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jueves, 2 de julio de 2026

El ojo (oculto) de la noche


 Playa de las Salinas, en Los Narejos (Los Alcázares). Mar Menor. Al fondo, La Manga.
(c) AJR, 2026

jueves, 26 de septiembre de 2024

Luz y ceguera

(Al filo de los días). Un 27 de septiembre de hace un año —los recuerdos de FB siguen con un desfase de un día, supongo que bisiesto mediante— y el mismo y permanente misterio de la luz: ella es la gran escultora de la realidad, al menos tal como la conocemos los videntes; pero también tal como nos la cuentan los científicos de las profundidades de la materia. Mientras veo la imagen y trato de recuperar sus resonancias, entre ellas, aunque ajena a ellas pero sin duda atraída por las limaduras de lo evocado, recuerdo que una vez escribí un poema, quizás de tono y querencia borgesianas, que comenzaba así: «Si me quedara ciego todo iría / sobre la inmensidad hecho jirones…». No estoy seguro de que el segundo verso fuera ese. Pero metería la mano en el fuego por el primero.


jueves, 27 de octubre de 2022

TOPÓNIMOS Y TIPOS


«Fantasmas en el mar». De autor no identificado.

La Hita, Los Narejos, Las Palmeras.

El Espejo, Manzanares,

Carrión, La Concha.

Unos 5 km.

Hoy bajan los nombres (gracias al ángel que acompaña a Tobias) y puedo contemplar la venida del mar a mis adentros.
Marea en forma de última novela. Sueños enredados en los pies como algas. Este ritmo. El relato. La percusión del fondo.
Debe de ser que ya nos ronda —dulzón, vidrioso, esférico— el fantasma relojero de Jalogüín.
(LUN, 582)

viernes, 23 de septiembre de 2022

El Mar Menor, sujeto juridico

(

En voz alta). No está claro que, pese a su novedad y su indudable importancia institucional, el reconocimiento del Mar Menor como sujeto jurídico consiga ser algo más que un brindis al sol. Pero también cabe ver en esta iniciativa legislativa llegada a buen puerto el síntoma de que algunas cosas pueden empezar a cambiar de verdad. Y tal vez no sea desdeñable extender sus efectos en otras direcciones. Mi firma está también dispuesta para, por ejemplo, proporcionarle al padre Tajo algún tipo de protección que haga posible paliar y revertir su penosa agonía.

miércoles, 31 de agosto de 2022

LAS GAVIOTAS (Variaciones en Mar Menor)


(v.1: Las gaviotas)
Gaviota en el Puerto Deportivo de San Pedro del Pinatar. 
Foto AJR/22.

El bañista, haciéndose el muerto sobre las aguas extrañamente limpias, incluso transparentes, de la laguna salada, consiguió llegar como de incógnito hasta el pequeño espigón donde las gaviotas patiamarillas se soleaban y parecían estar cuchicheando de sus cosas, acaso burlándose de las fisonomías amorcilladas del personal, quién sabe si intercambiando secretos sobre puntos favorables de pesca o, ya puestas, comentando las últimas novedades traídas por sus parientes, las gaviotas de Audouin, de alguno de sus recientes y cada vez más complicados viajes. El caso es que no prestaron atención a la ya inmediata proximidad del bañista, que se hacía el muerto con mucha pericia, hasta que llegó al grupo una gaviota reidora que con sus muy estridentes graznidos dio la voz de alerta… y de inmediato todas levantaron el vuelo. Con ella también vimos elevarse una estela brillante levemente azulada que poco después, al recuperar el cuerpo de entre las algas someras, supusimos que sería el alma del bañista, tan buen fingidor como seguramente aplicado lector de Fernando Pessoa, ele mesmo. Dios lo tenga en su gloria.

(v.2: El círculo)
Gaviota patiamarilla (Larus michahellis).
Probablemente la “jefa de la manada”.
Foto Tony Hisgett from Birmingham, UK.
Tomada de Wikipedia. Editada.

