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lunes, 4 de diciembre de 2017

Sánchez Ferlosio, 90 años


Rafael Sánchez Ferlosio, lector infatigable. ©Alfredo J Ramos, 2016.
Hoy cumple 90 años el escritor Rafael Sánchez Ferlosio. He dicho alguna vez, y me reafirmo, que me parece el más digno candidato en todo el ámbito de la cultura hispana para recibir una distinción de la máxima categoría, por ejemplo, el Premio Nobel de Literatura. Aunque probablemente, como a Borges o a varios otros autores indiscutibles, nunca se lo den. Sea como fuere, su obra está ahí como uno de los grandes hitos de nuestra lengua, un acicate permanente para la inteligencia, el disfrute de los meandros del idioma, que él domina como nadie, y el puro placer lector.
La foto que publico (no sin alguna reserva) la tomé mientras ambos esperábamos, en compañía de otros vecinos, en una consulta de un centro sanitario del barrio de Prosperidad. Recuerdo que el doctor que nos atendería a los dos desconocía de quién se trataba y se mostró entre alertado y perplejo cuando se lo comenté. En una consulta posterior me agradeció que le hubiera puesto al corriente.
Don Rafael llegó apoyado en su bastón, jadeando un poco y con gesto un tanto ensimismado, aunque también de lejano mirar. Venía cargado de periódicos, que portaba en una bolsa, y con su lupa en ristre, entretuvo la espera escudriñando las noticias del día. Ya ha hablado él muchas veces de su condición de devorador de prensa. De vez en cuando levantaba la vista y permanecía unos segundos como absorto, aunque no tardaba en volver a sus papeles bajo la atenta mirada, como se ve, no sólo de quien se atrevió a robarle esta foto. Fue el 23 de septiembre del año pasado (2016). Nunca la he mostrado públicamente (de hecho, tengo algunas más). Me parece que la ocasión disculpa la osadía.
Coincidí con él también a la salida y me atreví a abordarle, como he hecho algunas otras veces, al encontrármelo por el barrio, y pude intercambiar con él unas pocas palabras. No siempre es fácil. Aunque siempre es amable. Recuerdo que le comenté alguna curiosidad en relación con lo que por fechas aún no lejanas había sido su debut en el ritual de firma de libros en la feria del Retiro (¡a sus 88 años y con su currículo!). Y recuerdo que le hizo gracia saber que se había batido en «un combate de colas» con Wismichu, El Rubius y otros famosos “youtubers”. Palabra esta última por cuyo significado me preguntó, aunque enseguida se hizo cargo de qué iba la cosa. Sonrió abiertamente cuando le dije que aquel había sido «todo un duelo en la Alta Feria» y que él no había salido derrotado. 
Guardo estas pequeñas anécdotas como un privilegio. Y es que, con Nobel o sin él, es un verdadero honor tener a Sánchez Ferlosio como vecino, sin duda el más egregio de La Prospe. Y todo una alegría y una suerte poder verlo caminar por la calle, sentado en la plaza del Mercado, hojeando libros en El Buscón o curioseando entre las atiborradas estanterías de La Nueva Ruta de la Seda, la tienda de chinos fronteriza con el bar El Universo donde a veces se reúne en tertulia con sus amigos. Y es, sobre todo, una permanente promesa de disfrute poder seguir leyéndolo. Felicidades.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Vecinos


