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viernes, 22 de abril de 2011

La Madrugá



Hay palabras que se fijan en la memoria como un recuerdo inequívoco: pronunciarlas o solo pensarlas equivale a encender, una y otra vez, un circuito de neuronas que ilumina una escena en la que son sensibles varias dimensiones: imágenes que huelen, tactos sonoros, pensamientos que proyectan sombra, tal vez el leve peso de un nudo en la garganta. Así me ocurre, por ejemplo, siempre que digo u oigo la palabra madrugá. No es necesario que sea, como ahora, semana santa, para que la marea de fondo que se alza en mi cabeza o en mi corazón (o en el camino de arrabales que va de mi corazón a mi cabeza) muestre un paisaje sin duda sevillano sobre el que emerge, sonriente o burlona, sabia y elegante, la figura del poeta Vicente Tortajada, viejo amigo desaparecido tan prematuramente y a cuyo lado tuvimos la suerte de poder vivir, en su casa y por las calles de Sevilla, una noche mágica, sublime y bulliciosa: la madrugá de quizás 1985. Podría contarla con todo detalle, o inventarla con absoluta fidelidad, por medio de otras palabras inequívocas: Placentines, Triana, Los Venerables… Pero me parece preferible compartir esta foto que nos muestra a los dos en el amanecer de la noche más larga (puede que en La Campana; él, barbado y fumador). Un fogonazo gráfico que aviva la sonrisa del amigo generoso y lo trae de nuevo a esta madrugá de tantos años después. Y en una fecha –redondo y seguro azar el de este viernes– en la que mi madre, fallecida el pasado 3 de marzo, hubiera cumplido 96 años. ¿De qué lado estamos los vivos cuando nos miran y hasta creemos que nos siguen amando los muertos?