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viernes, 9 de octubre de 2026

La "otra" herida luminosa

 

(Al paso). Por el Parque del Prado de Eburia.

Dice José Julio Sevilla Bonilla:
«La herida luminosa, qué pena que ya esté pillado el título...»
  • jueves, 15 de junio de 2023

    O ve un SEVERO REVÉS nuevO

    Balcón y pintura mural en Eburia (Corredera, 9)
    Foto: AJR, 23.
    Al volver sobre sus pasos, algo que flotaba en el ambiente eléctrico del día lo alertó sobre el camino a seguir, la ejecución de las acciones, los propósitos convenientes. A menudo le torturaba la lucha contra los presentimientos, el viejo atavismo de los sueños premonitorios, la revelación del sexto sentido… y, sobre todo, la palpitación del brusco, tajante, implícito… ¿final?
    (LUN, 350 ~ «Micródromos», nuevas entregas).
    Para José Miguel Martín, nuestro amigo “Pepe”, que acaba de dejarnos.

    viernes, 7 de abril de 2023

    MEMORIAL DE AGRAVIADOS O TRES

    Stephen Oliver: Crucifixión II (after Graham Sutherland), 2011. 
    Copyright © 2011 Stephen Oliver – All rights reserved.
    La pintura original de Graham Sutherland fue pintada 
    para la iglesia de San Mateo de Northampton y se realizó en 1946.

    Llegados a este punto, y mientras emergían con fuerza los restos de un acaso pretérito esplendor, la Ciudad toda se había convertido en un inmenso memorial de agravios en el que no faltaba vecino que no tuviera a flor de piel su querella, más o menos vetusta o flamante, con otro, y éste con un tercero, y el del centro con la periferia, el de la tramoya con el de las caballerizas, los alguaciles con los maceros, el corregidor con los corregidos, los cultos con los ágrafos… y así hasta completar el puzle entero de las vecindades. Así que llegado el día Viernes y cuando se acercaba la rompida de la hora, a nadie le extrañó que la multitud se acercara como un solo ser al cerro negro del Gólgota, y allí entre todos buscaran el modo de dirimir y lavar sus frustraciones y, por sobre todas las demás cuitas, el minucioso trabajo secular de la murria en sus ánimas y más aún en sus ánimos, y decidieran exorcizar todo junto cruxificando a aquel forastero al que al unísono, como por un efecto mágico, convinieron en considerar el verdadero culpable de todos sus males pasados, presentes y aun del porvenir. Y así lo hicieron. Luego, como en función de disimulo, y sosteniendo que era uso hacerlo desde época que decían inmemorial, llevaron el carrito de los borreguillos hasta el altar mayor. Y el tiempo siguió su curso.

    (LUN, 422)

    miércoles, 26 de octubre de 2022

    LOS OJOS DE LA NOCHE

    Calle en el Casco Viejo de Eburia.

    (Pintadas)

    Pues todo está ya escrito.
    Pues todo esta ya ha escrito.
    Puesto do está ya es Cristo.
    Puesto detesta y es rito.
    Pues todo este ay ya es grito.
    Pues todo estalla escrito.
    (LUN, 583)

    sábado, 15 de octubre de 2022

    EL PRIMER QUIJOTE

    Cubierta de Estampas del Quijote.
    Editorial Miguel A. Salvatella, Barcelona, 1956

