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viernes, 19 de mayo de 2023

LA EVAPORACIÓN (y 12)

Pablo Picasso. Evocación (El entierro de Casagemas), 1901.
Musée d´Art Moderne de la Ville de Paris.
«Porque, al final, si lo piensas, la vida viene a ser un cambio permanente de estado de la materia, y entre el hielo sólido y el aire libre, a vista de la corriente fluvial, discurren a su modo los sueños interiores, y tal vez por eso el hombre, en todos los sentidos de la especie, suele desembocar en humo. De modo que levanta tus ojos y recuerda que ese cielo lejano que te asombra es tu auténtica patria y tu caudal y la sola y misteriosa fuerza que ilumina todo lo que eres». No sé de quién es la voz que así habla. Ni de dónde viene. Me limito a recogerla lo más fielmente que puedo, sin dejar de respirar, de transpirar, de evaporarme…
(LUN, 378 ~ Picasso azul)

sábado, 7 de enero de 2023

LA EVAPORACIÓN (4)


Pablo Picasso: La cerveza (Retrato de Jaime Sabartés), 1901.
Museo Pushkin, Moscú.

A ver cómo te lo cuento. Si no llegan las palabras. Y poco a poco la niebla lo cubre todo. Esa escoria al pie de la calle. El rictus de los desenmascarillados, los sentidos sólo bultos, la real irrealidad. Por cosas así trataba de comprender, en el pulso del nuevo día, la fuerza del ciclo nuevo, lo innato de lo porvenir o al menos seguir en danza. Pero el agua no llegaba al pozo. Y ya ni siquiera teníamos la coartada de la tristeza. Ni el sitio. A ver cómo
te lo cuento. Prosa, verso, ritmo. Narro lo que se ve sólo si te toca de lleno. Viste?
(LUN, 507 ~ «Picasso azul»)

lunes, 5 de diciembre de 2022

LA EVAPORACIÓN (2)

Pablo Picasso: Desnudo azul, 1902. Colección particular.

Tenía a su alcance la expresividad intacta del cuerpo, con todos sus rincones, y de forma muy especial todo lo que podría llegar a suceder en la punta de la lengua. Un dolor circular le ponía al corriente de que hay niñas que son capaces de enmascarar el autismo para no ser o sentirse rechazadas. Y que muy a menudo en lugar de silencio sólo había un borboteo sordo de dolor sin nombre. ¿Y si la vida no fuera otra cosa que la extraña concreción de un fenómeno atmosférico?

(LUN, 544 ~ «Picasso azul»)

domingo, 27 de noviembre de 2022

LA EVAPORACIÓN

Pablo Picasso: La Vie, 1903. The Cleveland Museum of Art, Cleveland (USA).

Sólo tenía el título y una idea imprecisa. Una intuición vaga, como si se negara a salir de la hura y andar por su cuenta. La dejé estar. Pero tenia por corazón una piedra imán. Y no tardó en atraer limaduras de hierro. También ellas dispersas, remotas, acaso insignificantes. Y en esto llegó Picasso. Me salió al encuentro en lo de VP, el movimiento. Y enseguida vi claro que ese era el primer impulso. Este. Todo bajo una premisa señera: «Tenemos el arte para no morir de la verdad» (Nietzsche). Iremos viendo.

(LUN, 552 ~ «Picasso azul»)

domingo, 24 de abril de 2022

QUÉ SE FIZO DE AQUELLA SENSACIÓN



—Dado olvidado, también conocido
como “La sopa cuántica”.

En el lento transcurrir del tiempo.
El del tiempo en lento transcurrir.
Transcurrir en el tiempo del lento.
Del lento transcurrir en el tiempo.
En el transcurrir del tiempo lento.
En el tiempo del lento transcurrir.
(A partir de Rafael Cabanilllas Saldaña: Quercus. En la raya del infinito, 41)
(LUN, 766 ~ Dados)

martes, 1 de marzo de 2022

MUERTES DE CARNAVAL

Picasso: Guernica, 1937. MNCdA Reina Sofía, Madrid.


Y, desgraciadamente, no era errata.
(LUN, 820)

jueves, 28 de octubre de 2021

ENTRADA EN EL AMANECER...

ENTRADA EN EL AMANECER CON LA SUAVE SALIVA DE LA FELICIDAD

Picasso: Le Rêve, 1932. Col. Particular.

