¿SUEÑAN LOS RATONES DE LA RAE CON BiTS DE TÉRMINOS NUEVOS?
Segunda parte: El congreso de las palabras perdidas
Después del estreno de la docuserie, a Mara le llegó una invitación con un código QR tan grande que parecía un tapiz. O el bolso con el que Rosalía se paseaba hace poco por New York. Era para el Congreso Internacional de la Lengua, que se iba a celebrar en un hotel de marca blanca, con desayuno ultraprocesado y vistas a una bicisenda llena de senderistas que discutían sobre multilateralismo.
—¿Vienes? —preguntó Vera.
—Porfa —dijo Mara—. Necesito desconectar. Mi autoexigencia ya tiene metaverso propio.
En el congreso, el primer ponente era un hispanounidense experto en bits cuánticos —es decir, en cubits— que hablaba con un ruido blanco de fondo. Detrás, un cangrimán puertorriqueño intentaba calmar a su corillo —de esto volveremos a hablar, ¿verdad Per?— mientras una delegación cubana llegaba en un cocotaxi y un grupo presumiblemente boliviano repartía merkén como si fuera confeti.
—Señor presidente —dijo un académico—, propongo que debatamos si la IA puede acitronar la cebolla.
—Depende —respondió otro—. Si la IA es generativa, quizá solo la haga llorar.
—Eso no es una respuesta, es un mantra.
—Y usted no es un académico, es un medalaganario.
El público aplaudió. Alguien desde la última fila gritó:
—¡Asere, eso ha sido un mataleón!
—No, un mataleón es cuando te ganan por la espalda —aclaró una mujer con acento dominicano—. Esto ha sido un chepibe.
—¿Un qué?
—Un chepibe. Como un chivito, pero con más drama.
Mara tomó notas con un subrayador amarillo. No tenía más remedio que incorporarse cuanto antes a las nuevas exigencias de la lengua, so pena de sentirse por completo en fuera de juego. Y más aún si se tiene en cuenta que, justo al lado, un inuit traducía términos sobre nieve, y enfrente, un profesor defendía la pluridisciplinariedad con tanta fuerza que se le cayó el bómber.
En la mesa del café servían ramen, poke, burrata y un chivito uruguayo que nadie se atrevía a comer porque parecía mirar de vuelta.
—¿Esto es cardiosaludable? —preguntó Vera.
—Es cardioemocional —respondió el camarero—. Tiene AOVE, miso y una pizca de ecoansiedad.
—Pues mézclelo con bolaterapia y véndalo como antiedad.
En la sala principal, el debate se calentó. Un académico mexicano explicó que acitronar no significaba “hacer cebolla transparente por aburrimiento”, sino cocinarla hasta que quedara translúcida. Un argentino corrigió que una bicisenda no era una bicicleta sentimental, sino un carril para ciclistas. Y un boliviano aclaró que una puntabola no era un baile, aunque con el ritmo adecuado podría serlo.
—Yo —intervino una señora de Puerto Rico— vengo a defender el corillo. Porque un corillo no es una pandilla: es una familia que elige mal sus grupos de WhatsApp.
—Y yo —dijo un dominicano— vengo por el motoconcho. Sin motoconcho no hay ni prisa ni poesía.
—¿Y el guámbito? —preguntó alguien.
—El guámbito es como un nenequear, pero con más dignidad.
—Eso no significa nada.
—Exacto. Por eso está en el diccionario.
Mara levantó la mano.
—Propongo una ecotasa para los que digan “performativo” más de tres veces por frase.
—¡Eso es gordofobia lingüística! —protestó un asistente.
—No, eso es edadismo inverso —dijo otra—. Y además, muy edadista.
—¿Puedo racializar esta discusión?
—No —dijo Mara—. Pero puedes resetearla.
Al caer la tarde, organizaron una excursión a una playa cercana para recoger la basura que se había ido colando entre diversos intersticios del paisaje. Encontraron botellas, redes, un neumático y un cartel que decía “versión original” junto a una foto de un brontosaurio con gafas de sol.
—Esto es antropización en estado puro —dijo Vera.
—No, esto es un narcopiso con vistas al mar —corrigió Mara—. O una narcolancha varada por la turistificación.
—No digas tonterías. Es basuraleza. Lo demás es marketing.
—¿Y si lo llamamos economía circular?
—¿Y si lo llamamos miércoles y nos vamos a cenar?
Cenaron en un sitio que ofrecía tostas, tiradito, roibos y un vino de Rueda. El camarero, un asere de sonrisa enorme, les recomendó el miso de la casa.
—¿Tienen algo ultraprocesado? —preguntó Vera.
—Tenemos marca blanca —respondió él—. Pero es de la casa, así que en realidad es marca amarilla.
—¿Y el postre?
—Bolaterapia con merkén.
—Eso suena a castigo.
—Es reduflación: mismo plato, menos bolitas.
Mara se rio tanto que se le olvidó de su autoexigencia. Esa noche, en la habitación del hotel, escribió en su móvil:
“Hoy aprendí que una bicisenda no es un sentimiento, que un corillo no es una secta y que un motoconcho puede cambiar tu vida si te llevas bien con el casco.”
Al día siguiente, el congreso terminó con una foto de grupo. Todos levantaron sus móviles mostrando un QR gigante que, al escanearlo, llevaba a un pódcast titulado “Palabras que no sabían que eran palabras”. El primer episodio se llamaba “Porfa, no me digas que esto es performativo”.
Y mientras el cocotaxi se alejaba, Mara pensó que el idioma era como una macrogranja de sentidos: siempre produciendo, a veces sin control, pero imposible de dejar de mirar.
(¿Continuará?)

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