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viernes, 30 de diciembre de 2022

LA MUSA ETERNA

Egon Schiele: El abrazo (Amantes II), 1917. Oesterreichische Galerie-Belvedere, Viena.

Macías, compungido, tristón pero aún zumbante, vino y me dijo que el baile de las musas se le estaba olvidando. «Hombre de poca fe —le dije—, ¿pero no te das cuenta de que todo está en ese émbolo que permite que el aire circule entre tu cabeza y tu corazón; que es ahí donde viven y por siempre todos tus amores, vida mía, y ahí están por completo a salvo del deterioro de las servidumbres del tiempo, del ruinoso diente del orín, de los embelecos de los meapilas… y, muy especialmente, de la mirada beocia de quienes sólo creen en la racanería de lo que se explica o lo que se exhibe o lo que se demuestra, como si algo estuviera o pudiera quedar al margen del único reducto en que se cruza y se cocina todo: nuestras queridas circunvoluciones, la promesa sin tasa de las íntimas ondulaciones, la savia goteante de los centros sabios. Tú, antiguo muchacho, fíate de mí y vuelve a lo que no se olvida: la pulsión que a cada poco te lleva a madrugadas llenas de sensual asombro y al lento paladeo de tantas cosas buenas como recuerda el cuerpo, que es a fin de cuentas, y más aún en la cuenta final, la gran memoria». Eso le dije. Él me miró de soslayo, más que nada, presumo, por darse el gusto de mirar así. Y luego me pareció oírle farfullar que, decidido como estaba a ingresar sin más contemplaciones en la vejez, iba a entregarse sin ningún disimulo a la condición que lo estaba aguardando desde que comprendió que hasta que el cuerpo aguante, y acaso un poco más allá, la fiesta es invencible. Y que te quiten si alguien puede lo bailado, lo vivido, lo soñado… «Y ah —añadió cuando ya se iba—: mi pijama se llama Prodigy y se apellida Luxury Nightwear. Un respeto». Como se ve, aprende rápido y arde sin más. A ver si algún día de la nueva temporada regresa con los estimulantes cuentos de sus musas.

(LUN, 517 ~ «Las musas de Macías») 

domingo, 23 de octubre de 2022

LAS MUSAS DE MACÍAS

John Kacere: Jutta (óleo sobre lienzo, 53 x 78,5 cm), 1973.

 MERODEOS Y TRAZOS A TRAVÉS DE LA PUERTA OSCURA

Nunca me había hablado, en sus confidencias amorosas y sensuales, de lo que él mismo llamó «mi intensa devoción por la puerta oscura». Pero aquella noche, quizás porque habíamos compartido unas pipas bien cargadas de aromático y potente hash, no tuvo palabras más que para ese tema y «no te puedes imaginar, amigo —me dijo— qué clase de delicias le sorprenden a uno a medida que se adentra en esos ámbitos, cómo van llenándose las cavernas del sentido y los vasos sanguíneos más sensibles de una potencia casi nunca lograda en ninguna otra estancia que hayas podido visitar, y cómo, una vez que los caminos se han ablandado convenientemente, aunque nunca sin perder la tensión, y tus pasos avanzan decididos en la oscuridad, poco a poco sientes que te va creciendo una claridad interior, nada cegadora pero sí destellante, y luego, como si separaras pesados cortinajes de suavísimas telas de un serrallo visto en las páginas de algún libro ilustrado por Segrelles, consigues llegar, entre bien marcadas y gratísimas ondulaciones, al fondo de la estancia, y allí puedes abrir una ventana geminada que, tras viaje tan oscuro, llena tus ojos y el recinto completo de blanquísima luz y hace que resplandezca todo alrededor como si fuera la primera hora del amanecer del mundo». Como notara acaso que mi gesto era ya mitad burlón, mitad aburrido, me miró picaruelo y, en medio aún de su nube de humo, concluyó: «Bueno, quizás no haya sido yo muy preciso en la narración de la visita. Pero puedes leer a Lezama en pasajes varios de su Paradiso y verás que contienen todos los detalles referidos con minuciosa exactitud y en ámbitos diversos».
(LUN, 586 ~ «Las musas de Macías»)

