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viernes, 26 de agosto de 2022

Leyendo en el Parque

(Al filo de los días). Llego al filo de la hora de cierre a entregar los libros del verano a la Biblioteca del barrio. La proba funcionaria —aunque podría, no diré su nombre— ya ha cerrado la sesión y se enfada porque aún quedan más de cinco minutos para que se cumpla el horario reducido del verano, más reducido aún durante el mes de agosto. Iba a hacerle una pregunta pero su mirada de hiena me disuade y me marcho como oveja esquilada, no vayan a buscarme de nuevo las cosquillas. Cómo está el patio. Por fortuna, de salida, en la “mesa de esquilmes”, me salen al paso dos volúmenes aún en muy buen estado de Cristina Fernández Cubas (nada menos que El año de gracia” y Todos los cuentos): pa’ la bolsa! Se me cruza la idea de volver y darle a la proba funcionaria incluso un beso por tan buena suerte. Pero seguramente ya no esté, aunque tampoco me vuelvo a comprobarlo. Ni el horno para bollos.

Salgo a la calle y me acerco al parque de Berlín. En uno de los libros que he renovado, Las sílabas del gran Gonzalo Rojas, me sale al paso este poema por el que en más de un lugar que yo me sé lo hubieran lapidado… verbalmente (al menos de momento). Tiempos raros, muy raros. Casi toda la gente con la que me he cruzado en la última media hora va pendiente de su teléfono móvil. Yo mismo escribo en él estas palabras. Menos mal que Rojas, astuto o tal vez sólo inocente, perpetra al final de su poema fenicio un “personaja” que pone su reloj en hora con un tiempo que tanto se parece… ¿al final de los tiempos? Hay muchos niños, niñas y jóvenes (¡y jóvenas!) jugando en el parque. Las cotorras —ya no diré argentinas— no paran de cotorrear. Ancianas bien vestidas pasean de la mano de cuidadoras indígenas. La vida al atardecer de un viernes de finales de agosto, en un parque, en un rincón de mi mente que no cesa de reconocerle a Kafka su clarividencia.

Y a seguir barajando.

El poema (cuya foto, aunque de mi autoría, acabará desapareciendo de aquí)
es el titulado "Qedeshím Qedeshóth". Quede constancia.


viernes, 8 de enero de 2021

Autopsias Milllás


(En voz alta).
La habitual y rica pulsión hipocondríaca de Juan José Millás nos vuelve a brindar el cuerpo del delito ya con la autopsia hecha. El punto de partida de hoy es una frase incisiva de Benjamin, una de esas agudas percepciones del más literario de los filósofos y, por así decirlo, el más filosófico —Kafka inclusive— de los escritores, al que siempre hay que volver incluso sin haber ido. Siempre está en nuestros juegos. Hondo y chispeante como —chiste fácil— un buen cava. Lo más curioso de la columna de Millás de hoy, tan precisa y sugerente (esa cuadratura del círculo) como la mayoría de las suyas, es el balbuceo errátil de la penúltima frase, fruto probable de un cambio de intenciones traducido en errata, pero reo feliz también de un sobrevenido ejemplo —preciso, sugerente— de lo que en el artículo se disecciona con la maestría de bisturí que el viejo renegado de La Prospe nos suele regalar: «... modo que me a mí me...» (muy sutil dado).

Me complace sobremanera y de manera cierta que el artículo culmine con un homenaje al académico y filólogo Gregorio Salvador, recientemente fallecido. Desde aquí le envío a su hija Aurora, ocasional compañera de juegos editoriales, un cálido recuerdo. Y, si fuera posible, también un beso para Ofelia. El poder de los nombres.