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viernes, 1 de marzo de 2024

DÍAS IDOS DE MARZO

Como el tiempo se le había transformado en un grave problema de velocidad, decidió dar por concluidos los días antes de que ocurrieran y volver a Borges. ¿Pudiera tener la eternidad alguna especie habitable y perdurable en forma de infinita conversación? Seguramente, pero quizás no habría ya oportunidad de comprobarlo, ni sería posible hablar de estas cosas con nadie con la minuciosidad requerida. De modo que, al encarar el Mes por antonomasia del año, la mejor opción parecía volver a su vieja querencia y hacer de los viernes, fieles compañeros náufragos de la isla, un a modo de palanquín* cubierto y salir a pasear en él con el auxilio de las palabras del Gran Vidente: «El autor tiene que tratar de hacer algo bello. Si eso bello no es enteramente original no importa». Quod erat.

(LUN, 98)



miércoles, 26 de junio de 2019

El durmiente

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José de Ribera: El sueño de Jacob, 1639. Museo del Prado, Madrid.
A veces por el sueño tengo la impresión de que llego a recuerdos imposibles. Anoche, por ejemplo, soñé que estaba durmiendo en una gruta en los altos de la meseta, cuando el cielo se iluminó de pronto con la más poderosa luz que haya visto nunca. Supe después que el asteroide Theia, del tamaño de Ares, había chocado con la zona invertida de la Tierra y que de aquella inconcebible colisión, que durante un buen rato hizo que el planeta desapareciera de todos los registros inteligentes del cosmos, se formó la Luna. Durante mucho tiempo el nuevo cuerpo quedó cubierto por un manto de lava ardiente, «en el que —según cuentan las crónicas— los materiales más pesados fueron cristalizando en el fondo, en tanto que los más ligeros permanecían flotando en la superficie como polen útil para fecundar los cauces internos de la materia». No quedaba claro, en el sueño, dónde estaba yo mientras todo esto ocurría. Pero tampoco sé muy bien dónde estoy ahora. Ni si volveré a soñar.

(Inspirado en una información de El País, jueves 16 Junio 2019, p. 33).