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martes, 21 de julio de 2026

Sobre la Caminata de Creta

Releyendo la Odisea, en la versión rítmica del profesor Pabón para Gredos, caigo en este pasaje del Canto III (284-299), tan pertinente con lo mencionado en la Caminata a la que se refuere esta ilustraciòn de Javier Serrano. Quede constancia.

«Detenido y cediendo en sus prisas, quedó Menelao
por dar tierra al amigo y hacerle los fúnebres dones;
mas, después que, volviendo a partir con las cóncavas naves,
se acercó por las aguas vinosas al pie de Malea
con su abrupto peñón, quiso Zeus de voz poderosa
desgraciarle el camino y, al soplo de vientos aullantes,
levantó por el mar gruesas olas como altas montañas.
Dividida la flota, unas naves vinieron a Creta,
en la costa del pueblo cidón, la que baña el Jardano.
Sale allí contra el mar neblinoso una peña escarpada
y desnuda, al confín de Gortina, tremendo oleaje
lleva el noto a su flanco, del lado de Festo,
y una roca pequeña contiene el furor de las olas.
Allá fueron a dar unos barcos, lograron sus hombres
a la muerte escapar, mas las olas quebraron sus naves
en las rocas y escollos. […]».

viernes, 19 de febrero de 2021

Un paseo por las nubes (La caminata final)

Ilustración: La última caminata.
© Javier Serrano, 2021.

~~Y casi sin querer, pero sobre todo queriendo, el caminante levanta los ojos y se dispone a navegar por un mar de nubes.
I. No están las cosas para andar pensando en las nubes y mucho menos para quedarse a vivir en ellas. Pero no son pocas las tardes en que el mayor consuelo a nuestro alcance es mirar hacia el cielo y sentir que algo ha debido de hacerse bien para que sea posible aún tanta belleza.
II. Día que pasa sin que pasen nubes tal vez no merezca ser llamado día. La frase sea o no cierta —y eso siempre depende del según y cómo— tiene un alto grado de verosimilitud: al menos es una prueba de que hemos mirado al cielo. Y eso ya es mucho.
III. Para el caminante, las nubes son también pensamientos concretos. Su contemplación dispara la conciencia y, a poco que les demos capacidad de interpelación, nos exigen sostener la mirada durante el tiempo suficiente para que nazcan las palabras, aunque no salgamos del silencio. Es el espacio en el que la mirada atenta engendra un gesto y éste a su vez emite una descarga corporal que exige la respuesta casi osmótica, por pura necesidad equilibrante, de un pensamiento. Esa energía mental acaba, de algún modo que no somos capaces de precisar, formando parte de la nube y se mueve con ella a través del cielo.
IIII. A veces, en horas cercanas al crepúsculo, el cielo se puebla de restos de relatos mitológicos que dan pie a las más peregrinas interpretaciones. En una nube, por ejemplo, no es difícil ver el giro del cuello del Cisne bajo cuya apariencia Zeus poseyó a Leda. En otra, nos salta a la vista un buen pedazo de la piel del León de Nemea derrotado y destrozado por Hércules. Un conjunto de nubes agrupadas en un rincón del occidente del cielo sugieren el momento en que Perséfone vuelve su rostro hacia donde no debería y acaba siendo recluida en el reino infernal. Y otras muchos. Sin olvidar el estrépito y la pantanosa oscuridad que acompañó al Cristo al exhalar su último suspiro. Todas estas sugerencias tienen una virtud principal, más allá de la belleza o la piedad que nos transmiten: nos hacen admirar la exactitud y diligencia y gracia con que nuestros antepasados griegos fueran capaces de maquinar tantas hermosas historias —una para casi cada rincón de nuestras almas— con la sola contemplación del firmamento. Y como todo después vino a consumarse en un grito que no se olvida: «Padre, ¿por qué me abandonas?»
V. Lo que más fácil resultar ver en las nubes son los ojos. No sabemos de quién. Ni si nos miran. O si solamente, como los ángeles en Rilke, están ahí, indiferentes. Y por eso —sobre todo por eso— las admiramos.
VI. Suelen ser frecuentes en las nubes las figuraciones de animales. Entre ellas, tengo observado que abundan los dragones, quizás porque estas mismas criaturas están hechas de atmósferas nubosas. Y, de forma muy especial, porque sus bramidos sulfurosos cuadran bien con los desmadejamientos de las masas del cielo. Más curioso aún, en el mundo de las nubes dragones, es su predisposición a los enfrentamientos y los fieros combates. Así, no es extraño descubrir en lo alto, a poco que uno se fije, algún espacio donde rápidamente se perfilan dos criaturas de leyenda enzarzadas en una disputa que, dependiendo del viento o tal vez de las condiciones de humedad, no tardan en lanzarse feroces retos, avances más o menos taimados sobre las partes más delicadas e indefensas del rival, y muy a menudo se enredan en combates que acaban en fusión o incluso en esa confusión nebulosa que precede a la destrucción mutua.
VII. De las nubes podemos aprender tanto que, con toda probabilidad, no vamos a tener tiempo suficiente ni para calibrar el impacto en nuestra vidas ni para agotar los caminos que no cesan de arrastrar hacia ellas como polvo sobre las arenas del desierto o besos de espuma en la cresta del mar. Son, además, el lugar más oportuno y adecuado para dirigir los pasos de nuestras caminatas.
VIII. Y así poner en ellas el fin de nuestras torpes oraciones.

