lunes, 2 de noviembre de 2026

Las nuevas palabras de la RAE (y 3)



 Y no hay 2 sin 3. PERo ya cierro.

¿SUEÑAN LOS RATONES DE LA RAE CON BiTS DE TÉRMINOS NUEVOS?
(Un cuento eléctrico mientras ojeo, con la ayuda de Per, la nueva edición del Diccionario)

Tercera (y, lo juro, última) parte: Las palabras demandan a la RAE

El juicio se celebró en una sala con código QR en lugar de puerta. Para entrar había que escanearlo con una app que, tras un presunto ciberataque, solo funcionaba si uno decía “porfa”.
La demandante principal era Basuraleza, acompañada de Ecoansiedad, Gordofobia, Pódcast y un Metaverso que llegaron en un cocotaxi porque el metaverso se había quedado sin señal.
—Su señoría —dijo el abogado de las palabras—, mi clienta Basuraleza denuncia que la han metido en el diccionario sin pedirle permiso y ahora todos la confunden con una marca de bolsas de basura.
—Objeción —gritó Influencer—. Eso es marketing negativo.
—Cállese, usted, que lleva años cobrando por decir tonterías frente a una cámara.
—Eso es performativo —respondió Influencer.
—Y usted es un ciberataque a la atención humana.
El juez, un edadista con bómber y gafas de sol, golpeó el mazo.
—Silencio. Este tribunal admite la pluridisciplinariedad, pero no las triquiñuelas humanoides de cualquier multijugador.
Gordofobia se levantó:
—Yo exijo una disculpa. Me han definido, me han catalogado y me han convertido en titular de periódico. Quiero reduflación: menos titulares, más respeto.
—Eso no es reduflación —dijo el fiscal—. Eso es antiedad para el vocabulario.
—Pues háganlo cardiosaludable —replicó ella—. Que el diccionario tenga menos azúcar y más sentido.
Pódcast pidió la palabra.
—Yo solo quiero que dejen de pronunciarme como si tuviera alergia. Soy pódcast, con tilde y dignidad. No “podcast” agudo y dicho con miedo.
—¿Y qué pide? —preguntó el juez.
—Una docuserie sobre mi vida. Con influencer, sí, pero con uno que sepa leer. Y se corrija solo.
En ese momento entró Narcolancha, escoltada por dos agentes. Llevaba gafas oscuras y un mataleón en la mano, aunque nadie sabía si era arma, gesto o metáfora.
—Vengo a demandar por difamación —anunció—. Cada vez que alguien dice “narcolancha”, imagina una lancha con sombrero y malas intenciones.
—¿Y no las tiene? —preguntó el fiscal.
—Tengo un cámper, un fondo de armario y una bicisenda. Soy una lancha ecológica. Reciclo. Hago economía circular.
—Eso es basuraleza con motor —murmuró Turistificación.
—¡Eso es calumnia! —gritó Narcolancha—. ¡Y además es ultraprocesado!
El juez suspiró.
—¿Alguien más quiere demandar?
IA se acercó al estrado. Iba acompañada de Inteligencia Artificial Generativa, que llevaba un cartel: “No soy tu asistente, soy tu coautora”.
—Yo denuncio —dijo IA— que me hayan abreviado. Ahora todo el mundo dice “IA” y ya nadie sabe si hablo de inteligencia artificial o de una marca de yogur.
—¿Y no será eso una pura marca blanca? —dijo el abogado.
—No, eso es marca amarilla —corrigió Miso, desde la primera fila—: ¡llevo miso en el nombre!
—Cállese, usted, que es un ultraprocesado.
—¡Soy fermentado! ¡Hay diferencia!
AOVE se puso de pie, muy serio.
—Yo exijo que dejen de usarme para vender cualquier cosa. He visto AOVE en champús, velas y hasta en un ramen. No soy un adorno. Soy aceite. Tengo dignidad y acidez.
—Eso último no ayuda —dijo el juez.
Burrata lloraba en una esquina.
—A mí me han puesto en un diccionario y en un menú el mismo día. No sé si soy palabra o tosta.
—Eres las dos cosas —dijo Tiradito—. Como yo: palabra y plato. Es lo que tiene ser delicioso.
Reflación —perdón, Reflación no; Reduflación— levantó la mano.
—Yo denuncio que me usen para justificar que te den menos patatas por el mismo precio. Eso no es economía, es magia triste.
—Eso es reduflación —dijo el fiscal.
—Exacto. Y es una estafa con nombre bonito.
Edadismo y Edadista discutían en la segunda fila.
