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jueves, 8 de octubre de 2026

Poema en broza


El texto. Las texturas. Las hilaturas. Las torsiones. Y la manera posible de ver el siempre cielo estrellado. Otoño crece.

(Tiempo contado, poema en broza).

lunes, 27 de noviembre de 2023

UNA TARDE CON GLORIA


Cuando fui a buscarla a su casa de Alberto Alcocer para una lectura en el Aula de poesía del Johnny (CM San Juan Evangelista), Gloria Fuertes me hizo pasar a una salita con una mesa camilla «mientras termino de arreglarme para el sarao». Entró en otra habitación de la casa y yo curioseaba los cuadros y fotografías colgados en las paredes del salón. En una foto me pareció reconocer a Carlos Edmundo de Ory, del que entonces yo apenas había leído nada, aunque sí había visto algunas fotos, quizás en La Estafeta Literaria o en las páginas de huecograbado de ABC.

—Este parece el fundador del postismo —dije para hacerme el interesante, cuando Gloria ya había vuelto al salón y encendía un cigarrillo.
—Sí, el mismo. Carlitos. Menuda pieza. Y qué poeta más loco. ¿Sabes que fue novio mío?
—¡No me digas! ¡Menuda pareja harías!
—Pues sí. Delirios de juventud. Aunque tuve otro novio antes. Manolo mío: mi madrileño marchoso, maduro melocotón maleable…
—¡Qué bueno!
—Siempre me ha gustado mucho la fruta, jaja… Y no necesariamente los plátanos.
Advertí claramente el doble sentido pero no me sentía cómodo y decidí pasarlo por alto.
—Y eso del postismo, ¿exactamente en qué consiste?
La poeta —poco antes me había dicho que si se me ocurría llamarla “poetisa” me arreaba— dio una calada al cigarrillo y me miró con gesto no sé si de conmiseración o de fastidio.
—¿Pero tú no estás en la Universidad?
—Solo estoy en primero y estas cosas en Periodismo no se enseñan.
—Ya, estaba de coña. Lo del postismo en realidad no pasó de una aventurilla. Al menos para mí. Poco más que un pecado de juventud. A otros, en cambio, parece que les ha cundido más.
—¿Pero en qué consistía, cuál era su credo estético?—solté de un tirón y cayendo de nuevo en el afán de hacerme el interesante.
Gloria me miró entonces con aquella sonrisa suya de payasa buena, rematada con un arqueo de cejas algo burlón.
—Mira, niño, esas son cosas no fáciles de explicar, están en los libros y si quieres te las estudias.
—Pero una idea básica, un eslogan, algo definitorio…
—A ver: ¿tú en qué crees que pueden estar pensando un grupo de muchachos y muchachas decididos, de pura hambre atrasada, a comerse el mundo?
—¡En la Revolución!
—Sí, claro, en la revolución, en la revelación... y en el revolcón, eso seguro. Mira, el postismo como su nombre indica es lo que viene detrás del último ismo. ¿Sabes eso, no?
—Las distintas escuelas y tendencias vanguardistas —dije recordando lo que le había oido explicar a Marta Portal en las clases de literatura.
—¡Ahí, ahí…! Pues después de todo ese barullo, el postismo quería ser una recuperación de las voz propia no sometida a dictados externos. Vamos, que después de los ismos…
Hizo una pausa y sonrió al ver mi cara de expectación.
—Después de los ismos… ¡pos tú mismo, pasmao! ¡Postismo por ti mismo!

Aunque me mosquée no poco, enseguida me sumé a su carcajada franca y rotunda, como eran por entonces todas las suyas. Volvió después a bromear con las ínfulas de los poetas y a interesarse por mis cosas y mis amistades. Durante el trayecto hasta la Avenida de la Moncloa conversó muy divertida con el taxista, que la había reconocido porque para entonces, a mediados de 1976, Gloria ya llevaba años saliendo en la tele y era muy popular.

El recital fue todo un éxito. Se presentaba además la edición de Cátedra de sus «Obras incompletas» y pasamos una tarde y una noche intensa y divertida, aunque no exenta de algún incidente…
(LUN, 187 ~ Tiempo contado, Homenaje a GF en el 25º aniversario de su muerte)

martes, 11 de octubre de 2022

AL FILO

Pancho en Los Narejos, en el verano de 2014; tenía 14 años.
Foto © Ángela Pinto.
He aquí el mejor retrato de un amigo fiel llamado Pancho. Hoy/ayer, 10 de octubre 2022, se cumplieron seis años de su muerte. La foto la hizo una bella muchacha de ojos luminosos, Ángela, que también se fue. El otoño vuelve por sus fueros. La vida —esa cinta que nos lleva en su caprichoso giro— sigue. No sabemos cuándo abriremos la última novela.
(LUN, 598 ~ «Tiempo contado»)

miércoles, 27 de julio de 2022

VESTÍBULO DE NIEBLA

 


