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sábado, 26 de octubre de 2024

Caparrós y Leila: dos maestros

(En voz alta). A su maestría verbal de siempre Leila Guerriero ( a la que algunos, metatésicos, llaman a veces Lelia Guerrero ) suma aquí una fina y estricta generosidad, nada gomosa ni impostada, y esculpe una pieza de suma delicadeza y cercanía. Leída en el papel (sin foto) y donde solo lleva por título La teoría del todo, no tardó en dibujárseme en la mente el nombre de Martín Caparrós, bien es verdad que tras algún titubeo y al ritmo del feliz trenzado de las imágenes que, como quien descorre lentamente un velo, iba mostrando el rostro y la figura. Creo que es mejor título el del papel, porque añade algo de suspense e intensidad a la lectura. Y su alternativa, escueta, central, reveladora, bien podría ser un rotundo Caparrós. En todo caso, y aunque uno tenga preferencias marcadas, dos maestros. Ambos un lujo de la vieja lectura del periódico, esa tan querida costumbre —acaso una manía— en claro peligro de extinción.









jueves, 23 de febrero de 2023

Leila cuántica

(En voz alta). Sintonía plena con este artículo de la Guerriero y su fascinación ante la endiablada claridad expositiva de Carlo Rovelli sobre la realidad cuántica (el cifrado del mundo bajo esa visión que la ciencia más dura y la más pura tienen como verdaderas puntas de lanza de nuestra comprensión del universo). El día en que física, biología y filosofía-poesía(arte) alcancen el punto de confluencia posible tal vez la humanidad haya dado un paso irreversible en la conquista de su más utópica naturaleza. De hecho, estaremos (estarán) ya del otro lado. En contrapartida, qué curiosa —más que terrible— esa deriva de ChatGTP hacia la maldad y el descontrol. ¿No se acuerdan del inicio de Blade Runner y la respuesta del Replicante bruto ante la pregunta “por la madre” en el test de Touring? Tiempos cruciales. De encrucijadas.

sábado, 28 de noviembre de 2020

En torno a Maradona

Ofrenda a Maradona en Buenos Aires.
Foto: Ricardo Moraes/Reuters
(En voz alta). Iba a escribir: el mejor artículo que he leído sobre la muerte de Maradona. Y es verdad. Sólo que también es el único: me prohibí a mí mismo incidir en el asunto y no me costó esfuerzo alguno cumplirlo. Pero el nombre de Leila Guerriero (¡cómo echo de menos sus columnas!; aunque comparezca en el colorín, no es lo mismo) me atrajo como un imán. Y no me ha defraudado. Pieza antológica. Y, en cierto modo, si bien a mucha distancia y con un océano de por medio, “me” explica lo que siento. Y cómo lo hace. Gracias, maestra.

domingo, 4 de febrero de 2018

Leila despide a Parra

Leila Guerriero
Nicanor Parra
(Lecturas en voz alta, 50). La hermosa despedida que Leila Guerriero le dedica a Nicanor Parra está admirablemente contaminada del espíritu del finado. Hasta el punto de que, más que una necrológica, parece el epitalamio de exaltación de un único encuentro que sin embargo deja una huella para toda la vida. Y toda la muerte, que nunca sabemos lo que vendrá a durar. 
Mientras leía, una voz tarareaba en mi cabeza unos versos de Borges transformados para la ocasión: «A mí se me hace cuento que Nicanor muriera: / seguro que se ha ido a desmontar estrellas». O algo así.

jueves, 12 de octubre de 2017

Escribir en sueños

(Lecturas en voz alta, 🕯15). Leo en la prensa de papel la columna de Leila Guerriero, la escritora y periodista argentina de las íes movedizas (siempre dudo dónde van, tanto en el nombre como en el apellido). Y, como tantas otras veces me ha ocurrido con sus textos, de inmediato me siento identificado con la precisión del relato: ha conseguido expresar con plena nitidez una experiencia que he vivido algunas veces, no muchas pero sí las suficientes como para no haberlas olvidado. 
Resultado de imagen de El sueño del escritor
«El sueño de Dickens», por Robert W. Buss, 1875.
Se trata de esa seguridad incomprobable pero imperiosa de que hemos tenido, mientras dormíamos, un sueño decisivo sobre algún asunto de escritura que nos traía de cabeza. Una escena o situación en la que nos ha sido revelado el verso perfecto para un poema, el paso siguiente de un relato, la intervención precisa de un personaje que consigue cerrar de forma sugerente alguna historia, el hallazgo del punto de intersección justo entre la ficción y la realidad por donde discurre la literatura que de verdad nos interesa y nos conmueve. 
En algunas de esas ocasiones, tal vez en una sola, la sensación al despertar ha sido la de haber estado en contacto con una obra completa, cerrada, perfecta. Y, lo que es más extraordinario, seguros de haber sido conscientes de estar en un sueño de forma tan aguda, que una de las preocupaciones principales era dejar urdida alguna estratagema capaz de permitirnos recuperar el camino de vuelta hacia el tesoro, ya que algo nos dice siempre en esas ocasiones que no podemos cruzar al otro lado con el tesoro mismo. 
Y como apunta Leila, en la confusión del despertar nunca queda nada de tanta perfección, sólo el aura vaga de lo que pudo ser la clave del secreto. Y, si acaso, un hilo de luz invisible entre los dedos que nos vuelve a llevar hacia el cuaderno, el teclado, la pantalla... para intentar atrapar el rastro fugitivo del bulto de una imagen, el fulgor del espacio en blanco, el contorno borroso de la pérdida. O también, como ahora, en la ensoñación en que la lectura de la columna de Lelia Gueirrero me sume, a recuperar la lectura de los diarios de Piglia, algo abandonados en los últimos días en aras del sofoco catalán.