El bañista, haciéndose el muerto sobre las aguas de la laguna salada, algo turbias después de la lluvia de polvo o tal vez a causa de algún vertido clandestino, se fue acercando a la zona donde las gaviotas parecían estar escrutando el leve oleaje, que las mecía graciosamente, en busca sin duda de un buen alimento. Era curioso ver cómo se iban disponiendo en semicírculo y qué tranquilas se mostraban pese a la cada vez mayor proximidad del bañista, e incluso como parecían querer jugar con él al corro desplegándose alrededor hasta formar un círculo completo que el nadador, ya despreocupado de su posición de camuflaje, miraba con gran asombro por su perfección y complacido al sentirse el centro de aquel revuelo cada vez más alegre y numeroso, y en el que incluso le pareció que las aves, algunas de muy considerables proporciones a medida que se acercaban, estaban disfrutando como niños en el patio de su escuela marina y tan entregadas a su tarea que cuando ya formaban un círculo apretado comenzaron a entonar sus graznidos, primero de un modo muy suave y melodioso, poco a poco creciente y, a medida que se aproximaban más y más, cada vez con más fuerza hasta convertirse en un estruendo que sobresaltó al bañista y, Hitchcock mediante, le hizo caer de repente en la cuenta del peligro que corría en medio de aquel mar apacible y en el centro de una manada de gaviotas cuyos ojos llenos de furia y sus poderosos picos curvados tenía ya muy cerca, casi al alcance de la mano. Quiso entonces espantarlas y librarse nadando de aquel mal presentimiento, pero ya era tarde. La primera gaviota en atacar remontó el vuelo portando en su pico el globo ocular derecho del bañista limpiamente vaciado de su cuenca y, en una secuencia imparable, las demás aves fueron arrancando órganos, músculos, huesos, miembros con una voracidad tan descomunal y una tan veloz eficacia que aquella zona de la laguna no tardó en cubrirse por completo con una mancha entre rojo y ocre, mientras el cielo se llenaba de un ejército de alas y picos chorreantes que, tras un breve vuelo en formación compacta, no tardó en dispersarse hacia los cuatro puntos cardinales, tal como es sabido que se hizo con los despojos del tirano Santos Banderas en aquella novela de tierra caliente.


Un hipocampo en una 'Pennaria disticha', en el Mar Menor. 
Foto ©️ José Antonio Olive/El País. Editada.
(v. 3: El renacido)
El bañista, como si estuviera recién reencarnado, dudaba si volver a hacerse el muerto para acercarse sin ser notado al espigón donde las gaviotas pasaban el fin de la mañana, probablemente a la espera de que concluyesen los ejercicios ultrarrápidos de los cazas sobre la laguna y llegara el esperado momento del almuerzo reparador. Hacía tanto tiempo de su última estancia en aquel otrora paraíso que al elegante bañista le costaba trabajo recordar las viejas costumbres. Pero no tardó mucho en sentir que regresaban a él las fuerzas de aquella anterior vida como empujadas por los haces de luz que al entrar limpiamente en las aguas removían los lodos del fondo y propiciaban la turbiedad que a él, criatura de muy peculiares costumbres, tanto bien le hacía. Así que, ya del todo despierto y dejándose mecer por las corrientes intermedias, se acercó hasta donde sus viejas vecinas, primero con desconcierto, luego con alborozo, mostraron su sorpresa al verlo regresar y le tributaron el recibimiento reservado para las grandes ocasiones, hasta el punto de que la gaviota gongorina se puso a desgranar su muy preciso y algo temido canto, si bien justamente valorado por quienes de verdad aprecian y entienden de estas cosas, sin contentarse, mitad por vagancia mitad por simpleza camuflada de sencillez, con los comunes y anquilosados sentidos: «Durmió, y recuerda al fin, cuando las aves / –esquilas dulces de sonora pluma– / señas dieron süaves / del alba al Sol, que el pabellón de espuma / dejó, y en su carroza / volviose el hipocampo a la su choza». El caballito de mar había regresado a la laguna salada. La salvación aún era posible.

(v. 4: El nadador)

Picasso: El nadador, 1929. Museo Picasso, París.