En las cercanías de los trabajos —ella tecleando con fluidez endiablada, él dictando con bastante parsimonia— ya se habían producido coqueteos e insinuaciones, y parecía cantado que algún día sus deseos iban a encontrarse. Fue la ocasión un atardecer, ya bien entrado del verano y cuando la ciudad empezaba a ser una algarabía prometedora y abierta a todo tipo de ensoñaciones y periplos, y sólo unos días después de que, en una reunión con colegas en el Garito de la calle Jardines, y mientras bailaban en grupo, en un giro se descubrieran casi sin querer uno en brazos del otro y se besaran con intención más que furtiva asombrada. De modo que cuando el merodeo por separado los volvió a juntar, en la misma noche y cerca de la Glorieta de Bilbao, ambos debieron de sentir que aquello superaba los límites de la casualidad y se dispusieron a darle la razón a la música del azar que así ordenaba los hechos.
Fueron a la casa de ella y allí se amaron con una naturalidad tan bien acordada que sus cuerpos parecían saberse el uno al otro más allá de las voluntades, arrebatos o torpezas. «Esto me lo imaginaba así, pero de esto no tenía ni idea», se decían, mientras iban explorando rincones, acariciando montículos y pliegues, ensayando uno dentro del otro ondulaciones y vaivenes que les llevaban del suspiro a la ternura y de esta a la confusión de huecos, al frenesí corporal y a las palabras duras e interminables de sus deseos más inocentes y salvajes, y, por fin, a un sueño resbaladizo y saciado, si bien interrumpido por el calor excesivo de la noche de julio, hasta el punto de que fueron a continuar durmiendo en camas separadas.
Poco después de amanecer, según me contó él, ella se acercó y, «con suave saliva y una calidez propia de ese alma sensible que mi amiga siempre llevaba por delante», hizo con su lengua un recorrido suave y minucioso de todo su cuerpo, y fue luego a demorarse en el glande y al parecer lo hizo con tanta sabiduría que, me comentó también él, retórico y buen lector, aunque algo hiperbólico, «desde entonces cuando oigo hablar de literatura oral no puede dejar de sentir un cosquilleo que me llena todo el cuerpo de una alegría rotunda, vibrante y contagiosa».
Su historia no fue más allá, pero siguieron siendo fieles compañeros en las cercanías del trabajo, ahora ella dictándole con cierta parsimonia y él tecleando rítmico y ligero como el que toca el piano o pasa la mano demorada y segura por los cabos, golfos, entrantes y escolleras de una espina dorsal.
Así eran las cosas del amor en el verano de, tal vez, el 86. Ayer, como quien dice.
(LUN, 944 ~ Las musas de Macías)

martes, 18 de febrero de 2020

La Socorrito

La imagen puede contener: una persona
Picasso: La Enana, 1932. Museo Picasso, Barcelona
Fue el jueves lardero —bien lo recuerda— cuando la Socorrito, a la que conocía de vista del descampado, le tiró los tejos. Y él, que es más ingenuo que una bombilla, entró de lleno al trapo, y no sólo se enroló en el circo y empezó a currar duro limpiando la jaula de los elefantes, también se ocupaba de despachar las entradas y, en los días de lluvia, que estaban siendo casi como en bleidrraner, tenía que vaciar los cangilones del gran chapitel, que se ponían de agua hasta los topes a cada poco. Total, que el hombre, con esa ruina en que el amor lo ha ido metiendo, anda muy torpón, macilento y más chupao que una sardina. Esto, me parece, no tiene pinta de que vaya a acabar bien. Y es que la Socorrito, aunque ni poniéndose de puntillas alcanza el metro, no sé qué tiene que se los lleva de calle. Serán los polvos esos que dicen que usa. Eso será. Pero a este paso y con este julepe, el gachó no llega ni al domingo de Ramos. Eso fijo. Si lo sabré yo.
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lunes, 2 de septiembre de 2019