La interrupción de la vida cotidiana tiene la virtud de sacarnos, literalmente, de nuestras casillas. Y la desventaja, aparente, de que sin el amparo de la costumbre hay situaciones en las que no encontramos el rastro de las cosas (¡y las personas, sobre todo las personas!) en el lugar donde creíamos que estaban. No hay nada peor (es un decir) que regresar a un lugar del pasado y a las primeras de cambio caer en la cuenta de que es un lugar desierto. Pero es que no se puede volver al pasado, esa es la falacia. Crees que viajas al sitio donde estuviste tantas veces, donde viviste horas y circunstancias que han tenido su peso, pero en realidad lo que haces es llegar a una estación llena de presuntos viajeros que van y vienen, un enorme vestíbulo de acceso a unos fríos andenes donde todos los trenes están inmóviles e intuyes que no se moverán nunca. Y aunque puedes pararte a saludar y a dar y recibir afecto, muy pronto caes en la cuenta de que casi todo el mundo (las excepciones son muy pocas) está en otra parte. Y que también tú, que en teoría eres quien ha emprendido el viaje y en cierto modo llegas con noticias de otras tierras, estás en otra parte. Ahí se inicia o prosigue una interminable danza en fuga: afectos que caminan desprovistos de cuerpo en busca de personas que se mueven congeladas en un gesto, temerosas o audaces, islas y linajes, derivas entre extraños pasadizos que son las calles llenas de viento airado. Y, tras las grandes cristaleras, el laberinto interior de los edificios comunes donde la vida es otra forma de representación. No sirve de nada interpretar con benevolencia los signos inequívocos del error que lo calcina todo. Hemos de sobrevivir y hasta tenemos la obligación de la alegría pegada a nuestra moral más íntima. Hay consignas que nos han sido transmitidas con las aguas de la tribu, con la señal de nuestra pertenencia a una horda amansada que quiere reconocerse en cada uno de nosotros y, por medios ancestrales que ya forman parte de nuestra naturaleza, nos incitan a transformar la ofuscación en una moneda visual capaz de granjearnos la mirada de los otros: el reconocimiento. «¡Hola, Fulanito, cuánto tiempo!» Y ahí y allí se acaba todo. En medio de la selva, dicen las crónicas más creíbles, y los sueños que aún nos asaltan en sueños, se abre una inmensa cascada de agua pura. Es tan grande su caudal que no existe mirada capaz de comprenderla. Por eso nos perdemos en su contemplación. A lo más que podemos aspirar es a desleírnos en su corazón de humo caliente. Y a sentir que ese agua sin principio ni fin es nuestra sangre.

(LUN, 674 - Tiempo contado: Archivos de la Posada)

domingo, 21 de enero de 2018

Reconocerse es reconocer










A veces experimentaba un súbito rejuvenecimiento. Pero no era fácil continuar en el punto recobrado. Aunque sabía que Aquel-que-había-sido, ajeno en muchas cosas a El-que-podría-ser ahora, seguía adelante por su cuenta. Y algún día volvería a verlo.

lunes, 25 de diciembre de 2017

Canción de Navidad

Página del Diario.


(Al paso, 21). Canción improvisada de Navidad. El tiempo contado cae sobre el cuaderno en forma de escritura cincelada, no comprensible —o sólo con los ojos de la imaginación—, pero obediente a impulsos que tienen su fuente en búsquedas, acaso inhumanas, sin duda inútiles, y que discurren por la esfera más reservada del silencio íntimo, allí donde solo son visibles los cuerpos de los deseos no identificados, la materia bruta de los sueños, el escombro crujiente del final del día que uno se encuentra intacto, en un rincón del cuarto, con la primera luz del amanecer. 

De lo que no se puede hablar, decía Witt, hay que callar. La mano exenta, libre, voladiza, sabe arrancarle a la materia gráfica un puñado de minúsculas criaturas que, con sus juegos arabescos y sus giros malabares, son capaces de tatuarle al día preciso de la sexagésima tercia Natividad una senda de oscura mansedumbre. 

Y hasta el ánima libre del que despierta no duda en echarse a andar por ella. Y que comparezca el astro rey, al eco de un viejo villancico: «De una virgen hermosa / celos tiene el sol / porque vio en sus brazos / otro sol mayor». Feliz Navidad.

sábado, 29 de abril de 2017

Territorio

Hay palabras que nos eligen. No sabemos por qué. Pero un buen día se nos aparecen, toman posesión de nuestros gustos, se nos imponen como título de un libro, incluso como santo y seña para denominar alguna empresa, qué sé yo... Y se quedan a nuestro lado con un punto de familiaridad tal, que a veces llegan a confundirse con nuestros nombres más queridos. 