jueves, 1 de octubre de 2020

En romería


Ilustración © Javier Serrano, 2020 


Las caminatas de romería son muy especiales. Durante varios años, cada 15 de agosto, subíamos en familia, a veces también con amigos, las empinadas cuestas de la Cabeza de Meda hasta alcanzar la pequeña y rústica ermita de la Virgen del Monte, a la que toda la comarca de la Ribeira Sacra nogueiresa, del concello de Esgos e incluso de tierras de Aguiar, junto con los montanas gentes de San Mamede, rinden un sencillo y vistoso tributo de folclore y devoción. Desde nuestra aldea de Cerreda el camino es una no muy larga pero sí exigente ascensión, no tanto por el desnivel
—que tambièn es considerable— como por algunos tramos intrincados desprovistos de sombra y, en ocasiones, por el estado cegado de los caminos, en función de la mayor o menor dureza del último invierno. Sin olvidar, por desgracia, lo que el fuego pueda haber desbaratado y confundido en los muy frecuentes incendios estivales. Pese a todo, en mi memoria las subidas más arduas han sido también las más felices y las que recuerdo con mayor afecto y melancolía.
Destaca entre ellas una en la que mi cómplice y yo emprendimos la marcha al frente de una poblada comitiva infantil —no serían más de siete u ocho niños y niñas, pero se diría todo un revolucionado campamento— y en la que me embarqué, además, portando a hombros a mi hija de poco más de un año, de modo que el camino fue un masaje completo de cervicales y toda una demostración de amor paterno. La mayor dificultad de la marcha, no obstante, estribaba en, por así decirlo, “arrear a la ganadería”. Entiéndaseme bien: poner en marcha y conducir un pelotón de disímiles infantes, no todos convencidos de las magias y el encanto del camino y algunos incluso casi literalmente arrancados de las sombras que madres o abuelas en exceso timoratas habían sembrado sobre sus tiernos ánimos —«qué vais a hacer por esos montes, estarán los caminos cortados, lo mismo hay hasta lobos...»—, un empeño así no es nada sencillo de afrontar. Aunque tales vicisitudes suelen tener la ventaja de que hacen pasar a un segundo plano las exigencias físicas de la marcha...
De modo que, casi sin darnos cuenta, como quien dice en un suspiro, hemos superado las dos más exigentes revueltas de herradura, nos hemos parado a contemplar el dibujo, casi como un belén, de todo el valle sobre el que, una vez descorrido el telón matutino de la niebla y con la serpiente de plata del Sil al fondo, parece estar chorreando una luz recién nacida. Y con gran alegría y ojillos al fin confiados, hemos ido a beber a la pícaramente llamada fonte do ollo do cú un agua fresca y transparente. Ya sólo nos falta cruzar junto al “Marco Vello”, el hito o pedrusco casi invisible que marca viejos límites históricos, y por fin aquí estamos, al pie de la pequeña E
rmita, justo en el momento en que suenan las gaitas y el pueblo devoto se apresta a sacar en procesión la imagen —casi poco más que una muñeca grande— de la Virgen.
Lo que viene después es la fiesta, la comida campestre —la estrella es el pulpo á feira con sus ricos cachelos —, los saludos a viejos parientes, amigos y conocidos, las bromas y los recuerdos de una niñez salvaje, los bailes, las rosquillas y melindres, con un traguito o dos de licor café... Y después, claro, el regreso: otra caminata, ahora cuesta abajo, y que, si bien es mucho más llevadera, suele dar pie a curiosas pesquisas sobre el terreno, a probar nuevas rutas y, sobre todo, a seguir encontrando razones para amar un paisaje que por momentos parece poder convertirse en el escenario de todos los sueños.
(Las Caminatas, XX)

Ilustración © Javier Serrano, 2020 

jueves, 10 de septiembre de 2020

La azotea


Ilustración: El paseo nocturno ©️Javier Serrano, 2020.

Siempre que camino en soledad por Eburia, generalmente a horas nocturnas, incluso ya avanzada la madrugada, mis pasos acaban conduciéndome a las bien conocidas calles del Casco Viejo, por rincones llenos de recuerdos y vagas sensaciones, a veces también con ramalazos de cierta viveza, sobre todo ahora que, tras una decadencia aún no conjurada, parece que la zona ha vuelto a recuperar algo de pulso.

El camino habitual me obliga a atravesar, como alma que lleva el diablo y entre un creciente murmullo fantasmal, un viejo paseo que un día estuvo adornado por setos de boj y que durante años fue lugar de reuniones juveniles, hervidero de risas y amoríos e incluso centro de iniciaciones muy diversas. Hay en él un rincón que siempre veo iluminado.
Más adelante, ya entre los muy conocidos edificios, antiguos o modernos, que evidencian las interminables falacias del tiempo y el efecto de sus garras sobre el espíritu enclenque de la urbe, apresuro mis pasos de sonámbulo y casi no vuelvo a tomar conciencia de mí mismo hasta darme cuenta, de repente, de que estoy pasando por debajo de la azotea de lo que fuera el Colegio Cervantes, mi colegio de primaria. Allí fui a clase durante dos o tres cursos, hasta hacer «el ingreso», que era como entonces se llamaba a la prueba que daba acceso al bachillerato. Es un espacio casi almenado, de no mucha altura, sobre todo si se lo compara con la cercana y maciza torre de la Colegial, que casi ni se digna a echarle un vistazo desde su elevación algo mostrenca, tal vez porque su rosetón, un tan hermoso como exagerado ojo de Polifemo, mira hacia otra vertiente.
Como suele ocurrir con los descubrimientos que coinciden con el de las palabras que los nombran, esa azotea es para mí ya “la azotea” por antonomasia. Incluso me atrevería a decir que la única azotea digna de ese nombre, pues los demás espacios que pudieran asemejársele caen más bien dentro de las categorías de “terraza”, “solario”, “mirador” o “terrado”. Ninguna alcanza el grado de identificación entre el nombre y la cosa que logró este lugar, que ahora me parece irreal, cuando don Mariano, el maestro, en uno de aquellos días en que se enfadaba hasta el enrojecimiento, con la varita de palmera en la mano y una salivilla blanquecina asomándole por los bordes de la boca, amenazaba a algún alumno especialmente travieso o torpe:
—Vaquerizo, como vuelva usted a distraerse cotorreando con José Emilio, le voy a recetar media docenita de raciones de este jarabe y se va a estar todo lo que queda de clase de rodillas y con los brazos en cruz en la azotea.
En aquel tiempo, lo de «la letra con sangre entra» tal vez no fuera literal en todo su brutal y goteante significado —siempre hay un grado posible de envilecimiento—, pero sí constituía una parte tolerada de los métodos llamados pedagógicos. Y así era habitual que cada jornada escolar comenzara con la imagen de don Mariano, bajito, de poderosa testa alargada, masticador, muy milhombres, puesto como de puntillas en el estrado sobre el que se alzaba su mesa, blandiendo una muy fina y flexible palmerita de la que a todos nos resultaba imposible apartar los ojos. Se decía que sí te untabas las palmas de la mano con ajo los golpes dolían menos, e incluso que la varita podría quebrarse. Nunca pude comprobarlo.
Ahora, cuando paso entre sombras por debajo de ese espacio, que en aquellos años lo fue de juegos y de bullas, me parece que aún se escucha alguna risa o un llanto, y que desde algún rincón oscuro, allá en la altura, alguien me hace una confidencia que ya he olvidado como si fuera mía.
(Las Caminatas, XIX. 2ª ed.)


