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lunes, 21 de junio de 2021

Cantata (metáforas de la creación)

 


Crear es simplemente mezclar cosas:
hechos recuerdos ideas sentimientos.
Es muy útil también cerrar los ojos
e imaginar cómo sería el mundo
si tal o cual objeto no existiera
—y objeto es todo aquello
de lo que puede hablarse
con objetividad.
Crear es un periplo fulgurante
que siempre empieza más acá de las palabras
(o cualquier otro signo),
antes de que los rayos de luz hieran
—gozosamente o no—
la gruta milenaria donde habita
el instinto de vida de la especie,
ese sentido intacto que nos guía,
bajo el inmenso cielo de luces estrellado,
a través de la noche y entre las ciénagas
que a menudo ensombrecen
los misterios más crudos de nuestro corazón.
Crear es tender (¿extender?) puentes, abrir huecos, buscar luces…,
salir cada mañana con un poco de sol
en una mano y la semilla en otra
y mirar hacia el cielo por si llueve,
por si el rayo del dios nos acaricia,
y buscar a boleo y sin descanso
el surco y la vertiente donde brotan
—a veces sólo para
nosotros, multitud—
las siemprevivas del entusiasmo, el amor y la misericordia.
Crear es una forma de creer
en la vida, en sus misterios.
Y pararse a contarlo.
O no.


lunes, 8 de marzo de 2021

Metáfora del pájaro

La osadía del pájaro es una traducción de su gorjeo, el canto firme de su ser en el aire, una respuesta que ilumina la mañana.
Hay en el pájaro tanto peso ideal, que su figura atraviesa la historia y sus contornos como una exhalación —flecha emplumada— y está presente en la raíz de los sueños, sean o no el fruto de ese impulso hacia la duración al que llamamos arte, e incluso en los silencios más bellamente construidos.
Los pájaros, que tienen en su herencia biológica huellas adivinables del temblor de la Tierra, cruzan de un lado a otro del mundo y salvan los escollos más salvajes para que no se borren las líneas de fuerza que impiden que los cielos se desplomen.
Nada hay más parecido al alma humana, incluidas su idea sensible y su fabulación, que la extrema levedad de un pájaro en nuestra mano convertida en cuenco.
Tal vez por eso, muchos de nosotros, al sostener esos cuerpecillos tan frágiles, sentimos la punzada de un antiguo terror.
Todos alguna vez fuimos un pájaro.

(Segunda edición)

lunes, 6 de abril de 2020

Arena (de nuevo)



(Metáforas de arena)
Siempre empiezo a escribir en el desierto.
No es solo la aventura, es la materia
del impulso que estira hacia la luz
la parte más oscura de su peso
para encontrar debajo de la arena
la plata de los sueños escondidos
y la forma segura de olvidarlos.
El viaje es la piel dura del día
y su signo es la búsqueda inhumana
porque nadie
nos puede socorrer ni nadie viene
a decirnos que sí o a reprobarnos.
Las palabras son seres imprecisos,
vibrantes, como dunas movedizas:
su estela es infernal pero tan pura
que puede rescatarnos del abismo
con tan solo iniciarse en nuestra mente.
Siempre dejan un rastro –las palabras–
que no se acaba, solo se abandona
para poder vivir entre las cosas
con palabras capaces de querernos.
El desierto es así. Y no tiene límites.

Para mi nuevo amigo Hamudi Farayi, bajo la luna llena de Esmara.

lunes, 31 de diciembre de 2018

Doble acorde

La imagen puede contener: una o varias personas, cielo y exterior
Jaume Plensa: Julia, instalación en la Plaza de Colón, Madrid,
 en el quicio o alféizar entre 2018 y 2919. AJR
(Laberinto para salir del año en curso)
I
El tiempo despacio avanza por el espacio del tiempo.
Al decirlo, se detienen las palabras. Me detengo
para dejar que el espacio pase con su tiempo lento
de espacio que no se mide con relojes ni con metros,
sino con voces y líneas: estas que van recorriendo
los ojos con que las miras y el tiempo en que yo las veo
vibrar y abrirse cual flores congeladas. No hay misterio
mayor que este doble acorde que nos concierta a lo lejos:
tú en tu incógnito pronombre, creador de lo que sueño,
yo en mi soñado presente en fuga de espacio y tiempo.

II
Pero existe un tiempo verde recién nacido en mi cuerpo
que avanza en un laberinto cercado por los espejos
de las miradas ausentes y cifrado en el secreto
de lo que el tiempo no alcanza ni hay espacio para verlo
más despacio, a la manera en que Dios, si fuera cierto,
vería lo que es pasado, también lo que se está haciendo,
en el instante preciso de hacerse y en el momento
en que deja de crearse la ilusión de lo que vemos
bajo la apariencia cierta que es, a nuestro entendimiento,
la verdad de lo que pasa en la leyenda del tiempo.

(Metáforas y otras fuentes)

jueves, 11 de mayo de 2017

Las palabras de Marvin


                   Qué inmensidad de tópicos errantes,
                 amenazan con sepultarlo todo
                 bajo una gruesa capa de tocino
                 mental y perezoso, la costumbre
                 de dejar de pensar, que sea el sebo
                 el que arrope las carnes de la vida,
                 y el pienso rumiado en los pesebres
                 donde todo está bien desde hace siglos
                 el que nos alimente y dé cobijo,
                 en su unívoco torque duradero,
                 a tanta pesadez de vida vana.