Todo parece indicar que el bañista, nadador de profesión, se había equivocado de contexto. Ni haciéndose el muerto conseguía saber qué demonios pintaba él entre gaviotas reidoras, patiamarillas o rojigualdas; ni qué maldición aún mayor que la a tan duras penas olvidada había venido a caer sobre él para, después de recorrerse todas las piscinas del estado y aún del país entero, venir a dar en aquel podrido estanque de hedor y salmueras, rodeado
por todas partes de seres infectos e infelices, como recién abortados por una catástrofe nuclear y cuya única misión existencial parecía consistir en servir de abono a los hipotéticos nuevos colonizadores de un horizonte de sucesos ya consumido. «Lo mío, pensó, era el viejo realismo, de corte existencial, incluso sucio, si se quiere, no digo que no; pero aún con sentido y nervio; y no esta subespecie ínfima y degradante de ciencia ficción distópico-apocalíptica (mucho tópico y poca psiquis) cuyo sólo rurbro es ya un insulto a cualquier tipo, por pequeño que sea, de inteligencia, incluso de la clase IA subdos». El bañista se había sentado justo en el centro del espigón donde ni las gaviotas le hacía caso y todo a su alrededor tenía la apariencia de un cuadro pintado por El Bosco en uno de sus días de extrema lucidez. «No voy a tener más remedio que chivarme a Cheever», pensó antes de que la noche cerrara la mano y él recordara una vez más, como todos los días y en todos los lugares donde volviera a contarse su historia, que la casa estaba vacía.

(v. 5: La caracola)
Gloria Torner: Gaviota y Caracola, 2015.
Técnica mixta sobre papel. Col. particular.
En una de sus transposiciones sobre las aguas calmosas de la laguna salada, aunque no sabe si lo ensoñó o realmente el hecho se produjo —casi seguro que fue esto último, pero no conviene alardear—, al bañista se le acercó una caracola y, como quien no quiere la cosa (curiosa frase), entre apropiadas volutas y esperables cornucopias de sentido (ya se ve), el animal le fue resonando palabras reverberadas hasta casi suspender la noción del tiempo. De hecho, en el popurrí se iba mezclando lo pasado a lo presente y podían vislumbrarse jirones del porvenir. Y dijo la caracola: «Fíjate, alma de cántaro, que Da Vinci se ha venido a bañar al Mar Menor. Dicen algunos que ha sido porque sus playas son zen: los bañistas no tienen que hacer nada para mantenerse a flote. Podrían equipararse a las del Mar Muerto, tanto por condiciones de salinidad como por expectativas de destino (ay, ay, ay). Lo no dudoso es que Leonardo se sentiría feliz de experimentar en cuerpo propio las infinitas posibilidades circulatorias y fluidas de su ideal hombre de Vitruvio al tener a su alcance la facultad de extender y prolongar huesos, músculos, tejidos y auras hasta el límite de lo posible, aprovechando una situación tan placentera como poco accesible al humano corriente, cual es la de la casi ingravidez que propicia la extrema salinidad. Siempre ha sido muy fácil nadar en este mar interior. Pero en los últimos tiempos —alguien dice que por efecto de la creciente eutrofización de las aguas, o sea, por el exceso de compuestos orgánicos en ellas— la facilidad para mantenerse a flote es en verdad impresionante. Hasta el punto de que hay bañistas que aprovechan (toma nota, mameluco) para convertir cada jornada de baño en una sesión de yoga donde el hombre —y la mujer, claro, y todos los demás sexos— de Vitruvio estira su cuerpo al máximo e inicia con suaves movimientos su abrazo circular al cosmos, y poco a poco, inspiración, respiración, sin necesidad de grandes facultades ensoñadoras, se va dejando ganar por el síndrome del milagro del mar de Galilea, aquel que llevó al más descreído y cabezón de los apóstoles a andar sobre las aguas como Perico por su casa, y nunca mejor dicho». Y hasta aquí la copia de lo que la caracola me dijo. Cuando salí de sus reverberaciones, la corriente me había acercado al espigón y las gaviotas, reunidas en corro, aunque quizás no fueran todas de la especie reidora, yo diría que se estaban descuajaringando.

(v. y 6: Los Merluzos)
—Buen baño, eh.
—¿Eh! Sí, baño bueno.
—Cereblo verlo por acá.
—Lo mismo digo.
—Más limpio sí parece.
—Hasta las gaviotas lucen más lustrosas.
—Y contentas. Mire esas cuatro.
—Es verdad. No paran de reírse.
—Ja, ja. Lo llevan en el nombre.
—Sí, sí, ja, ja.
—Ya, pero no hay que fiarse.
—Menudo lío.
—Sí, los vertidos.

