jueves, 14 de mayo de 2026

Poema adrede


 

Poema adrede


Qué podemos hacer sino aplicarnos
y acercar los sentidos y los huecos
abrir el corazón como la mente
no resistirnos más darle su parte
a la parte mal dicha caminando
corriente arriba hacia los internos
rápidos que se escinden en la sombra
en al envés de tanta realidad
a punto ya de desvanecerse
al borde mismo de esa incandescencia
en la que siguen ardiendo las palabras.
Y las viejas jugadas que nos piden
un gesto más, un filo, el alma toda.
Y la cola extendida del silencio
tan blanca que ya lo cubre todo.
(Intermedios)

domingo, 3 de mayo de 2026

Mi calle

 Vivo en un lugar donde sí llega la luz.



(Al paso). Cielo y giros de una tarde de mayo en La Prospe.

miércoles, 8 de abril de 2026

Agustín de Hipona y la ciudad en llamas


 AGUSTÍN DE HIPONA ES INFORMADO DE QUE ROMA HA CAÍDO ANTE LAS TROPAS DE ALARICO

(Y dos viejos amigos reencontrados lo comentan a las puertas del Café Comercial, de Madrid, bajo una mansa lluvia y con el peso del obsceno
ultimátum de Trump sobre Irán en cercanía)

Para Octavio Uña, que lo propició.
Y a la secreta amiga que me lo revela.
NO lo supiste al alba,
ni en la penumbra breve del primer rezo.
Tú abrías los pergaminos como siempre,
como si el Imperio todavía fuera
esa larga frase que se declina sin temblor.
Pero hoy, Agustín, escucha:
alguien empuja la puerta con polvo en las sandalias,
con sal del Mare Nostrum pegada a su piel.
No hace falta que hable todavía:
trae en la túnica el derrumbe de las murallas
y un silencio que no es de clausura,
ni acaso de este mundo,
sino el de un incendio visto desde lejos.
Tú levantas la vista, lúcido y cansado,
con la tinta aún fresca de otras herejías
y otros temblores en tu corazón,
y en su rostro lees nombres que el mensajero no pronuncia:
Alarico, Tíber, Palatino,
las basílicas donde resonaban himnos
mezclados con rumores del Senado y del mercado.
Y un estruendo que lo confunde todo.
Ahora sí, deja que lo diga:
«Roma ha caído», dice,
y es como si un dios extranjero hubiese soplado
sobre las estatuas y las monedas.
«Roma ha caído, Agustín»,
y la frase inaugura un tiempo
que ya no se mide por cónsules ni en cruces,
sino por ruinas que tendrás que aprender a interpretar.
No llores por la ciudad como por una amante infiel;
tú sabes que ninguna piedra merece eternidad.
Pero siente cómo se quiebra dentro de ti
la gramática invisible de la historia:
ese latín de mármol que creías seguro
se te vuelve ceniza y balbuceo.
Te quedarás sentado largo rato,
sin responder,
mientras las noticias detallan los saqueos,
vírgenes violadas,
orantes refugiados en los templos
que algunos bárbaros han respetado
por miedo a un signo que no comprenden.
Tú oirás y verás en todo eso una oscura parábola
sobre dos ciudades mezcladas en una sola noche.
Más tarde escribirás —lo sabes ya
aunque aún no encuentras el nombre de la Rosa—,
un libro para salvar del incendio,
no a Roma,
sino la esperanza de los pobres
que aprendieron a decir Padre nuestro dentro de sus muros.
No habrá legiones en esas páginas,
sino una ciudad hecha de mendigos y mártires,
de gentes con desnudo corazón;
una ciudad más antigua que las siete colinas,
fundada en la memoria de aquel sobre el que no han de prevalecer las fuerzas del abismo,
en el centro mismo de la noche que gira al compás de los astros
y en el ojo desnudo que ve y comprende las secretas correspondencias.

Por ahora basta con que escuches, Agustín:
deja que caiga Roma dentro de tu pecho,
como cae un ídolo al que por fin se le descubre la madera y la tramoya interna
(quizás como ahora mismo a este mismo teatro).

Tú no estás llamado a sostener imperios,
sino a nombrar el naufragio
sin perder la fe en la otra orilla.
Y cuando llegue la noche,
al encender la lámpara,
volverás a los pergaminos con otra mirada:
y la palabra “civitas”, con su resonancia,
será una herida que deberá aprender a ser promesa.
Entonces recordarás este día
no como la ruina de tu tiempo
—en cualquier tiempo—
sino como la hora en que entendiste
que ninguna Roma —ni esta ni la futura—
puede ser llamada para siempre bienaventurada.
(🌀AjR + PER, in progress)

Thomas Cole: La vida del Imperio. Destrucción, 1836.
New-York Historical Society, New York.


Por campo abierto... (aspavientos)


POR CAMPO ABIERTO A TRAVÉS DE LA NOCHE. Y entonces vio, en la llanura de la página de enfrente, hasta tres o cuatro de aquellas criaturas cuya naturaleza se concuerda y hasta se contiene bien en la palabra ASPAVIENTOS, y a cuya vista las suyas brotaban como por sí solas, y se esparcían por el blanco campo de Montiel, sin más tino que el de buscar consuelo y una hondura en que plantarse.

(LGdlTT, XXXVII)

martes, 7 de abril de 2026

Edicto


EDICTO. Al margen de lo que, no sin trabajo, pueda conquistarse entre los arabescos del texto, uno diría que el Edicto bien podría referirse y quedar resumido en el hacha que trata de hendir el menhir (a la derecha). Y, con total pertinencia, en la acepción de la palabra que la define así: «Escrito que se fija en los lugares públicos de las ciudades y poblados, y en el cual se da noticia de algo para que sea notorio a todos». Esto aparte, es difícil no caer en la cuenta de lo mucho que se aSeMejan las grafías de Suerte y Muerte. Por algo será.

(LGdlTT, XXXVI)

lunes, 6 de abril de 2026

Solariegos


Al pasar por el Rincón

que tuvo otra frontera

no tengo más remedio

que añadir

unas pocas palabras

y dejar que resuene

entre los disfraces de estas frases

las más viejas querencias

y los albos sonidos

que deja oír la noche

en las notas más altas.


(LGdlTT, XXXV) 

domingo, 5 de abril de 2026

Testigos





LOS TESTIGOS. Quizás hubieran acordado secretamente una cita o quizás los juntó la casualidad. Pero era el caso que en el momento decisivo y a la hora señalada allí estaban los tres, a pie de obra, decididos a presentar testimonio y evidenciando con su sola presencia que eran conscientes de lo mucho que había en juego. Ellos, los testigos: Orugo, Florindo y Globillos. Buena cuadrilla.

(LGdlTT, XXXIV)