Me parece que hoy es la jornada, y casi la hora, más indicada para reconocer la importancia indiscutible que Cristiano Ronaldo (más conocido como CR 94, por los millones de euros que costó) tiene para que el Real Madrid mantenga vivas las esperanzas de disputarle al Barça los títulos en juego en ese deporte otrora llamado balompié: Liga, Copa, Champions, en los dos últimos casos con el permiso de algún tercero o cuarto en discordia.
Con su físico de extraordinario atleta, su infinito deseo de ganar, su temperamento ibérico e isleño, su prodigioso control de la pelota, su misílica velocidad, su dominio matemático del sentido de las distancias y, en fin, sus portentosas cualidades futbolísticas, Cristiano puede llegar a convertirse para el Madrid (si no lo es ya) en el líder capaz de encabezar el retorno de los sueños perdidos.
Papeles como el que desempeñó en el partido de ayer ante el Villarreal, liderando muy por delante de todos sus compañeros, pero sin olvidarse de ellos, una remontada que parecía algo más que peliaguda, acreditan para el jugador portugués una imagen de espejo en el que el viejo espíritu madridista puede llegar a reconocerse. Y tal vez resucitar.
Es una gran suerte tener a un deportista de tan soberbia calidad en la Liga española. Además, la madurez parece irle acercando poco a poco a una forma de estar en el campo que le ayudará a superar de forma definitiva inercias infantiles para transformarlo en el gran baluarte de la tribu blanca. Y, ya digo, en el verdadero recurso capaz de plantar cara y acaso desbancar al que quizá sea el mejor equipo de la historia (aunque esas comparaciones siempre son complicadas, incluso imposibles).
En todo caso, hoy, en esta tarde, lluviosa en Madrid y en otras muchas partes de Europa, me parece que es el momento adecuado para decirlo claramente e incluso con énfasis: «¡Ese portugués... qué bueno es!!»