(Al paso). En el bus 9, camino de Cibeles. Letras gallegas.
La posada del Sol de Medianoche
Blog de Alfredo J Ramos
miércoles, 4 de noviembre de 2026
lunes, 2 de noviembre de 2026
Las nuevas palabras de la RAE (y 3)
¿SUEÑAN LOS RATONES DE LA RAE CON BiTS DE TÉRMINOS NUEVOS?
(Un cuento eléctrico mientras ojeo, con la ayuda de Per, la nueva edición del Diccionario)
Tercera (y, lo juro, última) parte: Las palabras demandan a la RAE
El juicio se celebró en una sala con código QR en lugar de puerta. Para entrar había que escanearlo con una app que, tras un presunto ciberataque, solo funcionaba si uno decía “porfa”.
La demandante principal era Basuraleza, acompañada de Ecoansiedad, Gordofobia, Pódcast y un Metaverso que llegaron en un cocotaxi porque el metaverso se había quedado sin señal.
—Su señoría —dijo el abogado de las palabras—, mi clienta Basuraleza denuncia que la han metido en el diccionario sin pedirle permiso y ahora todos la confunden con una marca de bolsas de basura.
—Objeción —gritó Influencer—. Eso es marketing negativo.
—Cállese, usted, que lleva años cobrando por decir tonterías frente a una cámara.
—Eso es performativo —respondió Influencer.
—Y usted es un ciberataque a la atención humana.
El juez, un edadista con bómber y gafas de sol, golpeó el mazo.
—Silencio. Este tribunal admite la pluridisciplinariedad, pero no las triquiñuelas humanoides de cualquier multijugador.
Gordofobia se levantó:
—Yo exijo una disculpa. Me han definido, me han catalogado y me han convertido en titular de periódico. Quiero reduflación: menos titulares, más respeto.
—Eso no es reduflación —dijo el fiscal—. Eso es antiedad para el vocabulario.
—Pues háganlo cardiosaludable —replicó ella—. Que el diccionario tenga menos azúcar y más sentido.
Pódcast pidió la palabra.
—Yo solo quiero que dejen de pronunciarme como si tuviera alergia. Soy pódcast, con tilde y dignidad. No “podcast” agudo y dicho con miedo.
—¿Y qué pide? —preguntó el juez.
—Una docuserie sobre mi vida. Con influencer, sí, pero con uno que sepa leer. Y se corrija solo.
En ese momento entró Narcolancha, escoltada por dos agentes. Llevaba gafas oscuras y un mataleón en la mano, aunque nadie sabía si era arma, gesto o metáfora.
—Vengo a demandar por difamación —anunció—. Cada vez que alguien dice “narcolancha”, imagina una lancha con sombrero y malas intenciones.
—¿Y no las tiene? —preguntó el fiscal.
—Tengo un cámper, un fondo de armario y una bicisenda. Soy una lancha ecológica. Reciclo. Hago economía circular.
—Eso es basuraleza con motor —murmuró Turistificación.
—¡Eso es calumnia! —gritó Narcolancha—. ¡Y además es ultraprocesado!
El juez suspiró.
—¿Alguien más quiere demandar?
IA se acercó al estrado. Iba acompañada de Inteligencia Artificial Generativa, que llevaba un cartel: “No soy tu asistente, soy tu coautora”.
—Yo denuncio —dijo IA— que me hayan abreviado. Ahora todo el mundo dice “IA” y ya nadie sabe si hablo de inteligencia artificial o de una marca de yogur.
—¿Y no será eso una pura marca blanca? —dijo el abogado.
—No, eso es marca amarilla —corrigió Miso, desde la primera fila—: ¡llevo miso en el nombre!
—Cállese, usted, que es un ultraprocesado.
—¡Soy fermentado! ¡Hay diferencia!
AOVE se puso de pie, muy serio.
—Yo exijo que dejen de usarme para vender cualquier cosa. He visto AOVE en champús, velas y hasta en un ramen. No soy un adorno. Soy aceite. Tengo dignidad y acidez.
—Eso último no ayuda —dijo el juez.
