[Dados en forma de sextina: primera tirada de las al menos 18 composiciones diferentes que pueden armarse a partir de las 720 posibles combinaciones primarias de las palabras en danza, varios miles si se marcan y diferencian sintácticamente las frases (por ejemplo, puntuándolas) y mucha más (incluso millones), si se someten las palabras a fracciones combinatorias con sentido. Por no mencionar la cantidad derivada de buscar y marcar posibles calambures, anagramas, metástasis, reversibles y otros procedimientos ludoverbales: una obra literalmente infinita...
En esta primera sextina, aparte de respetar el orden clásico de las rimas (ABCDEF – FAEBDC – CFDABE – ECBFAD – DEACFB – BDFECA), he aplicado la convención de que el último verso de cada “dado” recoja la palabras en el mismo orden de las rimas; y que las palabras, en cada estrofa, no repitan posición en la frase. El lector debe rellenar por su cuenta y riesgo los “huecos semánticos” y, a ser posible, mantenerse conectado con su propio centro emisor de mensajes con sentido (y consentidos: vade retro inconsciente) a fin de lograr que el bostezo no asome a sus labios. Ayuda mucha (creo) la lectura rítmica en voz alta. Vale.]
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Contexto o resonancia (que de hecho fue el desencadenante)
Hay palabras que llegan ¿desde dónde? para poner las cosas en su sitio.
Nos asedian con cercos luminosos y no es raro confundirlas, en medio de la noche, con sutiles estrellas de buen agüero o con destellos de ciudades naufragadas.
Hay palabras sensatas que no saben qué es la contradicción ni el contrabando.
Otras tienen el peso de la lluvia: por donde pasan dejan un rastro de tristeza.
Hay palabras de afán aventurero que gustan demorarse al pie del precipicio, acróbatas de un aire cada vez más espeso, quizás porque no quieren saber nada de redes, aunque no ignoren que con frecuencia no hay nadie debajo de las máscaras.
Hay palabras, palabras y palabras.
Muchas son sólo exceso. La mayoría se abstrae para no congelarse. Unas pocas tienen la fortuna de encarnar en cuerpos que respiran: sientes sus dientes blancos cuando tu sangre fluye.
Pero solo son de verdad imprescindibles las palabras que no pueden decirse.