Atardecer en el Mar Menor, frente a la Isla Perdiguera.
Foto: 
©️Pacto por el Mar Menor, asociación que lucha por la salvación de la laguna salada
.
—Y tanto.
—Ser la huerta de Europa sale caro.
—Ya le digo.
—Y que somos muchos.
—Y producimos mucha basura.
—Y ahora, encima, la tontuna esa.
—¿Cuál de las miles?
—¡Hombre, no exagere!
—Las dejo en 999. Pero diga cuál.
—El botellón de yates.
—Ah, la fiesta de barcos.
—Eso mismo.
—En la isla del Ciervo, creo.
—¿No fue en la del Soneto?
—¿Cómo dice?
—Creo que la reunión fue ahí, en el islote del Soneto.
—Desconocía que tal ínsula existiera. ¡Eso se lo ha inventado!
—No, no. Lo vi en un viejo mapa. Hace años.
—¡Primera noticia!
—Pues ya lo buscaré y se lo enseño, ¡desconfiado!
—A ver, si no digo yo que…
—La que está más cerca de la Perdiguera. Esa era.
—Ah, usted debe de referirse a la Isla del Sujeto.
—¿Cómo dice? Ahora es usted el que fabula.
—No, no. Se lo aseguro. Consulte la cartografía de la zona.
—En fin, Sujeto o Soneto, no hay tanta diferencia.
—Y las erratas son el par nuestro de cada día…
—¡Y qué lo diga, qué fatiga!
—Ej caso es que con reuniones de ese jaez…
—Jaez es apropiado, sea lo que sea.
—Parece como si todo se hubiera llenado de extraterrestres.
—¿Y eso?
—Hay que estar muy desinformado para actuar así.
—O tener muy mala leche.
—Ya sabe lo que dice el jefe al respecto.
—¿Qué jefe?
—Bueno, usted ya me entiende.
—No. ¿Pero qué dice?
—Lo del imparable avance de la zombificación.
—Eso lo he pensado también yo muchas veces.
—Eso va a ser que va usted para jefe…
—No le pillo.
—No tiene importancia.
—Más que nada lo que a mí me gusta…
—El palique, ya sé.
—Eso también, pero…
—Cada vez está más crudo.
—… decía que lo más me gusta es ejercer de…
—… de escuchante, de atento interlocutor.
—¡Pero déjeme acabar la frase, hombre!
—Disculpe. Es la confianza...
—Decía que…
—Y las cosas del directo. Pero diga, diga.
—Pues eso, que me gusta ejercer de ser humano…
—Claro, el dibujo animado cansa mucho.
—… convencido del inmenso valor que tiene…
—Sí…
—… no dejarse vencer por los prejuicios.
—Eso es.
—Ni por las cobardías…
—Ahí le ha dado.
—Ni por las deserciones...
—Clarinete.
—… de quienes consideren que todo es consecuencia…
—Diga, diga.
—… de quienes ejercen la por otros llamada funesta manía de pensar.
—¡Bravo! Se lo compro.
—¡Eh, qué dice? Aquí no vendo nada.
—Que estoy de acuerdo. Quiero decir que estoy de acuerdo
—Sentido común, más que nada.
—¿Nada ha dicho?
—¡Eso mismo!
—¿Y a qué esperamos?
—¿A nadar?
—¡A nadar!
—¡A nadar!!
El bañista, completamente relajado e inadvertido gracias a su lograda forma de hacerse el muerto, pudo asistir con total discreción y casi ensimismamiento al diálogo de dos muy cualificados compañeros de playa y tomó buena nota de su diálogos. Y aquí nos los deja, convencido (me confiesa) de que la pequeña serie de miniaturas del Mar Menor por fin podrá darse por cerrada. Al fin y al cabo, aunque sean sujetos de pesca de altura, los merluzos se mueven como peces en el agua en cualquier superficie húmeda. Digo yo.
(LUN, 651, 650, 650bis, 648, 640 y 639 ~ Variaciones en Mar Menor + «El retorno de los merluzos»).



