sábado, 31 de agosto de 2019

Los Arenales del Tajo

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El Tajo a su paso por Eburia (o sea, Talavera de la Reina).
La foto es de 2016; hoy la situación es dramática.
No encuentro mejor modo de acabar esta entrega de la serie “Playas” de las «Novelas de una (cierta) línea» que yendo al principio: no tengo recuerdo exacto de ello, pero la lógica biográfica me dice que la primera vez que me adentré en el agua tuvo que ser en la playa de Los Arenales de mi ciudad natal, cuando el padre Tajo hacía honor a su nombre y con un caudal limpio y bullente transformaba los días del verano en un espacio ideal para otros juegos, otros ritmos, otras experiencias, incluida la primera de ahogamiento o, más bien, el primer atisbo de lo que Eliot llamó «muerte por agua»: la visita a ese umbral o pasadizo que en ocasiones nos sorprende como actualización algo absurda pero cierta del inicial viaje amniótico y de la película de nuestra vida. Lucubraciones aparte, mi agua lustral fue la de un río que hoy es casi un cadáver, una de las pérdidas más dolorosas que he sufrido en el paisaje de mi vida e inequívoca prueba —tal vez junto a los innumerables incendios vividos en los bosques gallegos— de que algo ha debido de hacerse muy mal en relación con la naturaleza y el medio para que estas sean las consecuencias. Lo cierto es que nací a escasos metros de un río majestuoso, orgullo de mis días escolares, protagonista, junto con el Ebro y el Duero, de la gran tríada de cauces vivificadores de las tierras ibéricas, y que con el Sil completarían mi póquer de ases fluviales. Un río de rotundo nombre mencionado una y otra vez en las palabras y profecías de los poetas, desde el anónimo cantor del romancero al caballero Garcilaso o el ubicuo Pessoa, sin olvidar la metáfora-fuente (y fuerte) de Manrique, que yo desde que conociera la elegía en la imponente voz de Manuel Dicenta tendía a transformar en un «nuestras vidas son los Tajos que... [la vida nos va a dar]» (lo del corchete vino más tarde: en realidad es de ahora mismo). Las gentes que de pequeños hemos tenido a nuestro alcance un río y sus playas de arena gruesa y cantos rodados, con los remolinos, a veces tan traicioneros, de sus aguas y las fronteras prohibidas de una isla (y ahí hay otra historia), mientras conservemos en la memoria un mínimo de la luz de aquellos días siempre tendremos un paraíso de imágenes y sensaciones al que poder volver. Y ahora mismo, tal y cómo se está poniendo el panorama, y aunque a menudo parezca tan inútil, en esta y en todas las playas que nos han permitido sentir la cercanía del agua y de la luz hay también una causa inaplazable por la que luchar.
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viernes, 30 de agosto de 2019

Da Vinci en Los Narejos del Mar Menor

No conozco ningún lugar donde sea más fácil nadar que en algunas playas del Mar Menor, especialmente en la de Los Narejos. Podría equipararse incluso a las del Mar Muerto, tanto por condiciones de salinidad como por expectativas de destino. El caso es que, como me decía anteayer mismo un anciano algo mayor que yo, en este litoral, para mantenerse a flote, «no hay que hacer nada». Podría considerarse en este sentido una playa zen —también (chiste va) poniéndole todo el “alma” por delante: en esta época del año multitudes la pisan— y no dudo de que en ella —y ahora voy a justificar el título— el mismo Leonardo se sentiría feliz de experimentar en cuerpo propio las infinitas posibilidades circulatorias y fluidas de su ideal hombre de Vitruvio: la facultad de extender y prolongar huesos, músculos, tejidos y auras hasta el límite de lo posible, aprovechando una situación tan placentera como poco accesible al humano corriente cual es la de la casi ingravidez que propicia la extrema salinidad. Siempre ha sido muy fácil nadar en este mar interior, carente salvo excepciones de oleaje, plano y brillante como aquel plato de refulgentes algas que Alberti convocaba, según mi viejo amigo Virgilio Pérez-Clotet, en un poema (nunca comprobé la exactitud de la cita). Pero en los último tiempos —alguien dice que por efecto de la creciente eutrofización de las aguas, o sea, por el exceso de compuestos orgánicos en ellas— la facilidad para mantearse a flote es en verdad impresionante. Así que en mi reciente estancia en la zona he aprovechado esa circunstancia para convertir cada jornada de baño en la variante de una sesión de yoga —para el saludo al sol sólo hace falta abrir los ojos— y en una especie de simulador de ingravidez espacial. Y es que basta con mover las piernas en posición horizontal levemente inclinada para que el hombre de Vitruvio se ponga en suave movimiento, y al poco, sin necesidad de grandes facultades ensoñadoras, uno tenga la sensación de que algo así debió de ser el milagro aquel del mar de Galilea que llevó al más descreído y cabezón de los apóstoles a andar sobre las aguas como Perico por su casa, y nunca mejor dicho. Quien lo probó..., etc.
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jueves, 29 de agosto de 2019

Hablarle a Borges (24)

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Borges con gesto tal vez... borgiano.
(Hablarle a Borges, 80). Dicen que Borges dijo o escribió: «La maravilla es acaso incomunicable».
Y se me ocurre: «Si realmente es así, ¿cómo saberlo?».

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Borges con el presidente argentino Raúl Alfonsín,
con el que tuvo una gran afinidad no sólo patriótica.
(Hablarle a Borges, 81). Dicen que Borges dijo o escribió: «Yo diría que debemos tratar de atenuar nuestras diferencias y de sentir nuestras afinidades».
Y se me ocurre: «Sólo así será posible hacer verdad el tópico, más bien a menudo un puro enunciado desiderativo, de que “es más lo que nos une que lo que nos separa”».