    Hace un poco o algo más de medio siglo, en un colegio llamado Cervantes, y en la muy noble y muy leal ciudad de Eburia, los niños que asistíamos a las clases preparatorios de lo que se conocía como Ingreso teníamos como libro de lectura diaria obligatoria una obrita llamada Estampas del Quijote», “sacadas de la inmortal obra de Cervantes —se decía en la portadilla— para deleite de los niños por Federico Torres y con ilustraciones de A. Batllori Jofré”. En ella, en cada página y debajo de cada escena dibujada, se ofrecían unos breves textos que contaban las aventuras de un caballero loco y su grueso escudero, una extraña pareja en la que tal vez alguno de mis colegas de curso, o yo mismo, pudimos ver cierta similitud con las figuras del Gordo y el Flaco, cuyas historias es muy probable que ya hubiéramos visto en el cine. Esa era la primera vez que los niños de mi clase teníamos un contacto “serio”, por su sentido didáctico, con la novela de Cervantes, aunque las figuras de la curiosa pareja y otros personajes de la obra estaban ya presentes de muy diversas formas en nuestra vida cotidiana: por ejemplo, en los envoltorios de las onzas de chocolate Dulcinea, que recreaban el encuentro del escudero Sancho con las aldeanas de El Toboso; o en los azulejos y cacharros de la muy valorada cerámica local que nos sorprendían en los bancos de la plaza, allí mismo frente al colegio, en algunos rincones de los jardines del Prado o en los zaguanes de algunas casas... Y puede que en muchos más sitios. El caso es que nuestra infancia fue moldeada, incluso más de lo que somos capaces de reconocer, o recordar, por la lectura diaria de aquellas estampas quijotescas, junto con los fragmentos de romances que venían en la Enciclopedia Álvarez y los textos del catecismo que aprendíamos de memoria para poder hacer la comunión. A este respecto, recuerdo que la catequesis a veces la recibíamos en el atrio lateral de la colegiata, la Colegial, también muy próxima al colegio. Allí había una gran puerta de hierro, puede que entonces inservible, que se cerraba con un gran cerrojo cuyo pasador, tal vez del grosor de nuestros brazos de niños, utilizábamos para abalanzarnos sobre él desde el banco corrido de granito y balancearnos en el aire como si fuéramos uno de los equilibristas que, cuando era época de ferias y si había suerte, podíamos ver en el circo de los hermanos Tonetti que montaba su carpa enfrente de la alameda, nuestro bosque encantado, casi una intrincada selva entre cuyos follajes vivíamos, sobre todo en las tardes sin clase de los jueves, extraordinarias aventuras, escenificaciones minuciosamente imaginadas de las persecuciones y duelos de las pelis del Oeste —¡ay, Rayo de Plata, de cuerpo de palo y cabeza espeluchada, cuántas veces cabalgamos juntos!— o las luchas de los espadachines, las colosales proezas de Maciste, la búsqueda de tesoros de cristal y papel de plata…, por no hablar de algunos ritos más o menos peculiares de iniciación, incluidas las “bellaquerías” que menciona Góngora en una de sus canciones. Pero ese, queridos niños y carísimas niñas, es ya otro género y tal vez otra novela. Si os portáis bien, otro día vuelvo con el cuento.
    (LUN, 594)

    Cubierta de Estampas del Quijote.
    Editorial Miguel A. Salvatella, Barcelona, 1956

    miércoles, 13 de octubre de 2021

    El chiste de Vargas


    Una vista muy pop. Nota para clásicos: ¿alguien recuerda que en ese rincón del escaparate de la tienda de Vargas solían poner un chiste gráfico que cambiaban cada día o casi? Era habitual pasarse a verlo junto con las carteleras de cine que ponían en los expositores de la tienda de Mazuecos (aún existen).

    lunes, 11 de octubre de 2021

    El cielo de Eburia

    (Al paso). Los cielos de Eburia punteados de acentos circunflejos. Y el rostro del viento velado.

    Puede ser una imagen de pájaro y nubes

    sábado, 4 de septiembre de 2021

    AL POR MAYOR


    Calle en Eburia, noche. Foto © AJR, 2020.

    Siempre la cantidad conseguía engañarle. Apenas necesitaba un grano, pero sin saber cómo se veía avanzando por la calle de cantos puntiagudos arrastrando el saco entero. ¿Se deberá a eso su oficio de charlatán? Y ese andar tan desmadejado, patarrete, como quien acaba de salir de la cuadra con las cántaras de la leche recién ordeñada, ¿se deberá a eso? Nada sabía a ciencia cierta. Bastante tenía con tratar de encontrar la tienda de ultramarinos para hacer el recado. De lo contrario, se vería obligado a salir del sueño por la puerta falsa.

    (LUN, 998)

    Calle en Eburia, noche. Foto AJR,2020.

    jueves, 2 de enero de 2020

    Sendas de acá

    Entrada de los Jardines del Prado, Talavera. Hacia 2017.