La azotea

No hay ninguna descripción de la foto disponible.
Pablo Picasso: Azoteas de Barcelona, 1903. Museo Picasso, Barcelona..
Paseando por el casco viejo de Eburia, ahora que parece que vuelve a recuperar algo de pulso (aunque sólo nocturno y jaranero: urge un plan ambicioso para rescatar el viejo barrio como espacio de verdad habitable), vuelvo a pasar por debajo de la azotea de lo que fuera el Colegio Cervantes, mi colegio de primaria, donde fui a clase durante dos o tres cursos, hasta hacer «el ingreso», que era como entonces se llamaba a la prueba que daba acceso al bachillerato. Es un espacio casi almenado, de no mucha altura, sobre todo si se lo compara con la cercana y maciza torre de la Colegial, que casi ni se digna a mirarlo desde su altura desdeñosa. Como suele ocurrir con los descubrimientos que coinciden con el de las palabras que los nombran, esa azotea es para mí ya “la azotea” por antonomasia; incluso me atrevería a decir que la única azotea digna de ese nombre, pues los demás espacios que pudieran asemejársele caen más bien dentro de las categorías de “terraza”, “solario”, “mirador” o “terrado”. Ninguna alcanza el grado de identificación entre el nombre y la cosa que logró este lugar, que ahora me parece fantasmal, cuando don Mariano, el maestro, en uno de aquellos días en que se enfadaba hasta el enrojecimiento, con la varita de palmera en la mano y una salivilla blanquecina asomándole por los bordes de la boca, amenazaba a algún alumno especialmente travieso o torpe: «Vaquerizo, como vuelva usted a distraerse cotorreando con José Emilio, le voy a recetar media docenita de raciones de este jarabe y se va a estar todo lo que queda de clase de rodillas y con los brazos en cruz en la azotea». En aquel tiempo, lo de «la letra con sangre entra» tal vez no fuera literal en todo su brutal y goteante significado —siempre hay un grado posible de envilecimiento—, pero sí constituía una parte tolerada de los métodos llamados pedagógicos. Y así era habitual que cada jornada escolar comenzara con la imagen de don Mariano, bajito, calvo, masticador, muy milhombres, puesto como de puntillas en el estrado sobre el que se alzaba su mesa, blandiendo una muy fina y flexible palmerita de la que a todos nos resultaba imposible apartar los ojos. Se decía que sí te untabas las palmas de la mano con ajo los golpes dolían menos, e incluso que la varita podría quebrarse. Nunca pude comprobarlo. Ahora, cuando paso entre sombras por debajo de ese espacio, que en aquellos años lo fue de juegos y de bullas, a veces me parece que aún se escucha alguna risa o un llanto, y que desde algún rincón oscuro, allá en la altura, alguien me hace una confidencia que ya he olvidado como si fuera mía.
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sábado, 22 de junio de 2019

El estío (diálogo interior)

Picasso: La serenata, Mougins, 1965.
«De todos los nombres y expresiones que convoca la estación que acaba de iniciarse —me dice el interlocutor, sin casi darse por aludido ni dejarse encasillar en una vida escasamente imaginaria— ninguno refleja, a mi entender, con más claridad su verdadera condición que el rotundo apóstrofe que suelo oírle a alguien muy cercano: “¡La virgen, qué bochorno!”». Y, una vez puestas en su sitio las dobles comillas teatrales, qué otra cosa puedo hacer más que asentir. Asentir y curarme en salud, entre la realidad y la ficción, tierras ambas muy duras y complejas: «¡Que dios nos pille confesados... y a ser posible cerquita de una sombra», le respondo mientras lo veo irse. Y cierro comillas.
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lunes, 28 de enero de 2019

Del metro

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Picasso: Niño con un perro, 1905. Museo Ermitage, San Petersburgo.
En el asiento de enfrente está Alea, una perra lazarillo de raza Malinois, me indica su dueña. La hermosa chica que viaja a mi lado parece sentir envidia porque me saluda de forma muy afectuosa. Es que tengo perro, le digo. Yo tengo dos, responde. Pues tendría que haberse dirigido primero a ti, le concedo. Sonríe. Se baja en Vicente Aleixandre, la nueva estación de la línea 6.
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sábado, 10 de noviembre de 2018

Luz azuL

Picasso: La sopa, 1902-1903. Galería de Arte de Ontario, Toronto.
—El mar es azul porque la luz siempre regresa.
—¿Y...?
—No, nada, esa coincidencia,
—Claro, la sopa quema porque ha estado al fuego.
—¿Otra coincidencia?
—No, pura causalidad.
—Qué casualidad, una coincidencia y una causalidad juntas.
—Sí, vaya coincidencia.
—Simple causalidad.

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