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domingo, 6 de diciembre de 2020

Satam Alive

František Kupka: La gama amarilla, hacia 1907.
Museum of Fine Arts, Houston (Estados Unidos).


Al volver sobre sus pasos y volverlo a ver, cayó definitivamente en la cueva y supo reconocer que aquel hombre del retrato tenía —en su gesto, en su rictus, tal vez en el indisimulado principio de indolencia— un más que notable parecido con el escritor tan admirado al que corresponde el nick inverso o apodo tan sugerente de «Satam Alive». (NUL 792 bis).


martes, 23 de junio de 2020

Ludwig dice...

La imagen puede contener: 2 personas, personas sentadas
Bartolomé Esteban Murillo: Dos niños jugando a los dados; entre 1670 y 1675.
Academia de Bellas Artes, Viena.
Si todos los objetos son dados
todos los dados son si objetos.
Si todos son los objetos dados
los objetos dados si son todos.
Todos los objetos son si dados
si dados son los todos objetos.


Sind alle Gegenstände Gegeben...
(L. Wittgenstein, Tractatus..., 2-0124)

(Serie “Dados”, tirada final).

lunes, 22 de junio de 2020

Entre dos luces

La imagen puede contener: cielo, nubes, árbol, exterior y naturaleza
Albert Bierdstadt: Atardecer en la pradera, hacia 1870.
Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid.
«La vida de los otros es, al final, la que siempre será un misterio. Aunque sólo puedas saber de ellos, verdaderamente, a través del misterio de tu vida», leyó. Había pasado la tarde divagando entre viejos recuerdos personales, monótonos y oscuros, y los recuerdos vivos y bien ordenados de un cómico admirable. Y entre una y otra experiencia —contrastes al margen— parecía abrirse paso una órbita de sentido capaz de reducir, si no el misterio, sí la dificultad de interpretación para no volverlo por completo insignificante. Y fue ahí, justamente ahí, cuando se abrió paso, de golpe, el destello de luz que inaugura el crepúsculo.
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sábado, 13 de junio de 2020

Las buenas noches

No hay ninguna descripción de la foto disponible.
Francisco de Goya: «Dos hombres hablando», hacia 1795 (?).
Dibujo sobre papel verjurado agarbanzado, pincel, trazos de lápiz negro y aguada de tinta china. Probablemente inspirado en un dibujo de John Flaxman para ilustrar «La Divina Comedia».
Biblioteca Nacional, Madrid.
«Rehumanizar la vida —me dijo a modo de conclusión cuando ya nos despedíamos, cada uno con su máscara y unidos por una misma perplejidad— exige poner en su lugar a la muerte, asumir la finitud y acaso la extinción, sin por ello perder la alegría del carpe diem ni dejar de vivir en el presente». 
Supongo que advirtió mi gesto mitad irónico mitad escéptico. 
«No es fácil, claro —prosiguió—. Ni está claro cuál sea el mejor camino. Pero por algún sitio debe de estar». 
Y, sin más, nos fuimos. Cada uno a su nicho.
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jueves, 11 de junio de 2020

Viandas

La imagen puede contener: comida e interior
Clara Peeters: Mesa con mantel, salero, taza dorada, pastel, jarra, plato de porcelana 
con aceitunas y aves asadas, hacia 1611. Museo del Prado, Madrid.
No fue, por fortuna, su última cena, pero muchos años después aún paladeaba las palabras que podía leer gracias a una nota despistada en su celular y en la que, bajo el encabezado de «Arte y solera» y sin ningún comentario adicional, figuraba anotado un menú para dos compuesto por ceviche de atún con chile y cebollita morada, carpaccio de ternera con vinagreta de mostaza sembrado de virutas de foie, corvina con puré de apionabo, pesto y pamplinas, cremoso de queso con frutos rojos, y cuajada de limón con crumble de almendras y espuma de yogur. Lo que no recordaba era si las viandas habían estado a la altura de la prosa.
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sábado, 6 de junio de 2020