Poema probablemente escrito por Marvin (Nellie, en la vida real, aunque ya fallecida), el bulldog y «crítico literario» que, en cierto modo, es el antagonista de Paterson, la pequeña y hermosa película de Jim Jarmusch, que ha dividido en dos partes antagónicas y poco menos que irreconciliables la opinión de la crítica. 
Sentado en su sillón de orejas, desde donde lee con gran parsimonia el mundo, estos podrían ser los versos a los que el can parece estar dando vueltas entre sus belfos, no sabemos si por alusión a los poemas que escribe su dueño-consorte y rival —en cuyo caso, su crítica sería injusta y claramente malintencionada—, o por referencia a cualquiera otra de sus lecturas. 
La imagen corresponde a los instantes previos al momento justo en que el can decide hacer su propio y definitivo «comentario crítico» de la obra que aquel, en los ratos que le deja libre su trabajo de conductor de autobús, va escribiendo en su libreta. Y no digo más, que hacerlo sería desvelar mucho. Aunque apenas se entienda nada. 
Ajá.

sábado, 29 de abril de 2017

Móvil nocturno (en Eburia)

Y cruzo la ciudad entre fantasmas
no sólo escurridizos: tampoco comparecen
con ningún signo o aullido o huella leve,
entre el viento de sombras
que golpea las ramas de los árboles.
Son sólo una ilusión de voces de otro tiempo
mezcladas con un tráfago metálico de sillas.

Por el paseo del Prado,
muy cerca del kiosko de la música,
lo llena todo la materia viscosa que a menudo segrega la nostalgia.
Y en ella veo flotar el corro de unos rostros
sumidos en una conversación interminable
bajo una nube de humos de muy diverso origen,
siempre como a la espera de un milagro
que al final será sólo –y nada menos que–
la súbita llegada de la luz.

Por no sentirme inerme ante el estruendo
frío de la memoria, entre la niebla,
y a falta de un amigo o semejante con quien poder charlar,
y también desprovisto de un perro que me ladre y me discuta,
con un rápido giro de los ojos, la ruta que seguir,
camino hasta la plaza del Pan, frente al Ayuntamiento,
y me detengo delante de la puerta columnaria del cole de mi infancia
donde aprendí, entre otros muchas cosas
que aún no he olvidado, la palabra «azotea»,
y la palabra «góndola»
y el truco frente al golpe
de la vara de palmera en la mano extendida:
«si te las untas con ajo, no te duele y puede que se rompa»,
decía Montañés. Desde una esquina
bajo la torre de la Colegial
vigila el ojo enorme del rosetón mudéjar
el lento desplomarse de las motas de luz
que bailen en el aire al comopás de mis recuerdos.
Empieza a loviznar y he de volver a casa
pero antes  me acerco hasta la entrada de la plaza
y allí me hago un selfi con Fernando de Rojas, en efigie
dudosamente exacta, al igual que la mía,
fantasmales los dos en la alta noche.

viernes, 10 de febrero de 2017

Celadas



(Celadas de Lezama*)

Palabras de la abuela, palabras de la madre,
la atmósfera del cuarto se llena de presagios
y eres feliz si puedes darle un nombre
al nuevo sentimiento que aún no sabes si existe:
que la vida no sea el miedo de perderla,
que la noche no dure más allá de la noche,
que el reloj no repita sus ritmos renqueantes...
y salir hacia el aire
y respirar sin ansia.
Qué belleza.

Pasas por estas páginas del viejo Paradiso
y mientras se desprenden
como hojas de otro tiempo
ves al trasluz del polvo
y entre los subrayados
al joven que leía lo que ahora lees tú.

Pero nada es lo mismo.
Tan solo la serpiente (¡la sierpe!), la espiral,
el denso olor a almizcle del cuarto de las olas,
el rincón olvidado bajo la carbonera
o la vieja guadaña colgada de la trabe
duran.

Igual que dura la canción:

«Cando estabamos vivos
comiamos d' istes figos.
Ahora que estamos mortos
andamos por istes hortos.»

Las palabras te llegan ¿desde dónde?
como si aún deambularas por el sueño
como si ya vivir
y otras gratas costumbres
fuera anotar las cosas
que nunca han de volver
que nunca han de volver.

Ya casi es primavera**.





[* Contexto: El 19 de diciembre de 2010 se cumplen cien años del nacimiento del escritor cubano José Lezama Lima. A su poesía, a algunos de sus ensayos y, de forma muy especial, a su Paradiso, proteica maquinaria verbal que a grandes tramos consigue respirar como un fabuloso ser vivo, le debo dispersos y numerosos momentos de gran placer lector y una revelación aún no agotada. El 18 del mismo mes, mi padre, fallecido en 2002, hubiera cumplido 96 años (nació en una pequeña aldea gallega en 1914). Cuando abrí por primera vez un ejemplar de Paradiso, a finales de 1975 (la edición de Fundamentos en la colección Espiral dirigida por Julián Ríos y con un texto de homenaje de Severo Sarduy), nada más leer las primeras páginas tuve la impresión de que hablaban de una tradición que incluía el viejo y familiar mundo galaico vislumbrado en mi infancia, perseguido después en un impulso que aún dura. Este poema es un intento de unir esos hilos, mientras las hojas de mi viejo ejemplar del libro de Lezama acusan los efectos del paso del tiempo... y de una mala encuadernación. Por fortuna, dispongo de otras ediciones, sin duda mejores, pero... no son lo mismo.]

Foto superior: As maus do inverno 
Soto de castaños en Santiago de Cerreda.
© Antonio Ramos Campos

***
[Rescatado del Baúl de la Posada. 
Primera publicación: 18/12/10 a las 23:59. 
Me he permitido, como única actualización, cambiar la palabra final: 
antes era "Navidad". 
El pasado 6 de febrero de 2017 se cumplieron 15 años de la muerte de mi padre. 
A su memoria sigue dedicado este texto.]