La concesión del Premio Nacional de las Letras a Rafael Sánchez Ferlosio se mezcla en las ventanas de la Red, y en el papel impreso, con la muerte de Amparitxu Gastón, la viuda de Gabriel Celaya. Ambos tres (como diría mi amigo Pablo) compartían al menos una condición: la de ser vecinos de La Prospe, el barrio de Madrid que más me asombra y en el que vivo desde hace unos añitos.
Don Rafael, ya transformado en todo un clásico (quizás a su pesar), todavía sigue paseando elegante, ensimismado y contemplativo por sus calles, con el bullicio mestizo de López de Hoyos como principal vía de multitudes por donde aún es posible alcanzar cierto aprendizaje cervantino, aunque más escorado hacia las preocupaciones de Rinconete que concernido por las inquietudes del ingenioso hidalgo. No es difícil verlo, a don Rafael, hacia mediodía o en las primeras horas de la tarde, curioseando en las tiendas de los chinos (en lugares como La Nueva Ruta de la Seda, todo desde 50 cts.), a la busca de algún artilugio más o menos exótico o simplemente útil.
Amparitxu frecuentaba, allá por los ochenta, el ahora algo decadente mercado de la Plaza de Prosperidad (se demora su necesaria reforma), las más de las veces en compañía del poeta que definió la poesía como «un arma cargada de futuro», antes de volcar en ella sus postreros impulsos órficos. Componían una pareja que difícilmente pasaba inadvertida. En su casa de la calle Nieremberg, considerada por algunos la Velintonia del antifranquismo poético, puede verse la placa que los vecinos les dedicaron a ambos, con mucho cariño e indecisa redacción.
Pero nunca las causalidades, como tampoco los frutos del azar, crecen sol@s. Me lanzo a la Red a buscar una foto de Amparitxu para ilustrar estas líneas y al primer googleazo caigo en esta emotiva crónica de El País dedicada a la concesión del Premio de las Letras, el mismo que ahora le han dado a Ferlosio, a… Gabriel Celaya. Corría el mes de diciembre de 1986. Ayer mismo, como quien dice.
Por lo demás, este maravilloso invento de Internet nos permite disfrutar, en tiempo real y en casi perfecta sincronía, de documentos visuales como éste. Con herramientas así, es difícil sustraerse a la impresión de que el mundo (nombre con el que JJ Millás, otro antiguo vecino ilustre, bautizó la zona) viene a ser muchas veces un pañuelo.

Fotografía: Amparitxu Gastón, en San Sebastián, en 1999. © Justy (tomada de elmundo.es, donde la imagen se reproduce invertida).

lunes, 16 de noviembre de 2009

Gótica

Son dos amigos, él y ella. Han ido a pasar el día en pandilla junto al río que discurre pacífico y también traicionero por las afueras de la capital. Acaban de tener una pequeña discusión acerca del tono con que ella le ha dicho algo a él y están tratando de explicarse, de deshacer un equívoco sin importancia, de quitarle hierro al asunto. Ella dice:

—No sé, Zacarías; que soy idiota, que se conoce que me gusta que me aguanten, ¿sabes?, eso mismo va a ser; que soy una niña gótica, y me creo que…

Al llegar a este punto en una reciente relectura de El Jarama, la aclamada novela de Sánchez Ferlosio desheredada por su autor, no pude por menos que detenerme en seco ante esa expresión, «niña gótica», que de inmediato me trajo a la mente ciertos quebraderos de cabeza de alguna amiga con hija quinceañera lectora compulsiva de Harry Potter (no diré cuál de las dos), y más aún, la estúpida polémica surgida en relación con la terrible foto de los Zapatero en la Casa Blanca de los Obama.

«Qué modernidad la del maestro Ferlosio», me dio por pensar. «Qué capacidad de anticipación». (Y tanta: téngase en cuenta que El Jarama se publicó en 1955…). «Así que ya entonces su olfato literario era capaz de identificar estas actitudes… Y en un país gris y macilento…, sumido aún en la dureza de una larga posguerra…, y en medio del espeso paisaje de un merendero tópico cerca de un río… ¡¡ ¿¿ !!... ¡No puede ser!»

«No puede ser que ese adjetivo, gótica, tenga en la obra de Ferlosio el sentido coloquial que hoy le daríamos», me dije recapacitando, saliendo de la falaz anacronía en la que me había metido y cortando en seco la espiral de exclamaciones marcadamente admirativas. Y pasé a la pura y dura interrogación. «Y entonces... ¿qué es lo que quiere decir el personaje?, ¿a qué diablos se refiere?»

Aunque no de forma inmediata, la probable respuesta correcta (pero nunca hay que cantar victoria en el resbaladizo terreno de los significados) me la acabó aportando el diccionario de la RAE (suele ocurrir), donde en la acepción sexta de la voz gótico puede leerse: «adj. Coloq. Dicho de una persona, cursi.»

Así que era eso. Eso debe de ser. Podría preguntárselo al propio Ferlosio la próxima vez que lo vea por el barrio. Aunque cualquiera se atreve a molestarlo con esta pejiguera o «cosa que sin traernos gran provecho nos pone en problemas y dificultades», como también dice sentenciosamente el de la RAE... Lo mismo va y me lo llama: «¡No sea usted gótico, hombre!» Quita, quita...

Qué curiosa la vida de las palabras.

Imagen: Un Jarama aún joven a su paso por el paisaje gótico y otoñal del Hayedo de Montejo. Foto tomada de motor. terra.es