Nostromo

No hay ninguna descripción de la foto disponible.
José Chávez Morado: Los embozados, 1955.
Dijo su nombre y nos fue saludando uno por uno. Parecía difícil de creer, pero aún recordaba detalles tan nimios como las películas favoritas de cada cual o las aficiones que imprimen carácter —filatelia, mariposas, minerales— y hasta la manera que teníamos de ponernos la mascarilla. Por esto último, a todas luces un dato inconsistente en su relato, supimos que era un impostor. Y decidimos deshacernos de él.
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viernes, 5 de junio de 2020

É la nave va

La imagen puede contener: una persona
Ilustración: ©️Javier Serrano, 2020
Una ráfaga de tiempo dio la vuelta al paraguas y lo transformó en una barca, acogedora y ágil, para afrontar las mareas de la vida. ¡Hay que ver el poder simbólico y real de algunos objetos cotidianos! ¡Quién no tiene, incluso sin ser galaico, al menos un paraguas en su vida?
El mío más persistente me acompaña desde aquellos días pasados en el pueblecito italiano de Arco, en la provincia del Trentino-Alto Adige, muy cerca del lago de Garda, tal vez en el verano de 1996. Una mañana, visitando Trento, al pie del Castillo de Buonconsiglio y la singular Torre Áquila (¿no conocen aún sus prodigiosas pinturas murales de los meses?), nos sorprendió un temporal, si no bíblico sí tridentino, y hubo que buscar en las muy tradicionales y recoletas tiendas de la histórica ciudad un “ombrello” capaz de protegernos. Como éramos cinco, optamos por un ejemplar amplio y fuerte que, en todo su esplendor y sin dejar de ser serio y elegante, propiciaba un abrazo casi de sombrilla playera.
Hubo, además de ese primer paseo, otros muchos en aquel verano lluvioso y feliz, incluida más de una caminata junto al gran lago, entre las velas de pequeñas embarcaciones cabeceantes, algún yate poderoso y numerosas sorpresas escondidas en lugares como Limone, Malcesine —con el castillo que fascinó a Goethe—, Peschiera o la propia Riva di Garda. Y sin olvidar las altas caminatas por el Monte Baldo ni la inquietante sugerencia de Salò... Desde entonces, ese gran paraguas, al que recientemente bautizamos como El Abuelo, viaja siempre con nosotros en el coche y, en cierto modo —ahora lo veo claro—, se ha transformado en un vehículo mágico y protector en nuestro camino a través del tiempo.

jueves, 4 de junio de 2020

¡Atrás, Sarta!

La imagen puede contener: una persona
Michael Pacher: San Agustín y el Diablo, 1471-1475. Alte Pinakothek de Múnich.
Como es bien sabido, los nombres del demonio son muchos, pero los demonios sin nombre son aún más. Por eso conviene estar prevenidos y tener siempre a mano un «¡Atrás, Sarta!». Fórmula infalible, tal vez porque su carácter capicúa desconcierta a las bestias de tal forma, que acaban reducidas y hechas un nudo sobre sí mismas, e incluso se conocen casos en los que han llegado a desaparecer, consumidas o tal vez evaporadas, sin dejar huella.
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martes, 19 de mayo de 2020

