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martes, 29 de mayo de 2018

Adiós a una gran dama

Resultado de imagen de María Dolores Pradera con Poveda
Las Ventas, 21 junio 2013:
María Dolores Pradera interpretó Fina estampa con Miguel Poveda.
Foto JRT, tomada de aquí.
(Resonancias). En la despedida de María Dolores Pradera, fallecida ayer (28 de mayo de 2018), he recordado la noche del mes de junio de 2013 en la que acompañó a Miguel Poveda en un concierto inolvidable, en la plaza de Las Ventas de Madrid. No sé si fue su última actuación en público. Probablemente. A mí me dejó un recuerdo imborrable: su elegancia, su saber estar y “ser” sobre un escenario, su esplendoroso, inteligente y valiente sentido del humor. En la larga «crónica poemática» en que describí mis impresiones de aquella noche había varias estrofas dedicadas a su aparición en escena, con alguna anécdota definitiva. Las reitero ahora a modo de agradecido homenaje. Adiós, señora.

El gran momento:
casi nonagenaria
y aún elegante,
Marías Dolores
Pradera, esa gran dama,
se une a la fiesta.

«Es todo un triunfo
estar aquí esta noche...
y no en urgencias».
Son sus palabras
y el público se entrega
completamente.

Es emotiva,
un testamento incluso,
su «fina estampa».
«Y ahora me marcho
por la puerta grande a...
llorar un poco»
(Son sus palabras
de nuevo, sin retoques,
¡tienen licencia!)

***

(Oído en voz alta, ❄️30). Y en la larga estela de ”La Praderita”, como delicadamente la llama su semihomónimo Prada (Amancio), me encuentro con este espléndido dúo que nos acerca a la Gran Dama cantando en gallego. Es difícil encontrar un asentimiento tan rotundo, y en todas direcciones, como el concitado por esta inolvidable mujer.

viernes, 15 de enero de 2016

Poveda, entre sonetos y poemas


Miguel Poveda entre sonetos arde
por los cuatro costados del flamenco:
hondura, luz, compás, pasión. Y el cuenco
de una voz prodigiosa (que dios guarde).

Una voz donde brillan las heridas
y se incendia la lluvia de la tarde,
mientras amor y muerte, sin alarde,
dirimen sus batallas, tan queridas.

Sonetos y poemas que se quiebran
y van al aire con sus versos sueltos,
como muchachas por la playa, libres.

Palabras sin cadenas que celebran,
en la voz de Poveda, los absueltos
delitos del querer… (¡Para que vibres!)

Miguel Poveda durante su recital en el Compac Gran Vía de Madrid, el 14 de enero de 2016. Allí estuvimos.



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(Recupero de los comentarios mi crónica del recital, para facilitar su lectura a los interesados.)

Aprovecharé tu interés, querido amigo, para extenderme un poco, siquiera a vuelapluma, sobre lo visto y oído el pasado jueves 14 de enero en el añejo y algo destartalado pero aún habitable Teatro Compaq Gran Vía, antiguo cine y sede de estrenos muy notables. 

El espectáculo, de unas dos horas y media de duración, sin intermedios –aunque sí con dos "interludios" protagonizados por la guitarra de Chicuelo, el piano magistral de Joan Albert Amargós y el buen hacer palmero y percusor del resto del elenco–, tuvo tres partes bien definidas. La primera se centró en el repertorio del último disco y justifica el título homónimo de la convocatoria: Sonetos y poemas para la libertad. La inició Poveda con su ya bien conocida versión del soneto «Para la libertad», de Miguel Hernández, rompiendo muy bien la voz en los versos más hondos. Siguieron después, entre otros, sonetos de Quevedo, con los oxímoros de su «Hielo abrasador»; Borges y el homenaje al padre, a la memoria y a la ficción del tiempo (con esa prodigiosa estrofa que el parte meteorológico del momento hacía, además de verdadera, literal: «Bruscamente la tarde se ha aclarado / porque ya cae la lluvia minuciosa. / Cae o cayó. La lluvia es una cosa / que sin duda sucede en el pasado...»); Neruda («Amor mío, si muero y tú no mueres…»), el más claro de los sonetos del amor oscuro de Lorca («…llena pues de palabras mi locura / o déjame vivir en mi serena / noche del alma para siempre a oscuras»), otros de Alberti, de Ángel González, de Sabina… y uno de Aute (variante, no muy lograda, del “violante” de Lope), y que dio pie para la presencia en el escenario de Pedro Guerra, autor de las músicas de los sonetos, en cuya selección también participó Luis García Montero. 

Esta parte se cerró no con un soneto, sino con «No volveré a ser joven», de Gil de Biedma, prodigioso para mí, como sabes, una pieza mayor del repertorio de Poveda, aunque puede que no fuera esta vez la ocasión en que más partido le sacara. 

El tercio de los sonetos, aunque admirable en más de un momento, no diría yo que es el terreno en la que más brilla la capacidad de Poveda para decir con la hondura y soltura que él sabe. La estructura de la estrofa se presta bien al fraseo encadenado y al efecto de los juegos verbales y las paradojas. Pero quizás es un esqueleto verbal que puede llegar a tener cierta adustez para el cante y que a veces se enquista en la lejanía de las rimas o, más aún, en los giros y quebradas de los encabalgamientos, a los que no siempre parece posible sacarles un partido bien acompasado. Sería un tema para hablarlo con más calma.

martes, 3 de agosto de 2010

Cante


Hay ayeres que hieren,
ay, ay ay.
Ayer es hoy herido.
Y no hay ayer que hoy haya,
ja, ja, ja,
llegado a ser el mismo.
Ay, ayer que ayer era
y hoy ya es ido.


Una de las grandes citas musicales del verano, el festival de La Unión, celebra su 50º aniversario con un gran programa (del 3 al 15 de agosto): Paco de Lucía, Miguel Poveda, Enrique Morente, Manolo Sanlúcar, José Mercé, Mayte Martín, Israel Galván...

Hace un mes, en el acto de presentación del evento, Miguel Poveda reconoció de este modo (primer vídeo) su muy especial relación con el lugar donde se bautizó como artista (segundo vídeo que, pese a sus deficiencias sonoras, puede considerarse un documento histórico).


jueves, 2 de abril de 2009

Poveda cantando a Gil de Biedma

Ahora que la semana santa ya es inevitable me parece que es momento oportuno para sacar a pasear algunas imágenes laicas (aunque no exentas de cierto sentimiento religioso), y mejor si componen, como es el caso, una escena que aúna devociones diversas.

La voz y el sentimiento de Miguel Poveda, un Camarón payo que no cesa de crecer, y el decir claro y hondo de Jaime Gil de Biedma (sobre el que en estos días se rueda una película biográfica que parece toda una amenaza) se alían en esta breve pieza soberbia, intensa, cierta, desoladora y, en definitiva, capaz de proporcionarnos un valeroso ejercicio de lucidez en tiempos de meditación. 

El piano de Gustavo Llull subraya la emoción. Y ese dedo que Miguel alza en primer plano hacia el final apunta hacia un cielo cargado de sospechas. Supongo que por mera asociación de imágenes, me trae a la memoria el gesto aquel del galileo pidiendo cuentas a su padre cruel en el trance del huerto. Viejas y acaso algo peregrinas sugestiones de la historia sagrada, supongo.