viernes, 4 de septiembre de 2020

Subida al Monte Toro


Ilustración: La isla y el tiempo ©️Javier Serrano, 2020.

De la isla de Menorca no puede decirse, como afirmé una vez de Formentera, que quepa en la palma de la mano. Pero es también un territorio que se presta a las caminatas placenteras y el escudriñamiento, con lugares que unen a la belleza del paisaje y la gracia de las obras singulares del mar un gran interés arqueológico. Se basa este sobre todo en los muchos monumentos megalíticos —taulas, talayots, navetas...— que se desperdigan por diversos enclaves. Las pétreas construcciones prehistóricas le confieren a la isla ventosa un poso de antigua y trascendente seriedad, bien mezclado con el indudable aire moderno y la elegante ruralidad de un territorio que ha conocido hasta tiempos recientes el paso de muy diversos pueblos, lenguas y costumbres. Y cuya presencia es visible aquí o allá como rostros del tiempo en el paisaje.
De las diversas travesías pedestres que hice por la isla durante las semanas veraniegas de mi juventud que estuve en ella, no se me borra de la memoria —ni tampoco a gentes muy cercanas— la subida al Monte Toro, la única elevación montana de Menorca. Aunque sus parcos 357 metros de altura evitan toda tentación de convertir el ascenso en una gesta alpina, hay que subrayar que la caminata se hizo bajo la plena canícula del ferragosto, quizás con alguna mochila no precisamente ligera a la espalda y, lo que es peor, sin la provisión suficiente de agua. Esto último, además de por el atolondramiento o la falta de cálculos propios de la edad, sin duda estuvo motivado por la aparente sencillez de la ascensión.
—Es sólo un paseo, en menos de diez minutos estamos arriba —recuerdo haber dicho, no sin convicción, pero sobre todo para dar ánimos a mis compañeras de aventura.
Pero aquello se demoró por bastante más tiempo. Tras una revuelta que parecía definitiva, la carretera —asfalto al rojo— volvía a enmarañarse y giraba en cuestas cada vez más pronunciadas, mientras el sol parecía complacerse en brillar, espléndido y a plomo, sólo para nosotros. Cuando consumimos la última gota de agua, a punto estuvo alguien de negarse a dar un paso más allá, a menos que apareciera una fuente.
—Tras esa curva hay una, el mapa lo dice —mentí varias veces.
Por fin compareció el agua, pero fue ya al llegar a la cima, que alcanzamos casi por sorpresa. Tras la última vuelta del camino, nos dimos de bruces con el potente santuario de la patrona de la isla y la vasta planicie de aspecto circular, que ponía a nuestro alcance vistas verdaderamente sanadoras de todos los esfuerzos, incluido el temido desfallecimiento por deshidratación. Además, frente a la entrada principal del templo, el blanquísimo, casi trasparente, brocal de un pozo nos pareció el monumento más hermoso del mundo.
Tras reponer fuerzas, nos informamos con detalle de la historia y leyendas del lugar. En estas últimas, según recuerdo vagamente —y Google me detalla ahora—, se reiteran con acento propio tópicos de descubrimientos y apariciones de la Virgen, siempre bajo la fascinación de ese verdadero milagro que es la luz. No sé si logramos averiguar entonces el porqué del nombre de Monte Toro, sobre el que existen versiones varias, ligadas casi todas a antiguos mitos táuricos más o menos cristianizados o inventados por la piedad popular. La etimología, a menudo no menos fantástica, pero siempre más creíble, recurre a la expresión árabe “al-Tor”, que equivaldría a “lo Elevado”, “la Altura”, como origen plausible del topónimo. En mi particular acerbo, añadí una explicación no menos sostenible: el Monte Toro viene a llamarse así porque en él son los bueyes del carro solar los que, a poco que te descuides, pueden embestirte con furia inusitada y con no menor inquina (¿menorquina?) que los toros cretenses. Son, al fin y al cabo, las fulguraciones asociadas a ideas extravagantes y pequeñas locuras las únicas que alcanzan verdadero significado en nuestra mente cuando la memoria las recupera envueltas en el aura legendaria de los prodigiosos años de nuestra juventud.
(Las Caminatas, XVIII)




