Mostrando entradas con la etiqueta Manuel Vicent. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Manuel Vicent. Mostrar todas las entradas

domingo, 8 de enero de 2023

UN JUEGO DE LA IMAGINACIÓN

La “pintora de los papas” Natalia Tsarkova trabajando en el retrato de Benedicto XVI.
Foto 
©️Daniel Ibáñez/ACI Prensa.
Llevaba horas, días, ya más de una semana, y sin cesar, dándole vueltas a sus vagalumes sobre la figura de aquel papa expapa, exgraninquisidor, eximio intelectual, extraordinario exégeta…, el sexto de los siete que hasta ahora (aunque ya se anuncia el octavo pasajero) habían extendido sus pontificados en el transcurso de su vita vitæ, y no dejaba de marear la perdiz —“con una notable falta de santa inspiración columbaria”, se reprochaba sarcástico a sí mismo—, que si esto o lo otro, metiendo en el saco de la posible reflexión o noria mental el peso de la púrpura, la presunta omisión por abuso del misterio, el esplendor abolido de los latines incensarios y botafumeiros, la infinita liturgia siempre aggiornada y nunca desvelada ni abolida, el peso de la culpa, las divinas palabras con todo su cinismo y su misericordia, la palpitación nocturna de los grandes misterios, la teología de la muerte de Dios, el brillo y la soberbia de las intelecciones… y, en fin, toda la proverbial biblia en verso de las cosas sagradas, con el Cantar de los Cantares en primer plano como tabernáculo bajo el que demorarse hasta yacer definitivamente. Y en esas y otras parejas y retóricas cuitas se enredaba en derredor del óbito cuando vino a caer en sus manos, cual columna salómonica del día y pecio librado del naufragio en las costas del país de la niebla impresa, la fórmula cabal de aquel vaporoso runrún. Cual pieza excelente de terra sigillata encontrada en un montón de brozas y cascotes, no pudo por menos que rescatarla y exponerla tal cual: «Aunque el nombre de Ratzinger parece el de un interior del Bayern de Múnich, en realidad fue un teólogo que en medio de los lobos voraces hizo de Dios, como Pelé, un juego de la imaginación».
(LUN, 506 ~ «Terra sigillata», con un texto de Manuel Vicent)

lunes, 29 de agosto de 2016

Carne que tiembla


 Los primeros temblores de la carne.
Temblores de la carne los primeros.
Primeros de la carne los temblores.
Carne la de los temblores primeros.
De los temblores primeros la carne.
La carne de los primeros temblores.

*****

Encuentro el primer envite de este «dado» en el artículo que Manuel Vicent dedica a Sílvia Pérez Cruz en la contraportada de El País. He visto desarrollada en este texto, con la brillantez habitual del escritor levantino, una idea o intuición que me acompaña desde la primera vez que oí cantar a la artista catalano-gallega: en la actitud de esta mujer puede que esté latiendo la solución a los conflictos patrióticos que con frecuencia han ensombrecido la convivencia en tierras ibéricas, y a los que tanto cuesta encontrar remedio. La identificación que Vicent hace entre la fuente de la voz de la cantante y el lugar «donde nacen todas las patrias» puede parecer una metáfora demasiado sutil o incluso rebuscada. Pero basta escuchar con atención a Sílvia Pérez Cruz en una cualquiera de sus actuaciones (por ejemplo en esta, casi improvisada, con su padre) para comprender lo atinado y revelador de esas palabras. Tal vez porque, a fin de cuentas, la verdadera patria no es más que el recuerdo de un temblor y de la emoción que lo produjo.

lunes, 9 de mayo de 2016

Manuel Vicent: la vuelta al ruedo


No hay signo más claro de que san Isidro está a la vuelta de la esquina que la aparición en El País del artículo antitaurino de Manuel Vicent. No sé con exactitud a cuándo se remonta el primero (¿1981?), pero tengo la sensación de haberlos leído durante toda la vida. Mucho antes de que el ecologismo prendiera —aunque todavía poco— en el sentir común, y cuando aún faltaba un mundo para que dejara de ser una extravagancia hablar del «derecho de los animales», Vicent llegaba puntual, en los primeros días de mayo, con la campana bien afinada de su prosa levantina, a conjurar la sangre que iba a derramarse en el coso de Las Ventas. Y, con ella, la de todas las fiestas sangrientas que a partir de ese momento se disponen a encarar su apogeo estival, tras el aldabonazo de la feria taurina más larga e importante del planeta.

Supongo que alguien habrá tenido ya la buena idea de recopilar estos escritos y no sería extraño que sobre ellos se haya llevado a cabo un estudio de estilo para poner de relieve cuántos modos diferentes hay de venir a decir lo mismo, sin caer nunca en la fatiga del estereotipo y sin darse por vencido frente a la inutilidad práctica del mensaje. Tan pronto como tenga un rato libre, me pondré a indagar sobre estos extremos, de los que a buen seguro la red alberga capturas ciertas.

Hoy, al volver a encontrarme en el papel con la columna isidril de Vicent, se me ha abierto de nuevo, pero tal vez como nunca, la flor de la paradoja. Es el estado de perplejidad que siento siempre que se me plantea en la conciencia la polémica de los toros. No encuentro razonable ningún argumento para excusar el sufrimiento animal. Y estoy convencido de que, como apunta Vicent en su último clarinazo, la fiesta de los toros toca a su fin. No será de inmediato, pero sus días están contados.

La contradicción, sin embargo, surge cuando pienso en todo lo que sin la tauromaquia nos habríamos perdido. Lo primero, unas cuantas páginas del diccionario llenas de metáforas brillantes. Y, en la sabia mezcla de ellas, todo un género literario, a cuyo lado ha ido creciendo una muy interesante obra periodística, que va desde los míticos artículos de mi paisano Gregorio Corrochano hasta las inolvidables piezas maestras del gran Joaquín Vidal, con el que Vicent, por cierto, más de una vez sostuvo algún épico «mano a mano». Por no hablar de tantos libros, como el excepcional Belmonte de Chaves Nogales. O el inolvidable poema de Lorca dedicado a Sánchez Mejías. O incluso algunos de los romances que mi viejo amigo Rafael Duyos dedicó a destacadas figuras del toreo. Y, en fin, toda la extensa nómina de obras de arte en tantos campos de la expresión humana: pintura, escultura, música, cine. Y, ya dentro del aspecto innegable que el propio toreo tiene como arte, algunos momentos de una belleza que no son fácilmente explicables: pura «música callada», que dijera Bergamín.

Y, para mayor inri, sin los toros y sin la feria de san Isidro, nos habríamos perdido la insustituible cita de estos artículos que desde hace tanto ordenan con tan buen pulso los días de mayo.



Fotografía superior: Manuel Vicent en Dénia, en 2011, © Jesús Ciscar/El País. 
De la inferior, no he podido localizar el autor. La he tomado de aquí.