sábado, 6 de agosto de 2022

HACERSE EL MUERTO

—!A ver quién se hace mejor el muerto¡ !A ver quién se hace mejor el muerto¡

Las voces le llegaban con claridad, matizadas por el suave oleaje que una brisa de sabor magrebí levantaba en la laguna salada donde tan fácil era suspender el cuerpo en una especie de gravitación que invitaba a una profunda relajación, al sueño incluso.
Eran palabras muy parecidas a las que él había dicho tantas veces de niño, con sus amigos, en los baños fluviales del verano, aunque entonces, debido a la fuerte corriente del río y a sus traicioneros y voraces remolinos, hacerse el muerto tenía, además de una mayor dificultad, ciertos riesgos, hasta el punto de qué era raro el año en que no se contaba alguna víctima.
—¡A ver quién se hace mejor el muerto¡ ¡A ver quién se hace mejor el muerto¡
Las voces siguieron llegando a su oídos durante un buen rato, luego se fueron apagando hasta cesar por completo, y todo alrededor, también dentro, en su mente y en su memoria, quedó en un silencio intenso, largo, profundo… como si sobre la laguna salada hubiera caído una espesa tela que la aislara por completo del resto del mundo o también ella se hubiera sumado al juego y todo acabara tomando el fondo y la forma de un ensayo general de algo desconocido pero que flotaba en el aire como una de esas tormentas de verano que se anuncian, además de por la pesadez de la atmósfera, por el erizamiento de la piel y otros órganos que todos los seres vivos sentimos ante fenómenos que nos resultan inexplicables.
—!A ver quién se hace mejor el muerto! !A ver quién se hace mejor el muerto!
Volvían las voces. No había ya viento y había cesado también el oleaje. La laguna salada parecía un cristal oscuro lleno de surcos granulados. En su memoria, el río de la infancia se estancaba en un lodo denso y maloliente. Por lo demás, todo estaba en su sitio. Salvo alguna cosa.
Y la noche.
Playa de La Hita, Mar Menor. Foto AJR

(LUN, 664)

domingo, 16 de agosto de 2020

La agonía del Mar Menor y otros desastres

Peces muertos en la orilla del Mar Menor. Foto EA
(Al filo de los días). Largo e interesante artículo de Antonio Campillo sobre el lamentable estado del Mar Menor y las iniciativas, casi desesperadas, para intentar salvarlo, incluida la propuesta ideada por el Ayuntamiento de Los Alcázares para declarar a la gran laguna salada sujeto de derechos y, en consecuencia, poder proceder sin burocracias ni falsas promesas siempre incumplidas contra quienes lo agredan. Un planteamiento que también podría extenderse y ser útil para otros ecosistemas y “sujetos naturales” salvajemente castigados, y de forma muy especial para el río Tajo cuyo expolio y maltrato continuado son también un clamor incesante ante la cada vez más calamitosa situación de nuestro gran río, convertido casi en una ciénaga inmunda en muchos puntos de su trayecto.

Curiosamente, tanto la errónea política del trasvase Tajo-Segura como las principales causas de la contaminación del Mar Menor están indirectamente ligadas y, aunque suscitan opiniones diversas, merced a la miopía del que ve sólo sus intereses particulares, ambas son consecuencia directa de un mismo mal: no es posible seguir tratando a la naturaleza de modo tan inhumano ni podemos seguir fundando nuestra economía en la sobrexplotación permanente de los recursos ni en prácticas que, como se está viendo de forma palmaria, acaban teniendo consecuencias cada vez más graves e ingobernables sobre nuestra salud. Ya no hay más excusas ni más tiempo. Los derechos de la naturaleza son también nuestros derechos. No hay otra forma de superar la actual pesadilla.

