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lunes, 27 de febrero de 2023

ENSAYOS

Goya: Ensayos, lámina núm. 50 de la serie «Los Caprichos», 1799.
Museo del Prado, Madrid.
«Tal vez se crea usted —me dice— que hago esto por capricho. Y no diré que no. Pero, si se fija bien, verá que no me privo. Ni me escondo». Le creo. Y me fijo. Esto es un continuo aprendizaje.
(LUN, 459 ~ «Al pie de Goya»)

sábado, 24 de diciembre de 2022

UN SECRETO A VOCES

Goya: Chitón, 1799; grabado número 28 de la serie «Los Caprichos».
Museo del Prado.

«Chitón», dice, como si no supiera que estamos todos en el ajo, al final de la calle, de vuelta de todo.
Y esperando, siempre esperando.
(LUN, 527 ~ «Al pie De Goya»)


martes, 16 de agosto de 2022

LA HISTORIA DE NUNCA ACABAR

Goya: Duendecitos, grabado número 49 de «Los Caprichos», 1797.
Museo del Prado, Madrid.
Os digo, colegas, que lo que yo he visto allí es difícil verlo en ningún sitio. Y no me creeríais si os contara las triquiñuelas que tuve que hacer para que me dejaran revisar los papeles. Hasta me vi obligado a dejarle caer una mano de hostias bien dadas al gilí de la vigilancia, empeñado que estaba el tío en no dejarme entrar con la excusa de que no tenía el pase pernocta ni me sabía la contraseña. ¿La contraseña? ¡La madre que te va a parir, cacho cabrón! ¡Te voy a dar yo a ti la contraseña! Y sin pensarlo dos veces, ni casi una, le sobé bien el morro, así y así… Allí lo he dejado sobre el suelo de la garita, no sé si respiraba. Total un pringao menos no se va a notar. Y yo tenía que ver aquello, ya te digo. ¡A mí me van a venir a estas alturas con zarandajas….!
(LUN, 654 ~ «Al pie de Goya»)

martes, 26 de abril de 2022

EL GRAN DILEMA

Goya: «Asta su Abuelo», 1799.
Grabado número 39 de la serie «Los Caprichos»,
Museo del Prado, Madrid.
«Escribir o leer, he ahí el dilema». Me sorprendió la otra tarde mi amigo el actor plantándose ante mí con un tintero de cerámica de Talavera-El Puente en una mano y en la otra uno de esos librillos que se compran muy baratos en los chinos y que, ya desde su falsa apariencia moleskine, parecen estar diciendo «Es tu bebé, es tu bebé», como una clara invitación a la escritura. No me pareció baladí la propuesta escénica, aunque sé que mi amigo el actor es muy burlesco y no suele creerse ninguno de los papeles que representa. Pero en este caso me pareció advertir en su propuesta un claro sesgo de argumento ad hóminem; vamos, que me estaba criticando directamente, no sé bien si de pecar de presumir de lo primero o de empeñarme en parecer que tengo de lo segundo las gracias de carencia cervantina. Dicho de otro modo: de alardear de lector cuando lo único que de verdad me interesa es figurar, o fungir (sic) de escritor, siendo así que en realidad las más de las veces me limito a transcribir —traducir— y no siempre lo mejor que puedo aquello que logro asimilar de mis largas tardes y noches de lectura ensimismada, que las mañanas se me suelen ir en soñar y en pergeñar estas boludeces y otras parecidas. Pero el peculiar momento dramático llegó a su clímax cuando, en una pausa de silencio mutuo, mi amigo sacó de su portafolios —¿dónde lo llevaba?— una imagen con un conocido grabado de Goya y me lo puso delante con un gesto que aún estoy intentado interpretar. Tampoco voy a sorprender a nadie —colijo— si digo que mi amigo el actor en ocasiones me tiene hasta el asta con sus… ¿improvisaciones? Quién lo sabe.
(LUN 764 ~ Al pie de Goya)

lunes, 11 de abril de 2022

LA TRAMA INEXTRICABLE

Francisco de Goya: Hilan delgado, grabado núm. 47
de «Los Caprichos», 1799.

Ya sean alcahuetas, remendadoras burgalesas de virgos, moiras o meras hilanderas, no me vaya a decir vuacé que en estas figuraciones no se le representa a vuacé mismo, sin ir más lejos, no ya alguien conocido, que también, sino sobre todo el ejemplo concreto de esas maneras de ser que tantas veces ha visto aquí y allá, y cuyo objeto más perentorio, a falta de otros que se nos escapen, consiste en seguir tejiendo la trama inextricable de los días garduños, el efecto imparable de la degradación, la sutileza más honda de las edades que nos van consumiendo y nos ven consumidos y, sobre todo, el fuel (sic) retrato de las almas que nos han hilado en su rueca y su copo y su tresbolillo, sin olvidar la escoba —no hay que olvidar las escóbulas— que, concluido el sueño, y antes de que se transforme en pesadilla, servirá para emprender el vuelo hacia otros ámbitos de contemplación, quién sabe, tal vez la duermevela de un bufón de la Corte que no atina a quitarse los zapatos. Con todo y con eso, no se vayan de acá sin antes ponerles un nombre a cada una que las individualice. Los míos son: Chichona, Leporina y Billisqueira. Ah, y al manojo de infantes que cuelgan por detrás, mejor no mirarlo mucho, no vaya a ser que se ponga en marcha una imparable rueda de reconocimientos.
(LUN, 779 ~ Al pie de Goya)