Los privilegios de la testigo: María Kodama charlando con Borges y Paz, 1981. Foto de Paulina Lavista.
Foto tomada de aquí.
(Hablarle a Borges, 82). Dicen que Borges dijo o escribió: «No creo en el valor de lo que escribo, pero sí en el placer de escribir». 
E, impactado por semejante lección de lucidez y humildad (“de consuno”, como diría el maestro Lapicero), sólo puedo añadir que ese placer a menudo conlleva también su veneno. Aunque —y excúseseme la tópica simpleza— lo que no mata engrosa.

Pillado en el cristal

lavando una ventana

(Al hilo de los días). Acabo de pillarlo en el muro de Miguel Cobo. Aunque lo cierto es que ha sido al revés: me he quedado pillado. En el cristal.

Marisol, sin nostalgia


(Al hilo de los días). No conozco a nadie de mi generación que, de una u otra forma, no estuviera enamorado —o enamorada: dicho sea sin tapujos— de Marisol. En mi caso, confieso que considero cómo uno de los hitos de mi infancia el haber completado el álbum de cromos de Marisol rumbo a río, de modo que quizás no hagan falta mayores pruebas. Y que es un enamoramiento que perdura he podido comprobarlo esta noche viendo en La 1 el programa Lazos de sangre (se está emitiendo todavía ahora) y en el que creía —alguien cercano me ha sacado de mi error— que iban a entrevistar a Pepa Flores, después de tanto tiempo de estar por completo y de forma admirable al margen de los focos. No será así, pero es tal el caudal de emociones y recuerdos que su figura me trae que es casi como si lo hubiera sido. Cacharreando en la Red he encontrado este documento, para mí inédito, en el que Pepa Flores improvisa con Camarón una versión de Al alba, de verdadero interés. No hay que olvidar, por lo demás, que el último disco largo interpretado hasta de fecha por la artista (Pepa Flores: Climas, 1983) fue compuesto y producido por Luis Eduardo Aute. Otro motivo para quererla más.
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El Lido de Venecia

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Fotos del Lido de Venecia, tomadas de Tripadvisor

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Ahora que vuelve su famoso festival de cine, me acuerdo de la única vez que estuvimos en el Lido de Venecia. Todo era como en las películas, salvo tal vez el Tadzio aquel, de pelo blanco y heridas abiertas en el rostro, que andaba por la playa con uno de esos artefactos buscametales, rastreando aquí y allá, sin mucha convicción, como el que ara por mera costumbre.
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miércoles, 28 de agosto de 2019

Umbral, doce años


(Al hilo de los días). Hoy ya son 12 los años que han pasado de la muerte de Umbral. Y en este par he leído o releído alguna de sus obras, singularmente la del Café Gijón, que me salió literalmente al paso en un paseo por la Cuesta de Moyano y me atrapó de un tirón, al darme cuenta de qué cercanos me resultan los paisajes urbanos que allí describe, y qué grandes similitudes, salvando todas las circunstancias (que, por fortuna, son muchas), se dan entre lo que él escribe y lo vivido y recordado. Incluyendo semblanzas, tomadas del natural, tan abundantes. Pero esa es, me digo, la señal que siempre he buscado en la literatura para definir su grandeza: que, hable de lo que hable, me haga sentir que es de mí (bueno, seré más exacto: de la ficción de mi “yo”) de quien habla. De modo que ahora no sé si la obra de Umbral me gusta por su objetiva grandeza o sólo por la cercanía, también objetiva, de ese “cruce de las calles y el tiempo” (Torrente dixit) que nos ha tocado vivir. Creo que lo voy a seguir leyendo. No sé hasta cuándo.

En torno a Mojácar

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Playa Macenas. Foto: Sala2500.
(Arenas, piedras y pirámides en torno a Mojácar)
Del primer viaje por las costas de Almería como padre recuerdo especialmente la estancia en el «Pueblo Indalo», a orillas de Mojácar, uno de esos complejos hoteleros familiares concebidos a modo de pequeña población autosuficiente, combinando con cierto buen gusto comodidad y sencillez, aunque siempre bajo la amenaza de la estabulación y la ola expansiva de vulgaridad que suele traer consigo el turismo de masas. Pero entonces, primeros años noventa, aunque ya se había iniciado el desastre urbano del litoral, la situación aún resultaba soportable y era un verdadero placer ir, de Mojácar a Garrucha y, sobre todo, hacia Carboneras, en busca de las playicas y calas diseminadas por los alrededores, a lo largo de un paisaje semidesértico sembrado de breves oasis, blancos casetones en medio de la nada con chumberas, alquerías audazmente empinadas sobre promontorios de vistas inefables, y entre caminos que se adentraban hacia el mar al pie de ramblas bien marcadas, algunas de las cuales no tardarían en ser traicionadas y también, ay, en vengarse. Marina de la Torre, El Cantal, Cueva del Lobo, La Rumina, El Sombrerico, Sopalmo... son algunos de los nombres que aún resuenan en mis oídos, sin olvidar el del después tan polémico El Algarrobico, santo y seña de los intereses duramente enfrentados en una lucha tan desigual como absurda: el polvo (literal) de los lodos actuales. En fin. No puedo dejar sin mencionar la singular Playa Macenas, con su castillo vigilante y su relieve megalítico sobre la arena gris, con zonas bien empedradas y unas aguas suaves tan transparentes en mi memoria (seguramente exagero), que se me saltan las lágrimas al acordarme. Y todo bien atado y resumido en un nombre de resonancias clásicas, Ma-ce-nas, que no sé bien por qué, tal vez por contrapunto, siempre asocié con el singular Valle de las Pirámides que se divisa desde el alto balcón de Mójacar, hacia tierra adentro, uno de los muchos atractivos de ese dédalo encumbrado que es la supuesta patria chica —pura leyenda urbana— de Walt Disney. Desde aquellos días —tal vez ya a raíz de algún viaje anterior: puede que en ruta hacia las Alpujarras— me acompaña como uno de mis símbolos preferidos la singular figura del Indalo, el hombre que sostiene el arcoíris, o la cúpula celeste, y en el que algunos estudiosos han visto un precedente del hombre de Vitruvio de Davinci, sobre el que probablemente volveré otro día y en otra playa.
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martes, 27 de agosto de 2019

Parecidos razonables

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¿Secuencias? ¿parecidos razonables?... El peso de la imagen, más que nada.

