(Cinemagias, 🎞19). No recordaba esta escena de la también casi olvidada American Psycho. Este artículo de Jabois sobre la muerte de Blesa me la ha recordado. Y me ha parecido oportuno traerla a esta sección, más que nada para aportar un punto de vista sobre ese trágico suceso en el que se ponen de relieve concatenaciones de hechos que pueden ayudar a entenderlo como lo que probablemente haya sido: un «daño colateral» de la sociedad de los signos exclusivos compartidos y la «cosa nuestra». Aun sin estar plenamente convencido del argumento de fondo —Jabois parece compartir la tesis policial del suicido y asume el peso de la exclusión social como causa probable—, es un artículo iluminador. Y lleno, además, de referencias literarias (Primera publicación en Facebook, 23.07.2017)
(Cinemagias, 🎞18). Siempre es un buen momento para revisitar El Padrino, esa imprescindible crónica de la vida social de los altos bajos fondos que tanto nos ha enseñado sobre la condición humana, el doble filo de los lazos familiares y los afectos, la ambición irredenta o las venganzas, irónicas o no, del destino.
Pero hoy es casi obligado volver a algunas de sus memorables escenas para intentar hacernos cargos de la realidad, con ese cadáver presuntamente suicidado de Miguel Blesa en todas las mesas informativas del país.
No es, claro, la única opción fílmica al hilo del día. También se me había ocurrido, ingenuamente, por mera asociación alfabética, rescatar alguna secuencia pertinente de aquel título algo olvidado del primer Borau: Hay que matar a B. Lo dejaré para otra ocasión. Confío en que no necesariamente luctuosa. Que la letrita (Barberá, Bárcenas, Bribón...) se las trae.
(Cinemagias, 27). Viendo y oyendo hace unas semanas, y de modo fugaz, a Marta Sánchez cantando la estúpida letra que le ha puesto al himno de España, en el acto de Ciudadanos, venía a mi memoria esta escena, central e inolvidable, de Cabaret. Los paralelismos, si bien aún lejanos, son un aviso. Cuando a los políticos les da por envolverse en banderas hay que echarse a temblar. Y ponerse en guardia. Para que no sea necesario hacerse la terrible pregunta: «¿Sigues pensando que les pararéis los pies?» (Primera publicación en Facebook, 23.05.2018)
(Cinemagias, 🎞17). ¿Tiene algún significado la expresión «un clásico absoluto»? Seguramente, sí. Pero por si hubiera alguna duda, he aquí un botón de muestra. De Río Bravo. La música, desde el envidiable relajo de Dean Martin, es una delicia minuciosa, pura fascinación. Pero la forma de moverse de John Wayne, cómo desplaza su cuerpo, con el cazillo en la mano, y cómo se planta en medio de la sala..., toda esa sabiduría corporal... resulta inefable. De gestos y rastros como estos está poblada nuestra memoria. Aunque puede que apenas recordemos todo lo demás. (Primera publicación en Facebook, 08.07.2017)
(Cinemagias, 🎞16). Caótica Ana (2007), pese a su manifiesta irregularidad, las redundancias narrativas y algunos despistes argumentales, es una de la películas del «último» Julio Médem que me han dejado mejor sabor de boca y mayor disfrute visual. Concebida como un homenaje a su hermana fallecida y, prolongado esa clave, como una exaltación del papel de la mujer a lo largo de la historia, es una obra llena de secuencias poderosas y coloristas, alguna realmente terrible y otras de gran belleza.
Uno de sus momentos más logrados, con un peso central en la historia, es este baile entre la protagonista, Ana (Manuela Vallés), una joven pintora extremadamente sensible y con un gran poder onírico, y su padre, Klaus (Matthias Habich), viejo hippie asentado en Ibiza al que le han diagnosticado una enfermedad mortal. Ana, que desde hace algunos meses vive en Madrid, en una comuna de artistas, vuelve a la isla para despedirse de él.
La escena queda enmarcada –y exaltada– por la voz de un Antonio Vega, aún con buen aspecto, que interpreta la canción a través de la cual Enrique Urquijo (de Los Secretos), inspirándose en una conocida balada, contó casi proféticamente su triste final. Se configuran así unas imágenes de las que, además de por su propia fuerza, emana un aura envolvente de belleza trágica. Y de verdad.
(Cinemagias, 🎬15). Como se ha dicho tantas veces, Hitchcock es el maestro insuperable en el arte de descubrirnos miedos y terrores que acaso no sabíamos que teníamos: a los pájaros, a la ducha, a las alturas, a las avionetas, al vecino de enfrente... Experiencias que, una vez descubiertas y reveladas por el extraordinaria manejo rítmico de las imágenes y de nuestras mentes, ya no nos abandonarán nunca y nos saldrán al paso en todos los momentos «sospechosos» de nuestras vidas, que a partir de entonces los serán casi todos.