Ex machina

La imagen puede contener: una o varias personas, mesa e interior
Foto de François Hardy, de una serie realizada por Jean-Marie Périer en 1964.
«Hace ya ha tiempo que cayó en desuso, sustituida por todo tipo de teclados y pantallas. Pero en la vieja máquina de escribir aún hay una belleza imbatible de artefacto artesano, incluso de animal de una especie al borde de la extinción, o ya, y en más de un sentido, ex/tinta. Lo cierto es que su memoria y sus rasgos siguen vivos en infinitos testimonios de época». Había comenzado a escribir de este modo su elegía por una vieja amiga, cuando el autor sintió que, muy por encima de todo esos recuerdos, tata-ta-tata-tata, lo que en verdad echaba de menos era la percusión del teclado pulsado a buen ritmo, tata-tata-ta ta, aquel crotoreo casi sinfónico animado por el alegre campanillazo del final de línea, tata-tata-ta ta-ring!, y el deslizante zumbido del cambio de renglón, swift, swiffffft, sin olvidar el giro saltimbanqui de la increíble tecla de retroceso... En fin, añoraba una melodía tantas veces emulada y ponderada en los últimos años que, según le ha confesado alguna vez el portátil con que suele escribir sus relatos, y es literal, «me pone más que a un niño de tu época la música de los caballitos». El autor cada vez tiene más claro que, en el fondo de su corazón de litio y sus bocanadas de wifi, su también ya viejo ordenador es todo un romántico. Y de un modo acaso inexplicable pero evidente, se sabe heredero de una antigua y sonora leyenda.
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jueves, 14 de mayo de 2020

El regreso

La imagen puede contener: exterior
Yves Tanguy: Todavía y siempre, 1942. Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid.
Foto: ©VEGAP.
Soñó que había llegado al fin del sueño y que en la blanca oscuridad se acababa todo: el sueño, el cielo, el suelo, la vida. El mar no estaba, ni había aire, sólo un lienzo de niebla. Nadie. ¿Cómo es posible —tal vez diréis— regresar de una aventura así? No lo sabe. Ni si ha regresado. Pero lo cierto es que ese mismo día, a media tarde, le invadió una emoción parecida a la ternura cuando, en un libro de cuyo nombre no logra acordarse, leyó una frase de Novalis, de cuya literalidad tampoco estaba seguro: «Cuando soñamos que soñamos estamos muy cerca de despertar». ¿Sería cierto? Tenía toda la noche para comprobarlo.
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martes, 5 de mayo de 2020

El paseante: los orígenes

No hay ninguna descripción de la foto disponible.
Ilustración ©️Javier Serrano, 2020
Si se pone a recordar cuál pudo ser el primer paseo de su vida, en su memoria se entremezclan dos lejanos fogonazos, cenizas casi de un perdido resplandor. En uno se descubre de la mano de dos jóvenes militares —tal vez dos reclutas del cuartel del Cerro Negro—, caminando muy ufano entre ellos, mientras ve venir hacia él a la madre, muy alterada pero sonriente, a causa de lo que años después sabrá que fue un afortunado hallazgo y reencuentro, tras el susto grande por un niño perdido en el bullicio de la feria.

El segundo vislumbre, que está unido tanto temporal como espacialmente al anterior, lo sitúa frente a una boca de riego en unos jardines cercanos a una ermita: allí está mirando el charco de broza y hojas que se ha formado alrededor de una tapadera de metal removida y, de forma inexplicable, acaso por torpeza o por curiosidad, poco después está comprobando desolado que ha ido a meter en él un pie —izquierdo o derecho, qué más da— justo la mañana en que acaba de estrenar sus primeros zapatos Gorila, tan preciados en aquellos tiempos, además de por su graciosa forma redondeada, por la pelota de goma maciza que regalaban con su compra y que, botada con habilidad y fuerza, podía elevarse hasta alturas casi inverosímiles.

De lo que ya no queda huella alguna en su memoria es de lo que ocurrió después, al regresar al banco del que se había alejado y donde tal vez tuvo que inventar alguna excusa más o menos fantasiosa —«es que se me había caído la canica dorada»— para explicar aquel desastre y poder volver a casa sin otros contratiempos.
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sábado, 25 de abril de 2020