sábado, 30 de abril de 2022

GRANDOLA VI LA MORENA

Maria José Aguiar: «S.T.», 1974 (óleo sobre lienzo).
Fundación Gulbenkian, Lisboa.
De los días pasados en Lisboa, justamente un año después de la Revoluçao —me dijo—, podría referir anécdotas deliciosas o brutales. Pero me quedaré solo con la vez aquella en que, en plena fiebre amorosa, mi novia de entonces y yo nos fuimos por vez primera a un verdadero cine porno, no a una de esas pelis S que empezaron a ponerse de moda un poco después en España, ni las emmanuelles o los tangos que se veían por Perpiñan, sino porno porno, duro, hardcore.
Recuerdo que al entrar en la sala, el primer plano de un enorme pene negro, tal vez mulato, sin duda moreno, siendo devorado por una boca de apariencia no menos gigantesca y absorbente, me produjo tal impresión que a punto estuve de caerme de espaldas sobre uno de los espectadores desperdigados por una sala que juraría que olía a una mezcla de zotal y engrudo, si bien es posible que aquí me deje llevar por la imaginaçao…
Aquel pene, en cuya descripción me podría demorar —continúa diciéndome— si tuviera interlocutores menos quisquillosos que tú, me tuvo intrigado varios días, más que nada porque me pareció que, justo en medio del gran glande, exhibía una a modo de pequeñísima perla de blanquísimo nácar que, como supe después, seguramente sería un piercing vibrador, un adelanto de una moda que aún tardaría mucho tiempo en generalizarse y cuyos efectos en rendimientos placenteros sobre el clítoris y ciertas terminaciones nerviosas de las paredes vaginales están muy documentados e incluso parecen haber sido el más claro modelo para el diseño de los últimos succionadores íntimos, una variante por cierto de la industria del disfrute sexual que, como es sabido, cuenta entre sus principales asesores áulicos nada menos que al melillense Fernando Arrabal, grandísimo cronopio y fama todo en uno.
No recuerdo apenas —continuó tras una larga pausa, punteada con algún suspiro no sé si de morriña o de saudade, pero de indudable raíz melancólica— nada más de la proyección, aunque tampoco sería difícil suponer las secuencias. Si sé que enseguida comencé a sentirme incómodo y de no ser porque ella, mi novia de entonces, parecía más curiosa o menos temerosa que yo ante aquel atracón de jadeantes placeres carnosos, hubiera abandonado la sala al poco. Tampoco debimos demorarnos mucho más, porque según me dijo después ella, su curiosidad y el morbo se veían suficientemente contrarrestados por el más bien penoso espectáculo del patio de butacas, más perceptible a medida que los ojos se iban acostumbrando a la penumbra y los hasta entonces sólo bultos se convertían en pulpos, y en algún caso de atrevidos y viscosos tentáculos.
La consecuencia más chusca del asunto, aunque no logro recordarlo con precisión, fue que estuvimos varios días como con indigestión y sin ser capaces de encontrar el camino que llevaba del cuerpo del uno al del otro, como solía ser habitual en aquellos días juveniles y como, por fortuna, volvió a serlo de nuevo cuando, tras cruzar el Alentejo en un par de tiradas de autoestop, llegamos a las playas de Faro y otras lugares del Algarve, bajo cuyo sol espléndido y de luz tan blanca las aguas del deseo volvieron a sus cauces y nuestros cuerpos de amantes enfervorecidos por las dilatadas tardes del verano siguieron encontrando motivos de gozo y extenso solaz.
Al fin y al cabo —concluye mientras me mira con ojos entre pícaros y exculpatorios— una indigestión la sufre cualquiera. Y si algo nos acaba enseñando el tiempo desde muy pronto es la importancia de las proporciones, los equilibrios, las justas equivalencias… y equidistancias, importan mucho las equidistancias.
(LUN, 760 ~ Las musas de Macías)

domingo, 3 de abril de 2022

LO QUE ORDENA EL AMOR

Anna Karpowicz (artista polaca, n. 1951): Desnudo en un sofá azul, h. 1994-1998.


«Cogeme por detrás», le dijo ella, al volverse en la cama.
Él lo hizo.
Y lo hicieron de nuevo.
(LUN, 787 ~ Las musas de Macías)

martes, 15 de marzo de 2022

ALEGRÍAS DEL REENCUENTRO

 ALEGRÍAS DEL REENCUENTRO INESPERADO EN LA AURORA DE UN DÍA LLUVIA

Amedeo Modigliani: Desnudo sentado, 1916.
Courtauld Gallery, Londres.

