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martes, 30 de octubre de 2012

Momias en tránsito


Acaba de llegar a las librerías, justo cuando el mes de noviembre está al caer, la última publicación de Sagrario Pinto. Es una obra de teatro infantil que, además, inaugura este género en la colección «Ala Delta», una de las más prestigiosas de la editorial Edelvives.

Las peripecias de las momias del faraón Yamesé II y la reina Nevercity, que anhelan escapar del museo en que están expuestas para volver a sus tumbas en el Valle de los Reyes, dan pie a situaciones muy divertidas. Es toda una aventura, desarrollada con hábiles resortes argumentales y con varios niveles de acción bien ensamblados, aunque puede que algún hilo suelto quede por ahí..., nada extraño tratándose de momias. Los personajes se mueven entre el más allá de las almas que andan en busca de su descanso eterno («en tránsito»), y el más acá de las pasiones y ambiciones que hacen circular la rueda de la vida: otra forma, tal vez la misma, de transitar.

En la escena comparecen personajes de una pieza, como el escriba Amenamén, al que sólo se le descubre una fisura en su condición de fiel cronista: está completamente seducido por el brillo de las nuevas tablillas digitales. O el dios Anubis, que intenta imponer en el desbarajuste general la seriedad de los ritos del Libro de los Muertos. O un singular coro de Gatos que, por momentos, hace que la obra tenga visos de comedia musical.

Pero hay también personajes de carne y hueso —es decir, vivos (a veces muy vivos)— que, en un curioso y suponemos que intencionado paralelismo, muestran dos formas bien diferentes de acercarse al pasado y sus misterios: el respeto o la codicia. Sin excluir esa tercera vía tan transitada que suele ser la ignorancia, la estupidez incluso.

Es una historia ingenua e intencionada, chispeante, imaginativa, pero a la vez con datos bien documentados sobre el antiguo Egipto. Y con guiños más o menos visibles a personajes históricos, como los propios faraones o el explorador Howard Carter, o a mitos de nuestro tiempo, como el inevitable Indiana Jones. Tiene además un tal vez inesperado sesgo romántico, que se resume en una tan hermosa como oportuna declaración de amor: «No podría seguir muriéndome sin ti». No está nada mal..., sobre todo si se tiene en cuenta que es «palabra de momia». Pero que nadie se espante: es una obra adecuada para todos los públicos, con un lenguaje cuidado pero de fácil comprensión. Y con una escenografía muy ágil, idónea para ser representada libremente en el ámbito escolar.

Las ilustraciones de la mexicana Valeria Gallo acentúan los rasgos más afilados de los personajes. Es la suya una lectura que, con gran tino visual, subraya los aspectos burlescos. A la vez que reinterpreta con elegancia y originalidad algunos lugares comunes de la imaginería egipcia.  Sus dobles páginas están llenas de detalles que bien podrían servir para inspirar los decorados y el atrezo de una puesta en escena.

El texto de la cuarta de cubierta dice que el argumento de la obra se le ocurrió a la autora viajando en una falúa por el Nilo. De primera mano (y espero que Sagrario no se enfade conmigo por desvelar este dato) puedo decir que en realidad el título se lo regaló un acompañante de aquel recorrido que, al ver reflejarse las sombras de unas nubes (¿o eran dos viajeros?) en las agitadas aguas del río, cerca ya de la esclusa de Esna, dijo en voz alta: «Mira, parecen momias en tránsito... ¿A dónde irán?» Ahora, ya lo sabemos. Su destino era llegar a este libro para contarnos su historia.

Sobre el Nilo - Foto Arqueoweb

Posdata 1 (4 noviembre 2012). La agencia EFE, a través de Lidia Yanel, da cuenta de la aparición del libro en esta nota aparecida el día en que se cumplen exactamente 90 años del descubrimiento de la tumba de Tutankhamón por Howard Carter.

Posdata 2 (4 diciembre 2013). Las momias han comenzado ya a transitar del papel a los escenarios:y la obra ha sido representada en algunos colegios e incluso en algún teatro privado, como en el de la Once de Huelva, de la mano de los alumnos de 4º de Primaria del Colegio «Los Pinos». El resultado puede verse aquí.