domingo, 23 de agosto de 2020

Junto al mismo mar de Roma




«El peso de la arena del tiempo» ©️ Javier Serrano, 2020.
La cercanía del mar es siempre un argumento fuerte. A menudo no es necesario nada más: inspiración, respiración, agua, sal y luz. Y dejarse mecer por la corriente. Pero aquella vez, cerca de las ruinas gaditanas de Bolonia (Baelo Claudia), se produjo un curioso combate —lid más bien— entre la naturaleza y la historia.
El objetivo de la excursión de aquel día, desde Vejer, era visitar el yacimiento de la antigua ciudad romana y después seguir hacia Tarifa y otros puntos del Campo de Gibraltar, con el vago propósito de sondear —por así decir— los vientos de la historia y evocar viejas lecturas de reivindicaciones y romances. Y así lo hicimos, pero con el pequeño despiste de no comprobar las condiciones de visita, de modo que al llegar al sitio nos encontramos con la sorpresa de que era el día de cierre —tal vez un lunes— y nos tuvimos que conformar con admirar desde fuera el perfil de las hermosas columnas y los restos bien visibles desde varios montículos. Mientras bordeábamos, a modo de tenaces agrimensores, el perímetro del yacimiento, en irregulares paradas leíamos, no sin cierta retranca, las precisas descripciones de la muy documentada guía que viajaba con nosotros. Fue una curiosa visita virtual in situ.
Menos mal que aquel descuido propició la ocasión de que dispusiéramos de más tiempo para explorar la cercana duna y la playa limítrofe, en un paseo largo y exigente, con la luz y la arena como protagonistas, y siempre a vista de las aguas: un mar cuyo color podía ir desde el azul crudo o lavado (¡claro!) hasta el tópico topacio intenso, con una amplísima gama intermedia capaz de enriquecer o hacer enmudecer la más exigente paleta del más original pintor. No sé si me explico.
A lo que más se parece caminar sobre la arena de una duna es a la travesía por una montaña con nieve recién puesta, aunque haya entre ambas experiencias diferencias meteorológicas obvias, pero tal vez también una prueba más de la extraordinaria cercanía sensorial en que a menudo se complace recrearse nuestro cerebro cuando se le tensan las neuronas. No sin esfuerzo subimos duna arriba hasta coronar sus en apariencia parcos 30 metros, medida del todo engañosa cuando hay que luchar contra un suelo que, literalmente, se remueve bajo tus pies. Nunca pensara que las arenas movedizas lo fueran tanto. Sólo otro vez, en la entrada del Sáhara por el sur de Túnez, en las cercanías de la ciudad de Naftah, he experimentado sensación semejante. Pero la lucha contra la gravedad inestable mereció la pena: a nuestros pies, el proverbial “abrazo cóncavo” de la playa era una vastísima planicie blanca que parecía a punto de fundirse con las apenas delineadas señales en morse del horizonte, uno de esos efectos de fusión sensitiva que lo dejan a uno anonadado.
No sé si entonces lo pensé, pero ahora al recordarlo —y obligado a suplir los huecos que a veces dejan entre sí las proteínas de los neurotransmisores—, se me viene a la cabeza la prodigiosa frase de Eduardo Galeano y, con ojos tan abiertos como me permite el incesante chorro de luz, le estoy pidiendo a quien está a mi lado: «¡Ayúdame a mirar!».
(Las Caminatas, XVII)

viernes, 7 de agosto de 2020

Caballos en la arena

«Sueños de arena» ©️ by Javier Serrano, 2020.

En uno de los dos o tres veranos más o menos jipis de mi juventud me fui con mi novia de entonces en autoestop a Ibiza. Hacer dedo era una forma habitual de viajar, y lo que hicimos fue salir una tarde (ya bien tarde) de la calle Zurita de Madrid, mochilas y sacos de dormir a la espalda, y tras coger el metro, enfilamos la carretera de Valencia rumbo a la costa.
Recuerdo que la primera noche dormimos en los pórticos de las escuelas de Motilla del Palancar, por recomendación de alguien. Y al día siguiente, a eso de las tres de la tarde, estábamos en el puerto de El Saler para tomar, hacia la medianoche, el barco de la compañía Transmediterránea que en unas ocho horas nos llevaría a nuestro destino. Hicimos la travesía en las muy económicas sillas-toldillas y, con los cuerpos molidos pero animados por el amor a la aventura, al amor mismo y en pos de las promesas ibicencas, llegamos a la entonces mítica isla muy de mañana.
Teníamos el contacto de unos conocidos, pero por motivos que no recuerdo bien no logramos dar con ellos y, tras pasar el día vagabundeando por la ciudad alta y las callejuelas cercanas al castillo, decidimos quedarnos a dormir en la playa, cerca de la instalaciones de un lujoso hotel cuya piscina y duchas utilizaríamos, sin grandes contratiempos y con gran frescura, a la mañana siguiente para nuestras abluciones.
Aquel fue un verano de cierto atrevimiento, incluso de locuras, aunque casi siempre bajo control, y durante él ocurrieron sucesos que ahora ni yo mismo me creería, de modo que será mejor pasarlos por alto y dejarlo todo fijado en una imagen: la del amanecer dentro de un saco de dormir doble junto al mar, con la cara cubierta de arena, los ojos borrosos, y el asombro compartido de ver galopando por la playa, hacia la salida del sol, dos magníficos caballos con sus respectivos jinetes, tal vez también una pareja, que al alejarse levantaban al paso de las olas un vuelo de espuma, mientras sus siluetas, altas, ágiles, fantásticas, se recortaban con gran nitidez sobre la bruma del fondo. Pocas veces he tenido un despertar más impactante..., seguido de un no menos poderoso sobresalto: por la bien visible trayectoria de las huellas de los animales, no tardamos en advertir que sus patas habían pasado a menos de un metro de nuestras cabezas y que el amanecer podría haber sido un tanto, digamos, traumático.
¡Cabecitas locas! Debía de correr el año de gracia de 1976 o 1977. Nunca he podido precisar de qué playa se trataba. Probable es que fuera la de Figueretas o D’en Bossa. Aunque la lógica del relato apunte claramente hacia Es Cavallets.
(Las Caminatas, XV - 2ª edición)



domingo, 2 de agosto de 2020

Cobá y las ruinas del tiempo



«Los viejos dioses perdidos en el bosque» 
Ilustración ©️ Javier Serrano, 2020.

