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sábado, 5 de noviembre de 2022

PALABRAS RÍOS

Manolo Quejido: Matilde disimula un pensamiento», 1974.
Colección del artista. Actualmente puede verse en el Museo Reina Sofía, sede del Palacio de Velázquez, en el Retiro. Hasta el 16 Mayo 2023. Foto AJR.

Me manda Nostra un guasap asociado a, como él dice, “mi perfil apalabrado”. Bien veréis lo que me cuenta. «A ver, bandarra, ¿cual dirías que es la palabra más larga del español, hein? Y no me digas que es la de la canción aquella que los de tu generación y aledaños lleváis como tatuada a fuego en las meninges o por ahí. Porque lo del “supercalifragilísticoespialidoso”, aparte de que está muy traído por los pelos, no computa para la RAE. Así que te diré que en el diccionario actual aceptado por la Docta Casa parece que las 23 letras de “electroencefalografista” se llevan el gato al agua. Aunque pesquisando por acá y acullá he visto que hay una propuesta seria para que se tome en consideración la candidatura de —fíjate— “hipopotomonstrosesquipedaliofobia”. Que son nada menos que 33 caracteres, con un montón de étimos y reminiscencias. A ver si prospera la iniciativa. Te estarás preguntando qué diablos significa, ¡que te conozco! Pues se da la circunstancia de que, según su ideador, cuyo nombre he extraviado, el término viene a designar ni más ni menos que la actitud, quizás con un poco de acritud, de aquel que muestra un poderoso miedo a las palabras largas. Y así todo casa e incluso queda en casa. Digo yo».

(LUN, 573 ~ «Las cosas de Nostra… por guasap»)

lunes, 8 de junio de 2020

Las avispas

No hay ninguna descripción de la foto disponible.
Manolo Quejido: El barrendero, 1986. Col. Particular (?).
El escenario del viejo teatro permanece vacío durante un buen rato. Al levantase el telón vemos a un barrendero que está recogiendo del suelo las hojas de lo que seguramente, durante la noche, habrá sido un vendaval. Cuando llega al centro de la escena se detiene, se limpia el sudor y, apoyado sobre la escoba y mirando con fijeza al público, declama:
El pensar fundamental
digo yo que no es lo mismo
ni siquiera
que el rastro del animal
que olisquea en el abismo
una bandera.
Se agacha y, de entre las hojas amontonadas, saca los jirones de lo que parece ser una enseña de colores. La guarda en su cubo portátil y, mientras sigue andando, se le oye canturrear:
Y, dispuesto a dejar huella
como un rastro bien visible
en el paisaje,
siembra bilis y querella
con furor de incombustible
viejo ultraje.
Al llegar al final del proscenio, el barrendero asciende con sus herramientas por una pequeña rampa que lo vuelve a situar en medio de la escena, pero ahora a metro y medio del suelo. Desde allí, y mirando nuevamente al público, dice:
No se engañe nadie, infiero,
pensando que se detiene
su estulticia:
es un enemigo fiero
con esa tirria que tiene
y su avaricia.
Al concluir, mira hacia el cielo y extiende una mano como quien comprueba si llueve. Cae el telón. La escena permanece en silencio durante unos minutos. Se oye un raro zumbido que poco a poco, pero de forma perceptible, va creciendo. Y un poco después se oyen los truenos y se ven los relámpagos de un tormenta. Apertura de plano. La cámara sobrevuela el patio de butacas, vacío, aunque en algunos asientos se ven maniquíes y grandes figuras recortadas. En un rincón de la pantalla, mientras la tormenta arrecia, puede leerse la palabra
FIN
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