Burrata lloraba en una esquina.
—A mí me han puesto en un diccionario y en un menú el mismo día. No sé si soy palabra o tosta.
—Eres las dos cosas —dijo Tiradito—. Como yo: palabra y plato. Es lo que tiene ser delicioso.
Reflación —perdón, Reflación no; Reduflación— levantó la mano.
—Yo denuncio que me usen para justificar que te den menos patatas por el mismo precio. Eso no es economía, es magia triste.
—Eso es reduflación —dijo el fiscal.
—Exacto. Y es una estafa con nombre bonito.
Edadismo y Edadista discutían en la segunda fila.
—Tú eres el concepto —dijo Edadismo—. Yo soy la persona que lo practica.
—No, tú eres el adjetivo. Yo soy el sustantivo. Tú eres el síntoma; yo, la enfermedad.
—Eso es codependencia.
—No, esto es una familia disfuncional con entrada en el diccionario.
Trans se levantó con calma.
—Yo no vengo a demandar. Vengo a pedir que me dejen ser. Que no me usen como titular, ni como chiste, ni como excusa para discutir de cosas que no entienden.
Hubo un silencio. Incluso Performativo dejó de hablar.
—Aprobado —dijo el juez—. Sin objeciones.
Ecoansiedad aprovechó el momento.
—Yo sí denuncio. Me han puesto a vigilar el planeta entero. Cada vez que alguien enciende una luz, me duele algo.
—Eso es antropización —dijo Basuraleza.
—No, eso es un ciberataque a mi sistema nervioso.
Hantavirus y Papilomavirus pidieron la palabra juntos.
—Nosotros venimos a decir que no queremos estar en la misma frase que la gripe —dijo Hantavirus—. Tenemos nombre propio y mala fama.
—Eso es gordofobia microbiana —dijo alguien.
—No, eso es estigma —corrigió el juez—. Y además, muy edadista.
Mataleón se acercó al estrado.
—Yo vengo a aclarar que no soy un movimiento de lucha libre. Soy un golpe. Un golpe limpio. Sin drama.
—Eso es un chepibe —dijo Asere.
—No, un chepibe es otra cosa.
—¿Y qué es?
—No sé, pero suena mejor.
Sopotocientos y Sopotocientas entraron cantando. Eran de Panamá y traían un corillo detrás.
—Nosotros demandamos porque nos han puesto en el diccionario como si fuéramos una marca de detergentes.
—No, ustedes son una cantidad indefinida —dijo el juez.
—Eso mismo decía mi suegra.
Mengala se levantó.
—Yo vengo de Guatemala y no sé por qué estoy aquí, pero me han dicho que hay bolaterapia y merkén.
—Hay —dijo Merkén—. Pero es para el postre.
—Entonces no es terapia, es castigo.
Yamor llegó tarde, con una bicisenda llena de flores.
—Yo vengo de Ecuador. Me han definido como fiesta y como cariño. Quiero que me dejen ser las dos cosas sin que nadie se asuste.
—Aprobado —dijo el juez—. El amor también tiene entrada en el diccionario.
Guámbito y Guámbita se abrazaron.
—Nosotros solo queríamos que nos dejaran ser diminutivos con dignidad.
—Eso es nenequear —dijo alguien...
—No, eso es amartelo —corrigió Pelucar.
—¿Y eso qué es?
—No sé, pero suena a cariño con prisa.
Ilocano e Ilocana llegaron de Filipinas.
—Nosotros venimos a decir que el español también se habla donde nadie lo espera.
—Eso es hispanounidense —dijo alguien.
—No, eso es pluridisciplinariedad —corrigió Cangrimán.
Medalaganario cerró la vista.
—Yo vengo a pedir que no me usen para insultar. Soy un premio, no un insulto.
—Eso depende de quién lo diga —dijo Chivito.
—Cállese, usted, que es un sándwich.
—Soy un chivito uruguayo. Tengo pan, carne y dignidad.
Chivito se cruzó de brazos.
—Y yo soy un chivito. No un cabrito. No me confundan.
—Eso es chepibe —dijo Chepibe.