    «Destierro y desierto», gritaban desde los flancos columnarios los dos simios mandriles del imaginario templo ramayana, en realidad un alcahaz donde alguna vez hubo pavos reales. El paseo era todo un conciliábulo hanumán de lenguas, una hecatombe literal, un vespertino y zayagüesco concierto ingrávido, un craso equívoco. Y vino, en efecto, después lo del «destierro». Mientras caminaba por su memoria, las voces salían a su encuentro y caían entre la niebla y la noche con un golpe seco sobre el duro albero y, después, del hoyuelo formado por el peso, ascendía un humillo resplandeciente, algo parecido al chisporroteo de un arco voltaico entre carbones enfrentados, quién sabe si tal vez la misma fuente de luz que le servía para proyectar todo aquello —todo esto— en un lugar del cuerpo situado justamente a mitad de camino entre su cerebro y su corazón.
    ...

    lunes, 2 de septiembre de 2019

    La azotea

    No hay ninguna descripción de la foto disponible.
    Pablo Picasso: Azoteas de Barcelona, 1903. Museo Picasso, Barcelona..
    Paseando por el casco viejo de Eburia, ahora que parece que vuelve a recuperar algo de pulso (aunque sólo nocturno y jaranero: urge un plan ambicioso para rescatar el viejo barrio como espacio de verdad habitable), vuelvo a pasar por debajo de la azotea de lo que fuera el Colegio Cervantes, mi colegio de primaria, donde fui a clase durante dos o tres cursos, hasta hacer «el ingreso», que era como entonces se llamaba a la prueba que daba acceso al bachillerato. Es un espacio casi almenado, de no mucha altura, sobre todo si se lo compara con la cercana y maciza torre de la Colegial, que casi ni se digna a mirarlo desde su altura desdeñosa. Como suele ocurrir con los descubrimientos que coinciden con el de las palabras que los nombran, esa azotea es para mí ya “la azotea” por antonomasia; incluso me atrevería a decir que la única azotea digna de ese nombre, pues los demás espacios que pudieran asemejársele caen más bien dentro de las categorías de “terraza”, “solario”, “mirador” o “terrado”. Ninguna alcanza el grado de identificación entre el nombre y la cosa que logró este lugar, que ahora me parece fantasmal, cuando don Mariano, el maestro, en uno de aquellos días en que se enfadaba hasta el enrojecimiento, con la varita de palmera en la mano y una salivilla blanquecina asomándole por los bordes de la boca, amenazaba a algún alumno especialmente travieso o torpe: «Vaquerizo, como vuelva usted a distraerse cotorreando con José Emilio, le voy a recetar media docenita de raciones de este jarabe y se va a estar todo lo que queda de clase de rodillas y con los brazos en cruz en la azotea». En aquel tiempo, lo de «la letra con sangre entra» tal vez no fuera literal en todo su brutal y goteante significado —siempre hay un grado posible de envilecimiento—, pero sí constituía una parte tolerada de los métodos llamados pedagógicos. Y así era habitual que cada jornada escolar comenzara con la imagen de don Mariano, bajito, calvo, masticador, muy milhombres, puesto como de puntillas en el estrado sobre el que se alzaba su mesa, blandiendo una muy fina y flexible palmerita de la que a todos nos resultaba imposible apartar los ojos. Se decía que sí te untabas las palmas de la mano con ajo los golpes dolían menos, e incluso que la varita podría quebrarse. Nunca pude comprobarlo. Ahora, cuando paso entre sombras por debajo de ese espacio, que en aquellos años lo fue de juegos y de bullas, a veces me parece que aún se escucha alguna risa o un llanto, y que desde algún rincón oscuro, allá en la altura, alguien me hace una confidencia que ya he olvidado como si fuera mía.
    ...