Incluso —fascinantes— pueden producirnos la ilusión de que son de nuestra propiedad, como si su existencia tuviera algo o mucho que ver con nuestra propia vida. 

Desde hace bastante tiempo —pongamos cuatro décadas—, una de esas palabras para mí es «Territorio» (a menudo con versal inicial, pero también sin ella). 

Leo ahora en Babelia que es el título elegido para sus memorias por Miguel Sáenz, el gran traductor y académico, en cuyo aspecto físico siempre he visto cierto aire de profesor de yoga o, mejor, de maestro zen, con esa mezcla de intensidad y paciencia que cabe suponerle a quien está acostumbrado a entablar combates con las realidades verbales en primera línea de juego. Es decir, en el territorio en que, tanto o más que el físico y geográfico, vivimos: el del lenguaje. Y, también, a renglón seguido, el de la «escritura», este territorio de gestos fugitivos con el que pretendemos descifrar el mundo. O, al menos, tratar de hacerlo menos salvaje e inhóspito. 

La coincidencia, trenzada con otra que no me entretendré en relatar ahora, me ha alegrado la tarde. Y me ha despertado un vivo deseo de leer esa obra.




martes, 28 de marzo de 2017

Contra los amos del tiempo

Mural en un comercio del barrio de Prosperidad. AJR, 2014

¿A dónde van las horas robadas?  ¿De dónde salen las horas añadidas?

Por si no fuera bastante lío el tiempo en sí —¡el tiempo en sí!—, los que tienen en sus manos la manija se empeñan en demostrarnos que pueden manejarlo a su antojo.

Más allá de las nunca demostradas razones de eficiencia, no es descabellado pensar que el motivo principal de los cambios horarios estacionales sea una mera, reiterada, contundente exhibición de poder.

Alguien nos quiere hacer saber que "ellos" están ahí y, como Cronos, en cualquiera de sus reencarnaciones, pueden devorarnos.

Pero, aunque nuestros sentidos ya algo fatigados lo sufran, es tarea inútil.

El Sol y, sobre todo, la Luna —¡menuda es ella!— seguirán a su ritmo.

Y en la plenitud de la noche y en la sospecha del amanecer, seguiremos sintiendo que lo que de verdad nos importa no está al alcance de ningún instrumento de tortura.

Reloj modelo «corte de mangas». Gif tomado de acá.


(Tiempo des/contado, 29.03.17; 11:05)

martes, 28 de febrero de 2017

El astronauta submarino


Como otras veces, antes de empezar a escribir en él, el cuaderno me dice su nombre. Este resulta evidente a la vista del dibujo de la cubierta, que parece sacado de una novela de Julio Verne: el astronauta submarino. Al valorar casi al peso el presunto oxímoron que surge de juntar las estrellas con el fondo del mar, me doy cuenta de su gran poder metafórico. Y, más aún, de su realidad. He aquí una buena definición para la tarea del escritor, incluso del poeta: la de convertirse en un astronauta submarino (¿o tal vez un buzo espacial?), alguien capaz de explorar arriba y abajo, sin olvidar el interior de la escafandra, con la misma actitud de búsqueda y atento siempre al control de la respiración. Darle vueltas.

(Tiempo contado, 9 de mayo de 2015, sábado) 

martes, 6 de septiembre de 2016

Alumno con mula


Al volver sobre mis pasos, siempre encuentro las mismas palabras sonando desde el fondo de un lugar que, a medida que se aleja, cada vez me parece más cercano. Es el pozo que había en mi casa de niño, al que me gustaba tirar piedrecitas, también algún canto gordo, para aguardar el chasquido del agua y los brillos lejanos, y sobre cuyo brocal solía dar voces que no tardaban en regresar cargadas de misterio, como si allí abajo hubiera alguien dormido esperando mis palabras. 

No había ninguna intención extraña en esas niñerías. Tal vez sólo la ilusión de que el mundo no fuera tan tosco ni tan plano como lo que sugería el uso inmediato del agua de aquel pozo, un agua gorda, no muy apta para el consumo humano, tan distinta de la que bebíamos en la aldea gallega, pura delicadeza de frescura y sabor (que el agua se considere insípida, aunque de forma objetiva lo sea, siempre me ha parecido una grosería). 