—No, eso es un mataleón —dijo Mataleón.
—No, eso es un déjà vu —dijo Déjà Vu, que llevaba media hora repitiendo lo mismo.
El juez levantó la mano.
—Basta. Este tribunal dicta sentencia: todas las palabras nuevas tienen derecho a ser usadas, mal usadas, amadas, odiadas y mal pronunciadas. Pero no a ser olvidadas.
Hubo aplausos. Basuraleza recogió los papeles del suelo. Ecoansiedad respiró hondo. Pódcast grabó un episodio titulado “Juicio a la RAE: la revancha de las palabras”. E Influencer hizo un post que decía: “Hoy ganaron las palabras. Mañana, quién sabe”.
Mientras salían, Narcolancha le susurró a Basuraleza:
—¿Sabes qué es lo peor?
—¿Qué?
—Que mañana habrá más palabras.
—Sí. Y alguna tendrá tilde.
—Eso sí que da ecoansiedad.
Punto. Esto y poco más es lo que aporta el Promotor de este ejercicio de ¿autoconsciencia?, escrito todo por PER y me parece que no carente de humor. Y que —presumo— deja sobre el tapete algunas preguntas no irrelevantes. Los humanos lo saben bien. O no.
Gordo de feria
domingo, 1 de noviembre de 2026
Las nuevas palabras de la RAE (2)
¿SUEÑAN LOS RATONES DE LA RAE CON BiTS DE TÉRMINOS NUEVOS?
Segunda parte: El congreso de las palabras perdidas
Después del estreno de la docuserie, a Mara le llegó una invitación con un código QR tan grande que parecía un tapiz. O el bolso con el que Rosalía se paseaba hace poco por New York. Era para el Congreso Internacional de la Lengua, que se iba a celebrar en un hotel de marca blanca, con desayuno ultraprocesado y vistas a una bicisenda llena de senderistas que discutían sobre multilateralismo.
—¿Vienes? —preguntó Vera.
—Porfa —dijo Mara—. Necesito desconectar. Mi autoexigencia ya tiene metaverso propio.
En el congreso, el primer ponente era un hispanounidense experto en bits cuánticos —es decir, en cubits— que hablaba con un ruido blanco de fondo. Detrás, un cangrimán puertorriqueño intentaba calmar a su corillo —de esto volveremos a hablar, ¿verdad Per?— mientras una delegación cubana llegaba en un cocotaxi y un grupo presumiblemente boliviano repartía merkén como si fuera confeti.
—Señor presidente —dijo un académico—, propongo que debatamos si la IA puede acitronar la cebolla.
—Depende —respondió otro—. Si la IA es generativa, quizá solo la haga llorar.
—Eso no es una respuesta, es un mantra.
—Y usted no es un académico, es un medalaganario.
El público aplaudió. Alguien desde la última fila gritó:
—¡Asere, eso ha sido un mataleón!
—No, un mataleón es cuando te ganan por la espalda —aclaró una mujer con acento dominicano—. Esto ha sido un chepibe.
—¿Un qué?
—Un chepibe. Como un chivito, pero con más drama.
Mara tomó notas con un subrayador amarillo. No tenía más remedio que incorporarse cuanto antes a las nuevas exigencias de la lengua, so pena de sentirse por completo en fuera de juego. Y más aún si se tiene en cuenta que, justo al lado, un inuit traducía términos sobre nieve, y enfrente, un profesor defendía la pluridisciplinariedad con tanta fuerza que se le cayó el bómber.
En la mesa del café servían ramen, poke, burrata y un chivito uruguayo que nadie se atrevía a comer porque parecía mirar de vuelta.
—¿Esto es cardiosaludable? —preguntó Vera.
—Es cardioemocional —respondió el camarero—. Tiene AOVE, miso y una pizca de ecoansiedad.
—Pues mézclelo con bolaterapia y véndalo como antiedad.