Posdata 3 (15 de junio de 2014). Sin ser desdeñable su valor como material de lectura, el destino natural de una obra de teatro es la representación en un escenario. En el ámbito escolar, esta premisa tiene un especial valor: pocas actividades pueden resultar tan completas, desde el punto de vista pedagógico, lúdico y cultural, como la de poner en marcha, muchas veces con un enorme esfuerzo y siempre con altas dosis de entusiasmo, el complejo proceso de montar una obra dramática, toda una completa «unidad didáctica» en la que se dan cita múltiples aspectos capaces de estimular y cubrir con creces el desarrollo de las más variadas competencias. El simple hecho de poner en marcha un proceso así es encomiable. Pero cuando, además, se culmina con el reconocimiento de un premio, conviene destacarlo. Es lo que ha ocurrido con el montaje de Momias en tránsito, durante los mese de mayo y junio de 2014, a cargo de los alumnos de 6º de Primaria del Instituto español Juan Ramón Jiménez, de Casablanca (Marruecos), bajo la dirección de la profesora y experta en pedagogía musical y dramaturgia Rosario Barrena. Se cuenta aquí.

viernes, 1 de julio de 2011

Luis Alberto de Cuenca, en su reino blanco


Leo de un tirón, quizás como no debiera hacerse pero sin poder evitarlo, El reino blanco (Visor, 2010), el último libro de poemas de Luis Alberto de Cuenca. Reúne noventa composiciones, incluidos “quince haikus asonantados y cinco seguidillas fetichistas”,  escritas en su mayoría durante 2006 y 2009 y agrupadas en diez secciones de perfecta unidad temática. 

El título, como aclara el autor, procede de una obra de Marcel Schwob, en concreto del penúltimo capítulo de Le Livre de Monelle (1894), una historia de amor imposible dibujada por el escritor francés a través de una prosa poética de dicción simbolista. Es un título preciso y sugerente que apunta hacia un espacio secreto y acaso legendario. Puede que aluda a un lugar o experiencia no del todo nombrable —tal vez por de sobra conocido. Pero también hace un guiño, me parece,  a la “poesía de línea clara”: la palabra poética concebida como “fiesta en la que quepan todos”, según reza un poema de este libro,  en una nueva plasmación de la postura estética que LAC, al menos desde el hito de La caja de plata (1985), encabeza como maestro indiscutido dentro de la llamada poesía de la experiencia o, acaso con mayor propiedad, poesía figurativa.

Y ese sigue siendo el santo y seña del poeta: la claridad, un saber decir con tal propiedad, derechura y aparente sencillez que parece que las palabras hubieran nacido para acomodarse como aquí lo hacen, establecer sin violencia vínculos nuevos que a menudo traen a la memoria antiguos parentescos, forjar acuñaciones sentenciosas que en más de una ocasión se diría que están en peligro de ir a despeñarse desde el promontorio de los tópicos, pero que siempre remontan el vuelo. Y no sólo eso sino que tienen la virtud de darle la vuelta al escenario o al clima sugerido para situarnos en un territorio nuevo: en una provincia desconocida del reino blanco.

La poesía de Luis Alberto de Cuenca tiene, entre otras, una virtud muy apreciable: se disfruta a la primera, entra por los ojos, es tan legible que a veces uno tiene la impresión de que ya la conoce o incluso de que lo que está leyendo es justamente lo que esperaba leer. Es una cualidad que puede favorecer la lectura superficial, la impresión de que, puesto que todo está tan claro, en el poema no hay nada más y sus palabras se consumen con nuestra lectura igual que uno se bebe de un trago un vaso de agua fresca. 

Puede que en algún caso sea así —bendita agua—, pero no hay que ser muy perspicaz para darse cuenta de que la mayoría de las veces estos poemas tienen una oculta complejidad, eso que suele denominarse “diferentes niveles de lectura”. Una complejidad  que permite releerlos con atención creciente porque hay aspectos que no se revelan fácilmente y que sólo la lectura pausada, en varias direcciones interpretativas, y a ser posible en voz alta, logra descubrir. No en vano,  «Sueño parisiense», el poema que abre el libro, concluye con lo que podría parecer una consigna barroca para iniciados, mezcla de invitación y desafío: «Sólo entra aquí quien lucha por entrar».