Giro dentado

El Hombre de Vitruvio.
(Al hilo de los días). Leo en un artículo de un periódico atrasado la expresión “giro dentado” y buscando por la red me encuentro un montón de informaciones acerca de esta estructura esperanzadora de nuestros cerebros (podría ser la causante de que la producción de neuronas dure toda la vida) y en una de ellas subrayo este párrafo: «El giro dentado tiene como particularidad el estar principalmente formado por células granulosas, las cuales en sus terminaciones axónicas terminan transformándose en fibras musgosas que hacen sinapsis exclusivamente con el campo de Amón del hipocampo». Fascinante, ¿no? «El campo de Amón del hipocampo», además, es un dado en toda regla que un día de estos debería echar a rodar. Seguro que engendra un exágono inscrito en un círculo, tal vez con cierto parecido a un Indalo (o un homo davincíneo) girando en una estrella de David. Oh, grandeza del lenguaje y de los símbolos que nos lleva a admirar la secuencia precisa de palabras y la imagen resultante capaces de describir las estructuras que hacen posible tal belleza.

Lokrum, a vista de Dubrovnik

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La isla de Lokrum, desde Dubrovnik. Foto ©️SPM, 2011.
De aquel viaje por Croacia y Bosnia además de los días (tres o cuatro) pasados en Dubrovnik, o más bien dentro de ellos —en un rincón de horas al margen—, recuerdo la excursión a la mínima isla de Lokrum, una especie de jardín botánico surgido en torno a un monasterio benedictino, una mansión imperial y una vieja fortaleza en ruinas. Era un lugar ideal para caminar por apacibles y a veces exigentes senderos, entre pinos, laureles y cipreses, también entre cactus y palmeras. Un planeta en miniatura en el que, como un fogonazo de la memoria, veo que nos encontramos de pronto frente a un pavo real en todo su esplendor, pero igualmente altivo y desdeñoso: creo que ni siquiera se dignó a echarnos una ojeada, y eso que, como después supimos, tal vez fuera descendiente de un ejemplar traído de las Canarias algunos siglos antes. Es sabido que las órdenes religiosas, en su afán, más que evangelizador, comunal y expansivo, en alas de un impulso de gran fraternidad, fueron las primeras “empresas multinacionales” y, en cierto modo, los primeros agentes de la globalización. Pero aquí estamos, ocurrencias al margen, yendo de camino a la playa, y es ahora un senda difícil, más que abrupta insidiosa por los guijarros puntiagudos, la que hemos de descender, entre algún tropiezo y varios exabruptos, hasta alcanzar un breve remanso donde un Adriático intensamente azul, cargado de historia y aún con el estertor de algún bombardeo reciente, nos acoge sin grandes novedades. Años después, cuando miro el dibujo de la isla, en la foto probablemente sacada desde la muralla de Dubrovnik (agosto de 2011), todavía perdura el rastro no descifrado de un día como tantos y siempre único, en esta rara suma de luces, sales, aguas y sueños que es la vida.
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lunes, 26 de agosto de 2019

Un rastro de cenizas


Cómo saberlo. El pulso que en la mano
despiertan las palabras que se forman
en un lugar vacío de la mente
—tal vez en las estancias inferiores
de la conciencia— traza en el paisaje
de la página en blanco un laberinto
del que no puede verse la salida
y la entrada tampoco. Variaciones
de un pálpito y un sueño, una maraña
de síntomas y lenguas imposibles.
El hilo de la trama es una sombra,
se desliza por las habitaciones,
pone en mis ojos la moneda egipcia
y un sol ajeno azul indescifrable.
Sólo queda el poema, sus palabras
—un rastro de cenizas aún calientes—
son la prueba y la carga del testigo.

La playa de doña Ana (a modo de canción)

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Dunas y playa en el acantilado de El Asperillo, en el entorno de Doñana.
Foto:
©️Paco Puentes/El País.
En la playas de doña Ana vimos las huellas de El Lince entre los pinos rastreros. Y era un bandido muy triste. Luego, con dados de Niebla, nos llegamos a Moguer: tejas de vidrio brillantes bajo el gran sol de las tres. En la casa del poeta bebimos muy fresca el agua y no encontramos el árbol donde el burrillo descansa. Bueyes al amanecer tiraban del mar y el vuelo de las garzas fue el presagio de los días venideros. «Aquí estuvo el paraíso», decía un cartel. Y la playa era salvaje, infinita, en la heredad de doña Ana.
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domingo, 25 de agosto de 2019

Conexiones

Máscara griega

(Al hilo de los días). Con interés y sorpresa he leído este artículo de Javier Cercas en EPS porque, además de su propio interés, tiene la azarosa virtud de conectar los temas principales de dos obras de teatro (sendos monólogos) que hemos podido ver, viernes y sábado, dentro del Festival Internacional de Teatro, Música y Danza de San Javier, que en este 2019 ha llegado a su 50ª edición, nada menos. Me refiero al Esquilo de Rafael Álvarez «El Brujo», un nuevo recital de frescura e inteligencia del gran actor cordobés, un artista único en su género, e Intensamente azules, la original pieza del siempre inspirado Juan Mayorga que César Sarachu interpreta con un gran dominio de ciertas técnicas de mimo (o caricato tragicómico) muy personales y una forma convincente de decir un texto que se caracteriza por su fino hilar entre el absurdo, el surrealismo, el vuelo poético y una impecable lógica narrativa. Cada espectáculo merece comentario aparte, pero lo curioso es que el artículo de Cercas, con su contraposición entre las filosofías de Nietszche y Schopenhauer, reúne y sintetiza lo más relevante que en ambas obras se dilucida como «temas de fondo»: el discurrir de la vida humana entre dos grandes vértices y vórtices: el del deseo siempre insatisfecho y el de la racionalidad que apuesta por la mesura. La vieja contradicción entre lo apolíneo y lo dionisíaco, y la duda y reto permanente de saber si es posible, de algún modo o ‘maniera’, una síntesis vital entre ambos.
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El Papagayo de Lancelot