Ese agua, aparte de para las tan laboriosas tareas higiénicas de entonces, en una sociedad que aún desconocía el uso generalizado de los grifos dentro de las casas, servía para dar de beber al ganado, en concreto a las tres o cuatro decenas de mulas que habitaban las cuadras del gran corralón que se extendía  a lo largo de toda la calle y que eran la ocupación principal de la familia, abuelos, tíos y padre, todos ellos agricultores reconvertidos en tratantes, dedicados al trato de la muletería, actividad que consistía en comprar y vender mulas, incluidos los llamados «machos», también algún caballo o yegua, pero sobre todo caballerías de sexo estéril, aptas para la arada, la trilla, el acarreo y otras tareas propias de aquella sociedad agrícola que ya es pura leyenda. 

Los animales eran traídos desde Galicia, de las ferias de Monterroso y otras, inicialmente en largas caminatas por rutas de trashumancia, con paradas en curros, corrales o establos ya previstos, o en pleno campo abierto. Aunque en los tiempos de los que hablo, lo habitual era el transporte en trenes, estabuladas las acémilas y las demás caballerías en vagones especiales que alguna vez vi descargar en la estación de Eburia.

Al caer la tarde, era habitual que las mulas fueran sacadas de las cuadras en que pasaban la mayor parte del tiempo y en grupos de ocho o diez eran conducidas a la gran pila, alta y alargada, cercana al pozo, que ya había sido llenada de agua y donde era un gusto verlas abrevar, mientras mi padre o mi tío o, más a menudo, uno de aquellos «criados» (así se les llamaba a los mozos de mulas), tan diestros en el manejo de todo lo relacionado con su cuidado, silbaban sin parar una melodía simple y monótona, una especie de gorjeo sostenido que, al parecer, era necesario para que los animales cumplieran de forma más rápida el trámite de saciar su sed. 

De aquellos años aún me llegan a veces, envueltas en imágenes que me sorprenden en el sopor de media tarde o en algún sueño, algunos de aquellos tercos sonidillos que tienen sobre mí, alumno de esas y otras viejas lecciones de un mundo ya desaparecido, el poder de sembrar en mi cabeza una ambigua sensación, extraña mezcla de nostalgia y tristura, de la que sólo consigo librarme bebiendo un gran vaso de agua. Fina y fresca, a ser posible.       

Reata de mulas. Foto de autor desconocido. Tomada de aquí.

domingo, 31 de julio de 2016

Marina menor


Sube el nivel del mar. Sobre mis ojos, las palabras se quedan a la altura del perdido horizonte. Sopla el viento. Frente al blanco inmenso de la nada, mi alma es un barquito lleno de cerraduras. Una pequeña herrumbre, como una mancha leve, que va dejando un rastro de óxido y de sal. Apenas puedo hacerle caso al hombre que susurra a mi espalda otros nombres de los que nada sé y que se pierden, como mis ojos, en la intemperie opaca de las voces.
     
                                                             (Tiempo contado, 17.02.16, miércoles; 10:16 am)

Imagen: Viñeta del Mar Menor. © AJR, 2012

lunes, 23 de mayo de 2016

Paréntesis


11.05.15-domingo-11:15, en Talavera
Puestas las coordenadas espaciotemporales, esa cruz que indica el trazo más grueso de la realidad, comienza la tarea más dificil: dar cuenta de qué es lo que esas cifras y letras están señalando. «Marear la perdiz» es una frase hecha, de probable procedencia venatoria, o al menos cinegética, que cuadra bien con este merodeo (me rodeo para no agotarme ni agostarme) y con este impulso mantenido de venir al papel y la tinta para nada distinto. La otra opción es callar, soportar como sea posible el vuelo torpe y culebrero de la muerte... (en realidad, debería haber escrito «mente» y me dí cuenta aún a tiempo de corregir el rumbo caligráfico. No lo hice, no sé bien por qué. Pero pienso ahora que no debe de ser insignificante el suceso que apremia de tal modo que incluso nos fuerza a dejar de decir algo que creemos coherente para decir lo inesperado, un no pensado ser que se abre paso porque sí, por su propio peso. Extraña manifestación en el campo de los significados de la fuerza de la gravedad. Es decir, la caída en razón de un azar discursivo, nombre con el que puede designarse o definirse la concatenación de sucesos cuyo condición puramente aleatoria, lejos de obedecer al capricho de una realidad no sólo ingobernable sino también incomprensible, es el rastro más evidente de su verdadera significación: nada ocurre por nada en el universo unido por puntos que no siempre tienen conexión directa entre sí, aunque todos están de un modo u otro relacionados. Y tengo que mirar atrás para comprobar, como creía, que estoy dentro de un paréntesis: un isla de significados acotados dentro del discurso principal, pero tan extensa y dilatada que es como si en un mapa de Google Earth se hubiera ampliado tanto un detalle que el contexto general, el continente, hubiera quedado reducido a sólo una mancha boscosa e inhabitable en el contorno de la pantalla. Antes de cerrarlo y para evitar perder el cascabeleo de la ocurrencia, anotaré que una variante de los versos de Rilke sobre los círculos concéntricos bien pudiera ser:

He vivido mi vida entre paréntesis
que contienen el alma fugitiva
de tanta realidad
y que demoran mi paso entre las cosas
para darle su luz a cada objeto,
aunque al final serán sólo
dos fechas
unidas/separadas
por un breve guion:
el de mi vida.