Campos de amor

Los temas son los habituales en la poesía de LAC. Fruto en su mayor parte de una libido sentiendi o mirada sensual a cuya luz se entiende bien la exaltación de la belleza, la placentera evocación de los recuerdos felices y el afán por el gozo del instante, muchos de los poemas de este libro caen de lleno en lo que podríamos denominar poesía amorosa, incluida una pieza como «La maltratada», que apunta a un asunto de trágica actualidad y donde la voz femenina que se lamenta en primera persona por haber sido enterrada en vida y condenada al “vacío, la ausencia, el desamparo”,  aún es capaz de evocar “aquel campo de amor que cultivamos juntos”.

El amor es, vuelve a ser, el gran tema de la poesía de LAC, y como en obras anteriores, es en él donde el autor cifra —junto con la biblioteca y los amigos— los únicos bálsamos capaces de ofrecer consuelo frente a la decadencia, el sufrimiento y la muerte. 

Sueños, retratos, recuerdos, “caprichos”, meditaciones propias del otoño y diversos tipos de homenajes (entre ellos, un tríptico en memoria de Foxá) son, junto con los citados haikus y seguidillas, otros núcleos que abastecen una obra en la que el humor, la ironía, la suave erudición (aunque sus fundamentos tengan hondas raíces) y el buen gusto salen al paso en casi cada página, a veces también con algún texto cuyas circunstancias no parecen superar la mera, pero casi siempre feliz, ocurrencia.

Entre mis poemas favoritos del libro señalaré dos: en primer lugar, «El Cuervo», el poema más largo (él solo ocupa una sección), un logrado homenaje al arte compositivo de Edgar Allan Poe y al ancho mundo de misterio y emoción que la obra del “genio de América” convoca; y en segundo lugar, «En la muerte de Joker», una elegía que no pasará inadvertida a nadie que haya compartido algún momento de su vida con un perro (u otro animal de alegre compañía). Aquí lo copio.


En la muerte de Joker

Ahora sí que te has muerto de veras. Hace años
que escribí tu epitafio, poniéndolo en tu boca,
con un solo objetivo: demorar tu partida,
matarte en mi poema para que no pudieses
morirte de verdad. Pero ese fingimiento, 
neurótico y absurdo, para evitar la pena 
—o, al menos, aliviarla— no ha servido de mucho, 
porque te has muerto, amigo, te has ido para

                                                               [siempre
de este maldito mundo y has cruzado el espejo
rumbo a nada y a nadie. Tu sillón favorito, 
aquel que le quitaste a Inés y acribillaste 
de pelos, está triste sin ti, sin tus babosas
fauces, y tus juguetes se han quedado muy solos.
Y los demás, ¿qué haremos sin ti? Ya no podremos
acariciar tu testa de príncipe perruno,
ni pasear contigo por las calles gastadas
de la ciudad, ni hablarte con alegre ternura.

Perro fiel, distintivo de libertad y asombro
ante la vida, escudo de abnegación a cambio
de una leve caricia, cumbre de lealtades,
 
nos has dejado el alma en carne viva, rota,
con tu muerte, y los ojos arrasados en lágrimas.
Desde el país del sueño eterno donde habitas,
querido
 Joker, suéñanos y espéranos, que pronto
volveremos a estar para siempre contigo,
contigo donde nunca.
  

El poeta Luis Alberto de Cuenca en su casa-biblioteca de Don Ramón de la Cruz. Foto de Antonio Astorga, tomada de aquí.
*  Escribí este comentario hace unos meses, recién aparecido El reino blanco, pero por alguna razón se había quedado en la gaveta de manuscritos de la Posada. Al salir a colación el libro de Marcel Schwob, en un comentario dejado por Virgi en mi última entrada, me he acordado de él y he ido a buscarlo.