza verbal mediante algunos pocos objetos —un duro banco como lecho y signo de cautiverio, el círculo de velas encendidas, algunos alimentos, un balde o tina de madera con agua para el baño lustral…— que lograban componer la más adecuada escenografía para que sobre ella se alzara la fuerza levitante del actor: su imagen transfigurada y advertida en su fragilidad por las ráfagas musicales de la viola de gamba.

    En el centro de la representación, que supone un recorrido casi integral por la obra en verso del poeta, está el recitado completo de la pieza mayor de San Juan: el Cántico espiritual, cuyas 40 liras aún siguen concitando asombro y misterio, y generando impulsos emocionales y tramas cognoscitivas, siempre al borde de la mudez, pero también incitando a ir un paso más allá de la interpretación, atravesando lecturas y divagaciones en todos los terrenos de la experiencia.

    En esta lectura se privilegió la cercanía del cuerpo, su papel esencial en todo los estados sensoriales que el poema va desgranando en su exaltación de la experiencia amorosa. Un camino en el que, como es sabido, la sensibilidad de Juan de Yepes fue siguiendo la huella del Cantar de los Cantares y probablemente aclimatando a una sensibilidad cristiana ciertas sabidurías orientales, como la mística sufí; o acaso también echando mano de algunos otros conceptos de la tradición bíblica o del cifrado nominal de la cábala judía.

    En ese contexto, la exaltación corporal es la línea de fuerza seguida por los autores de esta lectura para subrayar con gran valentía y acierto el cariz del poema como un canto del deseo sin restricciones, una apertura completa del ser hacia el sentido (o su falta), en y con todos los sentidos: una aventura sin restricciones en la que queda comprometida la totalidad de lo que somos, incluida la posible gravitación dentro de un remolino que acaso desemboque en la nada.
    Y es muy confortador y estéticamente impecable que, al igual que el gran poema concluye “a vista de las aguas”, en esta ceremonia el cuerpo desnudado del actor también encuentre su máxima expresión en un baño lustral del que, tras tan intensa y hermosa travesía, todos salimos como recién lavados.

    No es menor ni mucho menos la marea de impresiones que esa forma de representación no proporciona. De hecho, concreta y evidencia algunas figuraciones que se han concitado en las interpretaciones de una obra que ocupa un lugar señero en los terrenos no solo de la experiencia mística o la belleza literaria, sino también en otras muchos campos de la cultura humanística. E incluso de la ciencia, por cuanto en los últimos años se va abriendo paso, y al parecer con cierto fundamento, una lectura en clave físico-cuántica que, si bien no ofrecería grandes novedades respecto al sentido último e inefable del poema, sí podría tenerle a este como potencial suministrador de imágenes y metáforas precisas para nombrar algunos fenómenos puestos de manifiesto por las investigaciones en física de partículas y ciertos hallazgos no fácilmente explicables en relación con la naturaleza íntima de la materia.

    Con todo, el comentario más pertinente sobre este hermosos acto ha de ser el destacar su logro teatral. Como alguien escribió con ocasión del estreno de la obra en el Festival de Almagro, tres años atrás (14/07/23), se muestra aquí una metodología escénica de largo aliento: «un ejercicio gravitatorio y estremecedor que nos lleva al sentimiento humano más profundo… (y con) una metodología propia que abarca desde el trabajo orgánico del actor y su entrenamiento físico y vocal, hasta la dramaturgia y la creación, mostrándonos una desnudez en el escenario que nos conmueve, real y metafóricamente hablando».

    Pude saber después, hablando con Luque, que al fondo de ese saber hacer está el aprendizaje de la técnica vocal extendida del Roy Hart Theatre y su uso y adaptación por el maestro Alfonso Romera Fornovi, al que el actor recuerda con agradecimiento (me he enterado ahora de que falleció en mayo pasado), igual que al gran autor Miguel Romero Esteo (1930-2018), uno de los renovadores del teatro español en la segunda mitad del siglo pasado.

