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martes, 11 de octubre de 2022

AL FILO

Pancho en Los Narejos, en el verano de 2014; tenía 14 años.
Foto © Ángela Pinto.
He aquí el mejor retrato de un amigo fiel llamado Pancho. Hoy/ayer, 10 de octubre 2022, se cumplieron seis años de su muerte. La foto la hizo una bella muchacha de ojos luminosos, Ángela, que también se fue. El otoño vuelve por sus fueros. La vida —esa cinta que nos lleva en su caprichoso giro— sigue. No sabemos cuándo abriremos la última novela.
(LUN, 598 ~ «Tiempo contado»)

miércoles, 7 de agosto de 2019

Las Catedrales

Pancho con la playa de Augas Santas, más conocida como «Las Catedrales», al fondo.
A Devesa, Ribadeo, verano de 2009. Foto: AJR.
Al igual que para otro amigo también ido, para Pancho el mar fue siempre “desde la orilla”. Ni el agua salada le hacía mucha gracia ni el ir y venir de las olas lograban entusiasmarle, incluso diría que le daban miedo o al menos le infundían un respeto disuasorio. Pero a veces, como aquel día cerca de Ribadeo, se le veía ensimismado a orillas de la playa. Era como si el sonido de algún concierto barroco, con graves y persistentes sonidos de rocas batidas por las olas, estuviera llegando hasta su prodigioso oído. Y esa música secreta que sólo él percibía parecía transportarlo a un estado de beatitud similar al que acoge sus cenizas desde hará pronto tres años.
...

miércoles, 10 de octubre de 2018

Luminarias

La imagen puede contener: cielo, nubes y exterior
Luces de atardecer sobre el cielo de Alcorcón, tras la incineración de Pancho (10.10.16).
A veces se ven sobre el cielo. Otras surgen de fuentes muy diversas. Pero las más iluminadoras son siempre las que provienen de los ojos de los demás seres vivos. Seres vivos.
(Recordando a Pancho)


martes, 20 de febrero de 2018

Parque

No hay texto alternativo automático disponible.
Grafiti en el Parque Sin Nombre. Foto ©AJR,2018
(Al paso, 🐾🐕25). El Parque Sin Nombre, encajonado entre las calles Nieremberg y Pantoja, es uno de esos lugares algo insulsos y en el fondo sorprendentes que uno se encuentra en espacios ganados a la avaricia urbanística. No es especialmente hermoso ni acaso tenga más valor que su cercanía. Suele (o solía) ser frecuentado por currelantes, que aprovechan los dos o tres bancos que allí hay para tomarse una pausa al aire libre y dar cuenta de sus tarteras. O por parejas y grupos de jóvenes que hacen tertulia mientras se fuman unos joints (no sé si la palabra está aún vigente: debe de hacer media vida que no la utilizo; la aprendí de mi amigo Hari). Hacía tiempo que no pasaba por allí. Pero como es un lugar que durante algunos años frecuenté con Pancho, mi perro, que hoy hubiera cumplido 17 años (murió hace uno y medio), esta mañana al volver de un recado decidí dar un rodeo y fui a visitarlo. El lugar sigue más o menos igual, tal vez un poco más abandonado, y estaba completamente vacío. La mayor novedad es que han proliferado hasta extremos casi insidiosos no tanto los grafitis (que no me suelen desagradar) como esos pintarrajeos horribles que a menudo ensucian de manera tan tosca como abusiva las esquinas de nuestras ciudades. Sin embargo, en medio de la mugre, como una excepción que fuera a la vez un imán, he visto uno de esos pequeños y expresivos dibujos o grafismos modelados que, como pistas de no sé sabe bien qué mapa o código secreto, de cuando en cuando nos salen al paso en las paredes más insospechadas. Es este que aquí muestro. Al verlo, lo he interpretado como un homenaje al viejo amigo ladrador, y he sentido que de un modo sencillo y a la vez maravilloso el paseo había sido una opción afortunada. Y me lo he tomado —qué remedio pero también qué menos— como un síntoma de eso que, a falta de otro nombre más preciso, llamamos buena suerte. Que así sea. (Y, ah, amigo Pancho, felicidades).

lunes, 11 de mayo de 2015

Canícula a destiempo


¿Recuerdan ustedes cuando lo del cambio climático era solo una exageración de ecologistas apocalípticos? ¿O la vez aquella en que una verdad incómoda fue considerada por nuchos un mensaje interesado y hasta marrullero de un candidato gore a la Casa Blanca, al que acusaron de no hacerle ascos al tremendismo para medrar en las encuestas? Hace un rato venía caminado por la acera de la sombra hacia la Posada, en compañía de Pancho, que esta tarde hace turno conmigo. Al volver la esquina de Sánchez Pacheco, al tiempo que buscaba un clines para limpiarme el sudor, he caído en la cuenta de que estamos tan sólo a 11 de mayo. Y la sensación térmica, así a bote pronto, no baja de los 30 grados centígrados, tal vez alguno más. Pancho ha debido de captar mi extrañeza --tengo observado que es un buen escrutador de las señales emitidas por las neuronas espejo-- y se me ha quedado mirando con una no menor perplejidad. Aunque aún ágil y todavía alerta, anda ya combatiendo, también él, la pérdida de finura de algún que otro sentido y ciertos déficits comprensibles a sus 14 años, una edad canina que cálculos del todo disparatados se empeñan en sostener que es equivalente a 98 castañas humanas. ¿Dónde hay que firmar? El caso es que en sus ojos llenos de reflejos del Niágara he visto dibujarse un asombro distinto, como si fuera del todo consciente de que este tórrido verano en plena primavera amenaza con escarallar nuestros relojes biológicos de animales sensibles, y no puede augurar nada bueno. «No temas, amigo mío --le he dicho--. Para el fin de semana, los astrólogos anuncian una bajada de estrellas favorables y moderadas temperaturas». No sé si he conseguido calmarlo. Tal vez, como otras veces, solo se ha limitado, indiferente, a darme la razón, que es lo propio. Pero lo cierto es que ahora duerme a mis pies bajo la mesa, tranquilo y sin roncar. Y yo he empezado a sudar un poco menos.

(Tiempo contado, 11 mayo 2017)