    domingo, 7 de abril de 2019

    Aquel verano

    La imagen puede contener: cielo, cancha de baloncesto y exterior
    «Evocación idealizada de Eburia desde el futuro». Foto: cortesía de © Luis Sanchez Molina
    Salí de la imprenta-librería de Ramiro Gómez con los dos primeros ejemplares de la colección RTV, La Tía Tula y Cien obras maestras de la pintura. 25 pesetas, ambos: cinco duros. No eran los primeros libros que compraba, pero sí la confirmación de que una dedicación importante en mi vida iba a ser la compra de libros. Enfilé hacia la plaza y la calle del Sol, de regreso a casa, más contento que unas pascuas. No veía en aquel momento ni una sola sombra en el horizonte. Ya entonces era muy ingenuo. Y no faltaba mucho para que comenzara a ser un descreído. Eran, claro, otros tiempos. Y otra la ciudad. E incluso a veces tengo la impresión de que otra vida.
    ...

    lunes, 4 de marzo de 2019

    Gramática ladina

    La, como dijo aquel, «constante falacia del espejo». Cruce en Eburia. AJR, 2019.

    ¿Y qué hacer con los verbos deponentes?
    ¿Cómo los conjuramos sin que duela
    en el viejo rincón de aquella escuela
    la memoria del niño? En los ausentes
    saberes que una vez fueron frecuentes
    juegos de ver el mundo sin cautela
    aún arde el débil cabo de una vela
    que ilumina la noche. Qué valientes
    aquellos camaradas, compañeros
    del alma y de la misma cofradía
    de conjugar la vida. Lo que queda
    de aquel sueño y sus fríos mañaneros
    es tan sólo el ejemplo: la osadía.
    «Que aunque la mona se vista de seda...»

    viernes, 2 de noviembre de 2018

    La ventana

    Ventana de casa abandonada en el casco viejo de Eburia. ©️AJR, 2018
    «Querría contaros lo que he visto, pero es tan terrible que no puedo hacerlo. Lo acabaréis sabiendo, es inevitable. Pero os aseguro que es mucho mucho más horrible de lo que podáis imaginar. Tened cuidado. No abráis la ventana. Ni siquiera pongáis el corazón en ella. De lo contrario...»
    Leí el aviso pero lo encontré ridículo y no hice caso. Puse mi dedo en el lugar prohibido. Y ahora no tengo más remedio que esperar a que...
    ...

    domingo, 22 de abril de 2018

    Puente

    AJR, 2018
    Viendo cómo se viene la primavera. 
    Parque de La Presilla, bajo un arco del Puente Viejo. 
    En Eburia.

    sábado, 29 de abril de 2017

    Móvil nocturno (en Eburia)

    Y cruzo la ciudad entre fantasmas
    no sólo escurridizos: tampoco comparecen
    con ningún signo o aullido o huella leve,
    entre el viento de sombras
    que golpea las ramas de los árboles.
    Son sólo una ilusión de voces de otro tiempo
    mezcladas con un tráfago metálico de sillas.

    Por el paseo del Prado,
    muy cerca del kiosko de la música,
    lo llena todo la materia viscosa que a menudo segrega la nostalgia.
    Y en ella veo flotar el corro de unos rostros
    sumidos en una conversación interminable
    bajo una nube de humos de muy diverso origen,
    siempre como a la espera de un milagro
    que al final será sólo –y nada menos que–
    la súbita llegada de la luz.

    Por no sentirme inerme ante el estruendo
    frío de la memoria, entre la niebla,
    y a falta de un amigo o semejante con quien poder charlar,
    y también desprovisto de un perro que me ladre y me discuta,
    con un rápido giro de los ojos, la ruta que seguir,
    camino hasta la plaza del Pan, frente al Ayuntamiento,
    y me detengo delante de la puerta columnaria del cole de mi infancia
    donde aprendí, entre otros muchas cosas
    que aún no he olvidado, la palabra «azotea»,
    y la palabra «góndola»
    y el truco frente al golpe
    de la vara de palmera en la mano extendida:
    «si te las untas con ajo, no te duele y puede que se rompa»,
    decía Montañés. Desde una esquina
    bajo la torre de la Colegial
    vigila el ojo enorme del rosetón mudéjar
    el lento desplomarse de las motas de luz
    que bailen en el aire al comopás de mis recuerdos.
    Empieza a loviznar y he de volver a casa
    pero antes  me acerco hasta la entrada de la plaza
    y allí me hago un selfi con Fernando de Rojas, en efigie
    dudosamente exacta, al igual que la mía,
    fantasmales los dos en la alta noche.