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lunes, 14 de abril de 2025

En la muerte de Vargas Llosa

(En voz alta). En la muerte de Mario Vargas Llosa, que el pasado 28 de marzo cumplió 89 años, además de sumarme al reconocimiento que merece toda una larga vida dedicada a la literatura, me gustaría recordarle en su faceta de extraordinario orador y narrador oral: recuerdo como fogonazos duraderos la tarde aquella en que, entrevistado en la radio, contó con rara elocuencia y con su característica voz de timbre alto algunas peripecias de su infancia; y también la muy sagaz y entretenida conversación que mantuvo, cara al público, con Fernando Savater, hace unos tres o cuatro años, en la Fundación Ramón Areces. Deja tras de sí una espléndida obra narrativa, con al menos media docena de títulos imprescindibles; algunos ensayos de gran brillantez y extraordinario impacto; varias historias más o menos polémicas, y una extraña y fugaz carrera política. Descanse en paz.




domingo, 23 de agosto de 2020

Por cayetanas

(

Dibujo de Fernando Vicente.
En voz alta). Buena parte de las columnas de opinión en la prensa de hoy torean, por así decir, por cayetanas, un tipo de escritura de largos pases y poco quiebros, sólo los necesarios para que el diestro se haga reconocible en el centro del medio donde oficia y deje claro, de una vez por todas, que en lo tocante al tema candente él "toca pelo": vamos, que tiene razón.

De los varios análisis leídos sobre la figura de la semana («Es o era del PP y s
e llama Cayetana», podríamos decir en singular homenaje a mi paisano Gregorio Corrochano), destacan sobremanera dos. Uno, el del Nobel Mario Vargas Llosa, en El País, ofrece un recorrido en verdad estimulante: a través de una prosa limpia y bien ceñida, con vuelo y gracia, se pone al servicio de un perfil hagiográfico no exento de subrayados verosímiles, pero todo él impregnado de un tufo turiferario y militante que no extraña pero tampoco convence —imagino— más que a los que ya. Y el otro, en El Mundo, es el indómito Arcadi Espada que, con la soltura e impiedad que le caracterizan, se aplica en pasarles cuenta a los colegas que, tras la caída de la hasta ahora portavoz conservadora, han exhibido los muñones restrictivos de la falta de empatía como excusa de su fracaso, el de ella, mientras que los jaleantes tenían “razones objetivas” para su encumbramiento.

El envite de Espada gana mucho cuando en él comparece, bien traído, Ferlosio, del que cita por extenso la parábola, o más bien comparanza, de los dos viajeros disímiles que acceden al tren.

Tampoco está mal, como cierre, la cita al bies de la luminosa copla de Lole y Manuel: «De lo que pasa en er mundo / por Dios que no entiendo na: / el cardo siempre gritando / y la flor siempre callá».

Busquen y lean. Merece la pena.

domingo, 16 de agosto de 2020

Por cayetanas

 

(En voz alta). Buena parte de las columnas de opinión en la prensa de hoy torean, por así decir, "por cayetanas”, un tipo de escritura de largos pases y poco quiebros, sólo los necesarios para que el diestro se haga reconocible en el centro del medio donde oficia y deje claro, de una vez por todas, que en lo tocante al tema candente él toca pelo: vamos, que tiene razón. De los varios análisis leídos sobre la figura de la semana («Es o era del PP y se llama Cayetana», podríamos decir en singular homenaje a una de las crónicas legendarias de la tauromaquia), destacan sobremanera dos. Uno, el del Nobel Mario Vargas Llosa, en El País, ofrece un recorrido en verdad estimulante: a través de una prosa limpia y bien ceñida, con vuelo y gracia, se pone al servicio de un perfil hagiográfico no exento de subrayados verosímiles, pero todo él impregnado de un tufo turiferario y militante que no extraña pero tampoco convence —imagino— más que a los que ya. Y el otro, en El Mundo, es el indómito Arcadi Espada que, con la soltura e impiedad que le caracterizan, se aplica en pasarles cuenta a los colegas que, tras la caída de la hasta ahora portavoz conservadora, han exhibido los muñones restrictivos de la falta de empatía como excusa de su fracaso, el de ella, mientras que los jaleantes tenían “razones objetivas” para su encumbramiento. El envite de Espada gana mucho cuando en él comparece, bien traído, Ferlosio, del que cita por extenso la parábola, o más bien comparanza, de los dos viajeros disímiles que acceden al tren. Tampoco está mal, como cierre, la cita al bies de la luminosa copla de Lole y Manuel: «De lo que pasa en er mundo / por Dios que no entiendo na: / el cardo siempre gritando / y la flor siempre callá». Busquen y lean. Merece la pena.