Y no sólo hacia el futuro. Cada vez que vemos la insuperablemente terrorífica escena del carrusel sangriento de Extraños en un tren, se nos vienen a la cabeza todos y cada uno de los viajes que hicimos en la infancia en esas atracciones, sin excluir tal vez algunos gamberros juegos adolescentes. Y la angustia retrospectiva puede llegar a ser tan intensa, que por un momento logra aterrorizarnos de verdad.
Hasta que descubrimos que en realidad es un placer sentirla. Y que, de algún modo, con esa exaltación sensual y psíquica, le estamos haciendo un gran corte de mangas a todos los monstruos y criaturas abismales que viven agazapados en las esquinas cruciales de nuestras almas. Y que, por fortuna, aún (¡aún!) se desvanecen cuando les roza un poco de luz.
(Cinemagias, 13). Uno de los varios méritos de 27 horas (1986), la película en la que Montxo Armendáriz hizo una de las mejores y más emotivas crónicas de los estragos que la heroína causó en la juventud vasca, es la naturalidad, no exenta de un veraz lirismo, con que describe el paso del grupo de amigos que se reúne para echar el rato en «los billares» a la soledad mortal del pinchazo en vena. Un cambio de usos sociales juveniles de funestas consecuencias y que, en más de un caso, se produjo casi sin advertirlo, en medio de una gran ingenuidad y con graves errores de bulto, incluidos los políticos. Otro hallazgo de la peli, de naturaleza bien distinta aunque también adictiva, es que nos descubrió, ya para siempre, a Maribel Verdú, casi nada. (Primera publicaciòn en Facebook, 22.06.2017)
(Cinemagias, 11). Junto con La naranja mecánica, que el propio director ordenó que se dejara de proyectar por sus posibles efectos "perniciosos", tal vez sea Eyes Wide Shut («Ojos cerrados de par en par», según la traducción del difícil título que me parece más sugerente), la película más polémica de Stanley Kubrick.
En varias ocasiones me he visto "obligado" a defender lo que a mí me parece un filme brillante y valiente frente a las opiniones de amigos o conocidos, incluidos admiradores del gran cineasta, que la consideran una obra menor en su filmografía, incluso una mala película. Naturalmente, para gustos colores.
Si pienso que EWS es no sólo una de las mejores obras de Kubrick sino la más personal, arriesgada y valiente de su carrera, así como un revelador testamento fílmico, se debe, entre otras muchas cosas, a secuencias como la que aquí aparece. Está protagonizada por una intensa y convincente Nicole Kidman que, literalmente, eclipsa a un Tom Cruise anodado por la revelación interpretativa de la que en muy poco tiempo dejaría de ser su mujer en la vida real.
La escena tiene, a mi entender, un claro espejo y referente en la secuencia final del testamento cinematográfico de otro grande del séptimo arte: The Dead» («Dublineses»), de John Huston.
En ambas casos, la memoria crucial de lo que pudo haber sido un paso decisivo en la vida, ligada a la indecible nostalgia de una pasión amorosa sólo presentida —mas con inolvidable intensidad—, es la materia emocional de sendas confesiones femeninas que dan cuenta de profundos secretos y deseos que, quizás como toda verdadera pasión, no pueden ser nunca satisfechos.
(Cinemagias, 🎬26). Entre los atractivos de ver cine español “antiguo”, uno de los más agradables son las sorpresas que suele depararnos la presencia, a menudo en pequeños y hasta insignificantes papeles, de actores o personajes después muy reconocidos. Anoche, por ejemplo, viendoAventuras del barbero de Sevilla, película de Ladislao Vajda, entre otros detalles quedé fascinado por la aparición de un Miguel Gila ya de cuerpo entero, nada menos que en el glorioso año de 1954, y en lo que sería su segunda aparición en la gran pantalla.
El Gila genial, que haría de sus historias telefónicas de la guerra una de las cumbres de nuestro humor, ya asoma con total y elocuente claridad en esta secuencia de una película de género musical, hecha para el lucimiento de Luis Mariano y Lolita Sevilla, pero que tiene momentos muy divertidos y un guion con varias vueltas bien hiladas.
No es la mejor de su director —otro día me gustaría rescatar fragmentos de Mi tío Jacinto o, también, por su peso “emocional”, de Marcelino pan y vino, aquel dramón poetizante que colonizó parte de nuestra infancia—, pero en ella, junto al buen dúo de los protagonistas y la sorpresa de Gila, hay intervenciones no desdeñables de Pepe Isbert, Fernando Sancho, Emma Penella o José María Rodero, entre otros.