«Podría decir —me dice que le dijo ella con cara de confidencia en aquel inesperado reencuentro— que de esa historia, además de un reciente sabor muy agradable, tengo lo que bien se podría llamar recuerdos del futuro». Y es que, según me cuenta él, todo se confabula a través de un margen de tiempo apenas discernible entre realidad inminente e imaginación al galope, premisas muy bien ensambladas en ese fondo de extrema sensualidad que, desde ese nuevo día, suele estar presente en sus encuentros, en parte porque él ya no enmascara los deseos que su cuerpo le transmite, y ella porque, aunque no concernida por un grado semejante de excitación, fiel a la luz primera de su nombre, sí se siente muy halagada por provocar en él esas ensoñaciones. Y, según afirma él que piensa ella, hasta le gustaría, y mucho, que le contara de qué modo imagina que serían sus nuevos encuentros, y con qué dulzura y cuidado volvería, como entonces —aunque haga ya tanto—, a entrar en su intimidad, aflojando rigideces, excitando pliegues y suprimiendo barreras, hasta acariciar con mimo y soltura la cara interior de sus muslos, para ir buscando, en lenta y poderosa exploración, el despertar líquido de su sexo. Y, ya volcado el uno en brazos del otro y fundidas sus respiraciones en un solo frenesí y en el fervor de sus bocas trémulas, de qué delicioso modo no buscarían sus palabras un arco de penetrante intensidad para llegar juntos a un punto muy certero de placer compartido y al lugar ameno en el que un poco más poder demorarse. Y luego, ya bien acordados el otro con el uno, todo sería un dejarse deslizar por la hondonada deliciosa y llena de prodigios, y donde las voces serían al fin sólo una estela viajera de gozo y vibrante transparencia que vendría a culminar en un suceso en verdad imborrable de extrema cercanía, tal vez un punto de no retorno donde su encuentro, su aventura y la íntima amistad que en otro tiempo los unió —“Eres una alegría en mi vida”, le ha dicho alguna vez él a ella— quedarían sellados y ensoñados para siempre. «Nunca pensé que volvería a verte», acertó por lo visto a decirle cuando se despidieron. Y parecía que, en las palabras y en aquella habitación maravillosa, ambos sabían que no tardarían en volver a buscarse, y a encontrase tal vez.
(LUN, 806 ~ Las musas de Macías)

Amedeo Modigliani: Desnudo sentado, 1916.
Courtauld Gallery, Londres

sábado, 1 de enero de 2022

HACIA PARÍS

 

CERCANÍA DE LOS MUSLOS ARDIENTES
O LA LUJURIA A LAS PUERTAS DE 'CITÈ LUMIÈRE'
Pierre-Augusta Renoir: Nu couché, h. 1892. Col. Particular.


Aquel fue su primer viaje a la ciudad que más amaba y tal vez la que mejor creía conocer, aunque no tardaría en darse cuenta de su error. El caso es que el largo desplazamiento en coche, con amigos —y, entre ellos, ella—, fue también ocasión para intercambiar largas confidencias y hasta algún secreto, como suele decirse, “celosamente guardado”, aunque siempre con una contención corporal algo envarada en su parte manifiesta pero desmentida por el calor exuberante y la tensión prensora de aquel muslo de ella que, a veces a causa de los ajustes del pasaje tras las pausas para el suministro de combustible o el cambio de conductor, pero también, e incluso más a menudo, como quien simplemente busca una mejor postura en la estrechez de los asientos traseros, aquel muslo (decía) se venía a fijar de un modo tan prieto y evidente sobre el suyo y era tal el ardor y la tensión sexual irresuelta transmitida que la súbita y poderosa erección no parecía ni de fácil disimulo ni de posible desahogo, no sólo en la inmediata circunstancia, tampoco en diferido, habida cuenta de que la camaradería entre ellos, por encina de los deseos no explicitados, era más bien de signo laboral y santas pascuas. Sin embargo, y curiosamente, aquella cercanía corporal de calor desbordante sería la puerta de entrada a la urbe que, por caminos entonces insospechados, iba a revelarse también para él la ciudad del amor. En cuanto a ella, la muy despierta y eficaz Zaulifa Jins, afectuosa aunque algo ingrata, pudo al poco encontrar curso apropiado para encauzar sus pulsiones y tal vez también para solventar, en los caminos del sueño o la comedia de alcoba, la discordia no infrecuente entre los afectos y las ganas.
(LUN, 879 ~ Las musas de Macías)

jueves, 28 de octubre de 2021

ENTRADA EN EL AMANECER...