Y aquí sí puedo cerrar). Y volver a dejar que el tiempo gobierne sus cuarteles y ponga las ideas y las sensaciones y los sueños y los trabajos en orden de batalla. Y en son de paz.


(Tiempo contado, 11.05.15; 11:15)
Fotografia de autor desconocido tomada de aquí, donde se indica que proviene de acá.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Exoplanetas interiores


La mareante realidad de ahí fuera. Con sus al menos seis caras.

Se me ocurría antes una frase llena de bucles reticentes, con ese supuesto equilibrio basado todo él en la más escéptica de las posturas, que por definición nunca se agota a sí misma. Tan improbable o incluso falsa, en suma, como ese escepticismo fundamentalista (o fundamentalismo escéptico: albardas intercambiables para el rucio del pensamiento) que consiste en dar un paso en una dirección, mientras se apunta urgente la posibilidad de ir hacia el lugar opuesto. O, con mayor propiedad, hacia otra dirección que tampoco parece ser la definitiva y que de inmediato engendra su reflejo neurótico. Y así hasta crear el dibujo real, pura ilusión, de los círculos concéntricos y su danza derviche. No debe de ser muy distinta la experiencia real de la locura, salvo por el dolor.

Pero toda esta indecisión se contrapone con los datos exteriores de la conciencia (aunque, una vez percibidos y asimilados, ninguno lo sea). Datos que nos informan, por ejemplo, de que se acaban de descubrir varios centenares de exoplanetas nuevos, de modo que el cálculo de este tipo particular de cuerpos celestes ha sufrido un aumento no sólo mareante sino literalmente inasumible. Veamos si no: «Si se extrapola el número de planetas de este tipo detectado hasta el momento a la población de estrellas conocidas, la conclusión es que probablemente existan decenas de miles de millones de planetas habitables en toda la Vía Láctea...».

Puestas así las cosas, produce un magro consuelo (¿de qué?) y una confortable sensación de cercanía, casi intimidad, comprobar que el concierto de AC/DC en Sevilla logró el éxito esperado, sin sorpresas pero todavía con vigor. O que Woody Allen acudirá a Cannes para estrenar su nueva película, y que así la realidad pueda aguantar un año más. O que esté a punto de saberse que le darán el premio Princesa de Asturias de las Artes a Núria Espert, y en el escaparate de proyectos de la mente ya se ha iluminado un rótulo expresivo: «La Espert o el Teatro». Un consuelo, ya digo, que es eso: suelo, tierra firme, frente a la fuga vertiginosa en que, si de verdad nos paramos a pensar (pero rara vez nos paramos a pensar), se va convirtiendo sin remedio nuestro cerebro, como una melodía que nunca se alcanza.

Y tal vez sea aquí donde el escepticismo fundamentalista opere su mejor paradoja y se muestre capaz de segregar la más eficaz terapia. La que nos libra de la pegajosa impresión de que todo pueda ser el sueño de un insecto evolucionando bajo los vapores tóxicos del más poderoso de los gases letales: la imaginación.

Hay días en los que resulta muy fácil comprender a Kafka.


(Tiempo contado, 11 mayo de 2016, 11:01)  

Imagen superior tomada de La Entrada Secreta.
La imagen inferior procede de aquí.