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Una de las calas de la Punta del Papagayo, en la isla de Lanzarote. Foto: LocalSeo.
A Punta Papagayo, en el extremo de playa Blanca, municipio de Yaiza, en el entorno de la montaña de escorias aún calientes del Timanfaya y cerca de los coloristas y deslumbrantes lienzos de la salinas de Janubio, la tengo asociada a una foto divertida en la que se ve sentado a Gonzalo —¿o se llamaba Julián, tal vez Jaime...?: era el chico de la pareja madrileña con la que coincidimos en una comida durante aquel primer viaje a Lanzarote y con la que compartimos el resto de la estancia en la isla; ella, seguro, de nombre Blanca—; él, como digo, está sentado cerca del agua esculpiendo con la arena húmeda alrededor de su regazo un enorme falo levemente puntiagudo y hacia el que mira con cara de pícaro, mientras yo le comento —y esto lo recuerdo porque lo tengo escrito al dorso de la foto— que ya estaba subiendo la marea y aquel rincón de la cala no tardaría en quedar aislado, rodeado completamente por el mar.
—Me pillas en pleno pensamiento circunstancial, orteguiano por más señas —me respondió, antes de levantarse y desbaratar con ello su escultura.
No deja de ser curioso que de uno de los lugares más diferentes que he visitado en mi vida se me imponga como primer recuerdo espontáneo esta escena que, a medida que la voy describiendo, ha logrado que se me dibuje una gran sonrisa acompañada de una franca añoranza, nada pegajosa, no sé si por los días alegres del pasado, que sé que no van a volver, o más bien por el pasado de los días turbios del presente, cuya naturaleza me parece a veces tan otra que incluso encuentro difícil verle la continuidad. Será, me digo, el efecto Papagayo. En diferido, pero incontenible.

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sábado, 24 de agosto de 2019

Borges, a los 120

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Borges, el lector.

(Hablarle a Borges: especial 120º aniversario). Dicen que Borges lo dijo o escribió casi todo antes de morir. Lo dicen y lo repiten tanto, que a menudo cualquier sentencia de cierta enjundia que circula por la red se le atribuye y hasta se arman grandes polémicas al respecto. Con todo, no son pocos todavía —quizás su número sea muy superior al otro— los que identifican el nombre de Borges con unos excelentes frutos secos. La realidad es así de caprichosa y a menudo incomprensible. De hecho, el orbe entero, con sus infinitas circularidades y bifurcaciones, parece una invención de Borges. O poco más. Hoy (24 de agosto de 2019) el escritor hubiera cumplido —en puridad, cumple: la eternidad es igual a sí misma— sus primeros 120 años.

La madrugada en Roses

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Playa de Santa Margarida, en Roses (Girona). Foto: AJR, 2015.
La madrugada suele ser hermosa en cualquier parte. Incluso en sueños. Pero a veces se adelanta a sí misma y, si estás atento y tus ojos responden, puedes sorprenderla cuando aún se está descorriendo el telón del cielo para que empiece la función. Así me pasó una vez en Roses. Un pesquero, un caminante madrugador, las últimas luces de la noche fueron testigos. Y el ratón gigantesco de piedra y sombra que a estas horas siempre se acerca a beber del mar.
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viernes, 23 de agosto de 2019

Caballos en Ibiza

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Amanecer, playa, caballos. Foto de Paquito.
En uno de los dos o tres veranos más o menos jipis de mi juventud me fui con mi novia de entonces en autoestop a Ibiza. Hacer dedo era una forma habitual de viajar, y lo que hicimos fue salir una tarde (ya bien tarde) de la calle Zurita de Madrid, mochilas y sacos de dormir a la espalda, y tras coger el metro, enfilamos la carretera de Valencia rumbo a la costa. Recuerdo que la primera noche dormimos en los pórticos de las escuelas de Motilla del Palancar, por recomendación de alguien. Y al día siguiente, a eso de las tres de la tarde, estábamos en el puerto de El Saler para tomar, hacia la medianoche, el barco de la compañía Transmediterránea que en unas ocho horas nos llevaría a nuestro destino. Hicimos la travesía en las muy económicas sillas-toldillas y, con los cuerpos molidos pero animados por el amor a la aventura, al amor mismo y en pos de las promesas ibicencas, llegamos a la entonces mítica isla muy de mañana. Teníamos el contacto de unos conocidos, pero por motivos que no recuerdo bien no logramos dar con ellos y, tras pasar el día vagabundeando por la ciudad alta y las callejuelas cercanas al castillo, decidimos quedarnos a dormir en la playa, cerca de la instalaciones de un lujoso hotel cuya piscina y duchas utilizaríamos, sin grandes contratiempos y con gran frescura, a la mañana siguiente para nuestras abluciones. Aquel fue un verano de cierto atrevimiento, incluso de locuras, aunque casi siempre bajo control, y durante él ocurrieron sucesos que ahora ni yo mismo me creería, de modo que será mejor pasarlos por alto y dejarlo todo fijado en una imagen: la del amanecer dentro de un saco de dormir doble junto al mar, con la cara cubierta de arena, los ojos borrosos, y el asombro compartido de ver galopando por la playa, hacia la salida del sol, dos magníficos caballos con sus respectivos jinetes, tal vez también una pareja, que al alejarse levantaban al paso de las olas un vuelo de espuma, mientras sus siluetas, altas, ágiles, fantásticas, se recortaban con gran nitidez sobre la bruma del fondo. Pocas veces he tenido un despertar más impactante..., seguido de un no menos poderoso sobresalto: por la bien visible trayectoria de las huellas de los animales, no tardamos en advertir que sus patas habían pasado a menos de un metro de nuestras cabezas y que el amanecer podría haber sido un tanto, digamos, traumático. ¡Cabecitas locas! Debía de correr el año de gracia de 1976 o 1977. Nunca he podido precisar de qué playa se trataba. Probable es que fuera la de Figueretas o D’en Bossa. Aunque la lógica del relato apunte claramente hacia Es Cavallets.
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jueves, 22 de agosto de 2019