ENTRADA EN EL AMANECER CON LA SUAVE SALIVA DE LA FELICIDAD

Picasso: Le Rêve, 1932. Col. Particular.

En las cercanías de los trabajos —ella tecleando con fluidez endiablada, él dictando con bastante parsimonia— ya se habían producido coqueteos e insinuaciones, y parecía cantado que algún día sus deseos iban a encontrarse. Fue la ocasión un atardecer, ya bien entrado del verano y cuando la ciudad empezaba a ser una algarabía prometedora y abierta a todo tipo de ensoñaciones y periplos, y sólo unos días después de que, en una reunión con colegas en el Garito de la calle Jardines, y mientras bailaban en grupo, en un giro se descubrieran casi sin querer uno en brazos del otro y se besaran con intención más que furtiva asombrada. De modo que cuando el merodeo por separado los volvió a juntar, en la misma noche y cerca de la Glorieta de Bilbao, ambos debieron de sentir que aquello superaba los límites de la casualidad y se dispusieron a darle la razón a la música del azar que así ordenaba los hechos.
Fueron a la casa de ella y allí se amaron con una naturalidad tan bien acordada que sus cuerpos parecían saberse el uno al otro más allá de las voluntades, arrebatos o torpezas. «Esto me lo imaginaba así, pero de esto no tenía ni idea», se decían, mientras iban explorando rincones, acariciando montículos y pliegues, ensayando uno dentro del otro ondulaciones y vaivenes que les llevaban del suspiro a la ternura y de esta a la confusión de huecos, al frenesí corporal y a las palabras duras e interminables de sus deseos más inocentes y salvajes, y, por fin, a un sueño resbaladizo y saciado, si bien interrumpido por el calor excesivo de la noche de julio, hasta el punto de que fueron a continuar durmiendo en camas separadas.
Poco después de amanecer, según me contó él, ella se acercó y, «con suave saliva y una calidez propia de ese alma sensible que mi amiga siempre llevaba por delante», hizo con su lengua un recorrido suave y minucioso de todo su cuerpo, y fue luego a demorarse en el glande y al parecer lo hizo con tanta sabiduría que, me comentó también él, retórico y buen lector, aunque algo hiperbólico, «desde entonces cuando oigo hablar de literatura oral no puede dejar de sentir un cosquilleo que me llena todo el cuerpo de una alegría rotunda, vibrante y contagiosa».
Su historia no fue más allá, pero siguieron siendo fieles compañeros en las cercanías del trabajo, ahora ella dictándole con cierta parsimonia y él tecleando rítmico y ligero como el que toca el piano o pasa la mano demorada y segura por los cabos, golfos, entrantes y escolleras de una espina dorsal.
Así eran las cosas del amor en el verano de, tal vez, el 86. Ayer, como quien dice.
(LUN, 944 ~ Las musas de Macías)

jueves, 16 de septiembre de 2021

EL ESCARPÍN

 EL ESCARPÍN (O MATERIA SUSTRAÍDA AL CONTRABANDO)

Sophie Loizeau: Ange aux escarpins turquoise, s.f., s.l.

«¡Déjate de gaitas!», le oigo rezongar, lo hace a menudo. «Todos esos registros que llamas literarios, o hasta poéticos, no son más que convenciones de patio de vecinos, y como tales, de mil etéreas formas, que no voy a sacar ahora de la alforja, pudieran ser tachados; o, siendo más condescendiente, sometidos a una votación a mano alzada y que la tiranía del número volviendo por su fueros pudiera así poner en evidencia su naturaleza». No dejó de mirarme ni un momento de hito en hito mientras hablaba. Y me pareció que estaba incluso dispuesta a escucharme argüir razones a la contra. Pero en ese instante dieron las 12 en el Reloj y tuve que abandonar el baile. Supe luego que, amante como era del folklore y algo previsible, me había dejado un escarpín de contrabando. Aquí lo tengo. No sé bien qué hacer con él. Ni mal.

(LUN, 986)