viernes, 9 de octubre de 2026
La "otra" herida luminosa
jueves, 15 de junio de 2023
O ve un SEVERO REVÉS nuevO
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| Balcón y pintura mural en Eburia (Corredera, 9) Foto: AJR, 23. |
viernes, 7 de abril de 2023
MEMORIAL DE AGRAVIADOS O TRES
Llegados a este punto, y mientras emergían con fuerza los restos de un acaso pretérito esplendor, la Ciudad toda se había convertido en un inmenso memorial de agravios en el que no faltaba vecino que no tuviera a flor de piel su querella, más o menos vetusta o flamante, con otro, y éste con un tercero, y el del centro con la periferia, el de la tramoya con el de las caballerizas, los alguaciles con los maceros, el corregidor con los corregidos, los cultos con los ágrafos… y así hasta completar el puzle entero de las vecindades. Así que llegado el día Viernes y cuando se acercaba la rompida de la hora, a nadie le extrañó que la multitud se acercara como un solo ser al cerro negro del Gólgota, y allí entre todos buscaran el modo de dirimir y lavar sus frustraciones y, por sobre todas las demás cuitas, el minucioso trabajo secular de la murria en sus ánimas y más aún en sus ánimos, y decidieran exorcizar todo junto cruxificando a aquel forastero al que al unísono, como por un efecto mágico, convinieron en considerar el verdadero culpable de todos sus males pasados, presentes y aun del porvenir. Y así lo hicieron. Luego, como en función de disimulo, y sosteniendo que era uso hacerlo desde época que decían inmemorial, llevaron el carrito de los borreguillos hasta el altar mayor. Y el tiempo siguió su curso.
miércoles, 26 de octubre de 2022
LOS OJOS DE LA NOCHE
sábado, 15 de octubre de 2022
EL PRIMER QUIJOTE
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| Cubierta de Estampas del Quijote. Editorial Miguel A. Salvatella, Barcelona, 1956 |
Hace un poco o algo más de medio siglo, en un colegio llamado Cervantes, y en la muy noble y muy leal ciudad de Eburia, los niños que asistíamos a las clases preparatorios de lo que se conocía como Ingreso teníamos como libro de lectura diaria obligatoria una obrita llamada Estampas del Quijote», “sacadas de la inmortal obra de Cervantes —se decía en la portadilla— para deleite de los niños por Federico Torres y con ilustraciones de A. Batllori Jofré”. En ella, en cada página y debajo de cada escena dibujada, se ofrecían unos breves textos que contaban las aventuras de un caballero loco y su grueso escudero, una extraña pareja en la que tal vez alguno de mis colegas de curso, o yo mismo, pudimos ver cierta similitud con las figuras del Gordo y el Flaco, cuyas historias es muy probable que ya hubiéramos visto en el cine. Esa era la primera vez que los niños de mi clase teníamos un contacto “serio”, por su sentido didáctico, con la novela de Cervantes, aunque las figuras de la curiosa pareja y otros personajes de la obra estaban ya presentes de muy diversas formas en nuestra vida cotidiana: por ejemplo, en los envoltorios de las onzas de chocolate Dulcinea, que recreaban el encuentro del escudero Sancho con las aldeanas de El Toboso; o en los azulejos y cacharros de la muy valorada cerámica local que nos sorprendían en los bancos de la plaza, allí mismo frente al colegio, en algunos rincones de los jardines del Prado o en los zaguanes de algunas casas... Y puede que en muchos más sitios. El caso es que nuestra infancia fue moldeada, incluso más de lo que somos capaces de reconocer, o recordar, por la lectura diaria de aquellas estampas quijotescas, junto con los fragmentos de romances que venían en la Enciclopedia Álvarez y los textos del catecismo que aprendíamos de memoria para poder hacer la comunión. A este respecto, recuerdo que la catequesis a veces la recibíamos en el atrio lateral de la colegiata, la Colegial, también muy próxima al colegio. Allí había una gran puerta de hierro, puede que entonces inservible, que se cerraba con un gran cerrojo cuyo pasador, tal vez del grosor de nuestros brazos de niños, utilizábamos para abalanzarnos sobre él desde el banco corrido de granito y balancearnos en el aire como si fuéramos uno de los equilibristas que, cuando era época de ferias y si había suerte, podíamos ver en el circo de los hermanos Tonetti que montaba su carpa enfrente de la alameda, nuestro bosque encantado, casi una intrincada selva entre cuyos follajes vivíamos, sobre todo en las tardes sin clase de los jueves, extraordinarias aventuras, escenificaciones minuciosamente imaginadas de las persecuciones y duelos de las pelis del Oeste —¡ay, Rayo de Plata, de cuerpo de palo y cabeza espeluchada, cuántas veces cabalgamos juntos!— o las luchas de los espadachines, las colosales proezas de Maciste, la búsqueda de tesoros de cristal y papel de plata…, por no hablar de algunos ritos más o menos peculiares de iniciación, incluidas las “bellaquerías” que menciona Góngora en una de sus canciones. Pero ese, queridos niños y carísimas niñas, es ya otro género y tal vez otra novela. Si os portáis bien, otro día vuelvo con el cuento.