Las carteleras

La imagen puede contener: exterior
Arte callejero: grafitis y señuelos del pop art en torno al cartel de la película The Kid (1921),
de Charles Chaplin.
En aquel tiempo nuestras diversiones eran muy sencillas. Consistían, por ejemplo, en capturar murciélagos que se habían despistado y allí, en el cuenco de piedra de la fuente, frente a las acacias de la plazoleta, obligarles a fumarse un cigarro sin pausa, hasta que se hinchaban, se hinchaban... Y omito lo que los más crueles de la panda podían hacer después. Pero no saquen conclusiones precipitadas porque, en el fondo, éramos muy ingenuos. Fíjense que a menudo la mayor diversión de la tarde consistía en ir paseando pausadamente hasta la plaza a ver las carteleras de los cines del pueblo, justo al lado de la tienda del zapatero artesano, no por nada llamado Mazuecos. La algazara era doble si ese día ponían una de Charlot o del Gordo y el Flaco, nuestros héroes. Mirar las carteleras con suma atención y comentar entre risas los detalles era ya un poco como ir al cine. Además, si la película era de Drácula o de vampiros, nos servía también de expiación. Estamos ¿vivos? de milagro.
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La imagen puede contener: exterior
Vitrinas para las carteleras de cine.
Plaza del Reloj, Talavera de la Reina.
Foto tomada del blog de Méndez-Cabeza

jueves, 23 de abril de 2020

El Jugador

La imagen puede contener: una o varias personas
Una tirada de dados... Foto de autor desconocido.
Mientras los días de la peste seguían avanzando, implacables, confusos, desasidos, quizás como vagones de un tren privado de su locomotora o, más preciso aún, de un destino concreto para el viaje, a la altura de esta última metáfora —«y ya no hay más que metáforas», se dijo— sintió que se había incorporado al recorrido un nuevo pasajero de indefinido sexo, incluso de aspecto no del todo identificable, pero en el que de inmediato pudo reconocer, además de un olor persistente, el inconfundible espíritu trágico del Jugador, alguien —o tal vez algo— del que sabía que no iba a parar hasta agotar los caminos de la suerte y que no rehuiría la apuesta decisiva ni el último envite del destino. Y, desde el primer momento, comprendió que aquella compañía ya no lo abandonaría durante el resto del viaje.
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miércoles, 22 de abril de 2020

La Madre

La imagen puede contener: dibujo La imagen puede contener: dibujo

¿Qué hubiera pensado ella de los días de la peste? ¿Cómo los hubiera vivido? ¿Cuáles hubieran sido sus reacciones, sus dichos, sus rezos, sus énfasis? Al cumplirse un nuevo aniversario, con cifras de tres dígitos que ya van teniendo una dimensión no manejable y que, bajo circunstancias por completo inesperadas, parecen introducirlo en otro modo de existencia de la que cada mañana no es fácil hacerse cargo, en tales circunstancias ha recurrido a lo más cercano y evocador que aún conserva de ella: su propia imagen en los ojos de los otros. Y ha sonreído con su mejor sonrisa, que dicen que es la sonrisa de ella, y que ella a su vez decía que le recordaba tanto a la de su propia madre —la abuela Josefa, que él no conoció—, cuando alguien muy cercano, al verlo mandil en ristre y rodeado de sartenes, le ha dicho: «¡Hay que ver cómo te pareces a tu madre!».
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domingo, 19 de abril de 2020

Voyou*

La imagen puede contener: gato
 Imagen de autor desconocido, tomada de un anuncio de Agrocampo.
Lo ve todas las mañanas en el balcón de enfrente, encaramado en la barandilla con enorme elegancia y manteniendo una posición de equilibro casi inverosímil. Da la impresión de que no siente ningún miedo a caerse, acaso porque sabe que tiene más oportunidades bien guardadas en su naturaleza y que nada en la vida es comparable a la sensación de poder sentir el espacio gravitando alrededor del cuerpo, mientras uno está instalado en la más completa quietud. La otra noche le pareció verlo merodeando por uno de sus sueños indóciles. Aunque tal vez se confundió y aquellos ojos verticales y prietos como un corredor sin salida probablemente fueran los de Voyou, el gato francés con el que compartió unos meses, tal vez algo más de un año, de su vida. En los días de la peste, estas imágenes van y vienen como a su antojo y a veces él tiene la impresión de que se le quedan mirando.
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Voyou era el nombre del gato de mi amiga bordolesa Mireille Tabouy. 
Tenía mucho carácter y una especie de pajarita blanca en el cuello (el gato, claro). 
Curiosamente, durante el tiempo que conviví con él yo leía con gran entusiasmo 
las obras de Rimbaud, al que algunos de sus amigos también llamaron «Le Voyou». 
Coincidencias.

