(Al filo de los días). Acabo de ver El precio de la red (The Social Recokning), la película dirigida por Aaron Sorkin que denuncia las malas prácticas de esta red social aún llamada Facebook, aunque ya circule más bajo el nombre de Meta, con sus extensiones, Instagram, WhatsApp, etc. Una Red que, según algunas estimaciones, es la fuente información principal para más del 40% de la población mundial adulta. Es una película de no fácil visión —a veces incluso puede resultar incomprensible para los no muy duchos en jergas tecnológicas, como es mi caso— y en la que ciertos aspectos resultan muy confusos, pese a que buena parte de la historia esté disponible en diferentes soportes e incluso acá mismo puede hacerse uno una idea bastante clara de por dónde van los males queí se siguen propagando en esta y otras redes, pese a las condenas y las multas y las públicas denuncias. Es una experiencia muy triste porque tiene toda la pinta de ser una epidemia irresoluble y de la que lo único que podemos hacer es liberarnos hasta donde podamos y ser conscientes de que, aunque no lo parezca, ahí fuera hay vida y quizás en un futuro podamos salir con bien de este atolladero. De momento, me limito a transmitir esta sensación.
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martes, 13 de octubre de 2026
martes, 2 de junio de 2020
Marta Peirano: una alerta
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| La periodista y escritora Marta Peirano. Foto: Álvaro Minguito
(En voz alta). «Cada día se generan 2,5 quintillones de datos, en parte enviando colectivamente 187 millones de correos y medio millón de tuits, viendo 266.000 horas de Netflix, haciendo 3,7 millones de búsquedas en Google o descartando 1,1 millones de caras en Tinder», escribe Marta Peirano en su libro «El enemigo conoce el sistema», publicado antes de la Pandemia y del pandemonio tecnológico asociado. ¿Alguien ha podido actualizar las cifras, añadiendo los nuevos usos y las milongas del teletrabajo? Ahí andamos. Por lo demás, he aquí una entrevista para desmenuzarla, respuesta a respuesta (graciñas, Nando - Fernando Ramos Núñez).
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viernes, 15 de mayo de 2020
Polémicas redes
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jueves, 3 de enero de 2019
Política y redes sociales
(Lecturas en voz alta). Un análisis y diagnóstico claro y bien explicado de cómo están configurando la realidad las redes sociales y, de forma especial, su efecto sobre la política, lo ofrece Enrique Gil Calvo en este artículo. Es muy oportuna la mención de Walter Benjamin, que en esto fue también un lúcido y adelantado analista de los efectos de los nuevos usos tecnológicos. Por lo demás, la «telenovelización» de la política (de la que habló, entre otros, el gran Fermín Bouza), entre nosotros bien podría recibir el nombre autóctono y significativo de «tombolización», pues fue el programa «Tómbola», surgido en la extinta televisión valenciana, el primer ejemplo claro y rotundo de “tertulia” televisada cuya plantilla o guion acabaría imponiéndose como modelo para el resto de la parrilla, y de forma especial para los programas de análisis político, cuyos platós son, salvo contadas excepciones, remedos vocingleros de aquellas broncas sesiones basadas en el objetivo de apabullar al prójimo mediante el poderoso argumento de dar más gritos que el rival. Que Trump, Bolsonaro, Salvini, Orbán o ese Ánsar.2 que por acá amenaza con emerger sean el resultado de ese guirigay no es nada extraño.
martes, 21 de febrero de 2012
«Aldeanos del instante»
Tomo el título de este post, y la incitación para escribirlo, del artículo que el filósofo Manuel Cruz publica hoy en El país-papel. En él describe, tomando pie de una nota de Eliot, el empobrecimiento cultural que puede suponer la esclavitud de las nuevas tecnologías, en especial el imperio de las redes sociales, que nos incitan a estar siempre conectados a las ubres de la realidad social o, por mejor decir, al goteo de las últimas ocurrencias, sin parar mientes en cuán estúpidas puedan ser.
Lo pensaba anoche mismo al comprobar de nuevo la importancia que muchas personas, incluidos algunos señeros representantes de lo que hasta ayer solía denominarse «líderes de opinión» (una categoría hoy más bien escurridiza), conceden a Twitter, Facebook y otros tamtanes de la tribu cuyo uso, como ya intuyera McLuhan con clarividente precisión terminológica, aunque en un sentido algo diferente al que emplea Cruz, está convirtiendo el mundo en un aldea global.
Frente a las redes sociales, o junto a ellas, la cuestión comunicativa fundamental sigue siendo la conexión con uno mismo: qué hacemos con nuestra conciencia, cómo podemos seguir en la lucha por lograr el equilibrio que nos permita estar en el mundo de forma plena, recauchutando sin cesar la tentación de la ausencia y aprendiendo a convivir cada día un poco más con el descrédito a que se ve sometida de continuo nuestra identidad. Y con la paradoja, además, de que es esa misma identidad puesta en cuestión la que nos exige un esfuerzo de lucidez que, en su despliegue como ejercicio necesario e inaplazable (bueno, puede aplazarse, pero no sirve de nada), acabará conspirando contra nosotros mismos.
En tales condiciones, frente a los múltiples asedios de tantos mentideros como nos salen al paso y ante la carencia cada vez mayor de fuentes no contaminadas, tal vez no sea descabellado darle un margen de confianza a nuestra intuición, pensar que de su mano seremos capaces de caminar por la piel erizada de los días sin llegar a perder el sabor fuerte de la vida ni el reflejo de esa luz del fondo que acaso sea el único señuelo capaz de conducirnos de forma sosegada por entre los hitos que señalan la senda segura de la extinción.
Imagen superior: Fuente pública en Compostela. Foto AJR, 2010.
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