El camino de Cancún a Cobá no es para andado, aunque todo en esta vida viene a ser según y cómo, y algunos se han ido hasta Comala, que está más allá del más allá, para ver si encontraban a un pariente. Aquella vez estábamos de vacaciones en el Caribe mexicano y seducidos por las muchas bellezas de la península del Yucatán, cuando alguien nos habló de la antigua ciudad maya de Cobá, emplazada a sólo un par de horas en auto de nuestro hotel en Cancún. No lo pensamos mucho y, junto con otra pareja de turistas españoles, decidimos contratar un taxi para que nos llevara hasta las puertas del yacimiento.

El viaje transcurrió por carreteras principales y atajos laberínticos, y fue pródigo en palabras y complicidades. A menudo no es difícil encontrarle al mexicano la vena sentimental de la «madre patria», aunque incluso bajo esa fascinación, a poco que se presente la oportunidad, no dejen de recordarle a uno que, como dijo alguien, «aquello allá será lo mejor del mundo, pero las muestras que acá nos remiten son bien chingadas». Pero no hubo caso. Zacarías se portó de maravilla y fue un perfecto anfitrión.
Y de Cobá, ¿que decir? No voy a convertir mi relato en una guía de viaje, de modo que lo dejaré todo cifrado en poco más que el nombre y una visión. El primero ya está dicho, si bien convendría precisar que las ruinas de lo que fuera una importante urbe maya se encuentran en el estado de Quintana Roo. Hacia la segunda nos llevó el sendero de poco más de dos kilómetros que recorrimos desde la entrada del yacimiento hasta los diversos puntos donde se alzan los principales restos monumentales: sendos templos piramidales, numerosas estelas, altares y la estructura bien visible del Juego de Pelota.
Eran años en los que aún era posible ascender por las irregulares escaleras de las ruinas, y así lo hicimos en el caso de la llamada Pirámide de la Iglesia, una especie de mastaba de fuerte pendiente por la que trepamos hasta alcanzar la plataforma superior. Desde ella se imponía la extendida visión de las restos emergentes de diferentes construcciones de la antigua ciudad completamente devorados por la selva. He recordado a menudo esa interminable planicie verde punteada de puntos grisáceos, en especial durante los años, hasta diciembre de 2012, en que tanto se habló de la profecía maya del fin del mundo. Aquella superstición arrancaba de una estela encontrada en estas ruinas y, aunque es evidente que no se ha cumplido, tal vez haya algo que se nos escapa en los cómputos del tiempo. Y más cuando corren días en los que no es fácil estar seguro de casi nada, ni siquiera de en qué dirección se mueve la corriente general de la vida y, mucho menos, en qué sentido giran las manecillas del reloj.
(Las Caminatas, XIV)


martes, 21 de julio de 2020

Secretos de Creta

«El Minotauro saliendo de las aguas bajo el sol de Festos»
©️Javier Serrano, 2020
A la playa de Matala (o Mátala, según otras transcripciones), en el centro sur de la isla de Creta, llegamos tras una mañana intensa y solitaria entre las ruinas del palacio de Festos. En días precedentes habíamos empleado algunas horas en la búsqueda, finalmente fallida, del laberinto de Gortys, en la región donde se supone que reinó Minos y donde Teseo se agarró como pudo al hilo de Ariadna, lo que finalmente no le evitaría tener que convertirse en tal vez el primer diestro con nombre propio de la historia.

También teníamos aún muy vivas las impresiones de la gran y empinada caminata hacia la cueva donde nació Zeus (Dikteon Andron), tanto en nuestros sentidos como, muy particularmente, en nuestras piernas. Había sido aquella una ruta asombrosa, con un guía nativo de ya cierta edad que, a lomos de una mula, nos indicaba el sendero y a cada poco profería incomprensibles gritos, casi alaridos, tal vez sólo de ánimo, aunque en las dificultades del ascenso nos sonaban como jaculatorias de un viejo ritual. No cesaron hasta que nos dejó a la entrada de una cueva de medianas proporciones, con sus estalactitas y su estalagmitas, y sin ninguna huella reconocible, más allá de esas formaciones cristalinas, de la divinidad.
Posiblemente intercambiamos estas o parecidas impresiones al alcanzar las arenas de Matala, tras la cual se extendía el mar en todo su pelágico esplendor. Tras un rápido baño, subimos a las cavernas habitables del farallón, de las que ya teníamos alguna noticia, y leímos las historias del naufragio del rey Menelao, mientras comprobábamos que, en efecto, allí estaban las huellas de las comunas hippies de los años sesenta —Dylan y Joan Báez, entre ellos— e incluso descubrimos algún grafiti adornado con flores de sal. Al atardecer, también nos pareció ver a Minos, fundido con su toro —tal vez lo estuvo siempre—, saliendo de las aguas. Puede que sólo fuera un turista de testa poderosa. Es bien sabido que el sol poniente vuelve confusos los cuerpos y las formas.
De allí, o de las tiendas de Heraklion, nos trajimos, entre otros recuerdos, la estatuilla de las diosa de las serpientes y la medalla del disco de Festos que desde entonces cuelga de mi cuello. Ahora dicen que el disco, aún indescifrado, probablemente sea una falsificación. Pero, a estas alturas, ¿hay algo que esté libre de una sospecha así? Las cosas nunca son lo que parecen. Nosotros puede que tampoco.

