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martes, 21 de julio de 2026

Sobre la Caminata de Creta

Releyendo la Odisea, en la versión rítmica del profesor Pabón para Gredos, caigo en este pasaje del Canto III (284-299), tan pertinente con lo mencionado en la Caminata a la que se refuere esta ilustraciòn de Javier Serrano. Quede constancia.

«Detenido y cediendo en sus prisas, quedó Menelao
por dar tierra al amigo y hacerle los fúnebres dones;
mas, después que, volviendo a partir con las cóncavas naves,
se acercó por las aguas vinosas al pie de Malea
con su abrupto peñón, quiso Zeus de voz poderosa
desgraciarle el camino y, al soplo de vientos aullantes,
levantó por el mar gruesas olas como altas montañas.
Dividida la flota, unas naves vinieron a Creta,
en la costa del pueblo cidón, la que baña el Jardano.
Sale allí contra el mar neblinoso una peña escarpada
y desnuda, al confín de Gortina, tremendo oleaje
lleva el noto a su flanco, del lado de Festo,
y una roca pequeña contiene el furor de las olas.
Allá fueron a dar unos barcos, lograron sus hombres
a la muerte escapar, mas las olas quebraron sus naves
en las rocas y escollos. […]».

martes, 21 de julio de 2020

Secretos de Creta

«El Minotauro saliendo de las aguas bajo el sol de Festos»
©️Javier Serrano, 2020
A la playa de Matala (o Mátala, según otras transcripciones), en el centro sur de la isla de Creta, llegamos tras una mañana intensa y solitaria entre las ruinas del palacio de Festos. En días precedentes habíamos empleado algunas horas en la búsqueda, finalmente fallida, del laberinto de Gortys, en la región donde se supone que reinó Minos y donde Teseo se agarró como pudo al hilo de Ariadna, lo que finalmente no le evitaría tener que convertirse en tal vez el primer diestro con nombre propio de la historia.

También teníamos aún muy vivas las impresiones de la gran y empinada caminata hacia la cueva donde nació Zeus (Dikteon Andron), tanto en nuestros sentidos como, muy particularmente, en nuestras piernas. Había sido aquella una ruta asombrosa, con un guía nativo de ya cierta edad que, a lomos de una mula, nos indicaba el sendero y a cada poco profería incomprensibles gritos, casi alaridos, tal vez sólo de ánimo, aunque en las dificultades del ascenso nos sonaban como jaculatorias de un viejo ritual. No cesaron hasta que nos dejó a la entrada de una cueva de medianas proporciones, con sus estalactitas y su estalagmitas, y sin ninguna huella reconocible, más allá de esas formaciones cristalinas, de la divinidad.
Posiblemente intercambiamos estas o parecidas impresiones al alcanzar las arenas de Matala, tras la cual se extendía el mar en todo su pelágico esplendor. Tras un rápido baño, subimos a las cavernas habitables del farallón, de las que ya teníamos alguna noticia, y leímos las historias del naufragio del rey Menelao, mientras comprobábamos que, en efecto, allí estaban las huellas de las comunas hippies de los años sesenta —Dylan y Joan Báez, entre ellos— e incluso descubrimos algún grafiti adornado con flores de sal. Al atardecer, también nos pareció ver a Minos, fundido con su toro —tal vez lo estuvo siempre—, saliendo de las aguas. Puede que sólo fuera un turista de testa poderosa. Es bien sabido que el sol poniente vuelve confusos los cuerpos y las formas.
De allí, o de las tiendas de Heraklion, nos trajimos, entre otros recuerdos, la estatuilla de las diosa de las serpientes y la medalla del disco de Festos que desde entonces cuelga de mi cuello. Ahora dicen que el disco, aún indescifrado, probablemente sea una falsificación. Pero, a estas alturas, ¿hay algo que esté libre de una sospecha así? Las cosas nunca son lo que parecen. Nosotros puede que tampoco.

(Las Caminatas, XIII)

martes, 20 de agosto de 2019

Matala, en la costa cretense

La imagen puede contener: océano, playa, cielo, exterior, naturaleza y agua
La playa de Mátala (Μάταλα), en la parte central del sur de Creta,
vista desde una de las cuevas naturales que abundan en los alrededores.
Foto tomada de una web turística.
A la playa de Matala (o Mátala, según otras transcripciones), en el centro sur de la isla de Creta, llegamos tras una mañana intensa y solitaria entre las ruinas del palacio de Festos, y después de la búsqueda fallida, en días precedentes, del laberinto en Gortys, y con las vivas impresiones de la gran y empinada caminata hacia la cueva donde nació Zeus (Dikteon Antron) aún en nuestros sentidos, y muy particularmente en nuestras piernas. Tras un rápido baño, subimos a las cavernas habitables del farallón y leímos las historias del naufragio del rey Menelao, mientras comprobábamos que, en efecto, allí estaban las huellas de las comunas hippies de los años sesenta —Dylan y Joan Báez, entre ellos— e incluso vimos algún grafiti adornado con flores de sal. De allí, o de las tiendas de Heraklion, trajimos, entre otros recuerdos, la estatuilla de las diosa de las serpientes y la medalla del disco de Festos que desde entonces cuelga de mi cuello. Ahora dicen que el disco, aún indescifrado, probablemente sea una falsificación. Pero, a estas alturas, ¿hay algo que esté libre de una sospecha así? Las cosas nunca son lo que parecen. Nosotros puede que tampoco.
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