viernes, 17 de abril de 2020

La Batalla

La imagen puede contener: exterior
Caballo de Troya, grabado alemán de 1875.
«Cuando cualquier virus entra en el cuerpo, se activan dos líneas de defensa del sistema inmune. La primera es innata, la tenemos desde que nacemos y consiste principalmente en macrófagos, células devoradoras que se lanzan a ciegas contra cualquier invasor, lo engullen y lo descuartizan. A la vez se activa la segunda línea de defensa, la adaptativa, que es específica para cada patógeno. En este cuerpo de élite están los anticuerpos, proteínas que han recibido un retrato robot del virus: un fragmento de la secuencia de su genoma llamada antígeno. Cuando encuentran ese fragmento, que puede ser una de las proteínas que recubren al virus, se unen a ella y evitan así que la partícula viral contagie a otra célula e inician el proceso para destruirla», eso decía —y literalmente: gracias Nuño Domínguez— la crónica desde el verdadero campo de batalla: nuestros cuerpos. Ya sabíamos que teníamos dentro la guerra de Troya, pero tal vez nunca antes habíamos sido conscientes de hasta qué punto. Fieles a la memoria de nuestra especie y guiados por la fuerza de nuestros sueños, confiemos en que el combate cese pronto y Eneas, con su hijo de la mano y su anciano padre sobre los hombros, pueda emprender el camino hacia los montes.
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jueves, 16 de abril de 2020

El Gorrilla

La imagen puede contener: una persona
Fotografía de Lee Jeffries, de la serie "Los sin techo".
Al Gorrilla, que tuvo una actuación estelar en la novela aquella del otrora Joven Marías, lo volví a ver sin venir a cuento en uno de esos estados larvarios que provoca el confinamiento de los días de la peste. Iba en mi coche a recoger un pedido al Hipercor del Campo de las Naciones, cuando a la altura de la Clínica de la Universidad de Navarra, en su amplio aparcamiento exterior, lo vi haciéndome aspavientos para que dirigiera el vehículo hacia un lugar determinado. Era tanto su poder de convicción gestual que aminoré la marcha hasta frenar y me dispuse a seguir sus instrucciones. La plaza asignada, entre dos grandes coches negros, no era ni amplia ni cómoda, así que me quedé dudando en medio del carril central, intentado valorar las opciones en lo que parecía un parquin en verdad hasta los topes. Luego seguí avanzado lentamente una decena de metros en busca de otro hueco más amplio. Dubitativo, eché una mirada al espejo retrovisor y entonces lo vi. El Gorrilla venía hacia mí, con su habitual cojera, que remediaba con una especie de extraña cachaba, sonriente y desdentado, muy zalamero de gestos y sin duda orgulloso de lucir en su solapa una insignia en la que alcancé a leer: «Estacionamientos LA PARCA». Como el que tiene una súbita revelación o se recupera de un lapso momentáneo, caí en la cuenta de mi error: yo iba a OTRO sitio. No se me había perdido nada allí. Tras maniobrar con brusquedad y eficacia, logré sortear las interminables filas de coches y, en un abrir y cerrar de ojos, enfilé la salida casi derrapando. Por el espejo aún alcancé a ver al Gorrilla levantando los brazos y blandiendo en uno de ellos, a modo de bastón o garrote, un objeto en el que quise reconocer la curvada, amenazadora y tópica forma inconfundible de una guadaña.
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miércoles, 15 de abril de 2020