jueves, 31 de octubre de 2019

Salvar el Mar Menor: el Manifiesto

La imagen puede contener: 10 personas, personas sonriendo, multitud y exterior
 Un grupo de manifestantes de Los Alcázares, uno de los enclaves más afectadas
por la situación. Foto de La Opinión (cortesía de Ángeles PInto)
(Lecturas en voz alta). Ayer en Cartagena, en la mayor manifestación que se recuerda en la ciudad (más de 50.000 personas), se leyó este manifiesto, que es en realidad un grito desesperado en defensa del Mar Menor. 
Es posible que muchas personas opinen que esta manifestación es el resultado de un fracaso, sobre todo político, de las mismas proporciones que el que hizo desaparecer la bahía de Portmán y destruyó buena parte de la Sierra Minera, y el mismo Mar Menor, demostrando que el desarrollo económico sin respetar el Medio Ambiente produce a la postre más pobreza y desigualdades sociales, e hipoteca nuestro futuro y el de nuestros hijos.
Durante los últimos 25 años, los diferentes gobiernos regionales nos han tratado como estúpidos. Han eliminado las leyes de protección del Mar Menor, han impulsado grandes recalificaciones de suelos, que solo la ruina inmobiliaria y la acción judicial han impedido que salieran adelante, y han favorecido un crecimiento irracional de la agroindustria más allá de cualquier límite, con el beneplácito de la Confederación Hidrográfica del Segura.
Y hasta hace apenas unas pocas semanas, seguían manteniendo que la mayor laguna litoral española estaba mejor que nunca, y todo gracias a ellos.
Hace unos días el Mar Menor nos arrojó nuestra estupidez a la cara, nos enseñó que todavía podía ser peor, que además de aguas verdes y fondos sin oxígeno, la muerte podría llegar de forma masiva a nuestros pies, en forma de miles de anguilas, quisquillas, doradas o cangrejos, y nos estremeció.
Y los responsables del Gobierno Regional entraron en pánico. Ya no se acordaban que habían quitado importancia a quienes veníamos advirtiendo que la laguna estaba muy enferma, que éramos unos exagerados, que perjudicábamos la imagen de la Región, del turismo y de la economía.
Volvieron a tratarnos como estúpidos, diciendo que era consecuencia de la Dana, mientras la agroindustria seguía incumpliendo las normas europeas, y las redes de alcantarillado de muchos pueblos se desbordaban arrojando sus aguas a la laguna una vez más.
Han malgastado muchos millones de euros en depósitos de hormigón o rampas para motos de agua que no solucionaban los problemas del Mar Menor, y ahora quieren que el Estado nos salve ante tanta irresponsabilidad.
Y dicen que nos endeudaremos aún más si fuera necesario para salvar el Mar Menor; ahora sí dicen que hay que salvarlo, que es un asunto de Estado, que es un asunto europeo, que es un asunto mundial, pero los pescadores aún no tienen garantizadas las ayudas por dejar de pescar y recuperar la pesca.
Y, también ahora, piden medidas urgentes, y declaración de emergencia, y ayudas europeas, y unidad.
Y nosotros les decimos que estamos hartos de mentirosos, incompetentes, y defensores de intereses privados en cargos públicos y les exigimos cambios reales, porque si no llegan pronto deberían de irse cuanto antes para que los hagan otras personas.
Recuperación, sí, de paisajes cada vez más perdidos y olvidados, de molinos de viento, de embarcaciones a vela.
Y como no nos fiamos de que sigáis engañándonos, queremos que las decisiones se tomen en órganos de participación ciudadana real, y no aprovechéis Comités de Expertos que ninguneáis hasta aburrir y desanimar a quienes más saben, cuando son tan necesarios.
Y exigimos coordinación y colaboración real entre TODAS las administraciones, con reparto de competencias adecuado. No vale pedir socorro al Estado y criticarlo al minuto siguiente, y ejecutar solo las medidas que benefician a los de siempre.
Y confiamos en un buen resultado de las acciones judiciales actuales y futuras, pero sobre todo confiamos en la movilización ciudadana.
Y todo esto lo decimos a esta hora, a la que en las zonas más profundas del Mar Menor reina el silencio porque la mayoría de sus habitantes han tenido que huir hacia las orillas buscando oxígeno, pidiéndonos ayuda.
A esta hora en que un susurro es suficiente para que llegue hasta el lodo más profundo, para ser devuelto de inmediato y convertirse en un grito desesperado. Devolvedme de nuevo la vida que os he regalado, por vuestro propio bien y por quienes vendrán después de vosotros.
Gracias por convertir toda la tristeza e impotencia en rabia y protesta. Gracias por pasar de la resignación a la indignación y gritar más fuerte que nunca que no vamos a seguir consintiendo semejante incompetencia de los poderes públicos.
POR EL FUTURO DE NUESTRA TIERRA, DE NUESTROS HIJOS
NO PARAREMOS HASTA SALVAR EL MAR MENOR.

domingo, 13 de octubre de 2019

Mar Menor: memorial de agravios

El Mar Menor a vista de satélite: el verde delator
(Lecturas en voz alta). Un reportaje extenso y complejo, firmado por Antonio Delgado y Ana Tudela, sobre las múltiples irregularidades e ilegalidades que se han cometido en el Mar Menor y las graves deficiencias de la errática política que ha desembocado en la letal situación que vive hoy la laguna salada.

