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miércoles, 1 de febrero de 2023
Miguel Delibes según Carmelo Gómez
(Al filo de los días). Como un eficaz remedio contra el frío, la otra tarde-noche pudimos asistir, en el Teatro Bellas Artes, al estreno en Madrid de La guerra de nuestros antepasados, una adaptación de la novela- diálogo de igual título de Miguel Delibes. Como es sabido, se trata de una (otra) de sus más valiosas contribuciones a ese registro minucioso de la lengua de la Castilla rural tan presente en la obra del escritor vallisoletano. Bajo la dirección del actor y director argentino Claudio Tolcachir, la representación destaca sobre todo por el sutil trabajo interpretativo de Carmelo Gómez, llevado a cabo con la naturalidad, hondura y verosimilitud que sólo está al alcance de un maestro de la escena, y potenciado por la réplica eficaz de Miguel Hermoso. El poder verbal de este relato de guerras perdidas (todas las guerras acaban en derrota), urdido sobre la trágica historia de un ser hipersensible, es toda una estremecedora reflexión sobre la condición humana y las dificultades de comprensión de un mundo donde la violencia, llamativamente, parece la única salida a cierta inocencia o ingenuidad vital. Una obra que, en tiempos de guerras presentes como el actual, remueve limos muy hondos, agudiza contradicciones y extrae reflejos y resonancias de fuerza casi hipnótica de algunas de nuestras percepciones más oscuras y difíciles de razonar. Y todo ello gracias a una “lectura” magistral y una puesta en escena tan sobria como intensa. No se lo pierdan. No va a ser fácil ver cosas mejores en la escena superpoblada de Madrid.
jueves, 14 de noviembre de 2019
Otro ciprés
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| J. A. Branchs: «El sueño de los cipreses de Pradillo», 2000. Col. Particular. |
«Yo nací en Ávila... —comienza la novela. Y tras un largo rodeo concluye—: y por encima aún me quedaba Dios».
(Cap&cua,en homenaje a Miguel Delibes)
lunes, 12 de abril de 2010
Un hombre sabio del pueblo

Miguel Delibes, fallecido hoy hace justamente un mes y al que el próximo jueves (15 de abril) la Academia tributará un homenaje presidido por los Reyes, tal vez sea el último –o el penúltimo, si pensamos en José Jiménez Lozano– de los grandes narradores de una Castilla que ya casi no existe más que en la literatura, aunque físicamente siga estando ahí, ancha, hermosa y profunda, sin duda más “desarrollada” que nunca pero tan solitaria como siempre.
Durante mucho tiempo, la obra de Delibes que más admiré fue Cinco horas con Mario, un prodigioso monólogo de velatorio que une a la precisión de su lenguaje la capacidad de hacer creíble una voz interior para contarnos algunas verdades ocultadas sobre nuestra realidad y la inmediata historia. También me atrapó La hoja roja, con su sencilla pero eficaz metáfora del librillo de papel de fumar y sus avisos sobre, en el fondo, la fugacidad de la vida.
Años después, la extraordinaria película de Mario Camus me descubrió ese prodigio del realismo y la tragedia, además de vivo retrato del caciquismo, que es Los santos inocentes. Una novela inevitablemente ligada desde su presencia en la gran pantalla a las figuras de Francisco Rabal y Alfredo Landa, con el odioso pero admirable contrapunto de Juan Diego; y muy especialmente a la inolvidable “milana bonita”, una grajilla que en la realidad crió y adiestró el gran naturalista y maestro de cetrería que fue Aurelio Pérez (curiosamente, o no tanto, uno de los principales colaboradores de Rodríguez de la Fuente, a quien Miguel Delibes dedicó la obra: esta historia merece atención aparte; tal vez vuelva otro día sobre ella).
Un encuentro en Moradillo de Sedano
Una tarde de hace ya casi un par de décadas (quizás en la primavera de 1991), mientras realizaba el trabajo de campo para la guía de Castilla y León de Anaya Touring, tuve la suerte de cruzarme con Miguel Delibes en un escenario muy querido para él: la iglesia románica de Moradillo de Sedano, famosa por su magnífica portada esculpida, delicada y alegre como la página iluminada de un salterio.
El templo, puesto bajo la advocación de san Esteban, se alza sobre un cerro en las proximidades del pueblo de Sedano, en el norte de Burgos, habitual lugar de descanso del escritor, escenario de muchas de sus peripecias de cazador y también retiro provechoso en el que escribió buena parte de su obra. En sus libros de caza, y en algunos de sus cuentos, aparecen con frecuencia descripciones y recreaciones de este espacio, que el escritor conocía como la palma de su mano.
La zona es una dura comarca paramera alegrada en sus inmediaciones por los soberbios cañones del Ebro y el Rudrón. Está situada a las puertas, por un lado, de la comarca de La Lora, y por otro, de las Merindades, un entretenido y peculiar laberinto geográfico que junto con el contiguo Valle de Mena probablemente constituya el territorio más peculiar de la vieja Castilla; sin duda, el de más recio abolengo.
Además, el Valle de Sedano es lugar vinculada a la familia de la mujer de Delibes, Ángeles de Castro, el ángel tutelar de la vida del escritor y su verdadera alma gemela («la mejor mitad de mi mismo»), a la que rindió homenaje incluso después de muerto. Me emocionó enterarme, en las crónicas posteriores a su fallecimiento, de que la condición inexcusable que Delibes había puesto para ser enterrado en el Panteón de Hombres Ilustres del cementerio de Valladolid, junto a Zorrilla, Rosa Chacel y otros notables, fue que al lado de sus cenizas fueran depositados las de su esposa, muerta en 1974.
Recuerdo bien que me comentó algunas curiosidades del lugar, entre ellas el hecho de que el valor artístico de la iglesia había sido “descubierto” al quitar la cal que cubría sus muros, y me sugirió que anotara la presencia de unas raras columnas de fustes en zigzag a la entrada del templo:
–Dicen los que saben de estas cosas que columnas como éstas no se ven en ninguna parte. Aunque, con permiso de esta señora [por la guardesa del templo, que nos había abierto la puerta y nos acompañaba en la visita], a mí me recuerdan el desagüe de un retrete. No son bonitas, pero son raras…
Fue esa la única vez que vi físicamente al escritor. Por eso me ha dejado el “recuerdo fuerte” que desde entonces preside su evocación y que va a estar presente en el nuevo y necesario acercamiento a su obra que me he impuesto llevar a cabo como una forma de aprendizaje de algunos senderos por los que la experiencia me va diciendo que es más fácil encontrar el secreto de una forma de vivir, de cierta sabiduría que Miguel Delibes demostró poseer en su grado más alto.
Fotografía
Miguel Delibes tras un paseo en bici por El Pinar de Antequera.
Imagen tomada del Centro Virtual Cervantes.
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