Navidad en agosto

Puerta de Sol y Príncipe, epicentro de la Navidad en Vigo.
El centro de Vigo en Navidad. Foto tomada de La Región.
(Al hilo de los días). Quizás alguien se acuerde aún de las famosas “serpientes de verano”, esas semifalsas grandes noticias, sinuosas y arteras como pieles de ofidio, que servían a los medios para llenar papel y tiempo cuando la baja intensidad política y el decaimiento general de la actualidad hacían necesario inflar hasta los límites de lo insoportable cualquier asunto banal o incluso memo que a ello se prestara. O sea. Al saltarme hoy en el móvil este titular, aún en el sopor meridiano de la hora Siesta, como un reflejo he mirado el calendario, por si las vacaciones fueran las de diciembre y el día el de los Inocentes. Pero una vez recobrada la conciencia temporal, ha sido el recuerdo de ese viejo truco periodístico el que me ha venido a las mientes. Aunque bien pensado la extraordinaria “noticia” de la fecha precisa en que se encenderán las luces navideñas en la ciudadela de don Abel Caballero es realmente apasionante. Y, sin duda, luminosa. Me parece que, como ocurre con la lotería que ahora se anuncia en tanto chiringuito playero, todo viene a suceder en un tiempo sin distancias, y en un espacio circular que no deja de dar vueltas sobre sí mismo, un poco al estilo de los trenes de la bruja que aún se ven en algunas ferias y corros verbeneros, y donde a poco que te descuides aún te sueltan un escobazo que de repente te vuelve un poco mayor. Este papirotazo de La Región tiene la virtud de ponernos al borde de la nieve invernal en plena canícula. Una prueba más de que debemos de estar encaminándonos hacia el gran Aguacero, el punto Cero de todos los diluvios, maniluvios y plenilunios. Qué sé yo.

Isla Mujeres

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Acantilados de Isla Mujeres, Quintana Roo. Foto tomada de Voz del Pueblo. Zona maya.
En el Caribe mexicano, como tal vez en todo el Caribe, hubo piratas mucho antes de Johnny Depp, y no cabe descartar que entre ellos destacara alguna mujer, aunque la historia suele ser igualmente cicatera a la hora de reconocer el protagonismo femenino entre los “malos”. No pensábamos en esto cuando nos sumamos a la expedición de atrevidos pulsereros, recolectados por diversos hoteles de Cancún, la Riviera Maya y otros núcleos yucatecos, en los dominios provinciales de Quintana Roo, para practicar esa forma ligera de buceo llamada esnórquel en las costas de Isla Mujeres. Una actividad que sería fantástica si uno no estuviera todo el rato con la mosca detrás de la oreja —o, con mayor precisión, en la espita del tubo respiratorio— por mor de asegurar el pellejo en un medio tan inestable, movedizo y traicionero como son las aguas de más de dos metros y medio de hondura. Así que el gozo, sin desdeñar la memoria del ojo sumergido, comenzó de verdad una vez de nuevo en tierra firme al recorrer, a bordo de una especie de carrito de golf, la isla toda, sus poco más de cuatro kilómetros cuadrados, y admirar, además de sus casas flexibles, los esbeltos palafitos con graciosa pasarelas, las playas largas, estrechas, tropicales, especialmente en el lado norte —y a menudo infestadas de turistas asoleándose como auténticos caimanes—, los valiosos arrecifes coralinos en el paraje que le dicen del Garrafón, los leves promontorios meridionales —donde al parecer estuvo el templo de la diosa maya lunar Ixchel— y, finalmente, además de la muy curiosa y destartalada Hacienda Mundaca, el colorista, estrámbótico y naíf cementerio del lugar cuyas lápidas y figuraciones están repletas de huellas de historias de amor, ambición y —claro está— de muerte. Isla Mujeres es el primer punto del territorio mexicano que cada día visita el sol. Por algo será.
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miércoles, 21 de agosto de 2019

¿Qué fue de "la Nouvelle Vague"?



(Al hilo de los días). ¿Qué queda en nuestra memoria del cine de François Truffaut, de Jean-Luc Godard, de Éric Rohmer, de Claude Chabrol o de Louis Malle...? Una pregunta retórica que a estas alturas sólo admite, me temo, respuestas imaginativas. Aunque sea muy fácil refrescar la memoria y recuperar, como por arte de magia y de la Red ubicua, aquellos días del remoto pasado en que el cine era, antes que nada y casi por encima de cualquier otro sueño, aquel fenómeno, quizás un espejismo, que fue la nouvelle vague, tal vez la primera marea seria y en serie de nuestra juventud. Quienes en este país nos educamos con el francés como idioma de referencia, además de llevar a menudo encima la nada despreciable carga de andar un poco descolocados y demasiado lentos con el inglés —aprendido de mala manera, si acaso, en edades en que las neuronas no tienen ya la misma capacidad de fijación ni los mismos resortes proteínicos— le debemos a esa escuela de cine, al igual que a la chanson (Brel, Brassens, Ferré, Gainsbourg, Moustaki...), una muy importante parte de nuestra educación sentimental, y el primer y acaso único horizonte verdaderamente revolucionario (o eso creíamos): el que nos llevó a leer a Baudelaire, Rimbaud, Ducasse, Bataille... En fin: reminiscencias. Vienen a cuento de que hoy ponen en La 2 la peli Besos robados (otra del 68), la tercera o cuarta entrega de la saga que Truffaut dedicó a su alter ego, Antoine Doinel (Jean-Pierre Leaud), y en la que, no sin un extraño malestar aún indescifrado, tantas veces estuvimos a punto de reconocernos. Qué se fizo...