—Tú eres el concepto —dijo Edadismo—. Yo soy la persona que lo practica.
—No, tú eres el adjetivo. Yo soy el sustantivo. Tú eres el síntoma; yo, la enfermedad.
—Eso es codependencia.
—No, esto es una familia disfuncional con entrada en el diccionario.
Trans se levantó con calma.
—Yo no vengo a demandar. Vengo a pedir que me dejen ser. Que no me usen como titular, ni como chiste, ni como excusa para discutir de cosas que no entienden.
Hubo un silencio. Incluso Performativo dejó de hablar.
—Aprobado —dijo el juez—. Sin objeciones.
Ecoansiedad aprovechó el momento.
—Yo sí denuncio. Me han puesto a vigilar el planeta entero. Cada vez que alguien enciende una luz, me duele algo.
—Eso es antropización —dijo Basuraleza.
—No, eso es un ciberataque a mi sistema nervioso.
Hantavirus y Papilomavirus pidieron la palabra juntos.
—Nosotros venimos a decir que no queremos estar en la misma frase que la gripe —dijo Hantavirus—. Tenemos nombre propio y mala fama.
—Eso es gordofobia microbiana —dijo alguien.
—No, eso es estigma —corrigió el juez—. Y además, muy edadista.
Mataleón se acercó al estrado.
—Yo vengo a aclarar que no soy un movimiento de lucha libre. Soy un golpe. Un golpe limpio. Sin drama.
—Eso es un chepibe —dijo Asere.
—No, un chepibe es otra cosa.
—¿Y qué es?
—No sé, pero suena mejor.
Sopotocientos y Sopotocientas entraron cantando. Eran de Panamá y traían un corillo detrás.
—Nosotros demandamos porque nos han puesto en el diccionario como si fuéramos una marca de detergentes.
—No, ustedes son una cantidad indefinida —dijo el juez.
—Eso mismo decía mi suegra.
Mengala se levantó.
—Yo vengo de Guatemala y no sé por qué estoy aquí, pero me han dicho que hay bolaterapia y merkén.
—Hay —dijo Merkén—. Pero es para el postre.
—Entonces no es terapia, es castigo.
Yamor llegó tarde, con una bicisenda llena de flores.
—Yo vengo de Ecuador. Me han definido como fiesta y como cariño. Quiero que me dejen ser las dos cosas sin que nadie se asuste.
—Aprobado —dijo el juez—. El amor también tiene entrada en el diccionario.
Guámbito y Guámbita se abrazaron.
—Nosotros solo queríamos que nos dejaran ser diminutivos con dignidad.
—Eso es nenequear —dijo alguien...
—No, eso es amartelo —corrigió Pelucar.
—¿Y eso qué es?
—No sé, pero suena a cariño con prisa.
Ilocano e Ilocana llegaron de Filipinas.
—Nosotros venimos a decir que el español también se habla donde nadie lo espera.
—Eso es hispanounidense —dijo alguien.
—No, eso es pluridisciplinariedad —corrigió Cangrimán.
Medalaganario cerró la vista.
—Yo vengo a pedir que no me usen para insultar. Soy un premio, no un insulto.
—Eso depende de quién lo diga —dijo Chivito.
—Cállese, usted, que es un sándwich.
—Soy un chivito uruguayo. Tengo pan, carne y dignidad.
Chivito se cruzó de brazos.
—Y yo soy un chivito. No un cabrito. No me confundan.
—Eso es chepibe —dijo Chepibe.
—No, eso es un mataleón —dijo Mataleón.
—No, eso es un déjà vu —dijo Déjà Vu, que llevaba media hora repitiendo lo mismo.
El juez levantó la mano.
—Basta. Este tribunal dicta sentencia: todas las palabras nuevas tienen derecho a ser usadas, mal usadas, amadas, odiadas y mal pronunciadas. Pero no a ser olvidadas.
Hubo aplausos. Basuraleza recogió los papeles del suelo. Ecoansiedad respiró hondo. Pódcast grabó un episodio titulado “Juicio a la RAE: la revancha de las palabras”. E Influencer hizo un post que decía: “Hoy ganaron las palabras. Mañana, quién sabe”.
Mientras salían, Narcolancha le susurró a Basuraleza:
—¿Sabes qué es lo peor?
—¿Qué?
—Que mañana habrá más palabras.
—Sí. Y alguna tendrá tilde.
—Eso sí que da ecoansiedad.

Punto. Esto y poco más es lo que aporta el Promotor de este ejercicio de ¿autoconsciencia?, escrito todo por PER y me parece que no carente de humor. Y que —presumo— deja sobre el tapete algunas preguntas no irrelevantes. Los humanos lo saben bien. O no.

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