(Las Caminatas, XIII)

miércoles, 1 de julio de 2020

En el Museo

La imagen puede contener: exterior

Ilustración ©️Javier Serrano, 2020.


A veces me echo andar en compañía por la ciudad repleta de señuelos. Madrid es una suma escandalosa de afanes y rumores bajo el cielo más hermoso del mundo. Y están también —claro— sus museos: promesas de un viaje interminable que casi siempre emprendo de la mano de algún alma gemela..., o eso creo: pues es sabido que a menudo vivimos —todos: también tú, hipócrita lector— al socaire de más o menos nobles ilusiones. Estas caminatas, que me llevan hacia puntos diversos de la villa, son episodios naturales de una crónica en marcha y tienen la virtud de conducirme hacia territorios y experiencias donde siento que aún puedo aprender a mirar: esa lección que no se acaba nunca.

Recuerdo bien las tantas veces que he traspasado los tornos del Museo del Prado («yo tenía quizá, la vez primera, pájaros de barro en los ojos») y en especial aquellas en que, gratis et amore —como suele ser lo mejor de la vida—, he podido compartir la visión y matizarla con comentarios nacidos desde dentro mismo del arte de pintar. Un privilegio. Como lo fue aquella ocasión —¿recuerdas, Javier?— en que subimos las amplias escaleras de la Casa de la Moneda para pasar unas horas, solitarios, deambulando por sus salas, seducidos por la gracia y el empeño y los juegos de manos de un pintor de ángeles, que además fue tu amigo... O, en fin, las incitaciones espontáneas, incluso intempestivas, para adentrarnos por el amplio zaguán de la calle Castelló hacia trozos de historia sensible colgados en paredes y en torno a los que siempre es fácil —incluso hasta la reconvención— enfilar un rosario de impresiones como cerezas que van saliendo una tras otra, cosecha inevitable, de la cesta del gozo, la ocurrencia, el entusiasmo, la mirada perpleja y la emoción. En suma: los privilegios de la vista.

En realidad, el mejor museo de Madrid son sus calles, tan llenas de museos, y de piezas, obras y personas dignas de figurar en el mejor museo: el que cada día se inventa la amistad.

jueves, 25 de junio de 2020

Interiores

La imagen puede contener: una persona
Ilustración ©️Javier Serrano, 2020
Hay en mi memoria un camino que une las entrañas aéreas de un cubo de granito, el laberinto ocre de una mina romana a cielo abierto y el pasadizo angosto y declinante de una tumba inmortal. Por dentro, en mitad de la noche, me demoro en la ensoñación de esos lugares cuyo tacto aún perdura, mientras en el papel y en la pantalla sólo soy capaz de agrupar unas pocas pistas alrededor de tres nombres invencibles: el Escorial, las Médulas, Dahshur.

1. Escorial


Media docena de veces recorrí, por los tejados del monasterio escurialense, el camino que arrancaba de la Torre de Mediodía y, tras avanzar sobre el alero del Patio de los Evangelistas, escalaba un sendero breve de pizarras hasta adentrarse en el Cimborrio por una abertura de paso algo angosto, pero practicable.
Una vez aclimatados los ojos a la penumbra, la ruta proseguía, ya holgadamente, con el completo recorrido del perímetro de la basílica a través de las muy amplias cornisas superiores. Había una obligatoria parada justo tras la obra excelsa del retablo mayor en la que se ponía de relieve el trampantojo de los tamaños bien distintos de las imágenes del último cuerpo. La alucinada travesía se prolongaba luego hasta alcanzar la parte interior de la fachada del Patio de Reyes. Allí un ventanuco cerrado por una celosía verde permitía calibrar a ojo desnudo la dimensión de las figuras bíblicas y la verdad del dicho: «Seis reyes y un santo salieron de este canto y aún sobró para otro tanto».
El retorno de aquella excursión, en la que casi siempre hice de cicerone, solía discurrir entre parabienes y agradecimientos. Pero recuerdo de modo especial la ocasión aquella en que tuve por compañía a un poeta, hoy por completo y acaso injustamente olvidado, y que, al concluir la caminata y tratando de recobrar el resuello, me miró con inmensa ternura y me dijo: «Voy a soñar con esto mientras viva». Sabrás que a mí, querido amigo Rafael Duyos, después de tanto tiempo, aún me pasa.


La imagen puede contener: una o varias personas
Ilustración ©️Javier Serrano, 2020

2. Médulas

En la médula del recuerdo brilla con luz propia el rojo intenso de la Mina Romana a cielo abierto que aún puede visitarse en las Tierras Bercianas. Es un lienzo de paisaje humanizado que mantiene intacta la sugerencia de una vieja industria. Y un raro ensamblaje de historia y naturaleza tan bien conseguido, que por sí solo supone una página elocuente de la crónica humana.

El día en que accedimos al lugar desde la Aldea tuvimos la inmensa suerte de poder comprobar en soledad los trabajo de la Ruina montium»: los efectos del agua embalsada al despeñarse desde gran altura por una red de canales y galerías. Y hasta nos atrevimos a penetrar en la angostura de La Cuevona (¿o sería la Encantada?) y allí, tras cruzar reptando un breve pero interminable pasadizo, accedimos a un mirador que nos llenó los ojos de ocres increíbles y las ropas de un pegajoso polvillo ladrillar.