viernes, 8 de abril de 2016

Sílvia Pérez Cruz o la alegría


Acompañada por un quinteto de cuerda, con el que entabló durante casi dos horas ininterrumpidas un hermoso diálogo repleto de matices, Sílvia Pérez Cruz llenó de belleza, emoción y alegría la abarrotada sala de cámara del Auditorio Nacional de Música, en Madrid, el pasado viernes (24 de enero 2014). La cantante catalana, que une en su genealogía y, sobre todo, en su música influjos y cadencias de procedencia muy variada, desde el flamenco al jazz, de la habanera al bolero, sin olvidar el fado y los aires galaicos, es dueña de una voz extraordinaria, una de las más dotadas de nuestro abigarrado panorama musical. Pero, además, lo que demuestra sobre el escenario es una capacidad de interpretación en la que participa todo el cuerpo, y en la que cada nota tiene detrás un gesto auténtico, una forma de vivir la música que está llena de verdad. Con todo, lo más destacable de esta bellísima mujer habitada por un ángel en estado permanente de gracia es que su voz, con independencia de que el asunto de la canción sea dramático o triste, incluso trágico, siempre transmite una gran alegría. Una alegría que cura. Y a la que le veo un inmenso valor práctico, de poder fáctico incluso. Lo pensé la primera vez que la oí y el paso del tiempo no ha hecho sino reafirmar mi impresión: buena parte de los problemas políticos que afronta España estarían más cerca de solucionarse si fueran abordados desde la mezcla sensible de corrientes vitales que hace posible el arte de Sílvia Pérez Cruz.

(Tiempo contado, 28 enero 2014, 22:30 h)

Foto: Clara Bellés. Tomada de aquí.



jueves, 17 de marzo de 2016

La tos


Mientras trato de leer un artículo que apela a una muy peculiar concepción de la belleza, sufro un golpe de tos que conmueve todo mi edificio corporal, desde los cimientos a la azotea, con especial repercusión en las cajas interiores, ascensores, conductos de suministro y desagües. Esta experiencia de la tos es conmocionante, incluso conmovedora. En su advenimiento, quizás porque la expectoración remueve a fondo limos arraigados, se produce un a modo de vaho que huele, claramente, a enfermedad. O, con más exactitud, a atmósfera oprimida. Gases aprisionados por sus moléculas más pesadas que, además de lastrarles la volatilidad, hacen que se fijen en zonas corporales rastreras, donde se mezclan con todo tipo de residuos. Todo lo que en el cuerpo es resultado de las imperfectas combustiones. O también, lo que la alteración del proceso industrial del buen funcionamiento del edificio produce como resto no asimilado ni asimilable, pura filfa con su hedor gratuito. Y, sin embargo, en esta experiencia mórbida de la tos convulsa hay también un atisbo de realidad superior, cierto camino al trance. Ecos, tal vez lejanos pero sin duda existentes, de un movimiento derviche que traen a la memoria, y al paladar del alma (nada menos), una pizca del sabor de la melopea mística y la textura olorosa de un vuelo de incienso, sin duda algo rancio, pero todavía penetrante. Un aroma que se apodera de las papilas y los poros y, antes de que haya podido darme cuenta, me recuerda que ya está a punto de comenzar, en un nuevo ciclo del carrusel cada vez más vertiginoso, la semana de pasión. 

(Tiempo contado, 17 marzo 2016, 10:04 h)


Imagen superior, de autor desconocido, tomada de aquí. 
El supuesto parecido con un retrato infantil de Íñigo Errejón es infundado.

lunes, 14 de marzo de 2016

Rumores infundados

Cercanías del mar (Menor). ©  AJR, 2014.

Podría decirse, por la luz, que ayer fue el primer día de la primavera. Aunque la noche fría, casi heladora, lo desmintió. Como se ve, también en la naturaleza hay rumores infundados. 
Estas observaciones nos reconcilian con el deseo de entender la vida en todos sus extremos. Y no sólo desde el punto de vista humano, demasiado humano. Porque todo ocurre de la misma manera y sólo las variaciones pueden dar cuenta de lo que podemos aspirar a comprender.

(Tiempo contado, 14 marzo 2016, 11:41)

lunes, 7 de marzo de 2016

Yo estrené mi juventud (aunque hace ya tanto...)


Al conocer la muerte de Francisco García-Salve, más conocido como «Paco el cura», inevitable y melancólicamente me he acordado de este libro, Yo estrené mi juventud, el primero y único que leí de él, en los años de Salamanca, en el colegio-seminario de San Agustín, supongo que hacia 1967 o 1968. No recuerdo apenas su contenido, pero sí que su tono me pareció entonces muy moderno en relación con otros «libros de formación» de la época. Y que debía de estar en sintonía con los tiempos de aggiornamento (es paradójico cuánto ha envejecido esta palabra) que se vivían entonces en la Iglesia. Aires nuevos que, en buena medida, fueron los responsables del cambio ideológico que a partir de los años sesenta y setenta fue extendiéndose entre buena parte de los jóvenes que fuimos educados en la más estricta ortodoxia de una España en la que la Iglesia y sus estructuras educativas eran casi la única vía para acceder a la cultura, a través de una enseñanza que, pese a todas sus constricciones, tenía la virtud de que no impedía la capacidad de reflexión (ni de construir frases subordinadas).