Los peligros del éxito



Un mirador en la Ribeira Sacra.
(Al hilo de los días). Como hace sólo unas jornadas y por primera vez en mi vida viví un atasco de automóviles en la Ribeira Sacra gallega, una circunstancia que hasta ahora parecía inimaginable o incluso digna de la más atrevida novela de ciencia-ficción, comprendo muy bien la preocupación que crece en la zona entre residentes fijos y temporales, empresarios, autoridades y público en general. La vieja maldición del «morir de éxito» se cierne sobre este rincón privilegiado de nuestra geografía y amenaza con llevarse por delante algunas de las mejores cualidades que lo distinguen: su condición de lugar fuera del mundo, libre de los usos, dependencias y exageraciones urbanos o asimilados que suelen rodear nuestra vida. Es un asunto de no fácil solución pero sobre el que todas las cautelas son pocas antes de que la situación se vaya de las manos. La habitual tendencia a dejar que la inercia sea el único motor de la realidad y esa tremenda miopía que consiste en ordeñar la vaca hasta dejarla exhausta son dos graves riesgos frente a los que no caben medias tintas.

La Concha

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Autor desconocido: Panorámica de la playa de la Concha de San Sebastián.
Por fin llegamos a la playa y el mar nos abrazaba como si fuéramos su perla.
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martes, 20 de agosto de 2019

Matala, en la costa cretense

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La playa de Mátala (Μάταλα), en la parte central del sur de Creta,
vista desde una de las cuevas naturales que abundan en los alrededores.
Foto tomada de una web turística.
A la playa de Matala (o Mátala, según otras transcripciones), en el centro sur de la isla de Creta, llegamos tras una mañana intensa y solitaria entre las ruinas del palacio de Festos, y después de la búsqueda fallida, en días precedentes, del laberinto en Gortys, y con las vivas impresiones de la gran y empinada caminata hacia la cueva donde nació Zeus (Dikteon Antron) aún en nuestros sentidos, y muy particularmente en nuestras piernas. Tras un rápido baño, subimos a las cavernas habitables del farallón y leímos las historias del naufragio del rey Menelao, mientras comprobábamos que, en efecto, allí estaban las huellas de las comunas hippies de los años sesenta —Dylan y Joan Báez, entre ellos— e incluso vimos algún grafiti adornado con flores de sal. De allí, o de las tiendas de Heraklion, trajimos, entre otros recuerdos, la estatuilla de las diosa de las serpientes y la medalla del disco de Festos que desde entonces cuelga de mi cuello. Ahora dicen que el disco, aún indescifrado, probablemente sea una falsificación. Pero, a estas alturas, ¿hay algo que esté libre de una sospecha así? Las cosas nunca son lo que parecen. Nosotros puede que tampoco.
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lunes, 19 de agosto de 2019

Noticias del cerebro

Ilustración de Práctica/El País.
(Lecturas en voz alta). No hay tema científico más apasionante que el de la investigación del funcionamiento del cerebro humano, sin duda el "objeto" más complejo de cuantos conocemos en el universo. Y del que siempre estamos esperando últimas noticias. No hace mucho pasó por Madrid (Fundación Ramón Areces) el neurobiólogo español Rafael Yuste, director del programa Brain. Con gran rigor y claridad expuso el titánico esfuerzo que se está llevando a cabo para intentar avanzar en algo parecido al desciframiento del “mapa cerebral”, inmensamente más complejo que el del genoma. Algunas otras cuestiones reveladoras al respecto se enuncian en este artículo, en especial los recientes cambios producidos en la asignación de las áreas cerebrales a la actividad de ese fenómeno inmediato e imprescindible que es la consciencia: el causante, entre otras cosas, de que yo escriba esto y tú, hipócrita lector, lo estés leyendo, acaso sin saber del todo muy bien qué nos une a los dos (aunque lo barruntemos). Dice Javier Sampedro en un momento de su artículo: «Hay dos campos científicos que aspiran a, o no pueden evitar, competir con los poetas en la interpretación del mundo: la cosmología y la neurología. Tiene toda la lógica. Una buena ecuación sintetiza una inmensa cantidad de datos en un centímetro cuadrado de papel, igual que un buen verso». Fin de la cita. Lo suscribo. En esa tarea estamos empeñados físicos, cosmólogos, neurólogos, biólogos y una caterva de aspirantes a que las palabras puedan ser un día, también, herramientas precisas reveladoras de nuestra verdadera naturaleza y, en suma, proveedoras de respuestas capaces de descifrarnos.

Dueto

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Brillos afantasmados en el Paseo de los Arqueros de Eburia. Foto: AJR, 2017.
                                                                
                                                                  (Para “AdelC”, compañero de juegos,
                                                                  por la obra en marcha).

Posada en la penumbra, la palabra
que busca compartirse es una lumbre
de dos en compañía, una techumbre
contra el frío de ahí fuera. La voz labra
surcos de luz y sombra con la traba-
zón del son si, en el foso o en la cumbre,
el sol de cada día trae una azumbre
para calmar la sed. Y la más brava
memoria de los usos de la Aldea
que llevamos adentro es la caricia
del bucle melancólico y la bruma.
En esta oscuridad o en la pelea
por decir lo imposible, la pericia
no cuenta nada. Y lo demás, espuma.
(Posada en la penumbra, la verdad
es eso que nos dicta la amistad.
Y, verbo al sol, la luz que nos alumbra
es la amistad posada en la penumbra).