lunes, 16 de septiembre de 2019

Muerte por agua

Vista aérea del Mar Menor, ahora en grave peligro. Foto tomada de WikiMurcia
(Al hilo de los días). Es una congoja insoportable, además de una rabia infinita, lo que provocan las imágenes del Mar Menor tras las terribles inundaciones, no por no inesperadas (¡pero nadie puede esperar nunca nada así!) menos desoladoras. Alguien ha dictaminado ya la muerte del Mar Menor, después de tantas heridas apenas cicatrizadas, y es casi imposible dejarse convencer de que esto es el fin, no es posible asumirlo. Se había previsto su desaparición por efecto del cambio climático, tal vez en un par de décadas, cuando la subida del nivel del mar hubiera cubierto la frágil barrera de La Manga y la gran laguna volviera a formar parte del continuo de agua salada, como fue en otro tiempo. Pero este horror añade, por así decirlo, la sevicia al desastre: al convertir en un inmenso albañal lo que hasta no hace mucho era una maravilla cercana de la naturaleza, pone en primer plano la verdadera causa de la tragedia, o al menos el factor de aceleración y agravamiento de los cursos naturales: nuestra civilización es un completo error si acaba destruyendo, y de modo tan vil y finalmente impune, el escenario. Aún queda (queremos que quede) una brizna de aliento para pensar que no es demasiado tarde. La prueba de fuego definitiva, aquí y ahora, será ver si es posible devolverle la vida al cadáver. Un milagro.

viernes, 30 de agosto de 2019

Da Vinci en Los Narejos del Mar Menor

No conozco ningún lugar donde sea más fácil nadar que en algunas playas del Mar Menor, especialmente en la de Los Narejos. Podría equipararse incluso a las del Mar Muerto, tanto por condiciones de salinidad como por expectativas de destino. El caso es que, como me decía anteayer mismo un anciano algo mayor que yo, en este litoral, para mantenerse a flote, «no hay que hacer nada». Podría considerarse en este sentido una playa zen —también (chiste va) poniéndole todo el “alma” por delante: en esta época del año multitudes la pisan— y no dudo de que en ella —y ahora voy a justificar el título— el mismo Leonardo se sentiría feliz de experimentar en cuerpo propio las infinitas posibilidades circulatorias y fluidas de su ideal hombre de Vitruvio: la facultad de extender y prolongar huesos, músculos, tejidos y auras hasta el límite de lo posible, aprovechando una situación tan placentera como poco accesible al humano corriente cual es la de la casi ingravidez que propicia la extrema salinidad. Siempre ha sido muy fácil nadar en este mar interior, carente salvo excepciones de oleaje, plano y brillante como aquel plato de refulgentes algas que Alberti convocaba, según mi viejo amigo Virgilio Pérez-Clotet, en un poema (nunca comprobé la exactitud de la cita). Pero en los último tiempos —alguien dice que por efecto de la creciente eutrofización de las aguas, o sea, por el exceso de compuestos orgánicos en ellas— la facilidad para mantearse a flote es en verdad impresionante. Así que en mi reciente estancia en la zona he aprovechado esa circunstancia para convertir cada jornada de baño en la variante de una sesión de yoga —para el saludo al sol sólo hace falta abrir los ojos— y en una especie de simulador de ingravidez espacial. Y es que basta con mover las piernas en posición horizontal levemente inclinada para que el hombre de Vitruvio se ponga en suave movimiento, y al poco, sin necesidad de grandes facultades ensoñadoras, uno tenga la sensación de que algo así debió de ser el milagro aquel del mar de Galilea que llevó al más descreído y cabezón de los apóstoles a andar sobre las aguas como Perico por su casa, y nunca mejor dicho. Quien lo probó..., etc.
...

sábado, 26 de mayo de 2012

Vuelos


Una tarde prodigiosa de mayo. La caída del sol sobre la laguna salobre llamada Mar Menor. El sonido de un punto de luz en el cielo que no tarda en revelarse como un avión dispuesto a tomar tierra en el cercano aeropuerto de San Javier. La impericia del cámara sorprendido en un oficio inesperado. Y el milagro del segundo 35:00. Imágenes así anidan en la mente y desembocan en recuerdos brillantes. A veces incluso son el germen de un poema. Los nuevos artilugios y su sencillo manejo vuelven fácil apresar emociones visuales y expresarlas. Y, aunque solo sea por un instante de tiempo compartido, alimentan la ilusión de volar juntos. Es el primer vídeo propio que cuelgo en la Posada. Disculpen el temblor.