En lo poco que recuerdo de esta obra, tal vez muy comparable a ciertos manuales de autoayuda que hoy tienen tanto éxito, el mayor acento se ponía sobre una especie de entusiasmo vivificante (ese era, creo, el adjetivo): un ejercicio de alegría basado en el mensaje del amor de Cristo que, a diferencia de otras ideas dominantes y castradoras, además de a menudo terroríficas, estaba planteado en sentido positivo, incluso eufórico, tal como indica la propia ilustración de la cubierta del libro.

Al lado de las enseñanzas que por entonces se nos inoculaban con rigor minucioso, en este y en otros libros similares, de autores como José María Cabodevilla o Michel Quoist, muchos adolescentes de aquella época encontrábamos algo distinto que nos resultaba muy atractivo: un tono en el que, frente a la terrible negritud de obras como Energía y pureza,  quizás el mayor tratado de sadomasoquismo que haya leído nunca (lo dice alguien que en su juventud posterior fue lector de Sade y de Sacher-Masoch), nos acercaban una cara amable de nuestra fe de entonces y, en ese sentido, nos ayudaban a sentirnos menos desgraciados. Y estaba, además, el estilo: un lenguaje de cierta calidez, apoyado en un tono directo y en metáforas estimulantes que incluso podían parecernos provistas de calidad literaria.

No sé hasta qué punto en esta obra de su etapa como pedagogo jesuita estaba ya presente algún atisbo del acento social y comunista al que García-Salve dedicó el resto de sus días, al parecer sin entrar nunca en contradicción con los fundamentos de su fe, salvo en lo tocante a los dogmas jerárquicos. Tal vez no fuera un asunto cuyo estudio esté carente de interés. Y más en estos tiempos en que la confusión ideológica no solo es notable sino que a menudo resulta difícil saber de qué se está hablando cuando se habla de ideología.  

Esta mañana, cuando la cita diaria de la muerte ha subrayado, entre otros, el nombre de García-Salve, en alguna zona de mi disco duro se ha encendido la frase que encabeza este post. Y con ella, esta reflexión inacabada y algo perezosa sobre un asunto que, si bien puede que no sea del todo indiferente a los asuntos que hoy se dilucidan en el debate (y combate) ideológico, de forma inevitable se consuma y se consume en la consabida pero inevitable conclusión del tempus fugit. Y cómo.

martes, 9 de febrero de 2016

Por los pelos

©Javier Zabala, 2014.

A la realidad no hay por dónde cogerla, es inaprensible. Entre otras cosas, porque estamos inmersos en ella, somos parte de ella, nos rodea por todas partes. Y no puede haber nada más inútil que el intento de salvarse de un hundimiento tirando de la propia cabellera, si es el caso y uno conserva algo de la osadía del barón aquel. Pero por algún sitio hay que empezar. Cada día. Hacerlo in media res no es sólo un buen método, narrativamente hablando, y de eficacia probada, sino que tal vez sea el único modo posible. Aunque la capacidad humana para actuar como si no nos diéramos cuenta está tan enraizada en nuestras costumbres, que incluso podemos sopesar la posibilidad de que realmente no nos demos cuenta.  Casi seguro que es por eso, y por buena educación, por lo que suspendemos o aplazamos la perplejidad en que nos sume a menudo el trato con el mundo. Y día a día sobrevivimos a esa extrañeza, tan cautivadora. Casi tanto como el uso abusivo del plural, nada mayestático y sí muy egotista, pues seguramente lo único que subraya es nuestra radical incapacidad para estar solos. 

(Tiempo contado, lunes, 8 feb 2016, 11:55 am)

Ilustración de Javier Zabala para Las aventuras del barón Münchausen, de Nórdica Libros. Publicada con permiso del autor.

viernes, 25 de septiembre de 2015

Grafoterapia


[...] Aunque lo más importante de lo que quería decir tiene que ver con el peso curativo de la escritura. La escritura cura. No afirmo con ello que el hecho de expresarse por escrito sea la mejor terapia y la más asequible, que también, sino que la escritura manual, en su sentido pleno de ejercicio de grafomotricidad, es el más poderoso reconstituyente que conozco frente a los estragos de la vida diaria. Supongo que algo parecido les ocurrirá a los pintores con el dibujo o incluso, y hasta más probablemente, con la aplicación del color sobre el lienzo (o sus múltiples variantes).