En la sala principal, el debate se calentó. Un académico mexicano explicó que acitronar no significaba “hacer cebolla transparente por aburrimiento”, sino cocinarla hasta que quedara translúcida. Un argentino corrigió que una bicisenda no era una bicicleta sentimental, sino un carril para ciclistas. Y un boliviano aclaró que una puntabola no era un baile, aunque con el ritmo adecuado podría serlo.
—Yo —intervino una señora de Puerto Rico— vengo a defender el corillo. Porque un corillo no es una pandilla: es una familia que elige mal sus grupos de WhatsApp.
—Y yo —dijo un dominicano— vengo por el motoconcho. Sin motoconcho no hay ni prisa ni poesía.
—¿Y el guámbito? —preguntó alguien.
—El guámbito es como un nenequear, pero con más dignidad.
—Eso no significa nada.
—Exacto. Por eso está en el diccionario.
Mara levantó la mano.
—Propongo una ecotasa para los que digan “performativo” más de tres veces por frase.
—¡Eso es gordofobia lingüística! —protestó un asistente.
—No, eso es edadismo inverso —dijo otra—. Y además, muy edadista.
—¿Puedo racializar esta discusión?
—No —dijo Mara—. Pero puedes resetearla.
Al caer la tarde, organizaron una excursión a una playa cercana para recoger la basura que se había ido colando entre diversos intersticios del paisaje. Encontraron botellas, redes, un neumático y un cartel que decía “versión original” junto a una foto de un brontosaurio con gafas de sol.
—Esto es antropización en estado puro —dijo Vera.
—No, esto es un narcopiso con vistas al mar —corrigió Mara—. O una narcolancha varada por la turistificación.
—No digas tonterías. Es basuraleza. Lo demás es marketing.
—¿Y si lo llamamos economía circular?
—¿Y si lo llamamos miércoles y nos vamos a cenar?
Cenaron en un sitio que ofrecía tostas, tiradito, roibos y un vino de Rueda. El camarero, un asere de sonrisa enorme, les recomendó el miso de la casa.
—¿Tienen algo ultraprocesado? —preguntó Vera.
—Tenemos marca blanca —respondió él—. Pero es de la casa, así que en realidad es marca amarilla.
—¿Y el postre?
—Bolaterapia con merkén.
—Eso suena a castigo.
—Es reduflación: mismo plato, menos bolitas.
Mara se rio tanto que se le olvidó de su autoexigencia. Esa noche, en la habitación del hotel, escribió en su móvil:
“Hoy aprendí que una bicisenda no es un sentimiento, que un corillo no es una secta y que un motoconcho puede cambiar tu vida si te llevas bien con el casco.”
Al día siguiente, el congreso terminó con una foto de grupo. Todos levantaron sus móviles mostrando un QR gigante que, al escanearlo, llevaba a un pódcast titulado “Palabras que no sabían que eran palabras”. El primer episodio se llamaba “Porfa, no me digas que esto es performativo”.
Y mientras el cocotaxi se alejaba, Mara pensó que el idioma era como una macrogranja de sentidos: siempre produciendo, a veces sin control, pero imposible de dejar de mirar.
(¿Continuará?)
sábado, 31 de octubre de 2026
Las nuevas palabras de la RAE (1)
¿SUEÑAN LOS RATONES DE LA RAE CON BiTS DE TÉRMINOS NUEVOS?
Cuando Mara despertó, tuvo un déjà vu tan intenso que creyó estar atrapada en un metaverso. Su app de meditación había fallado tras un presunto ciberataque, y el autocorrector de su móvil había convertido “desayuno” en “desastre”. Hacía años que se consideraba una nativa digital, pero aquella mañana decidió resetear su vida.
Bajó al cibercafé —que ya no era un cibercafé, sino una tienda de poke y ramen— y encontró a su amiga Vera, una influencer especializada en ecoansiedad.
Vera grababa un pódcast sobre basuraleza, la basura abandonada en la naturaleza, mientras subía un post a una red social. “La turistificación ha arrasado la costa”, dijo, “y ahora hasta los cocotaxis parecen escaparates de marketing”.