Santa María del Mar: la primera playa

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Vista panorámica de la playa asturiana de Santa María del Mar, en Naveces, concejo de Castrillón.
Foto tomada de El Comercio.
«Por Santa María, l’aiuga bravía, qué fredo facía». Al fondo del Alsa que nos llevaba a casi toda la familia a la playa, desde Bermúdez de Castro, en Oviedo, juraría que el ciego del Fontán iba cantando coplas, picardías y maldades. Yo estaba con los ojos borrosos por el madrugón, pero muy alertado por la novedad: viajaba por primera vez a la playa, conocería el mar. Y así fue. No recuerdo apenas la impresión del estreno, aunque podría fácilmente imaginarla. Pero no se me ha olvidado la sentencia de mi tío Manolo, con su gran cantimplora de madera colgada al costado. Al entrar en el mar se nos quedó mirando, a mi hermano el Estroleque y a mí, y poco después dio el vistobueno a nuestras dotes natatorias diciéndole a mi madre: «Os rapaciños vanche lixeiros como peixes». De la posterior comida campestre, en la verde zona elevada desde la que se divisaba completo el semicírculo de arena dorada y aguas partidas, queda un testimonio gráfico. Aparezco en cuclillas, en el centro, sujetando o tal vez apoyándome en una botella pequeña de gaseosa. Debe de ser la foto más antigua que tengo. Creo que aún no había cumplido los cuatro años. Pero conservo intacto el sabor de la sal de mi primera playa. «Por Santa María, l’aigua bravía, qué fredo facía».
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domingo, 18 de agosto de 2019

Un reino de este mundo

(Al hilo de los días). Hoy se emite en el Canal Ñ El Reino, lo más parecido a un biopic de la Gürtel, con Manoliños, Josemaris, Bárcenas y toa' la pesca genovesa, en una singular obra en clave que tiene las llaves a la vista. Era digno de verse cómo, en la premier de la peli, en la Academia de Cine, al lado mismo de Génova 13, el patio de butacas venía a ser una continuación del celuloide, en una ruptura de muros entre la realidad y la ficción como muy pocas veces antes se ha conseguido en la tierra de Cervantes y la Picaresca. El arte sigue manteniendo su viejo poder taumatúrgico, curativo, incluso exorcizante. Basta con que las muy concretas y reales tropelías cometidas por una pandilla de facinerosos se conviertan en “pulpa de ficción” (si se me permite el barbarismo tarantiniano) para que las culpas queden casi lavadas y la memoria de pez del pueblo satisfecha. Disfruten, si aún no lo han hecho, de El Reino. Pocas veces verán uno que sea tan clara y jodidamente de este mundo
Cine de nuevo realismo.
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De Formentera

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Puesta de Sol en Formentera.
—Me dijiste, no sé si lo recuerdas, que la isla cabía en la palma de la mano.
—Sí y sí. Era tan sólo una comparación.
—Llovió casi todo el tiempo.
—Era abril. Y era otro el clima.
—Aún había jipis.
—Pudimos conocer bien las playas, las salinas, los objetos púnicos, la Mola...
—El faro del fin del mundo.
—Y los acantilados. ¿Cómo se llamaba aquel rincón de rocas y árboles rastreros donde el viento levantaba la espuma hasta los ojos?
—Es Cap de Barbària.
—Sí, ese. Colinas lo citaba en un poema, aunque Emilio Sola pasó por allí mucho antes y de forma más minuciosa.
—Fuimos en una mobylette, ¿recuerdas?
—Sí, creo que es la única vez que hemos ido en moto juntos.
—¿Moto? ¡Era más bien una bici con pedales eléctricos!
—Los guijarros saltaban a nuestro paso.
—Y las gotas de lluvia nos golpeaban la cara.
—Casi pudimos comprobar que, en efecto, la isla cabía en la palma de la mano.
—Y que las gaviotas podían cruzarla de punta a punta...
Y así siguen, devanando madejas de recuerdos como el que hila niebla. Ya han pasado 37 años. Pero fue ayer.

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sábado, 17 de agosto de 2019

En torno a Fra Angélico

Las hadas en la cocina
Ilustración de Eulogia Merle. 

(Lecturas en voz alta). «Un ojo en el suelo y otro en el cielo» era, al parecer, un lema que Fra Angélico, el más dulce e íntimo de los artistas del temprano Renacimiento, empleaba para explicar su trabajo. Tuve recientemente ocasión de visitar la muestra organizada por el Museo del Prado para presentar la restauración de la Anunciación. Lo hice en compañía y de la mano de Javier Serrano, buen conocedor del arte y sus interioridades, como destacado pintor e ilustrador que es él mismo, y en la conversación que fuimos manteniendo salieron a relucir, en su mayoría enunciados por mi amigo, algunos de los aspectos que Martín Garzo aborda con tanta claridad y belleza en este artículo, y en especial los relacionados con el mundo de lo sagrado, su alcance y significación en la obra de los “artistas de fe”, la validez y transcendencia de ese impulso en nuestro tiempo, el valor de la visión poética como medio de conocimiento y las relaciones del arte con la verdad, entre otros asuntos. Excepto por el título (que me parece de un efectismo simplón) y la excesiva y acaso confusa insistencia en el mundo de las hadas, el texto del escritor vallisoletano es de una gran finura e inspiración. Una muestra más de su honda delicadeza expresiva. No se lo pierdan.

Los Muertos

Playa de Los Muertos, en el Parque Natural del Cabo de Gata (Almería).
A mitad de camino entre Agua Amarga y Carboneras.
Foto tomada de 
cabogataalmeria.com
Era la soledad. La lejanía. Y el eco novelesco del nombre. Y su temblor. Creo que allí fuimos de verdad piratas.
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viernes, 16 de agosto de 2019

De saída

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La noche en Santo Estevo. Foto: AJR, 2019.
Han sido sólo seis días, pero la intensidad siempre se mide de una forma ajena al reloj y los calendarios. En torno al acontecimiento central que nos traía a la tierra de los antepasados (el enlace de Elena y Carlos) se han anudado otras muchas circunstancias, casi todas ellas encaminadas en la dirección de los afectos que dejan huella y sirven para darle al mundo y a las cosas un significado, si no definitivo y del todo gratificante, sí esclarecedor y lleno de ternura. Toda una luz de íntima claridad en medio de la barahúnda mohosa de los noticiarios y frente al borroso desdén con que a menudo parecen mirarme últimamente, además de algún pariente torpe, las luces del ocaso. Salgo de una tierra que, pese a ser madre de interminables diásporas, no logra salir de su ensimismamiento, tal vez porque no confía en que ahí afuera haya nada digno de verse. Y según me despido de los nuevos guardianes de piedra de Santo Estevo, ya viejos amigos míos, me voy rumiando («remexendo na cachola») si no será esa una lección aún por aprender. Imos indo.
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jueves, 15 de agosto de 2019

