(Al hilo de los días). Más allá del valor social y cultural de un reconocimiento como el que la Unesco, en su algo retórica pero fundamental tarea, acaba de brindar a la tradición cerámica de Talavera de la Reina (y del Puente del Arzobispo, sin olvidar las contribuciones mexicanas de Puebla y Tlaxcala), la noticia de su consideración como patrimonio (inmaterial) de la humanidad me hace feliz como a un niño porque, de un modo muy gozoso, es la confirmación del carácter íntimamente humano y compartido de viejas sensaciones que iluminaron nuestra infancia (de estas cosas sólo puede hablarse en plural: por eso son tan grandes). jueves, 12 de diciembre de 2019
Otra vuelta de torno
(Al hilo de los días). Más allá del valor social y cultural de un reconocimiento como el que la Unesco, en su algo retórica pero fundamental tarea, acaba de brindar a la tradición cerámica de Talavera de la Reina (y del Puente del Arzobispo, sin olvidar las contribuciones mexicanas de Puebla y Tlaxcala), la noticia de su consideración como patrimonio (inmaterial) de la humanidad me hace feliz como a un niño porque, de un modo muy gozoso, es la confirmación del carácter íntimamente humano y compartido de viejas sensaciones que iluminaron nuestra infancia (de estas cosas sólo puede hablarse en plural: por eso son tan grandes). miércoles, 24 de marzo de 2010
Un amigo
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El pasado 23 de marzo se inauguró en el Museo Ruiz de Luna de Talavera de la Reina la exposición dedicada a la colección de cerámica reunida a lo largo de su corta pero intensa vida por José Luis Reneo Guerrero (Talavera, 1960-2008), un agitador cultural de amplio espectro, apasionado, entre otras muchas cosas, por la cacharrería artística y sus aledaños. José Luis, del que fui amigo, falleció prematuramente el 20 de octubre de 2008. Le dediqué entonces, con destino a un acto de homenaje en su honor (y a una posible publicación posterior), el escrito que ahora cuelgo en el muro de la Posada para unirme al justo reconocimiento público hacia un ser inolvidable que empleó buena parte de sus días y de su enorme espíritu creativo en hacer felices a los demás.
Con José Luis Reneo en la memoria
No puedo decir que conociera bien a José Luis Reneo. Le traté con cierta asiduidad durante dos o tres años, a mediados de los ochenta, a raíz de que me pidiera unos poemas para publicarlos en los «Cuadernos de Poesía Tesela», el entusiasta proyecto editorial que por entonces él impulsaba. Recuerdo que mantuvimos largas conversaciones en Madrid, algunas de ellas hasta alta horas de la madrugada, y que de esas charlas, entre humos de variada procedencia y cervezas suaves, creció el fácil afecto que desde entonces hubo entre nosotros. Aunque en los últimos años apenas lo cultivamos.
Me atrajo de José Luis especialmente su intenso deseo vital, su finura para degustar cualquier forma de arte, su ironía, que podía ser mordaz pero solía traducirse en un chisporroteo ingenioso, su lucha algo callada contra incomprensiones que a veces le cercaban –como a todos– con su mano de tedio y la espesura de añejas costumbres.
Me viene a la memoria –algo imprecisa tras el tiempo transcurrido, pero sé que en el fondo cierta– una larga conversación sobre aspectos concretos de nuestras vidas, quizás al hilo de una reflexión sobre una frase del poeta Luis Cernuda que pudo servirnos de piedra de toque para intercambiar algunas confidencias. «El deseo es una pregunta cuya respuesta no existe», decía el poeta, y a su calor nos esforzábamos en ponerle nombre a nuestras inquietudes y en indagar sobre la tupida red de hipocresía que con terca obscenidad amordaza tantas veces el corazón humano.
También sé que hablamos aquella noche sobre el complejo de culpa que la educación religiosa y franquista nos había inoculado en nuestra infancia, de lo difícil que a veces resultaba sobreponerse a los estragos de una sensibilidad formada en esas y otras privaciones. Y de la necesidad de resistir, de atreverse, de hacer el mundo cercano –no sólo el paisaje abstracto de la vida social– de verdad habitable. Después de esa conversación decidí dedicarle el poema, ya preexistente, que copio más abajo y que formó parte de los publicados en «Tesela». Con esa dedicatoria, además de mi reconocimiento por su generoso interés, quise subrayar entonces –y quiero resaltar ahora– la pertinencia de cierto clima moral de sensaciones compartidas
El doncel amarillo
A José Luis Reneo, entonces y ahora.
(De El sol de medianoche, 1988)
Imagen superior
José Luis Reneo en Lisboa (1998), junto a la estatua de Pessoa.
Foto tomada del Catálogo de la citada exposición.
Imagen inferior
Azulejo en recuerdo de JLR
en un monumento situado en los Jardines del Prado
de Talavera de la Reina.
Foto © AJR