Mara suspiró. Trabajaba como CEO de una pequeña empresa de inteligencia artificial generativa, aunque prefería decir simplemente que hacía IA. Su último proyecto, una docuserie interactiva sobre una macrogranja y una narcolancha, se había convertido en una pesadilla burocrática. El guion incluía un tricerátops animado, un brontosaurio con bómber y un detective que resolvía casos mediante un código QR.
—No me digas que vas a racializar el conflicto —protestó Vera—. Ya basta de discursos performativos.
—No —respondió Mara—. Quiero hablar de gordofobia, de edadismo, de codependencia y de la gente trans que sigue siendo tratada como un problema. Quiero una historia cardiosaludable, aunque el mundo no lo sea.
Se fueron en el cámper de Vera, equipado con un teleprónter para sus vídeos. Por el camino recogieron la consabida y ubicua basuraleza: botellas, redes de pesca y un cartel publicitario de una crema antiedad. Encontraron también un narcopiso abandonado, con las paredes cubiertas de grafitis y un olor a miso quemado.
En el pueblo, el mercado era un festival de reduflación: el mismo precio, menos queso; la misma caja, menos galletas. Compraron AOVE, una burrata, tostas de tomate y encargaron, para recogerlo después, un tiradito que el vendedor anunciaba —él sabría por qué— como “cardiosaludable y antiglobalización”.
Mara pidió un roibos; Vera, un vino de Rueda; y el dueño, con acento de Somontano, les ofreció un regalo de cumple anticipado porque aquella semana cumplía años su hijo.
Mientras comían, apareció Tomás, un edadista convencido de que los jóvenes no sabían nada. Llevaba una camiseta con la palabra “mantra” y defendía la economía circular con la misma pasión con la que antes defendía las multinacionales. Discutieron sobre la ecotasa, la antropización del territorio y si un fondo de armario podía considerarse sostenible.
De pronto, el móvil de Mara vibró. Era su equipo: alguien había intentado un nuevo ciberataque contra la plataforma. En la fotogalería de la empresa aparecían imágenes robadas: un hantavirus bajo microscopio, un papilomavirus, un ELA mal escrito y un bucle magnético convertido en arte abstracto. Demasiadas novedades para una sola emisión. Mara entendió que no era solo un ataque informático: alguien quería sabotear la docuserie.
—Porfa, no me digas que tenemos que volver —suplicó Vera.
—Tenemos que volver —dijo Mara—, pero no en modo pánico. En modo multijugador.
Volvieron a la ciudad. En el estudio, el equipo revisó los servidores mientras Mara dictaba notas al micro de su móvil. Descubrieron que el atacante era un antiguo empleado obsesionado con las narcolanchas y las macrogranjas, convencido de que la empresa ocultaba una conspiración. No había conspiración: solo un error de datos, una app mal configurada y, sobre todo, demasiada ecoansiedad.
La docuserie se estrenó meses después. No fue un éxito inmediato, pero generó conversaciones sobre turistificación, basuraleza, gordofobia y reduflación. Mara dejó de perseguir la perfección y aprendió a decir porfa sin culpa. Vera siguió grabando su pódcast, ahora con menos post y más silencio.
Y aquella noche, antes de dormir, Mara abrió el diccionario digital y sonrió: el idioma, como el mundo, seguía creciendo; y a veces bastaba una palabra nueva para mirar lo viejo con otros ojos.
(¿Habrá segundas partes?)
Dado de la Víspera
La sombra creciente de la tarde.
Sombra la de la creciente tarde.
De la tarde la sombra creciente.
La tarde de la creciente sombra.
Creciente sombra la de la tarde.
Tarde sombra la de la creciente.
jueves, 29 de octubre de 2026
ImpArable Inteligencia artificial
(CajaDeCitas, 149). El mundo en directo se nos va volviendo incomprensible, tanto como insólitamente seductor. En aquellos aspectos en los que solo podemos avanzar a ciegas, tal vez un poco como los sonámbulos de la revolución científica de la modernidad, intuimos que se encuentran asuntos de vital importancia y —si no siempre entendidos siempre abiertos— en estas CajasDeCitas seguimos guardando tesoros que algún día nos mostrarán todos sus secretos. O ya. O no.
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