El dibujo de la caligrafía tiene una virtud física, gimnástica, innegable, además de un poder visual evidente. Me paro a contemplar los trazos de estas letras que, ahora que se sienten observadas, sufren el efecto de la contemplación, el síndrome del testigo incómodo, y veo cómo perfilan sus cimas y sus pozos, qué gran poder de concentración hay en sus giros ovales, de qué modo oscilan sus posturas disímiles entre la fijeza del asceta y las volteretas del saltimbanqui, cómo bullen sus espacios vacíos, su entrañas en blanco, qué relieves acaba adoptando el mapa sobre el que, más allá de las manchas de tinta o de carbón que los crean, los signos insinúan y modelan un mundo indescifrable...

Hay, debe de haber, una continuidad natural entre la escritura manual y el dibujo. Una lógica común o algún parentesco entre los gestos compartidos de estas dos formas de abordar el mundo. Y puede que también detrás de ellas, de ambas, esté atrincherado, apenas advertido pero presente, el anuncio del cansancio que todo esfuerzo cognitivo lleva implícito. Porque es más fácil, y hasta más natural, esforzarse en la parte material o artesanal de la tarea de vivir, en vez de aventurarse por la solitaria avenida de pensar lo invivido. Así, la caligrafía y el dibujo serían una especie de aplazamiento, del reconocimiento de la imposibilidad del pensar a fondo sobre cualquier cosa, incluida esta frase. También la revelación de la inutilidad de querer reducirlo todo a un esfuerzo mental.

He aquí un gesto que se traduce en un acto vicario, incluso puramente mecánico, y que en realidad no es más que la prueba de una nueva huida del lugar de la lucha. Una forma de ponerse a salvo en un espacio (¿un cielo?) protector donde la conciencia no sea sólo dolor. Quizás para intentar zafarnos así, y mientras sea posible, del verdadero dolor, del que intuimos, apenas entrevisto, que no seremos capaces de soportarlo. O que la única manera de poder hacerlo será de nuevo, y una vez más, la máscara: sabernos otros, fingirnos otros, personalmente abolidos en todos los extremos que no cesan de arrasarnos.

Y así es como va creciendo, mientras la mano avanza a su albedrío, se diría que desconectada de toda conciencia (aunque no sea cierto), una experiencia que, al intentar apresarla y expresarla, constatamos que se revuelve sobre sí misma y siempre desemboca en el balbuceo de una caminata que nos lleva al centro del bosque de los signos vacantes. Ese espacio en el que las palabras, despojadas de todos sus sentidos, cuelgan de las ramas como los harapos del fin de una fiesta de la que sólo sabemos que ha tenido lugar en ese rincón de nuestra alma al que ya no podremos regresar nunca.

(Tiempo contado, sábado, 11 octubre 2014; 13:21)

Imagen: 
Las manos del poeta Rui Knopfli. 
Foto de J. F. Vilhena. Tomada de aquí.

lunes, 11 de mayo de 2015

Canícula a destiempo


¿Recuerdan ustedes cuando lo del cambio climático era solo una exageración de ecologistas apocalípticos? ¿O la vez aquella en que una verdad incómoda fue considerada por nuchos un mensaje interesado y hasta marrullero de un candidato gore a la Casa Blanca, al que acusaron de no hacerle ascos al tremendismo para medrar en las encuestas? Hace un rato venía caminado por la acera de la sombra hacia la Posada, en compañía de Pancho, que esta tarde hace turno conmigo. Al volver la esquina de Sánchez Pacheco, al tiempo que buscaba un clines para limpiarme el sudor, he caído en la cuenta de que estamos tan sólo a 11 de mayo. Y la sensación térmica, así a bote pronto, no baja de los 30 grados centígrados, tal vez alguno más. Pancho ha debido de captar mi extrañeza --tengo observado que es un buen escrutador de las señales emitidas por las neuronas espejo-- y se me ha quedado mirando con una no menor perplejidad. Aunque aún ágil y todavía alerta, anda ya combatiendo, también él, la pérdida de finura de algún que otro sentido y ciertos déficits comprensibles a sus 14 años, una edad canina que cálculos del todo disparatados se empeñan en sostener que es equivalente a 98 castañas humanas. ¿Dónde hay que firmar? El caso es que en sus ojos llenos de reflejos del Niágara he visto dibujarse un asombro distinto, como si fuera del todo consciente de que este tórrido verano en plena primavera amenaza con escarallar nuestros relojes biológicos de animales sensibles, y no puede augurar nada bueno. «No temas, amigo mío --le he dicho--. Para el fin de semana, los astrólogos anuncian una bajada de estrellas favorables y moderadas temperaturas». No sé si he conseguido calmarlo. Tal vez, como otras veces, solo se ha limitado, indiferente, a darme la razón, que es lo propio. Pero lo cierto es que ahora duerme a mis pies bajo la mesa, tranquilo y sin roncar. Y yo he empezado a sudar un poco menos.

(Tiempo contado, 11 mayo 2017)