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Son dos amigos, él y ella. Han ido a pasar el día en pandilla junto al río que discurre pacífico y también traicionero por las afueras de la capital. Acaban de tener una pequeña discusión acerca del tono con que ella le ha dicho algo a él y están tratando de explicarse, de deshacer un equívoco sin importancia, de quitarle hierro al asunto. Ella dice:
—No sé, Zacarías; que soy idiota, que se conoce que me gusta que me aguanten, ¿sabes?, eso mismo va a ser; que soy una niña gótica, y me creo que…
Al llegar a este punto en una reciente relectura de El Jarama, la aclamada novela de Sánchez Ferlosio desheredada por su autor, no pude por menos que detenerme en seco ante esa expresión, «niña gótica», que de inmediato me trajo a la mente ciertos quebraderos de cabeza de alguna amiga con hija quinceañera lectora compulsiva de Harry Potter (no diré cuál de las dos), y más aún, la estúpida polémica surgida en relación con la terrible foto de los Zapatero en la Casa Blanca de los Obama.
Así que era eso. Eso debe de ser. Podría preguntárselo al propio Ferlosio la próxima vez que lo vea por el barrio. Aunque cualquiera se atreve a molestarlo con esta pejiguera o «cosa que sin traernos gran provecho nos pone en problemas y dificultades», como también dice sentenciosamente el de la RAE... Lo mismo va y me lo llama: «¡No sea usted gótico, hombre!» Quita, quita...
Qué curiosa la vida de las palabras.
Imagen: Un Jarama aún joven a su paso por el paisaje gótico y otoñal del Hayedo de Montejo. Foto tomada de motor. terra.es