(En voz alta). Un artículo de Fernando Neira en El País nos recuerda que cumple medio siglo (ya como casi todo) esta canción definitoria como pocas (por alusiones) de las claves del tiempo aquel en que, como dijo Rigoberta Menchú, «así nos nació (o mutó) la conciencia». Pongamos que hablamos de 1971, casi ya el 72, y que en efecto quienes por entonces cumpliríamos entre 16-18 años (podríamos ampliar la horquilla a los 15-20) estábamos en pleno proceso de aterrizaje en lo que sería (¡claro!) el resto de nuestros días, pero también una forma de estar en el mundo que queríamos consciente, plena, libre, solidaria, alegre; lejos de los mordiscos de la culpa que tal vez habían roído nuestra infancia; libres de la sensación aquella que Rimbaud Le Voyant definiera tan bien también (“todo el día él sudaba de obediencia”), y dispuestos a… no sabíamos qué exactamente (seguimos sin saberlo), pero dispuestos. Dice Neira que es discutible que las interpretaciones usuales que se ha hecho de las alusiones de la letra de American pie (tal como se recoge en este vídeo) sean atinadas. De muchas de ellas, la verdad, tardamos años en enterarnos, si es que alguna vez. Lo más extraño, sin embargo, es que una canción que canta al «día en que murió la música» a través del tiempo se haya convertido en una de las piezas fundamentales de ese rompecabezas que es la vida, siempre incompleto pero con algunas áreas ya resueltas como la que, casi cada día, nos demuestra que si hay algo eterno… necesariamente ha de tener música.
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domingo, 14 de agosto de 2022
miércoles, 8 de septiembre de 2021
LA MÚSICA POR SÍ SOLA
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| Autor no identificado: Músicos callejeros en la Puerta de Alcalá. |
No hay que preguntarse —o acaso sí, pero en voz baja— de dónde viene la música. Lo único que importa en esos casos es dejarse llevar, prestar atención con todo el cuerpo y, si la ocasión es propicia, empeñar también el alma. La música hará el resto, siempre lo hace. Y cuando ocurre, esta farsa parece que tiene algún sentido.
(LUN, 994)
viernes, 15 de mayo de 2020
Boquetes de magia
(En voz alta). «Boquetes de Magia», así con mayúscula, es lo que hay en este vídeo que ha venido, casi de mano de la tormenta, a alegrarme la rara tarde de mayo, isidril. Todo enhebrado por la lira más perfecta y hermosa, también la más precisa y sublime, en que el castellano (español) ha logrado encarnarse. Y con toda la sabia belleza granadina. Una rara conjunción. Como esas palmas —coro de criaturas, de aves marinas, de ecos celestes— que hacen de cauce para que las palabras del mudejarillo lleguen más hondo. O el diálogo final y filial entre Morentes. La luz filtrada. El agua. Unos minutos de felicidad. No se los pierdan.
lunes, 11 de mayo de 2020
Aziza Brahim
(Agradezco a Hamudi Farayi el enlace del vídeo y su amistad).
martes, 5 de mayo de 2020
La voz de Idir
viernes, 25 de agosto de 2017
sábado, 30 de enero de 2016
Los gozos de Martirio
(Para Ángel Pinto, que amaba el buen cante y hasta lo cantaba. In memoriam.)
Cuando irrumpió en el panorama musical, allá por los años de las movidas (la de Madrid no fue la única), mediados los ochenta, Martirio pudo ser considerada como una encarnación de cierta estética pop, en su versión posmoderna, en el mundo de la copla y la canción flamenca. Alguien pudo creer, a la vista de las peinetas, gafas, abanicos y otros coloridos aderezos con que el personaje se mostraba, que se había escapado de alguna de aquellas películas de Almodóvar que entonces fueron como cubos de pintura plástica arrojados en mitad de un paisaje solanesco. Y algo de eso sin duda había. Pero no era todo. Ni mucho menos.
Ahora, tres décadas después, tenemos una mejor perspectiva para valorar lo que la aportación de esta mujer inteligente, nerviosa, graciosa, moderadamente deslenguada y, pese a las apariencias, natural como la vida misma, ha supuesto en la historia reciente de la música española. «Una bocanada de aire fresco», podríamos decir, si hiciéramos caso al tópico. Pero sería de nuevo insuficiente.
Uno de los grandes atractivos del proyecto que la onubense Maribel Quiñones se decidió a poner en marcha, después de un pasado intenso en grupos como Jarcha o en la órbita innovadora de Kiko Veneno y Pata Negra, fue la osadía, con su mezcla de humor y seriedad, con que aterrizó en el todavía algo rancio mundo de la copla. Y, más en concreto, cierto descaro suavemente punki con el que plantaba cara a la asfixia doméstica en que, pese a los recientes cambios políticos y los nuevos usos, seguía recluida para muchas y muchos la vida cotidiana.
