La Palestra
Noche de San Juan en pleno agosto
O cómo las palabras de San Juan de la Cruz nos condujeron de la mano y acaso nos permitieron entender el sentido profundo de la noche y tal vez el eclipse
La noche tan deseada y largamente preparada, pero finalmente azarosa, que es capaz de juntar a amado con amada, no ha de ser muy distinta de la que propicia, en mitad del agosto más caldeado e incendiado de nuestras vidas y al borde mismo del eclipse famoso, un encuentro sutil entre ideas y sospechas, sensaciones y sentimientos muy arraigados, pero a menudo también como desvanecidos por la letra gruesa de lo cotidiano y las atroces novedades que cada día nos arroja a la cara la incansable vigilia de la estupidez aliada con la maldad.
Es el caso que en la tarde-noche del pasado martes 11, cuando medio país se disponía a moverse hacia el otro medio para seguir lo mejor posible la danza del velo lunar frente al sol, en El Provencio, en la Manxa conquense, y en el patio de una casa solariega de estancias quijotescas —En Cal’Boni pudiéramos decir—, merced al generoso buen hacer de nuestro amigo José Julio Sevilla pudimos vivir una hora larga de “profundo gozo”. Tal es el título de lo que podríamos considerar un verdadero “espectáculo inmersivo” creado al hilo de las palabras justas de San Juan de la Cruz, que son incorporadas con gran precisión por el actor José Luis Luque, con hondos subrayados musicales de Sofía Alegre y su viola de gamba, en una puesta en escena sutil y precisa producida por Elfo Teatro, contando con las propuestas de la doctora en filosofía y activista Sofía Ugena-Sancho. Todo un intenso trabajo de fondo y una conjunción de esfuerzos que llegan al espectador con la humildad y la grandeza de lo que se impone por sí solo: en este caso la singular aventura verbal y espiritual del mayor poeta de nuestra lengua, aquel a quien Santa Teresa llamara “mi medio fraile”.
La noche sosegada, pero aún calurosa, la penumbra del patio sobre el aljibe, con la parra naciente y la escalera de peldaños azules hacia la altura, fueron el sencillo, íntimo e insuperable escenario donde el corro de amigos, con mayoría de amigas, convocados por el huésped —cinco docenas, quizás alguno más— asistimos como hipnotizados a un viaje sensorial de alto vuelo. Allí fuimos guiados por las palabras intraducibles de Juan de Yepes, dichas con gran sabiduría corporal y vocal por el actor Luque, muy bien emplazadas por los precisos gestos y gracias a algunos objetos sencillos pero elocuentes en su contexto originario. Y palabras también traídas a nuestro presente en fuga por algunas notas o reflexiones complementarias. Todo ello se mostró muy útil para que la potencia verbal del poeta carmelitano, incorporada, recitada y casi rezada con orgánica precisión, pudiera afilar aún más su decir creando la magia que enseguida nos envolvió a todos.
La desnudez del montaje, puesta siempre al servicio de “los huecos de una lengua” que roza lo inefable, fue en verdad estremecedora: un sutil subrayado de la belleza verbal mediante algunos pocos objetos —un duro banco como lecho y signo de cautiverio, el círculo de velas encendidas, algunos alimentos, un balde o tina de madera con agua para el baño lustral…— que lograban componer la más adecuada escenografía para que sobre ella se alzara la fuerza levitante del actor: su imagen transfigurada y advertida en su fragilidad por las ráfagas musicales de la viola de gamba.
En el centro de la representación, que supone un recorrido casi integral por la obra en verso del poeta, está el recitado completo de la pieza mayor de San Juan: el Cántico espiritual, cuyas 40 liras aún siguen concitando asombro y misterio, y generando impulsos emocionales y tramas cognoscitivas, siempre al borde de la mudez, pero también incitando a ir un paso más allá de la interpretación, atravesando lecturas y divagaciones en todos los terrenos de la experiencia.
En esta lectura se privilegió la cercanía del cuerpo, su papel esencial en todo los estados sensoriales que el poema va desgranando en su exaltación de la experiencia amorosa. Un camino en el que, como es sabido, la sensibilidad de Juan de Yepes fue siguiendo la huella del Cantar de los Cantares y probablemente aclimatando a una sensibilidad cristiana ciertas sabidurías orientales, como la mística sufí; o acaso también echando mano de algunos otros conceptos de la tradición bíblica o del cifrado nominal de la cábala judía.
En ese contexto, la exaltación corporal es la línea de fuerza seguida por los autores de esta lectura para subrayar con gran valentía y acierto el cariz del poema como un canto del deseo sin restricciones, una apertura completa del ser hacia el sentido (o su falta), en y con todos los sentidos: una aventura sin restricciones en la que queda comprometida la totalidad de lo que somos, incluida la posible gravitación dentro de un remolino que acaso desemboque en la nada.
Y es muy confortador y estéticamente impecable que, al igual que el gran poema concluye “a vista de las aguas”, en esta ceremonia el cuerpo desnudado del actor también encuentre su máxima expresión en un baño lustral del que, tras tan intensa y hermosa travesía, todos salimos como recién lavados.
No es menor ni mucho menos la marea de impresiones que esa forma de representación no proporciona. De hecho, concreta y evidencia algunas figuraciones que se han concitado en las interpretaciones de una obra que ocupa un lugar señero en los terrenos no solo de la experiencia mística o la belleza literaria, sino también en otras muchos campos de la cultura humanística. E incluso de la ciencia, por cuanto en los últimos años se va abriendo paso, y al parecer con cierto fundamento, una lectura en clave físico-cuántica que, si bien no ofrecería grandes novedades respecto al sentido último e inefable del poema, sí podría tenerle a este como potencial suministrador de imágenes y metáforas precisas para nombrar algunos fenómenos puestos de manifiesto por las investigaciones en física de partículas y ciertos hallazgos no fácilmente explicables en relación con la naturaleza íntima de la materia.
Con todo, el comentario más pertinente sobre este hermosos acto ha de ser el destacar su logro teatral. Como alguien escribió con ocasión del estreno de la obra en el Festival de Almagro, tres años atrás (14/07/23), se muestra aquí una metodología escénica de largo aliento: «un ejercicio gravitatorio y estremecedor que nos lleva al sentimiento humano más profundo… (y con) una metodología propia que abarca desde el trabajo orgánico del actor y su entrenamiento físico y vocal, hasta la dramaturgia y la creación, mostrándonos una desnudez en el escenario que nos conmueve, real y metafóricamente hablando».
Pude saber después, hablando con Luque, que al fondo de ese saber hacer está el aprendizaje de la técnica vocal extendida del Roy Hart Theatre y su uso y adaptación por el maestro Alfonso Romera Fornovi, al que el actor recuerda con agradecimiento (me he enterado ahora de que falleció en mayo pasado), igual que al gran autor Miguel Romero Esteo (1930-2018), uno de los renovadores del teatro español en la segunda mitad del siglo pasado.
Tras la larga ovación de un público por completo entregado y agradecido, el acto concluyó con charlas distintas y el disfrute de una “cuerva” —una especie de zurra o sangría ligera propia de la zona— que sirvió para soltar definitivamente las lenguas y celebrar, hasta bien entrada la medianoche previa al día del eclipse, la belleza compartida y la fiesta grata y siempre tan necesaria de la amistad
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