Editorial Miguel A. Salvatella, Barcelona, 1956
miércoles, 13 de octubre de 2021
El chiste de Vargas
Una vista muy pop. Nota para clásicos: ¿alguien recuerda que en ese rincón del escaparate de la tienda de Vargas solían poner un chiste gráfico que cambiaban cada día o casi? Era habitual pasarse a verlo junto con las carteleras de cine que ponían en los expositores de la tienda de Mazuecos (aún existen).
lunes, 11 de octubre de 2021
sábado, 4 de septiembre de 2021
AL POR MAYOR
| Calle en Eburia, noche. Foto © AJR, 2020. |
Siempre la cantidad conseguía engañarle. Apenas necesitaba un grano, pero sin saber cómo se veía avanzando por la calle de cantos puntiagudos arrastrando el saco entero. ¿Se deberá a eso su oficio de charlatán? Y ese andar tan desmadejado, patarrete, como quien acaba de salir de la cuadra con las cántaras de la leche recién ordeñada, ¿se deberá a eso? Nada sabía a ciencia cierta. Bastante tenía con tratar de encontrar la tienda de ultramarinos para hacer el recado. De lo contrario, se vería obligado a salir del sueño por la puerta falsa.
jueves, 2 de enero de 2020
Sendas de acá
| Entrada de los Jardines del Prado, Talavera. Hacia 2017. |
lunes, 2 de septiembre de 2019
La azotea
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| Pablo Picasso: Azoteas de Barcelona, 1903. Museo Picasso, Barcelona.. |
domingo, 7 de abril de 2019
Aquel verano
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| «Evocación idealizada de Eburia desde el futuro». Foto: cortesía de © Luis Sanchez Molina |
lunes, 4 de marzo de 2019
Gramática ladina
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| La, como dijo aquel, «constante falacia del espejo». Cruce en Eburia. AJR, 2019. |
¿Cómo los conjuramos sin que duela
en el viejo rincón de aquella escuela
la memoria del niño? En los ausentes
juegos de ver el mundo sin cautela
aún arde el débil cabo de una vela
que ilumina la noche. Qué valientes
del alma y de la misma cofradía
de conjugar la vida. Lo que queda
es tan sólo el ejemplo: la osadía.
«Que aunque la mona se vista de seda...»
viernes, 2 de noviembre de 2018
La ventana
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| Ventana de casa abandonada en el casco viejo de Eburia. ©️AJR, 2018 |
domingo, 22 de abril de 2018
Puente
sábado, 29 de abril de 2017
Móvil nocturno (en Eburia)
no sólo escurridizos: tampoco comparecen
con ningún signo o aullido o huella leve,
entre el viento de sombras
que golpea las ramas de los árboles.
Son sólo una ilusión de voces de otro tiempo
mezcladas con un tráfago metálico de sillas.
Por el paseo del Prado,
muy cerca del kiosko de la música,
lo llena todo la materia viscosa que a menudo segrega la nostalgia.
Y en ella veo flotar el corro de unos rostros
sumidos en una conversación interminable
bajo una nube de humos de muy diverso origen,
siempre como a la espera de un milagro
que al final será sólo –y nada menos que–
la súbita llegada de la luz.
Por no sentirme inerme ante el estruendo
frío de la memoria, entre la niebla,
y a falta de un amigo o semejante con quien poder charlar,
y también desprovisto de un perro que me ladre y me discuta,
con un rápido giro de los ojos, la ruta que seguir,
camino hasta la plaza del Pan, frente al Ayuntamiento,
y me detengo delante de la puerta columnaria del cole de mi infancia
donde aprendí, entre otros muchas cosas
que aún no he olvidado, la palabra «azotea»,
y la palabra «góndola»
y el truco frente al golpe
de la vara de palmera en la mano extendida:
«si te las untas con ajo, no te duele y puede que se rompa»,
decía Montañés. Desde una esquina
bajo la torre de la Colegial
vigila el ojo enorme del rosetón mudéjar
el lento desplomarse de las motas de luz
que bailen en el aire al comopás de mis recuerdos.
Empieza a loviznar y he de volver a casa
pero antes me acerco hasta la entrada de la plaza
y allí me hago un selfi con Fernando de Rojas, en efigie
dudosamente exacta, al igual que la mía,
fantasmales los dos en la alta noche.