El Crítico

La imagen puede contener: una o varias personas
Cercando al enemigo.
«A menudo se emplean las palabras con cierta propensión a la hipérbole o incluso a la histeria —dice el Crítico—. Sin embargo, hay otras veces en las que, no por ser ajustados en su exactitud y reiterativos en el uso, ciertas expresiones alcanzan a dar cuenta de lo que se desea decir. Parece como si esos términos no llegaran a cubrir nunca la extensión de lo que el emisor pretende abarcar». Tragó saliva el Crítico y, sin percatarse de mi juego de ojos demandantes de atención, continuó: «Es más, es en experiencias así cuando uno siente que hay una especie de falla entre el pensamiento y el lenguaje, por más que tengamos claro que uno y otro son más bien una y la misma cosa». Iba a argüirle al Crítico algún reparo respecto a esa identificación de dos estancias interrelacionadas, sí, aunque bien distintas, pero sin darme opción a consumir un turno en lo que él llama, muy pomposo y por completo hipócrita, «el ordenado sucederse de las voces» —menudo es el Crítico cuando se trata de asegurar la coherencia interna del discurso—, me puso por completo de su lado al oírle concluir: «Es lo que pasa ahora con la palabra “héroe”, que se nos queda corta, muy corta, para decir lo que en verdad queremos». Qué razón tiene el Crítico. Aunque entender su parla resulte a menudo más enrevesado que descifrar el recibo de la luz.
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viernes, 3 de abril de 2020

Balcones

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Patio, balcones, cristaleras. Foto ©️ Pavel Dzelianko.
(En aquellos días aciagos no faltaban los besugos. Bien oiréis lo que decían estos dos sin disimulo:)
—¿Y qué, compadre, cómo se lo trajina?
—¿Lo cualo?
—Ja, ja. Veo que ni encerrado pierde el sentido del humor.
—Ah, es por eso. Lo voy pasando.
—Usted tampoco era de mucha calle que digamos,
—¡Y usted qué sabe!
—Hombre, desde acá lo veo a menudo.
—Ya veo, se pasa la vida en el balcón.
—No sólo. También subo a la azotea.
—A esa no la conozco.
—Y como, además, anda usted siempre vestido con esa ropa de camuflaje, no se me despinta.
—Ya. Pero resulta que sólo me la pongo ahora. Para los ejercicios de resistencia.
—Lleva usted resistiendo toda la vida. No sea modesto,
—Pues en eso no seré yo el que le quite la razón, mire.
—Ah, aprovecho para felicitarle por sus hallazgos.
—¿?
—Y también para decirle que respeto su disciplina...
—¿Mi disciplina?
—Sí, sí...
—¡Pues ya verá cuando le enseñe el cilicio!
—¡Pero cómo es usted!
—Lo digo sin retranca.
—¡Ya, ya!
—Sí, hombre, créame. Que con esto de la reclusión todo el mundo parece haberse olvidado de algo...
—¿Y qué es ello?
—Que estamos en cuaresma.
—Eso es verdad.
—Y hoy es viernes. Viernes de cuaresma.
—Ah, si es por eso... ¡le vendo una bula!
—Y para que quiero yo...
—¿.... una bula vendada?
—¡Se las sabe todas!
—¡Usted sí que sabe!
(Y de balcón a balcón, poco después de las ocho, cada día se saludan como dos viejos... repollos).

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miércoles, 25 de marzo de 2020

A favor del regreso del conocimiento


(En voz alta). Lúcida reflexión de Muñoz Molina sobre el “estado mental”, privado y público, y las fallas graves que la pandemia ha puesto de relieve. Esa denuncia del narcisismo y bobaliconería galopantes que el escritor explica con precisión aún puede ampliarse más, pues tampoco el mundo de la “alta cultura” (o así) queda al margen de ciertos comportamientos pendejos y que vienen a ser el “chip resonante” de la extraña criatura casi inerte pero letal que es la causante de este tiempo enfermo. Digno de atención.