Martirio impactó con sus maneras en el espejo cutre que las radios de las madres había ido situando en el centro de la memoria de toda una generación. O de dos, que la vida pasa muy deprisa. Y, junto con los cristales rotos, saltaron también algunas nuevas formas de relacionarse con las emociones básicas. Al tiempo que se abría alguna perspectiva inédita a la hora de mirar los dramas de siempre.
Cuando parecía que la broma se acababa, la artista supo dar varios pasos más allá y mezclar lo suyo con corrientes y artistas muy diversos, aunque siempre afines: del son cubano al jazz, de Compay y Chavela hasta Jerry González o Chano Domínguez, entre otros itinerarios, en una particular manera de ir amansando («martirizando», en el literal buen sentido) géneros y modos, hasta configurar un camino muy personal, inconfundible. Un estilo que le valió para poner en circulación un repertorio que, si bien está construido con muchos «lugares comunes» (el necesario peso de la tradición), nos llega a través de una forma interpretativa, una impronta, cuya madurez es un verdadero gozo.
Y eso fue lo que se puso de relieve en el amplio y generoso recital que la artista ofreció el pasado jueves 28, en la carpa urbana del Price, para celebrar sus 30 años de carrera. Fue una noche llena de magia y de grandes artistas invitados. Convocados con delicadeza, elegancia y gratitud por la anfitriona, por el escenario fueron desfilando Kiko Veneno, Javier Ruibal, Silvia Pérez Cruz y Miguel Poveda, a los que se sumaron intervenciones especiales de todos los músicos que la acompañaron a lo largo del concierto: Javier Colina, al bajo y al acordeón; Raúl Rodríguez, con sus guitarras, Jesús Lavilla (piano) y Guillermo McGill (batería, cajón). Un cuarteto de toda solvencia.
| Madre e hijo, unidos además por el arte. |
Hubo muchos momentos especiales. Destacaré solo tres.
Uno. La canción de cumpleaños, adelanto de su próximo disco, que dedicó a su madre (y colega, además de «producida»), Raúl Rodríguez, guitarrista de extraordinaria limpieza sonora y buen compositor. Antropólogo además de músico, el niño de Martirio, ya cuarentón, tiene una larga y densa carrera a sus espaldas. Pero habrá que estar atento porque no creo equivocarme si pronostico que lo mejor aún está por venir.
Dos. El homenaje a Carlos Cano, que ese mismo día, como Martirio recordó, hubiera cumplido 70 años. La interpretación a dúo con Silvia Pérez Cruz de «María la Portuguesa», quizás no fue todo lo perfecta que cabría esperar (Silvia, esa gran alegría de la canción, no parecía en su mejor momento), pero fue de una emotividad enorme.
Tres. Y quizás lo más alto, desde el punto de vista artístico, los dos dúos con Miguel Poveda, en un desafío de coplas que, si en algún momento podían traer a la memoria las famosas trifulcas entre Juanito Valderrama y Dolores Abril, estaban tan llenos de ironía, complicidad y arte, que desbordaron el entusiasmo del público. Una actualización de los puntos fuertes de aquel Romance de valentía, de 2005 (como recordó Poveda), que acaso no tuvo tanta resonancia como merecía.
En resumen, una noche plena, divertida, repleta de ese tipo de sensaciones que se agrandan en la memoria e invitan a rumiarlas despacio. Quizás para seguir intentando entender lo que sentimos. Y para descifrar el poderoso y encantador misterio que hay bajo las peinetas y tras las gafas de una artista llamada Martirio.
Imágenes tomadas de la Página Oficial de Martirio en facebook.
sábado, 24 de julio de 2010
Sol Di Meola
El tema que da titulo al álbum, como el álbum todo, en el que también participó Chick Corea, es ilustrativo de una tendencia que respiraba libertad por todos sus poros y que daba alas y soporte aéreo a tantos deseos de trascendencia, quizás solo de felicidad posible, muchas veces impulsados por sustancias mediadoras que no tardarían en mostrar su rostro más desagradable.
Música inaugural de años en los que sobre los paisajes ibéricos, tras la larga noche dictatorial, alumbraba con fuerza un sol esperanzado.
Al Di Meola anda hoy por tierras eburiacenses*, hacia las que esta Posada abre una de sus puertas menos secretas. Así que no es extraño que por un ventanal se cuele su música... quizás en el momento mismo en que el posadero y sus amigos la están disfrutando en directo en la iniciática Plaza del Pan, bajo el gran Ojo gótico.
Junto a la pieza que da título resonante al álbum citado, dejo también una vídeo de sobra conocido, pero que quizás pueda encerrar alguna sorpresa para l@s más jóvenes visitantes de esta hospedería: hubo una vez en que en las veredas de la música se encontraron Paco de Lucía, John MacLaughlin y Al Di Meola...
[* Dentro del 8º Festival de Jazz «Ciudad de Talavera», de cuyo interesante desarrollo pueden verse, en el apacible rincón de Verbo y Penumbra, unas tan personales como bien medidas crónicas.]
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