Días de aldea

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Las hazañas del tiempo y de la dejación: a la floresta le brotó una chimenea. Foto: AJR, 2019
                                        
                                                                      (A mis hermanos y primos,
                                                                      que compartieron cosas parecidas.)
El verano extendido, una novela,
La insolación, de letras y de juegos,
en el Norte salvaje, entre los fuegos
de la noche en mis ojos: duermevela.
La promesa olorosa del castaño
que dejaba en mis manos y en mi pecho
la fragancia de un dios: niño al acecho
de su rostro de ramas tan extraño.
Y las horas sin fondo de la siesta,
con la aldea dormida y en la casa
las estancias secretas, los arcones.
Vida fuera del tiempo, eterna fiesta
del nada que temer, y el alma escasa
disuelta entre las grandes ilusiones.

(Versión gallego-cerredana de Maldoror Morsa)
Días no Casarello
Érache o brau na infancia unha novela,
“La insolación”, de letras e de alcumes
n’aquel Norte salvaxe, tantos lumes
da noite nos meus ollos sempre en vela.
A candea caída dos castaños
deixábame nas maus e máis no peito
o perfume de un dios, neno con xeito
guichando pr’os seus rostros tan estraños.
E nas horas valeiras, cando a sesta
calaba ó Casarello, a casa enteira
era un reino de cuartos e de alladas.
Vida fora do tempo, eterna festa
sin nada que recear, ca ialma estreita
disolta entre as pequenas trapalladas.

domingo, 11 de agosto de 2019

Extremos cercanos

Balcón de Quitapesares, monasterio de Santo Estevo. Foto AJR, 2019.
«En las barandas del cielo...», susurra alguien a tu lado, a la vista de lo que se ve y con los puntos suspensivos incluidos. Sin saber cómo, de golpe entiendes qué fue lo que a Lorca le sedujo tan poderosamente en las tierras del Oeste. «... la lluvia me está esperando», completas como respuesta a la voz antes de entregarte de nuevo y plenamente consciente a la mirada. Todo lo demás, que acaso sea todo, es sin palabras.
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sábado, 10 de agosto de 2019

Xente nova

Claustro renacentista del antiguo monasterio de Santo Estevo de Ribas de Sil,
en Nogueira de Ramuín (Ourense). Acoge un muy bien acondicionado parador de turismo.
Foto AJR, 2019.
Al llegar a Santo Estevo, todo está casi como siempre: el inverosímil emplazamiento, la fraga envolvente, la serpiente de plata del Sil (que, según dice Cunqueiro que sostiene el padre Sarmiento, significa «tierra roja»), el escudo de las nueve mitras, los tres claustros... La gran novedad son los dos monjes barbados, tal vez abades, a la entrada del claustro principal. Aún no conozco sus nombres, pero me resulta muy familiar su gesto de bienvenida. Se diría que se les han ido desvaneciendo las manos de tanto saludo. Seguro que hay tras ellos una historia apasionante.
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viernes, 9 de agosto de 2019

Calblanque

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Calblanque y sus calas, a vista de pájaro. Entre el Mar Menor y Cartagena, Murcia.
Esta es la playa del gran abrazo. Las tortugas lo saben y han regresado. Antes que ellas, desde la otra orilla, llegaron gentes desesperadas buscando algo. Vivir mejor, lo llaman. A veces, vivir a secas. Tierra de náufragos. Y del mar la belleza sin rodeos ni ringorrangos. Calblanque es una esquina del paraíso. Si pasáis por allí —entre La Manga del Mar Menor y Cartagena—, id y comprobadlo.
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jueves, 8 de agosto de 2019

Hablarle a Borges (23)

La imagen puede contener: Carlos d'Ors, primer plano
Las siempre en punto.
(Hablarle a Borges, 77). Dicen que Borges dijo o escribió: «Cada instante es autónomo». Y, casi de relámpago, se me ocurre: «Y todos trabajan para el patrón Tiempo, ese tirano».


(Hablarle a Borges, 78). Dicen que Borges dijo o escribió: «En la música es imposible separar el sonido, la forma y el contenido, pues son lo mismo. Cabe sospechar que sucede lo mismo con la poesía». 
Y se me ocurre: «Ergo, alguna sospecha fundada hay de que la poesía es una parte de la música. O, tal vez, la música con otras notas».



La imagen puede contener: 2 personas
Borges durante la grabación de un disco
de milongas, tangos y textos suyos
con Edmundo Rivero y Astor Piazzolla, en 1965.
La imagen puede contener: una persona, sonriendo
 Imagen de Borges tomada de Lo que Borges nos contó,
concebido por Santiago Kovadloff.
(Hablarle a Borges, 79). Dicen que Borges escribió: «Abel contestó: —¿Tú me has matado o yo te he matado? Ya no recuerdo; aquí estamos juntos como antes. 
—Ahora sé que en verdad me has perdonado —dijo Caín—, porque olvidar es perdonar. Yo trataré también de olvidar».


Y se me ocurre: «Olvido como perdón. O viceversa. Este diálogo entre mitos o prototipos (digamos: entre entidades abstractas de la conciencia personificadas) ¿no nos ilustra sobre la dificultad para tomarnos en serio una vida desprovista de tales entidades? Y en suma, ¿no nos avisa de la catástrofe que puede implicar la pérdida de las humanidades, ya que no es solo la supresión de lo que esas figuras y otros argumentos significan y suponen, sino también el peligro real de que esos matices y complejidades desaparezcan de la conciencia humana y, en suma, de nuestra naturaleza?»