«Un paisaje cobrizo», dijo una voz a nuestro lado. Era un paisano de edad indefinible, vivaz y enjuto, cubierto con un sombrero de paja cruda y vestido con una especie de guardapolvos o sabitelo que insinuaba, pese a la innegable nobleza del rostro y el porte, cierto aspecto forajido, tal vez de buscador de oro de película. No recuerdo lo que hablamos con él, si es que algo hablamos, pero tengo la sensación de que si ahora mismo volviéramos al lugar allí estaría. Y entre sus mano brillaría aún, como entonces, un pequeño disco de oro.

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Ilustración ©️Javier Serrano, 2020

3. Dahshur


La pirámide roja de Dahshur está muy cerca de El Cairo. Llegamos a ella de buena mañana y, tras ascender la empinada escalera que conduce a la boca de acceso, nos adentramos en su interior descendiendo a través de un rampa angosta cuyo suelo estaba jalonado por travesaños de metal a modo de peldaños. La altura, aunque por lo común permitía avanzar agachados, en algunos tramos exigía hacerlo casi en cuclillas y eran esos los momentos en que, además de recibir algún rasponazo inesperado, se cernía sobre nuestras cabezas y nuestras almas el profundo misterio de lo que la muerte pudo significar para el antiguo pueblo egipcio, y cuál no sería su indescifrable valoración para levantar a su amparo semejantes y del todo incomprensibles estructuras.

Aquel descenso ad inferos culminaba en una sala cuadrada de no más de cinco metros de lado donde ya era posible estar completamente erguidos y en la que, por encima de cualquier otro pensamiento, meditación, sospecha, lucidez o pesadumbre, se imponía un penetrante y agrio olor a desinfectante, como resumen acaso último de que por mucho que le hagamos altares, alardes, libros, cuadros, ritos y todo tipo de cucamonas a la muerte, la verdad del todo inexcusable es que no conseguimos librarnos de ella.
Recuerdo —extrañamente, pero es así —que, antes de iniciar el regreso hacia la luz desde el corazón de aquel laberinto, lo que se me vino a la mente fue la ocurrencia de que John Huston tenía razón: un sencillo e incluso ingenuo paseo entre el amor y la muerte, eso es la vida.
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viernes, 12 de junio de 2020

El Obelisco

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Ilustración ©️Javier Serrano, 2001
(También conocido como «El caminante inmóvil»)
Por más que fuerzo la memoria no consigo saber por qué camino llegué al interior del Obelisco, que sin duda estaba ya en la famosa película de Kubrick, en forma de monolito que le descubría a nuestro antepasado simio la perfección de la línea recta y el placer de acariciar un filo.
Y también en la cantera aquella de Egipto, no muy lejos de la ciudad líquida de Asuán, de donde al parecer salieron los más historiados y famosos de las plazas del mundo, además del obelisco inacabado, que allí se mantiene, caído y quebrado, como un ejemplar único en su especie, aunque de hecho nunca haya tenido esa condición.
Sé que han sido varios los caminos recorridos y muchos los paisajes soñados antes de poder reconocerme en este estado de alerta interior, concentrado frente a la abertura que me permite contemplar el mundo, más ensimismado que verdaderamente solitario, atento a cualquier movimiento que venga del exterior —o de mi propio corazón— y, sobre todo, dispuesto a despegar tan pronto como la cuenta atrás finalice.
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viernes, 5 de junio de 2020

É la nave va

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Ilustración: ©️Javier Serrano, 2020
Una ráfaga de tiempo dio la vuelta al paraguas y lo transformó en una barca, acogedora y ágil, para afrontar las mareas de la vida. ¡Hay que ver el poder simbólico y real de algunos objetos cotidianos! ¡Quién no tiene, incluso sin ser galaico, al menos un paraguas en su vida?
El mío más persistente me acompaña desde aquellos días pasados en el pueblecito italiano de Arco, en la provincia del Trentino-Alto Adige, muy cerca del lago de Garda, tal vez en el verano de 1996. Una mañana, visitando Trento, al pie del Castillo de Buonconsiglio y la singular Torre Áquila (¿no conocen aún sus prodigiosas pinturas murales de los meses?), nos sorprendió un temporal, si no bíblico sí tridentino, y hubo que buscar en las muy tradicionales y recoletas tiendas de la histórica ciudad un “ombrello” capaz de protegernos. Como éramos cinco, optamos por un ejemplar amplio y fuerte que, en todo su esplendor y sin dejar de ser serio y elegante, propiciaba un abrazo casi de sombrilla playera.
Hubo, además de ese primer paseo, otros muchos en aquel verano lluvioso y feliz, incluida más de una caminata junto al gran lago, entre las velas de pequeñas embarcaciones cabeceantes, algún yate poderoso y numerosas sorpresas escondidas en lugares como Limone, Malcesine —con el castillo que fascinó a Goethe—, Peschiera o la propia Riva di Garda. Y sin olvidar las altas caminatas por el Monte Baldo ni la inquietante sugerencia de Salò... Desde entonces, ese gran paraguas, al que recientemente bautizamos como El Abuelo, viaja siempre con nosotros en el coche y, en cierto modo —ahora lo veo claro—, se ha transformado en un vehículo mágico y protector en nuestro camino a través del tiempo.

martes, 2 de junio de 2020

El paraguas

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Ilustración ©️Javier Serrano, 2020.
Entonces aún no lo sabía, pero ahora no tengo ninguna duda. Aquella tarde lluviosa, en la ciudad de la piedra dorada, mientras caminaba hacia la Alamedilla desde el rocoso internado de la Avenida de Valladolid, lo que me salió al paso en forma de paraguas fue un rincón del paraíso.
Como en la canción, ella caminaba por mitad de la calle, bella y ajena, y yo tuve la impensada osadía de invitarla a guarecerse. Su mirada fue tan dulce y expresiva, tal vez tan misericordiosa, que estuvo durante años acariciándome el corazón y algún desvelo. En aquel momento, además, me sirvió para vencer los temores ancestrales y la mucha timidez. Aún me conmueve recordar que, haciendo uso de una frase que en realidad no aprendería hasta mucho más tarde, me puse a su lado y le dije:
—No soy poeta, pero tengo un paraguas.
Después caminamos, juntos, un buen trecho bajo una lluvia tópica e interminable.
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miércoles, 27 de mayo de 2020

La soledad

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Ilustración ©️Javier Serrano, 2020
Si queréis saber de verdad qué es realmente estar solo podéis echaros a andar junto un muchacho de 19 o 20 años que avanza, a pleno sol o cuando ya ha empezado a caer la noche, por las calles de una ciudad activa y bulliciosa, incluso frenética y brutal. Y aunque ese joven habla con todo el mundo y a todo el mundo saluda, siente que nadie le ve y que él tampoco ve a nadie.

