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martes, 11 de junio de 2013

El dinosaurio



Al despertar me ha asaltado, como si fuera el propio bicho, el relato del dinosaurio de Monterroso. Venía en forma de una ligera molestia intercostal con la que me había dormido por la noche, más bien ya de madrugada, y se alzaba en el primer instante del retorno a la vigilia, aún entre brumas, como el signo inequívoco de la continuidad de la vida, y a la vez como antorcha de la conciencia.

Pero, por encima de los ajustes corporales y las sugerencias más o menos deportivas (¿qué es la vida sino una carrera de relevos?), enseguida comenzó a ganar terreno el propio relato del escritor hondureño-guatemalteco, su extraordinaria virtualidad, la riqueza significativa de su única línea prodigiosa .¿Alguien todavía la desconoce? Esto es lo que dice: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí».

La fuerza de este microrrelato estriba en que, se interprete como se interprete, siempre refiere un proceso de lucidez, de darse cuenta de algo: lo que podríamos llamar con propiedad «un golpe de conciencia». Ese es el amplio sentido en que resuena la palabra "despertó". No sólo por el hecho evidente de lo que significa abrir los ojos y la mente después del sueño, sino por lo que ocurre en cualquier momento en el que dentro de nuestra cabeza, quizás también a veces en el lugar del corazón o incluso cerca del estómago, suena un clic que nos hace ser conscientes.

martes, 13 de noviembre de 2012

Simetrías

Esta noche
se producirá
un eclipse total
de Sol
en las antípodas.


(Aquí 
nos conformaremos 
con no ver 
la cara oculta 
de la Luna.)



Imagen superior: M. C. Escher, «Perspectivas imposibles».

(Actualización del 19.11.2012)

(... Y con seguir leyendo este inolvidable, prodigioso, microrrelato:)


El eclipe
Augusto Monterroso

Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.

Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.

Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas. Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.

—Si me matáis —les dijo— puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.

Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.


Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.