    Tras la larga ovación de un público por completo entregado y agradecido, el acto concluyó con charlas distintas y el disfrute de una “cuerva” —una especie de zurra o sangría ligera propia de la zona— que sirvió para soltar definitivamente las lenguas y celebrar, hasta bien entrada la medianoche previa al día del eclipse, la belleza compartida y la fiesta grata y siempre tan necesaria de la amistad

    domingo, 25 de septiembre de 2022

    Presentación de «Rumbos»

    Este próximo jueves (29 septiembre 2022, 18:30), en la antigua Casa de Fieras del Retiro (Biblioteca Eugenio Trías), le daremos la bienvenida a una hermosa criatura: un libro de arte y poesía que puede y debe contemplarse y leerse de arriba a abajo, al derecho y al revés, y en otras direcciones. Una obra de muy atinados Rumbos.
    Hay que seguirle la pista

    viernes, 11 de marzo de 2022

    Sobre Piedad & Adagia andante


    No sin un poco de rubor y con mucho orgullo (a qué negarlo) comparto esta generosa lectura que firma José Julio Sevilla Bonilla, buen amigo, además de —ocasión como esta al margen— extraordinario lector y excelente profesor de literatura, ya de retirada pero con larga huella. Gracias, José Julio. Habrá que mojarlo.

    Conocí a Alfredo J Ramos hace más de 40 años, durante el servicio militar en tierras albacetenses. En aquellas fechas leí su primera obra publicada, Esquinas del destierro, accésit del Premio Adonais en 1975. Para este humilde aprendiz, cuyo bagaje poético se reducía a un puñado de entusiastas lecturas, aquella obra mostraba una insólita madurez para alguien con apenas 20 años, capaz, a su vez, de crear un lenguaje personal tan reconocible. Vino después El sol de medianoche, Premio de Poesía de Castilla-La Mancha. Alfredo, hombre modesto donde la haya, ha seguido desarrollando su labor editorial a lo largo de toda su vida, atento a las novedades, ciertas y fingidas, del mundo literario. Para sus admiradores, conocedores de su inmensa cultura y su buen hacer editorial (formó parte del Consejo de Redacción de la mítica colección Aula Abierta, de Salvat, que tanto ayudó a la divulgación de temas clave en las décadas de los 80 y 90, y ha trabajado con las editoriales más prestigiosas del país) esta obra, Piedad-Adagia andante, publicada por la editorial Amargord, constituye una estupenda noticia. A quienes seguimos en las redes sociales y en su blog (letraclara.blogspot.com
    ) sus incursiones diarias en la poesía, sus reflexiones y pinceladas sobre los tiempos actuales, no nos sorprende la hondura de los textos que le dan vida.
    Piedad.. presenta dos partes, aparentemente diferenciadas: la primera se articula a partir de la memoria como eje vertebrador de sus reflexiones ("Me encamino a través de la memoria/hacia el instante/en que son convocadas/las fuerzas de la tierra, el aire, el mar, el fuego/ y el soplo del espíritu"). En esa memoria caben la nostalgia y la fascinación infantil ante la presencia de una imaginería religiosa inquietante ("El cuarto del terror/era el confesionario/aunque a veces también pudiera ser/el desván de los juegos"). Atento al conocimiento de la metáfora, que crea con elegancia y profundidad maravillosas ("Por las tardes/la luz se desprende de sus hojas menores/y se queda con el tronco desnudo...") Alfredo participa también de la búsqueda de la síntesis del lenguaje poético y consigue destilar perlas como ésta: "Una gota de agua/en cuyo centro/anida/la tormenta". Queda, por supuesto, realizar un análisis que dé cuenta de tantos buenos poemas, ejemplarmente construidos a partir de un conocimiento del ritmo poético fuera de toda duda. Baste señalar que si hay algo que la poesía deba asumir como labor inexcusable podemos encontrarlo entre estas páginas luminosas. Un ejercicio que merece la pena realizar. Versos como estos lo exigen: "A veces sobreviene/un ligero descenso de la nube/y todo lo que era claro e/incluso lo que ardía/queda envuelto en un aire/de irrealidad tan fuerte/que se vuelve dudosa hasta/la vida".
    La segunda parte, Adagia andante, homenaje particular a los Aforismos de Wallace Stevens, es un conjunto de sentencias sobre la poesía que constituye una gozosa catarata que me gustaría comentar en otro momento, consciente de la necesidad de transitar esa aventura maravillosa. No se lo pierdan. Poesía necesaria. Disfrute sin fin y sin medida.