En aquella época borrosa de hace más o menos medio siglo, los lugares por los que transitaba mi vida eran sólo un decorado de cartón piedra casi inerte, sin más significado que su presencia muda y teatral. En ocasiones pienso que entonces yo vivía dentro de un sueño por el que daba vueltas circulares como un ratoncillo dentro de su jaula: desde el Jardín a la Plaza, desde el Río hasta la Ermita, desde el Bosque de Álamos ya enfermos hasta la Estación del Tren.

Tales eran, por entonces, mis tristes y repetidas rutas de cobaya. Y hay mañanas, al despertar, mientras me dirijo desde la cama al cuarto de baño, que aún me asalta la duda de si de verdad he conseguido salir de esa clausura.
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jueves, 21 de mayo de 2020

Luar

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Ilustración: ©️ Javier Serrano, 2020.
De todos los paseos de mi vida —que, como podéis suponer, a estas alturas de la obra ya han sido muchos—, ninguno se puede comparar al de aquella noche de un remoto verano de mi adolescencia aún no clausurada, cuando volvía de una romería campestre, bajo la luz de la luna, por senderos boscosos y en compañía no humana...Y no puedo contar más. De lo contrario, faltaría a mi promesa y se quebraría el hechizo con que desde entonces viven en mi memoria —y en mi cuerpo— esas horas inmortales.
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sábado, 16 de mayo de 2020

La mano del ángel

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Ilustración: ©️Javier Serrano, 2020
Entre el mercado de la muy popular plaza del Fontán, en Vetusta, y la antigua parada de autobuses para Lugones, al final de la calle Bermúdez de Castro y ya cerca de Campo de los Reyes, debe de haber un trayecto de al menos 2 kilómetros. Los recorro ahora a lomos de Google Map y busco los surcos de su resonancia en mi disco duro del año 62 o 63, cuando el niño que yo era acaba de romper por descuido una botella de agua al ir a llenarla en la fuente del mercado. Y por miedo, vergüenza, apuro, timidez, cobardía, o tal vez y más probablemente, por pura inocencia culpable —esa cruz—, ese rapaz o “guaje” es incapaz de regresar al puesto de venta de su tío el Buhonero, donde se encarga de ayudar en los recados y se alegra cuando le dejan despachar a algún cliente. De modo que, sin apenas pensarlo, como el que pone pies en polvorosa (una frase de cuyo significado ni entonces ni ahora he estado muy seguro), ha emprendido el azaroso regreso a casa, en la citada Bermúdez de Castro, sin decir nada nadie y preso en todo momento de una pura turbación. El ojo cenital de Google permite hoy recorrer palmo palmo casi cualquier camino y sería fácil ir desmenuzando este y aquel rincón y sacarle brillo a cada hilo del ovillo de la memoria, pero se imponen la brevedad de los días huidizos, la lógica imperante del fragmento y el escollo de la escasa atención sostenida. Así que acabaré diciendo que, dada mi parca capacidad de orientación, me sigue resultando inexplicable cómo pude haber recorrido ese camino sin perderme y, por lo que recuerdo, sin una sola duda en las bifurcaciones. Tal vez lo del ángel de la guarda no sea sólo un cuento de madres angustiadas ni ese a veces turbador y algo empañado espejo de nuestra conciencia.
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domingo, 10 de mayo de 2020

El camino del sol

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Ilustración ©️Javier Serrano, 1920
Cuando era niño creía que mi casa era un castillo. Y cada día salía por su puerta más pequeña para emprender el camino hacia el colegio. Iba por un calle casi siempre en sombra —pese a su nombre—, llena de nobles edificios blasonados y de viejas casonas con amplios portalones que dejaban entrever frescos zaguanes.
El colegio era otro edificio palaciego (palos de ciego) con hermosas columnas de granito flanqueando las dos puertas de entrada sobre las que eran muy visibles sendas aldabas con forma de toro. Al lado, con porte casi catedralicio, alzaba su torre barroca la iglesia mayor de Santa María, a la que todo el mundo ha llamado siempre “La Colegial”, aunque son ya muy pocos los que recuerdan que sus clérigos fueron la causa de unas páginas muy brillantes de nuestra literatura y menos aún los que son conscientes de que en un sencillo nicho de su claustro están las mondas óseas —quizá ya sólo polvo— de un espíritu lúcido y zumbón.

Esta mole eclesial abre su gran ojo de cíclope —un rosetón de filigranas mudéjares— hacia la que llaman por imbatible nombre Plaza del Pan, lugar de viejos juegos, de muchos hechos, de no pocas imaginaciones, y acaso el sitio hacia el que más veces me veo volver en sueños, a menudo, y de forma extraña, montado a horcajadas sobre el breve pero acogedor lomo de un asno.
Y es que en el sueño pasa como en la vida o en la escritura: a menudo uno se echar andar por el mero placer de hacerlo y nunca sabe bien qué rumbo van a tomar sus pasos.
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