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miércoles, 25 de noviembre de 2015

Mr Black

En el Observatorio del Roque de los Muchachos, La Palma.
Foto 
© AJR, 2013.

Le pregunté a Mr Black
si era posible salirse de la noche
sin despertar sospechas.

«Esa pregunta
—me respondió—
carece de sentido».

«Entonces
—arrugué el entrecejo—,
¿por qué me respondes?»

Mr Black me miró,
no sé si con enfado
o sólo con murria.

Después guardó silencio
hasta que los primeros
grises del amanecer
empezaron a dibujarse
al otro lado de la ventana.

Al sentir que llegaba el día
(digo yo),
Mr Black
me miró de nuevo 
y sin casi mover el pico
me dijo:
«Sí, se puede».

Y se marchó volando
en dirección al mar.

Lo estuve mirando
durante un buen rato.
Por su manera de mover las alas
y los destellos de la luz en su plumas
comprendí que había llegado
el invierno


Rescatado de los Arcones de la Posada.
He añadido las líneas finales, con la variante del Invierno,
que era el nombre (Mr Winter) con el que erróneamente
recordaba a este cuervo tan suyo.
Primera publicación: 11/10/13; a las 13:00 h.

jueves, 28 de febrero de 2013

Fábula

Mientras cae sobre la ciudad una nieve madura que lucha por llegar virgen al suelo, el rey se abriga en su armiño de animal protegido y, abotargado y renqueante, se dispone a contemplar con ojos de sapo moribundo cómo se desmorona el reino a sus pies. La soledad de los monarcas es un corolario de su propia condición, casi un pleonasmo, el rugido o gruñido de su naturaleza. La perpetuación del instinto predador de una especie bubónica, interesada por igual en bestias y hembras, amenaza con solidificarse ante la mirada indiferente de la muchedumbre, que apenas recuerda los tiempos en que la vida transcurría fuera del túnel. No muy lejos, sólo un par de páginas hacia el sureste, las trompetas de la catástrofe se oxidan en medio de pendones deshilachados, mientras la voluminosa retórica de la saga pontificia, con vuelo felliniano incluido, se pliega sobre sí misma para añadir una nota al pie en el libro (falso) del Apocalipsis, allí donde Juan tuvo que dejar de escribir para no perecer también antes de tiempo. El héroe de la gabardina negra, ese hombre sin rostro que ha estado vigilando con paciencia las entradas y salidas de la Casa del Terror, se sube las solapas y con un gesto indiferente da por concluida su misión. «Aquí ya no hay nada que rascar», se dice. Luego, con paso sosegado, se dirige hacia la última viñeta del tebeo para que todo quede en orden dentro de la fábula.

Viñeta de John Constantine: Hellblazer. Tomada de aquí.

martes, 16 de octubre de 2012

Hoyos


Se había puesto a escribir con mayor convicción que otras veces. «Hoy lo consigo», se decía mientras la mano avanzaba con firmeza por entre las líneas enemigas. Al llegar a este punto dudó como suelen hacerlo los suicidas o los arrepentidos. No sabía cuál de las dos era su condición, hacia qué extremo tendía su naturaleza. Fue  en ese instante cuando lo comprendió todo. Miró hacia atrás, al campo de olivos por el que había avanzado sin apenas notarlo, y vio las tachaduras de los hoyos, con los montoncitos de tierra recién removida al lado. «Ahí está el secreto», se dijo, «en la tierra minada». Y se puso a fantasear con el tiempo sobrante.

Imagen: Dedos, de Mario Irarrázabal. Parque Juan Carlos I,  Madrid. © AJR, 2009